CANTO V #2
Por la tarde llamó a Creonte. Lo acusó directamente.
—Cuñado. Sé lo que tramas. Has sobornado a Tiresias para acusarme. Quieres mi trono.
Creonte se quedó mirándolo.
—Mi rey. No tramo nada. Soy regente leal. Si quisiera el trono, ¿qué razón habría tenido para devolvértelo hace veinte años?
—Las razones cambian. Las personas también.
—Mi rey. Te pido que me oigas con calma. No he sobornado a nadie. Si Tiresias te ha dicho cosas duras, será porque las cree. Te ruego que las consideres.
—Las he considerado. Son falsas.
Hubo discusión larga. Yocasta apareció en el mégaron a media tarde, oyendo el ruido. Era la primera vez en veinte años que veía a su esposo y a su hermano discutir gritando.
—¿Qué pasa?
Edipo le contó, abreviadamente, la acusación de Tiresias y su sospecha de soborno por parte de Creonte.
Yocasta escuchó. Cuando Edipo terminó, ella se rio.
—Esposo. No le hagas caso a los adivinos.
Yo te voy a contar una cosa que te calmará.
Hace veintidós años, Layo y yo consultamos al mismo oráculo.
Nos dijo que Layo iba a ser asesinado por su propio hijo.
Y aquí está la prueba de que los oráculos se equivocan: Layo fue asesinado, sí, pero por una banda de salteadores en un cruce de caminos, no por un hijo.
El hijo que tuvimos lo expusimos en el Citerón a los pocos días de nacer.
Murió allí. El oráculo se equivocó. Los oráculos se equivocan. Tiresias también.
Edipo escuchó la palabra «cruce de caminos» y se quedó muy quieto.
—¿En qué cruce, esposa?
—El cruce de tres caminos que está entre Delfos y Daulis. El sendero hendido. Allí lo mataron.
—¿Cuándo?
—Hace veinte años. Justo antes de que tú llegaras a Tebas.
Edipo sintió algo que no había sentido nunca: una caída interna, como si el suelo del palacio se hubiera abierto bajo sus pies sin moverse físicamente.
—Yocasta. ¿Cómo era Layo? ¿Físicamente?
—Hombre maduro. Pelo gris. Manto azul oscuro con un bordado pequeño en el hombro, una serpiente sobre una corona, el blasón de la casa. Lo bordé yo misma años antes.
—¿Y los acompañantes?
—Cuatro. Un conductor y tres servidores a pie.
—Yocasta. Uno de los servidores sobrevivió, ¿no?
—Sí. Volvió a Tebas con la noticia. Sigue vivo. Se retiró a los rebaños cuando ya no podía servir en el palacio. Vive en una choza junto al monte Citerón.
Edipo se levantó. Hizo gesto a Creonte de que la discusión quedaba aplazada. Bajó al patio. Mandó preparar dos caballos y un escolta.
—Yocasta. Voy a llamar al servidor superviviente. Quiero que venga al palacio. Quiero preguntarle por la pelea del cruce.
Yocasta lo miró sin entender bien.
—Esposo. ¿Por qué? Ya sabemos la historia.
—Tengo dudas. Lo voy a confirmar.
Salió.
Yocasta se quedó en el mégaron. Por primera vez en veinte años, sintió algo parecido al miedo. No supo identificar de qué.
V
El servidor superviviente fue traído al palacio al día siguiente.
Era hombre viejo ya —unos setenta años—, encorvado por la edad, con las manos temblorosas. Era el esclavo joven que había huido del cruce de tres caminos hace veinte años. Llevaba veinte años cuidando rebaños en silencio, lejos del palacio, intentando olvidar lo que había visto.
Lo trajeron al mégaron. Edipo lo recibió a solas, sin Creonte ni Yocasta.
—Viejo. Cuéntame lo del cruce de tres caminos.
—Mi rey…
—Cuéntame todo. No la versión oficial. La que tú viste.
El viejo bajó la mirada. Llevaba veinte años con la mentira de los salteadores en la cabeza. Llevaba veinte años sabiendo que la verdad era otra. Pero le habían dicho desde el principio que la versión oficial era de la casa real, y los esclavos no cuestionaban las versiones reales.
Ahora el rey en persona le pedía la verdad.
—Mi rey. La verdad es que no era una banda de salteadores. Era un solo joven con tres compañeros que no intervinieron. El joven mató a mi señor el rey, mató al conductor, y mató a dos de mis compañeros. Yo huí. Tenía miedo. Por eso conté lo de los salteadores: para no parecer cobarde.
—¿Cómo era el joven?
—Era alto. Fuerte. Joven. Tenía pelo oscuro. Iba a pie por el sendero del oeste. Decía que era príncipe de Corinto.
Edipo sintió la segunda caída interna. Esta más profunda que la primera.
—Viejo. ¿Soy yo?
El viejo levantó la mirada. Miró al rey con cuidado.
Era el rey al que servía desde hacía veinte años.
Era el rey que había recibido a Tebas como héroe el día después del asesinato del cruce.
Era el rey que llevaba veinte años casado con la viuda.
El viejo, durante veinte años, había sospechado.
Pero nunca había tenido la prueba directa, nunca había sido confrontado con el rey en privado, nunca le habían dado la oportunidad de decirlo.
