CANTO IV #3
«La ciudad de Tebas está bajo amenaza desde hace seis meses.
Una criatura monstruosa, llamada Esfinge, se ha instalado en el camino norte, en lo alto de un peñasco.
La Esfinge plantea un enigma a todos los viajeros que pasan.
El que no acierta la respuesta es despedazado y devorado.
Hasta hoy, todos los que han intentado responder han fallado.
La ciudad concede al hombre que resuelva el enigma y elimine a la Esfinge: la mano de la reina viuda Yocasta en matrimonio, y la corona del rey Layo recién asesinado.
Quien lo intente, que lo haga bajo su propia responsabilidad. »
Edipo lo leyó dos veces. Sus tres compañeros corintios lo leyeron también. Uno de los compañeros —el más viejo, hombre prudente que había ido con él desde Corinto— le dijo en voz baja:
—Mi señor. No lo hagas. Es trampa de la ciudad. Tienen problema y buscan a un imprudente que muera por ellos.
Edipo lo escuchó. Pero Edipo era hombre de inteligencia rápida desde la infancia, hombre que había resuelto siempre los acertijos antes que sus compañeros.
Y Edipo era también, ahora, hombre con destino terrible recién anunciado por la Pitia, que había decidido alejarse de Corinto para siempre.
Necesitaba algo que hacer en algún sitio nuevo. Necesitaba una ciudad propia.
—Voy a intentarlo.
—Mi señor…
—Decidido.
Edipo subió aquel mismo día al camino del norte. Encontró la Esfinge sentada sobre el peñasco a media tarde.
Era criatura monstruosa, como el cartel anunciaba.
Tenía cuerpo de leona, alas de águila, cabeza y pecho de mujer.
Era hija, según las tradiciones, de Tifón y Equidna —los monstruos primigenios—.
Llevaba seis meses instalada en aquel peñasco por orden de Hera, que tenía cuenta vieja con la casa de Cadmo y había mandado a la criatura como castigo a Tebas por afrentas que se remontaban a generaciones.
La Esfinge vio acercarse a Edipo. Era el quinto viajero del mes.
Los cuatro anteriores habían sido devorados.
La Esfinge lo recibió con la pose que usaba para los que se atrevían: medio recostada sobre el peñasco, las patas delanteras cruzadas, la cabeza ligeramente inclinada con la expresión que las criaturas que comen humanos adoptan cuando esperan la cena con buen apetito.
—Viajero. Si quieres pasar, escucha el enigma. Responde correctamente y vives. Falla y mueres. ¿Estás dispuesto?
—Estoy dispuesto.
—Bien. Escucha: ¿qué criatura camina a cuatro patas por la mañana, a dos patas a mediodía y a tres patas por la tarde?
Edipo lo pensó.
Lo pensó durante un minuto largo. La Esfinge esperó. Los cuatro viajeros anteriores habían tardado más en pensar, antes de dar respuestas equivocadas. Este parecía pensarlo con más calma.
Edipo respondió:
—El hombre.
—Explícate.
—De bebé, gatea a cuatro patas. De adulto, camina a dos. De anciano, se ayuda con un bastón, que es la tercera pata. La mañana, el mediodía y la tarde son metáfora de las tres edades de la vida humana.
La Esfinge se quedó muy quieta. Era la primera respuesta correcta que oía en seis meses. Llevaba seis meses preguntando el mismo enigma sin que nadie acertara. La expectativa de que algún día alguien acertaría era cosa hipotética que la Esfinge tenía contemplada sin tomársela demasiado en serio.
Ahora alguien había acertado.
Según las normas de su instalación —impuestas por Hera misma como condición—, la Esfinge tenía que morir cuando alguien respondiera correctamente. No tenía elección. Era cláusula del contrato divino bajo el cual operaba en el peñasco.
La Esfinge se levantó. Caminó hasta el borde del peñasco. Miró hacia abajo. El precipicio caía unos cien pasos hasta un fondo de rocas.
—Has acertado, viajero. Cumplo.
Saltó.
Cayó. El cuerpo se rompió contra las rocas del fondo. La Esfinge murió allí mismo. Era cierre limpio de un episodio que había costado a Tebas decenas de vidas en los seis meses anteriores.
VIII
Edipo bajó del peñasco. Volvió a la ciudad.
Lo recibieron como héroe. La noticia de la muerte de la Esfinge corrió por las calles antes de que él llegara al palacio. Cuando entró por la puerta sur, había una multitud esperando. Lo aclamaron. Lo llevaron en hombros hasta el mégaron del palacio.
En el mégaron lo recibieron Creonte, regente provisional, y Yocasta, reina viuda.
Creonte tenía unos treinta y cinco años entonces.
Era hombre prudente, administrador competente, sin grandes ambiciones personales: había asumido la regencia con la intención de devolverla al primero que se ofreciera con derecho razonable.
Cuando vio a Edipo —joven, fuerte, héroe del día— entendió que el problema de la sucesión iba a resolverse rápido.
Yocasta estaba detrás de su hermano. Era mujer de unos treinta y siete años entonces.
Llevaba aún el peplo de luto. Tenía el pelo recogido en un nudo bajo.
Era hermosa todavía —era hermosa de la manera en que las mujeres maduras pueden serlo, no con la frescura de las muchachas pero con una densidad de presencia que las muchachas no tienen—.
Edipo la miró. Era diecisiete años más joven que ella. Era exactamente la diferencia de edad que un hijo tendría respecto a su madre. Pero ni él ni ella pensaron en ese cálculo. Edipo vio simplemente a una mujer hermosa y disponible. Yocasta vio a un joven héroe que había salvado a su ciudad.
—Yocasta —dijo Edipo, después de los saludos protocolarios—. He resuelto el enigma. La ciudad concede por ello dos cosas: la corona del rey muerto y la mano de la reina viuda. Vengo a reclamar ambas, si tú no te opones.
Yocasta lo pensó pocos segundos. Era mujer práctica.
Sabía que Tebas necesitaba rey de inmediato.
Sabía que ella, viuda y todavía joven, no podía gobernar sola sin enfrentar problemas con la nobleza tebana.
Sabía que el joven héroe ofrecía solución limpia: era atractivo, era valiente, era de buena familia (decía ser príncipe de Corinto), era manejable por edad.
No era amor instantáneo. Era cálculo razonable.
Pero el cálculo razonable era la única base posible para los matrimonios reales de aquella época, y Yocasta lo aceptó como tal.
—No me opongo. Acepto.
Hubo aclamación en el mégaron. Creonte sonrió con alivio.