CANTO IV #2
La decisión fue esta: no volvería a Corinto.
Si Pólibo y Mérope, los reyes de Corinto, eran sus padres adoptivos, no biológicos, entonces sus padres biológicos estaban en otra parte.
El oráculo no decía dónde. Pero el oráculo decía que si Edipo seguía cerca de Corinto —o si volvía a Corinto—, podía cruzarse con sus padres reales sin reconocerlos, y la profecía podía cumplirse.
Lo más seguro era alejarse. Ir en dirección contraria.
Establecerse en algún lugar donde sus padres reales no estuvieran probablemente.
Edipo razonó así: «Si vine de fuera de Corinto, mis padres estaban fuera de Corinto.
Pero ahora estoy yo fuera de Corinto. Si vuelvo a Corinto, vuelvo al sitio donde supuestamente no están mis padres.
Si me alejo todavía más de Corinto, en cualquier dirección, me alejo también de mis padres.
Pero el problema es que no sé en qué dirección están.
Lo único que puedo hacer es elegir una dirección y mantenerme.
Cualquier otra dirección que no sea Corinto. »
Era razonamiento defectuoso. Estaba basado en una suposición falsa: que los reyes de Corinto eran sus padres adoptivos y por tanto sus padres reales no estaban allí.
La conclusión correcta era exactamente la opuesta: Corinto era el único sitio donde Edipo podía estar seguro de no encontrarse a sus padres biológicos, precisamente porque sus padres adoptivos lo habían recibido de fuera. Cualquier otra dirección era peligrosa.
Pero Edipo, a sus diecisiete años, con el oráculo recién oído, no razonó así. Tomó la dirección opuesta a Corinto. Tomó la dirección este, hacia Tebas. Y empezó a caminar.
V
El segundo día de viaje, hacia mediodía, Edipo llegó al cruce de tres caminos.
Era cruce conocido en aquella región. Estaba a una jornada de Delfos, a una jornada de la ciudad de Daulis, y a unas dos jornadas de Tebas.
Allí confluían tres senderos: uno venía del oeste, uno del este, uno del norte.
El terreno era estrecho: el cruce estaba en una garganta entre dos paredes de piedra, con espacio justo para que dos carros pudieran cruzarse si uno se arrimaba al borde.
Edipo iba por el sendero del oeste, a pie. Sus tres compañeros iban con él, dos a caballo y uno con el mulo de la equipaje. Llegaron al cruce hacia mediodía.
En el otro extremo del cruce, viniendo del sendero del este, apareció un carro.
Era carro pequeño, tirado por dos mulos. Iban en él dos hombres: un anciano sentado en el banco principal, con manto de viajero, y un conductor en pie con las riendas. Detrás del carro venían a pie tres servidores más, armados con bastones.
El anciano era Layo.
Edipo no lo sabía. Layo, por su parte, no sabía que el joven que venía por el sendero del oeste era el hijo que había mandado exponer diecisiete años antes en el Citerón.
Los dos viajeros se acercaban al cruce sin reconocimiento mutuo posible, porque ninguno tenía datos que les permitieran reconocerse.
Layo iba a Delfos. Iba a consultar el oráculo, igual que había hecho diecinueve años antes.
Iba esta vez por motivo distinto: en los últimos meses, Tebas estaba siendo asolada por una criatura monstruosa instalada en la entrada norte de la ciudad.
La llamaban la Esfinge. Llevaba meses devorando viajeros y soldados.
Layo iba a Delfos a preguntar cómo deshacerse de ella.
Pero Edipo no sabía lo de la Esfinge. Y Layo no sabía lo del oráculo recién oído por Edipo. Cada uno iba a sus asuntos. Se cruzaron en el sitio en que sus asuntos coincidían sin que ellos lo supieran.
Llegaron simultáneamente al estrechamiento del cruce.
El conductor del carro de Layo, viendo que un grupo a pie se acercaba por el otro lado, hizo lo que el protocolo de los caminos pedía: gritó al grupo de a pie que se hicieran a un lado para que pasara el carro.
—¡Apartad! ¡Apartaos del camino!
Edipo levantó la mirada. El conductor le gritaba a él directamente.
Edipo iba el primero del grupo, con los compañeros detrás.
Era cierto que el protocolo de los caminos antiguos griegos daba prioridad a los carros sobre los viajeros a pie.
Pero también era cierto que Edipo, recién consultado oráculo en Delfos, con la cabeza llena de cosas terribles que acababa de oír, no estaba en disposición de ceder paso a nadie.
—Apartaos vosotros —respondió Edipo en voz alta—. Soy príncipe de Corinto. No cedo paso a desconocidos.
El conductor de Layo se sorprendió. Era pretensión inusual. Miró a su amo Layo en el banco principal para recibir instrucciones.
Layo, dentro del carro, había oído la respuesta. Se asomó. Vio al joven que reclamaba el paso. Edipo era robusto, alto, bien vestido para ser viajero. Tenía aspecto de príncipe, sí. Pero Layo era rey, y los reyes no ceden paso a príncipes desconocidos.