Ahora la tenía.
—Mi rey. Eres tú. Te reconozco. Llevo veinte años sabiéndolo y no diciéndolo. Eres tú.
Edipo cerró los ojos.
—Viejo. Hay otra cosa que quiero preguntarte. Hace cuarenta años, cuando eras joven, ¿conocías al pastor llamado Agatón? ¿El que llevaba los rebaños del rey en el Citerón?
—Lo conocía, mi rey. Murió hace años.
—¿Sabes qué hizo con un niño que la reina Yocasta le entregó al nacer? ¿Lo expuso? ¿Lo mató? ¿Qué hizo?
El viejo lo pensó. Era cuestión que en la corte tebana se había mencionado en voz baja durante años: el episodio del niño expuesto. Pocos sabían los detalles. Pero algunos esclavos viejos sí.
—Mi rey. La versión que se contaba en voz baja, no la oficial, era esta: Agatón se ablandó.
No lo expuso. Le entregó el niño a un pastor de Corinto que pasaba por el Citerón.
El pastor corintio se lo llevó al sur. Nadie supo después qué pasó con el niño.
Pero hay rumor en la corte de Tebas de que el niño llegó a la casa real de Corinto. Que se crio como heredero allí.
Edipo se cubrió la cara con las dos manos.
VI
No salió del mégaron durante una hora.
El viejo esclavo, después de la confesión, se quedó esperando órdenes.
Las órdenes no llegaban. Al cabo de un rato, una sirvienta le hizo seña de que saliera.
Salió. Volvió a sus rebaños. Nunca más volvería al palacio.
Moriría dos años después de aquella entrevista, con la sensación —no del todo equivocada— de que su última verdad había roto algo grande.
Edipo, solo en el mégaron, miró el techo.
Miró las columnas. Miró el suelo. Lo que sentía no era todavía dolor, exactamente.
Era vértigo. Era la sensación física de que la realidad en la que había vivido durante veinte años había sido siempre otra realidad, y de que solo ahora la veía con su forma verdadera.
Cuando salió del mégaron, ya era de noche.
Subió al ala femenina del palacio. Pidió audiencia con Yocasta.
Las sirvientas que lo recibieron en la antesala lo miraron con cuidado: el rey tenía la cara descompuesta. Pero no se atrevieron a preguntar. Le hicieron pasar.
Yocasta estaba en su cámara, sentada en el banco junto a la ventana. Llevaba el peplo blanco de la noche. Tenía el pelo todavía recogido del día. No estaba tejiendo. Estaba simplemente mirando la pared, esperando.
Llevaba toda la tarde con la sensación de que algo iba a derrumbarse.
Había mandado consultar, por sus propios canales, qué hacía el rey en el mégaron.
Le habían dicho que estaba interrogando al esclavo viejo.
Yocasta había hecho la conexión. Llevaba dos horas, ella sola en su cámara, esperando a que el esposo subiera con la pregunta que ella ya sabía que iba a hacer.
Edipo entró. Cerró la puerta.
—Yocasta.
—Esposo.
—Yocasta. Lo del niño que expusisteis hace cuarenta años. ¿Era hijo de Layo?
Yocasta no respondió de inmediato. Lo miró largamente.
—Lo era.
—¿Por qué lo expusisteis?
—Porque un oráculo dijo que el hijo iba a matar al padre. Layo no quería que se cumpliera. Yo lo acepté por necesidad.
—¿Quién lo expuso?
—Un pastor nuestro llamado Agatón.
—¿Y qué hizo Agatón con él?
—Lo dejó en el Citerón. Lo dijo a Layo. Pero ahora, esta tarde, alguien me ha venido con la versión de que no lo dejó del todo. Que se lo dio a un pastor corintio.
Edipo cerró los ojos.
—Yocasta. Yo soy ese niño.
—Lo sé.
—¿Lo sabes?
—Lo he sabido esta tarde. Lo he ido entendiendo en las últimas horas, mientras tú estabas en el mégaron.
Llevo veintidós años sin pensar en ese hijo.
La maternidad la borré el día que lo entregué a Agatón.
Pero cuando tú me preguntaste esta mañana por el manto de Layo y el cruce de tres caminos, algo se movió. Empecé a contar.
»Tienes la edad. Cuarenta años. Llegaste a Tebas justo después de la muerte de Layo.
Llegaste solo, sin familia, sin séquito grande.
Decías ser de Corinto, sí, pero nadie verificó.
Las marcas que tienes en los pies, esas dos cicatrices simétricas que vi la primera noche que estuvimos juntos, son del tipo que dejan las cintas de cuero apretadas en los empeines de los bebés.
Yo até esa cinta. La até con mis propias manos al niño que entregué a Agatón.
Tienes mis ojos. Tienes la nariz de Layo.
»Lo sé desde esta tarde. Lo he sabido sin querer saberlo. Esposo. Hijo. No sé cómo llamarte ahora.
Edipo se sentó en el suelo, contra la pared.
—Yocasta. Hemos hecho lo que el oráculo dijo. He matado al padre. Me he casado con la madre. Hemos tenido cuatro hijos que son también mis hermanos. Ha cumplido la maldición de Pélope hasta el final.