El ciclo tebano: La caída de la casa de Layo CANTO V
27%

CANTO V

La plaga y la revelación

I

La plaga llegó a Tebas en pleno verano del vigésimo año del reinado de Edipo.

Empezó como las plagas suelen empezar: con animales.

Primero los rebaños del valle del Asopo: vacas que dejaban de comer, ovejas con la lengua negra, mulas que se caían al suelo a media jornada.

Los pastores la notaron antes que nadie.

Mandaron aviso a la ciudad. Los nobles tebanos no le dieron importancia al principio: eran cosas de los rebaños, decían, problemas locales que pasarían con la lluvia.

Pero la lluvia no llegaba. Era verano seco.

La plaga subió de los rebaños a las cosechas: los olivos perdían las hojas en julio, los cereales se secaban antes de granar, los higos se caían verdes.

Después subió a los humanos. Empezó por los niños pequeños, como suele ocurrir: fiebres altas, manchas en el cuello, dificultad para respirar, muerte al cabo de tres o cuatro días.

Cuando empezaron a morir los niños, los padres dejaron de pensar que era cosa de rebaños.

Hacia mediados del verano, morían diez o quince personas al día en Tebas. La ciudad tenía unos doce mil habitantes; a aquel ritmo, en seis meses la mitad de la ciudad estaría muerta.

Los sacerdotes tebanos hicieron sacrificios extraordinarios.

Sin resultado. Los médicos locales —pocos y mal preparados— probaron remedios diversos.

Sin resultado. Los nobles convocaron al adivino Tiresias, anciano ciego que vivía en una casa modesta cerca del templo.

Tiresias se negó a responder. Decía que la cuestión era más grave de lo que pensaban, que se la consultaran al oráculo, que él, como hombre de Tebas, no quería ser el que diera la noticia.

Edipo, en el palacio, convocó al consejo de la ciudad. Decidieron mandar embajada a Delfos. Edipo eligió como embajador a Creonte, su cuñado, el mismo que había sido regente veinte años antes. Era hombre de confianza. Volvería con la respuesta exacta del oráculo, sin omisiones.

II

Creonte volvió de Delfos al cabo de diez días.

Llegó al palacio a media tarde. Edipo lo recibió en el patio, delante de la asamblea de los nobles tebanos que había sido convocada para escuchar la respuesta.

Era escena pública: Edipo no quería que la respuesta del oráculo se filtrara después de manera selectiva.

Quería que todos la oyeran al mismo tiempo.

Creonte se quitó el manto del viaje. Bebió agua. Habló:

—Cuñado. La respuesta de la Pitia es esta.

La plaga de Tebas viene de una impureza dentro de la ciudad.

Hay un asesinato sin castigar en estos muros.

El asesino vive aquí, en Tebas, libremente.

Mientras no se lo identifique y castigue —exilio o muerte—, la plaga seguirá. Es la palabra exacta del oráculo.

—¿Qué asesinato?

—El del rey Layo. La Pitia es explícita: el asesinato de Layo en el cruce de tres caminos hace veinte años nunca fue investigado adecuadamente. El culpable nunca fue identificado. Vive en Tebas. Mientras esté libre, la ciudad sufre.

Hubo un silencio en el patio. Era cuestión vieja, casi olvidada. Veinte años eran muchos años. La mayoría de los nobles tebanos presentes apenas recordaban a Layo: muchos eran demasiado jóvenes cuando había muerto, muchos otros no habían estado en la ciudad entonces.

Edipo, en cambio, lo recordaba bien. Recordaba haber oído hablar del rey muerto cuando llegó como héroe a Tebas, recién muerta la Esfinge.

Pero los detalles eran vagos. Lo único que había sabido entonces era la versión oficial: que el rey Layo había sido asesinado en un cruce de caminos por una banda de salteadores.

Asesinato sin testigo identificable, sin culpable identificable. Caso cerrado por imposibilidad.

—Creonte —dijo Edipo—. ¿Cómo se reabre un caso de hace veinte años?

—Es lo que toca resolver, mi rey. Pero lo manda el oráculo. No tenemos opción.

Edipo se levantó. Habló a la asamblea entera.

—Tebanos. Yo, vuestro rey, asumo la investigación.

Voy a encontrar al asesino del rey Layo.

Voy a librar a Tebas de su impureza. Sea quien sea el culpable, sea cual sea su rango, sea aristócrata o esclavo, lo encontraré y lo expulsaré de Tebas.

Lo juro por los dioses del hogar. Es promesa formal y pública.

Hubo aclamación leve. Era promesa heroica. Era también promesa que iba a ser cumplida con escrupulosidad innecesaria.

Edipo no sabía aún cuán innecesaria iba a ser.

III

La investigación comenzó al día siguiente.

Edipo, con metodología cuidadosa, llamó al palacio a las personas que habían tenido algún contacto con el caso veinte años antes. Eran pocas: la mayoría ya había muerto, otras se habían trasladado a otras ciudades. Pero quedaban algunas.

Quedaba el adivino Tiresias.

Tiresias era hombre extraordinario. Tenía entonces más de noventa años, era ciego desde la juventud, vivía en una casa pequeña cerca del templo de Apolo de Tebas.

Era el adivino más respetado de la Beocia.

Las tradiciones contaban distintas razones para su ceguera: algunas decían que Atenea lo había cegado por haberla visto desnuda en un baño; otras decían que Hera lo había cegado por haber arbitrado a favor de Zeus en una disputa marital.