—Sigue, conductor. Pasa por el centro. Que se aparten ellos.
El conductor azuzó a los mulos. El carro avanzó. Edipo, en medio del camino, no se apartó.
Las dos ruedas del carro pasaron por encima del pie izquierdo de Edipo. Era pie ya marcado desde la infancia con la cicatriz leve de la cinta de cuero. La rueda lo aplastó contra el suelo de piedra del cruce. Edipo gritó de dolor y de rabia.
Y entonces sacó la espada.
VI
Lo que pasó en los siguientes dos minutos lo registran las fuentes con cierta variación en los detalles, pero el resultado fundamental es el mismo en todas.
Edipo, herido en el pie y enfurecido por el desprecio, atacó.
Mató primero al conductor, que estaba más cerca: una estocada limpia bajo el cuello, cuando el conductor intentaba sujetar a los mulos asustados.
Después se subió al carro y mató a Layo con un golpe de espada que le entró por el costado izquierdo, entre la tercera y la cuarta costilla.
Layo murió en segundos, sin tiempo para decir nada.
Después Edipo bajó del carro y se ocupó de los tres servidores que venían detrás.
Mató a dos. El tercero —un esclavo joven, rápido de pies— logró huir por el sendero del este, hacia Tebas.
Edipo no lo persiguió: tenía el pie demasiado magullado para correr.
Cuando todo terminó, Edipo se quedó en el cruce con cuatro cadáveres. Sus tres compañeros corintios habían visto la escena sin intervenir; era pelea de Edipo, no suya, y los servidores no sabían qué hacer.
Edipo se sentó junto al carro. Se quitó la sandalia del pie izquierdo. La rueda le había dejado el empeine hinchado, sangrando ligeramente, pero sin huesos rotos. Era herida que cerraría en una semana, dejando una nueva marca encima de las viejas cicatrices.
—Mi señor —dijo uno de los compañeros—. ¿Qué hacemos con los cuerpos?
Edipo miró los cuerpos. Eran de hombres que no conocía, que le habían faltado al respeto en un cruce de caminos.
No sentía culpa especial. En aquella época, en aquellos caminos, los duelos por la prioridad de paso eran frecuentes y rara vez terminaban en juicio: lo único que pedía la costumbre era que los muertos recibieran sepultura, no que se identificaran y vengaran.
Si nadie había visto la escena, nadie iba a hacer averiguaciones.
—Buscamos un lugar al borde del camino. Los cubrimos con piedras. No tenemos tiempo para piras adecuadas. Recogemos lo que llevaba el carro de valor.
Los compañeros obedecieron. Llevó cosa de dos horas.
Apilaron piedras sobre los cuatro cuerpos, en un montículo improvisado al borde del sendero.
Recogieron el carro. Tomaron el manto del anciano —era manto de buena calidad, de lana fina, que Edipo se echó sobre los hombros—.
Tomaron el bastón de viaje. Tomaron una pequeña bolsa con monedas que el anciano llevaba al cinto.
Era el botín que un viajero ordinario podía recoger sin escándalo.
Edipo no examinó el manto. Si lo hubiera hecho con atención, habría notado en una esquina un pequeño bordado con el blasón de la casa real de Tebas: una serpiente enroscada sobre una corona.
Era el bordado que las esposas de los reyes tebanos hacían personalmente en los mantos de sus maridos para los viajes oficiales.
Yocasta lo había bordado en aquel manto unos años atrás.
Pero Edipo no lo notó. Se echó el manto sobre los hombros. Siguieron viaje hacia el este, hacia Tebas, con la herida del pie envuelta en un paño limpio.
El esclavo que había huido llegó a Tebas tres días después.
Llevaba la noticia: el rey había sido asesinado por una banda de salteadores en el cruce de tres caminos.
Era versión que el esclavo —para no admitir cobardía— había exagerado: la pelea no había sido contra una banda sino contra un solo joven con tres compañeros que no habían intervenido.
Pero ya nunca habría manera de corregir la versión oficial: el esclavo se mantuvo en ella el resto de su vida.
Tebas hizo duelo por su rey. Yocasta, en el palacio, lloró durante varias semanas.
Se hizo enterrar en su lugar el manto que recordaba haberle bordado a Layo —era costumbre cuando no había cuerpo recuperable, sustituir el cuerpo con una prenda significativa del difunto—.
Pero al ir a buscar el manto en el guardarropa real, no lo encontró.
Pensó que Layo lo llevaba puesto cuando murió. Era cierto.
Tebas quedó sin rey. El cuñado de Yocasta, Creonte —hermano de la reina—, asumió la regencia provisional. Y la Esfinge, en la entrada norte de la ciudad, siguió devorando viajeros.
VII
Edipo llegó a Tebas un día después de la noticia del asesinato del rey.
Encontró la ciudad en duelo, sí, pero también encontró otra cosa: un cartel oficial colocado en la entrada sur de la ciudad, donde Edipo entró, escrito en caracteres grandes. El cartel anunciaba lo siguiente: