El ciclo tebano: La caída de la casa de Layo CANTO VI
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CANTO VI

Colono y la maldición a los hijos

I

Edipo no murió aquella noche.

Las sirvientas lo encontraron de rodillas junto al cuerpo de Yocasta, con el broche todavía en las manos y la cara cubierta de sangre.

La hemorragia, aunque copiosa, no era mortal: las heridas oculares sangran mucho pero raramente matan por desangramiento.

Lo levantaron. Lo lavaron como pudieron.

Lo llevaron a una de las salas laterales, lejos de la cámara de Yocasta.

Llamaron a un médico del palacio. El médico examinó las heridas.

Confirmó lo que las sirvientas ya intuían: Edipo iba a vivir.

Los ojos estaban destrozados, no habría manera de recuperar la vista, pero el resto del cuerpo era el de un hombre de cuarenta años en buena forma física.

Edipo viviría veinte años más, probablemente.

Era condena peor que la muerte. Edipo lo sabía.

Cuando recobró la consciencia plena, hacia el amanecer, lo primero que pidió no fue agua ni vino, ni atención médica.

Pidió ser llevado al patio para que la ciudad pudiera verlo.

Quería que Tebas viera al rey ciego que había sido su impureza, que llevaba veinte años contaminando a la ciudad sin que ninguno lo supiera.

Quería la humillación pública. Era lo único que le quedaba como gesto.

Lo llevaron al patio. Lo sentaron en una silla. La sangre seca le cubría aún la cara. Los nobles tebanos que habían acudido al palacio al oír los rumores se reunieron en torno a él. Creonte estaba allí. Tiresias, que había vuelto cuando se enteró del desenlace, también.

II

Edipo habló durante una hora.

Confesó. Confesó todo, sin omisiones. El parricidio del cruce.

El matrimonio. Los hijos. La revelación de Tiresias.

La confirmación del esclavo. El suicidio de Yocasta.

Su propia ceguera autoinfligida. Lo dijo todo con la voz que tienen los hombres que ya no tienen nada que perder, voz seca, directa, sin entonaciones.

Cuando terminó, miró —es decir, dirigió la cara, porque ya no podía mirar— hacia donde sabía que estaba Creonte.

—Cuñado. Hermano. Yo te acusé ayer de querer mi trono.

Te pedí perdón por eso. Pero ahora tú asumes el trono.

Es lo que toca. Eres el regente natural mientras mis hijos son menores.

Eteocles y Polinices tienen dieciséis y quince años.

Pueden gobernar dentro de unos años. Mientras tanto, gobierna tú. Yo me voy.

—¿Adónde, hermano?

—Lejos. No importa adónde. Cualquier sitio menos Tebas. Mi presencia aquí mantiene la impureza. La plaga seguirá mientras yo esté en la ciudad. Tengo que exiliarme. Es lo único que limpia.

—¿Solo? ¿Ciego?

—Solo. Ciego. Sí.

Creonte negó con la cabeza.

—Hermano. No. No puedo dejarte salir solo de Tebas. Eres mi cuñado, fuiste mi rey, eres el padre de mis sobrinos. Te merecerías un acompañamiento. Pero el oráculo dice que tu presencia mantiene la plaga. Lo entiendo. Te dejaré ir. Pero pídeme una cosa razonable antes de irte.

Edipo lo pensó.

—Una sola cosa, Creonte. Quiero que mis dos hijas vengan conmigo. Antígona e Ismene. Son las que pueden cuidarme. Los varones no me servirían: están en edad de empezar a gobernar, no de guiar a un ciego por los caminos. Las niñas no han hecho nada y no han heredado nada. Pueden seguirme sin perder.

Creonte vaciló.

—Hermano. Antígona y Ismene son mis sobrinas. Si te las llevas, no las veré crecer.

—Lo sé. Pero te pido que me las dejes. Es lo único que pido.

Creonte asintió finalmente.

—Que vengan, si ellas aceptan.

Antígona e Ismene aceptaron. Antígona tenía catorce años, Ismene doce.

Eran muchachas educadas en el palacio, conscientes de su rango, pero también muchachas que habían querido a su padre durante toda la infancia.

Cuando vieron que su padre era el hombre que había contaminado la casa, que era a la vez su padre y su hermano, que era ciego y maldito y exiliado, no se asustaron tanto como cabía esperar. Aceptaron acompañarlo.

Antígona, sobre todo, fue clara desde el primer momento: «Voy yo. Te cuido. Lo demás no importa.»

Ismene era más callada. Pero también vino.

Salieron del palacio aquella misma tarde.

Edipo iba con una túnica gris de viajero, sin distintivos reales, apoyado en un bastón en la mano derecha y con la mano izquierda sobre el hombro de Antígona.

Ismene iba detrás cargando un pequeño hatillo con provisiones.

Salieron por la puerta sur de Tebas, la opuesta a la que veinte años antes había visto entrar a Edipo como héroe.

Era simetría que algunos cronistas tebanos notaron después.

Eteocles y Polinices no salieron a despedirlos.

Se quedaron en el palacio. Cuando Edipo había pedido verlos antes de salir, los dos varones se habían negado.