Las versiones difieren. Lo que coincide en todas es que cuando los dioses lo dejaron ciego de los ojos, lo compensaron dándole vista interior: Tiresias podía ver el futuro, podía oír a los pájaros como si fueran lenguaje humano, podía leer los rituales con precisión sobrenatural.

Edipo lo había evitado durante veinte años.

Era costumbre del rey: las cuestiones difíciles se resolvían por consejo de los nobles o por consulta directa al oráculo de Delfos, no por consulta al ciego local.

Edipo tenía cierta desconfianza instintiva hacia los adivinos: le parecían figuras ambiguas, propensos a hablar oscuramente.

Pero la investigación lo obligaba. Tiresias había vivido en Tebas en la época del asesinato. Tiresias sabía cosas. Edipo mandó llamarlo.

Tiresias se hizo llevar al palacio por un niño esclavo que le servía de lazarillo. Llegó a media mañana. Lo recibieron en el mégaron. Edipo bajó del trono. Le indicó un banco.

—Tiresias. Te he llamado por la plaga.

—Lo sé, mi rey. No tenías que llamarme. Ya lo sabía.

—Bien. Entonces sabes también qué te voy a preguntar.

—Lo sé también.

—Pues respóndeme. ¿Quién mató al rey Layo?

Tiresias se quedó en silencio. Llevaba veinte años evitando aquel momento.

Cuando la regencia había pasado de Creonte a Edipo, Tiresias había considerado intervenir.

Pero algo le había detenido: era veintiún años más joven que él, era recién llegado, había salvado a la ciudad de la Esfinge, era amado por el pueblo, y la verdad que Tiresias guardaba era de las que se digieren mal.

Si la hubiera dicho entonces, no le habrían creído.

Si la decía ahora, le creerían pero costaría todo. Tiresias había optado por callar.

Ahora no podía callar más. La plaga lo obligaba. Pero aún así no quería ser el portador de la noticia.

—Mi rey. Te ruego que no me preguntes. Mándame de vuelta a mi casa. Mándame en silencio. Lo que sé no te conviene oírlo.

—Tiresias. Es orden del rey. Habla.

—Mi rey…

—Habla.

Tiresias cerró los ojos —el gesto de los ciegos cuando están en aprietos: cerrar lo que ya está cerrado—. Pasó un rato sin hablar. Después dijo, en voz baja pero clara:

—El asesino del rey Layo eres tú.

Hubo silencio en el mégaron.

Edipo se quedó muy quieto. Después se rio. Después se enfadó.

—¿Yo? Adivino, has perdido la cabeza con los años. Yo no conocía a Layo. Yo llegué a Tebas justo después de su muerte. Cualquier tebano puede confirmarlo.

—Mi rey. Lo conocías. Lo conocías sin saberlo. Te lo cruzaste en un cruce de tres caminos hace veinte años, en tu camino de Delfos a Tebas. Mataste a un anciano en un carro. Tomaste su manto. Era él.

Edipo palideció.

Tiresias siguió:

—Y hay más, mi rey. Pero ya he dicho lo principal. Si quieres oír el resto, lo digo. Si no, lo callo y me voy.

—Habla.

—El asesinato del rey no es lo peor. Lo peor es que la mujer con la que duermes desde hace veinte años, la madre de tus cuatro hijos, no es la mujer que crees.

Es tu propia madre. Y los cuatro hijos que tienes son a la vez tus hijos y tus hermanos.

Has cumplido la maldición de Pélope sin saberlo.

Eres hijo del rey Layo y de la reina Yocasta.

Fuiste expuesto al nacer. Te criaron en Corinto.

Volviste sin saberlo. Mataste sin saberlo.

Te casaste sin saberlo. Has hecho todo lo que el oráculo te anunció hace veinte años en Delfos.

Ya no queda nada por hacer. Solo queda saber.

Edipo, en el trono, no respondió de inmediato.

—Es mentira.

—No es mentira, mi rey.

—¡Es mentira! ¡Mentira de viejo loco! ¡Te ha sobornado Creonte para deshacerme! ¡Quiere el trono! ¡Lo llevo sospechando!

Tiresias se levantó.

—Mi rey. Me voy. He dicho lo que tenía que decir.

No me pidas que lo repita. Si quieres comprobarlo, busca al pastor que te recogió en el Citerón hace cuarenta años.

Si todavía vive, te confirmará. Si no vive, busca a su sucesor.

Es lo único que necesitas. La verdad está al alcance de tu mano. Pero ya he hecho mi parte. Me voy.

Tiresias caminó hacia la salida del mégaron con el lazarillo. Antes de salir, se volvió.

—Mi rey. Una última cosa. Has buscado al asesino con celo. Vas a encontrarlo. Cuando lo encuentres, no te eches a llorar: estabas avisado. Era profecía vieja. Solo se ha cumplido.

Salió.

IV

Edipo no creyó.

Era pauta humana: cuando la verdad terrible llega de boca de un solo testigo, el primer reflejo es no creer.

Especialmente cuando el testigo es un anciano ciego al que se podía atribuir motivos políticos.

Edipo, durante el resto del día, se convenció a sí mismo de que Tiresias había sido sobornado por Creonte para acusarlo falsamente y quitarle el trono.

Era explicación más cómoda que la verdad.