El ciclo tebano: La caída de la casa de Layo CANTO VII #2
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CANTO VII #2

Pero antes de instalarse en sus habitaciones, ocurrió un encuentro que las fuentes recogen con detalle por su importancia posterior.

Polinices entró en el ala de huéspedes. Le mostraron la habitación que le habían asignado. Era habitación amplia, con un lecho, una mesa, dos sillas, una ventana al patio interior. Polinices entró. Soltó el hatillo. Y entonces vio que la habitación no estaba vacía.

Había otro hombre.

Era hombre joven —de la edad de Polinices, unos treinta años—, sentado en el suelo junto a la ventana, con la espalda contra la pared.

Llevaba la barba sin recortar desde semanas.

Tenía la ropa polvorienta del viaje. Estaba comiendo pan seco con la mano izquierda.

La derecha la tenía vendada con un paño sucio.

Polinices se sorprendió.

—Compañero. Creía que esta habitación era para mí.

El otro hombre levantó la mirada.

—Es para los dos. Eso me han dicho al llegar yo hace dos días. Adrasto no recibe a los suplicantes hasta la audiencia matinal. Mientras tanto, los suplicantes comparten cuarto.

—¿Suplicante? ¿Tú también?

—Yo también. Tideo, hijo de Eneo, de Calidón en Etolia. Exiliado por matar a un primo en disputa de cacería el mes pasado. Vengo a pedir a Adrasto purificación y asilo.

Polinices se sentó en una de las sillas. Estudió al desconocido. Tideo era hombre pequeño de estatura —más bajo que Polinices, aunque más ancho de hombros— pero compacto, claramente fuerte. Tenía la cara cuadrada, la mirada directa, un corte fresco en la mejilla izquierda.

—Y yo soy Polinices, hijo de Edipo, de Tebas en Beocia. Exiliado por mi propio hermano por disputa sobre el trono.

Tideo lo miró con cierto interés.

—¿Hijo de Edipo? ¿El de la mancha?

—El mismo.

—Compañero de habitación con linaje. Te invito a la mitad del pan, si quieres. Es lo único que tengo.

Polinices aceptó.

V

Cenaron juntos aquella noche.

Polinices había traído provisiones mejores que el pan seco de Tideo: un trozo de queso de Beocia, vino de un odre pequeño, aceitunas saladas. Compartieron todo. Hablaron hasta tarde.

Tideo le contó su historia. Era hijo segundo del rey Eneo de Calidón —ciudad de Etolia, en el oeste de Grecia—.

Había crecido en la corte. Había salido a una cacería un mes antes con un grupo de primos.

En la cacería, una disputa absurda sobre un jabalí muerto había terminado en pelea.

Tideo, en el calor del momento, había matado a uno de los primos con su propia jabalina.

Era homicidio entre parientes: el peor crimen religioso del mundo aqueo.

Las Erinias caían sobre los matadores de parientes hasta que recibían purificación ritual de un rey extranjero.

Tideo había salido de Calidón aquella misma noche, sin despedirse de nadie, con la intención de llegar a Argos a pedir purificación.

—¿Por qué Argos?

—Adrasto tiene fama de purificador. Lo ha hecho con varios exiliados. Es lo que mi padre me dijo antes de la cacería, en una conversación distinta. No imaginaba que me iba a hacer falta.

Polinices asintió.

—Yo no soy exiliado por homicidio. Soy exiliado por política. Vengo a pedir a Adrasto algo distinto: alianza para recuperar mi trono.

—¿Y crees que te la dará?

—Si negocio bien, sí.

Pasaron la noche durmiendo en el suelo —el lecho era solo uno, no podían compartirlo cómodamente, y ninguno quería ceder al otro—. Por la mañana subieron juntos al mégaron.

Adrasto los recibió simultáneamente. Era costumbre: los suplicantes que llegaban en grupo se recibían en grupo, para ahorrar tiempo. Pero algo en la entrada simultánea de los dos jóvenes llamó la atención del rey.

Polinices entró con manto azul oscuro —el manto de viaje de las casas reales tebanas—.

Tenía bordado en el hombro derecho, según costumbre tebana, el blasón familiar: un león dorado con la zarpa levantada.

Tideo entró con manto gris —el manto del viajero pobre que solo lleva lo puesto—.

Pero tenía en el cinto, según costumbre etolia, un broche pequeño en forma de jabalí salvaje —su animal heráldico personal—.

Adrasto miró a los dos.

Y se quedó muy quieto.

VI

Adrasto había consultado al oráculo de Delfos años atrás, durante una crisis sucesoria menor de su familia.

La consulta había sido por sus dos hijas casaderas: a quién casarlas. La respuesta del oráculo había sido cosa rara, de las que los oráculos producían a veces sin justificación clara, y que los reyes guardaban en la memoria sin saber exactamente cuándo se cumplirían:

«Cásalas con el león y con el jabalí.»

Adrasto había pasado años intentando interpretarlo.

¿Con un guerrero llamado León y otro llamado Jabalí?

¿Con dos casas reales que tuvieran esos blasones?

¿Con dos hombres que aparecieran un día con esos símbolos?

Ninguna lectura le había convencido del todo.

Había seguido buscando candidatos sin tener claras las pautas.

Y ahora, una mañana cualquiera, dos jóvenes suplicantes habían entrado a su mégaron al mismo tiempo. Uno con un león bordado en el hombro. Otro con un jabalí en el cinto.

Era coincidencia demasiado exacta para ser casualidad. Era el oráculo.

Adrasto los recibió con la cortesía debida, pero pidió a los criados que se retirasen. Quería hablar con los dos suplicantes en privado.

—Jóvenes. Decidme quiénes sois y qué pedís.

Tideo habló primero. Contó su crimen y pidió purificación.

Polinices habló segundo. Contó su exilio político y pidió alianza para la recuperación del trono.

Adrasto los escuchó hasta el final de cada uno.

—Tideo de Calidón. Te concedo purificación. Ofrecerás los sacrificios rituales esta misma tarde en el templo de Apolo. Después serás considerado purificado, según la costumbre. Las Erinias se retirarán.

»Polinices de Tebas. Te concedo más que alianza. Te concedo lo que el oráculo me ordena: serás mi yerno. Te casas con mi hija mayor Argía. Si después de la boda decides ir a recuperar tu trono, Argos irá contigo. Es mi compromiso de familia.