Era la primera afrenta, aunque pequeña: los hijos varones, que iban a heredar el trono, no quisieron ver al padre ciego que les abría el camino al poder marchando.

Edipo lo notó. No dijo nada en aquel momento. Pero lo anotó.

La anotación duraría muchos años.

III

Edipo y sus dos hijas caminaron por los caminos durante años.

Iban de ciudad en ciudad como mendigos rituales: aceptaban hospedaje cuando se les ofrecía, dormían a la intemperie cuando no, comían lo que la caridad les daba.

Edipo predicaba su propia historia en los mercados como advertencia: contaba a quien quisiera oírle quién había sido, qué había hecho, qué le había costado.

Era forma de purificación pública. Algunos lo escuchaban con respeto.

Otros lo despreciaban. La mayoría lo evitaba.

Antígona se hizo adulta en aquellos años.

De los catorce años con los que había salido de Tebas pasó a los veinte, después a los veinticinco.

Cuidaba al padre con paciencia. Le buscaba comida, le lavaba la ropa, le guiaba por los senderos cuando no había caminos firmes.

Ismene, en cambio, no aguantó. Al cabo de tres años pidió permiso para volver a Tebas a vivir con su tío Creonte.

Edipo se lo concedió. Ismene volvió. A partir de entonces, padre e hija mayor estuvieron solos.

Pasaron por Beocia, por la Fócide, por el Ática. Pasaron por sitios donde los recibieron bien y por sitios donde los echaron a pedradas. Edipo envejeció. Tenía la barba blanca cuando llegaron al Ática. Cojeaba ya por la cadera. Hablaba poco. Solo Antígona oía con regularidad su voz.

Cuando Edipo tenía aproximadamente sesenta años —es decir, veinte años después de salir de Tebas—, llegaron al bosque sagrado de Colono.

Colono era un pequeño asentamiento al noroeste de Atenas.

Había allí un bosque pequeño consagrado a las Erinias —las Euménides, como se las llamaba localmente para no enfurecerlas pronunciando su nombre real—.

El bosque tenía una piedra en el centro, alrededor de la cual se hacían las ofrendas rituales.

Era zona santa, prohibida a los extranjeros, accesible solo a los sacerdotes locales.

Edipo y Antígona llegaron al borde del bosque al atardecer. Estaban cansados. Edipo se sentó sobre una roca a la entrada. Pidió descansar.

Antígona, que había aprendido a leer los presagios durante los años de viaje, miró el bosque. Sintió algo distinto en el aire. Avisó a su padre.

—Padre. Este sitio es sagrado.

—Lo sé, hija. Lo siento yo también. Es el sitio.

—¿El sitio?

—Mi sitio. Hace tiempo, cuando aún veía, antes de que llegara la plaga, consulté al oráculo en uno de mis viajes a Delfos.

La respuesta fue que yo moriría en un bosque consagrado a las Erinias en el Ática.

Que cuando llegara a ese bosque, sería el momento.

He pasado veinte años caminando. Es este. Hemos llegado.

IV

Los habitantes de Colono se acercaron poco después. Habían visto a los dos forasteros sentados en el borde del bosque sagrado y venían a expulsarlos por trasgresión inminente.

Era costumbre local que los extranjeros no pisaran el bosque. Edipo no había pisado todavía —estaba sentado en la roca exterior—, pero la cercanía bastaba para inquietar a los locales.

—Forasteros. Os pedimos que os retiréis. Este es bosque consagrado. No es lugar para extranjeros.

Edipo levantó la cara.

—Habitantes de Colono. Soy extranjero, sí.

Pero soy extranjero con derecho. Vengo a este bosque porque los dioses me han mandado.

Hace veinte años un oráculo me anunció que moriría en el bosque de las Euménides del Ática.

Es este. Os pido que avisen al rey de Atenas. Quiero hablar con él antes de morir.

—¿Eres rey?

—He sido rey. Soy Edipo de Tebas.

Hubo silencio. El nombre era conocido. Llevaba veinte años circulando por las ciudades de Grecia el rumor del rey tebano que había matado al padre, se había casado con la madre, y se había arrancado los ojos cuando lo supo.

Era leyenda viva. Verla materializada al borde de un bosque local, en forma de mendigo ciego con una hija joven al lado, era impresión que dejaba a los habitantes locales sin saber qué hacer.

Mandaron mensajero a Atenas. Teseo, rey de Atenas, era hombre joven entonces —unos treinta y cinco años—, hijo de Egeo, ya famoso por la aventura del Minotauro de Creta hace algunos años.

Recibió el aviso aquella misma tarde. Cabalgó hasta Colono sin demora.

Era hombre con sentido del decoro: un rey extranjero que llegaba como mendigo merecía recibimiento personal del rey local.

Llegó a Colono al amanecer del día siguiente. Encontró a Edipo todavía sentado en la misma roca, con Antígona al lado, sin haber pisado el bosque sagrado.

—Edipo de Tebas. Soy Teseo de Atenas. He oído tu nombre. Sé tu historia. ¿En qué te puedo servir?