El ciclo tebano: La caída de la casa de Layo CANTO VI #2
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CANTO VI #2

—Teseo. Voy a morir aquí dentro de pocos días.

Lo sé por oráculo viejo. Te pido dos cosas.

Primera: hospedaje en tu territorio mientras dure el final.

Segunda: cuando muera, que mi tumba quede secreta.

Solo tú la conocerás. Solo a ti te lo diré, en privado, en el momento.

No quiero que mi cuerpo sea reclamado por mis hijos varones para usarlo como reliquia política.

Pero hay otra razón: el oráculo dice también que la tierra donde yo esté enterrado quedará bendecida.

Donde quede mi tumba, esa tierra prosperará.

Atenas se merece esa bendición porque me ha recibido en su territorio sin escándalo.

Pero la bendición vale solo si la tumba queda secreta.

Si la abren, si la trasladan, se pierde.

Teseo asintió.

—Acepto las dos cosas. Te concedo hospedaje. Te prometo guardar el secreto. Es palabra mía como rey de Atenas. Y si alguien viene a reclamarte, lo despacharé.

Edipo asintió. Pidió a Antígona que lo dejara solo un momento con Teseo. Antígona se retiró unos pasos. Edipo bajó la voz.

—Teseo. Antes de morir tengo una visita más que recibir.

Vendrá uno de mis hijos varones, Polinices.

Está en disputa con su hermano Eteocles por el trono de Tebas.

Sabe que estoy aquí. Vendrá a pedirme bendición.

Te pido que cuando llegue, lo dejes entrar a verme.

Pero te aviso: lo que pase entre él y yo no será grato. No intervengas.

Teseo asintió. No preguntó más.

V

Polinices llegó tres días después.

Era hombre joven entonces, de unos treinta años.

Había salido de Tebas cuatro años antes, en circunstancias que el canto siguiente narrará: ruptura con el hermano Eteocles, exilio en Argos, matrimonio con la hija del rey Adrasto, planificación de una guerra para recuperar el trono.

Sabía que el padre estaba en Colono. Había hecho el viaje desde Argos —cinco jornadas— específicamente para pedirle bendición antes de la guerra.

Era costumbre antigua: los hijos que iban a la guerra pedían bendición paterna para asegurar la victoria. Las bendiciones de los padres tenían peso ritual. Las maldiciones, también.

Polinices llegó al campamento improvisado donde Edipo estaba alojado, en el borde del bosque sagrado. Llegó vestido como príncipe de Argos: manto bueno, armadura corta, sandalias de cuero. Se inclinó ante el padre.

—Padre. Soy Polinices. He venido a verte.

Edipo, sentado en su roca, no movió la cara. Reconoció la voz del hijo.

—Te oigo. ¿Qué quieres?

—Padre. Vengo a pedirte bendición. Voy a una guerra.

Mi hermano Eteocles me ha despojado del trono de Tebas.

Habíamos acordado reinar en años alternos.

Tras el primer año, se negó a entregármelo.

Llevo cuatro años en el exilio. Ahora voy a recuperar lo que es mío.

Marcho contra Tebas con seis aliados argivos. Te pido tu bendición de padre.

Edipo se quedó callado.

Polinices esperó. Esperó un rato largo. La pausa empezaba a inquietarlo.

—Padre. Habla.

Edipo habló por fin.

—Polinices. Llevo veinte años fuera de Tebas. Veinte años. ¿Sabes en cuántos de esos veinte años has venido a visitarme?

—Padre…

—En ninguno. Ni una vez. Ni tu hermano Eteocles, ni tú.

Os repartisteis el trono entre los dos, os pelasteis por él, os exiliasteis uno a otro, hicisteis alianzas con extranjeros, y en todos esos años no os ocurrió ni una sola vez venir a buscar al padre que os había dejado el trono al irse.

Os he tenido siempre presentes. Vosotros me habéis tenido olvidado.

—Padre. Lo lamento. He hecho mal. Por eso vengo hoy.

—Vienes hoy porque me necesitas. No porque me eches en falta. Es distinto.

—Padre, ¿no me bendices?

Edipo levantó la cara hacia el cielo —era gesto que le quedaba aún de cuando veía, aunque ya no servía para nada—.

—Hijo. Te bendigo de una manera que no te va a gustar.

Vas a una guerra contra tu hermano. Os vais a matar mutuamente.

Es lo que os deseo. Que muráis los dos a manos uno del otro.

Que ninguno gobierne Tebas. Que la ciudad quede sin sucesión legítima.

Que la maldición de Pélope, que ha caminado por nuestra casa durante cuatro generaciones, se cumpla en vosotros como en mí se cumplió en mi padre.

Es mi última bendición. Es mi maldición.

Polinices se quedó muy quieto. Llevaba años distanciado del padre, pero no había imaginado aquello. Era maldición ritual, pronunciada por padre exiliado en bosque consagrado: era de las maldiciones que los dioses aceptaban con peso pleno. No era frase de enfado: era cumplimiento de fórmula sagrada.

—Padre. Te ruego que retires la palabra.

—No la retiro.

—Padre…

—No la retiro.

Polinices entendió. Bajó la mirada. Se levantó.

—Padre. Está dicho. Cumpliré como pueda. Pero quiero pedirte una cosa más antes de irme.

—¿Qué?

—Cuando muera —y voy a morir, ahora lo sé—, quiero que mi hermana Antígona entierre el cuerpo. Si caigo en Tebas como traidor, mi cuerpo quedará insepulto por orden del que gobierne. Te pido que ordenes a Antígona, ahora, en mi presencia, que se ocupe del entierro. Es lo único que pido.

Edipo lo pensó. Era petición razonable, era última voluntad fraterna.

—Antígona. ¿Lo oyes?

Antígona, que había estado escuchando en silencio a unos pasos, se acercó.

—Lo oigo, padre.

—¿Le prometes a tu hermano que cuando muera te ocuparás del entierro?

Antígona miró a Polinices. Era hermano que apenas había conocido —ella tenía catorce años cuando salieron de Tebas, Polinices era hermano mayor pero ya distante—. Pero era hermano. Y le pedía la única cosa que aún se podía pedir.

—Se lo prometo.

Polinices la miró un momento. Asintió.

—Gracias, hermana.