CANTO IV
El cruce de tres caminos y la Esfinge
I
Edipo cumplió diecisiete años en pleno verano.
La fiesta de su cumpleaños fue cosa pública.
Corinto celebraba al heredero del trono con todos los honores que se podían esperar: procesión por la mañana, sacrificio en el templo principal al mediodía, banquete en el palacio por la tarde, juegos atléticos al día siguiente.
Pólibo y Mérope habían planificado cada detalle.
Era el primer cumpleaños que celebraban como mayoría de edad parcial —no plena, que no llegaría hasta los veinte—, pero sí ya como entrada en la vida pública.
Edipo había crecido bien. Era alto, fuerte, atlético, hábil con las armas.
Era también, según los maestros que lo habían educado, hombre de inteligencia rápida pero impaciente.
Resolvía los acertijos de los preceptores antes que cualquier compañero.
Pero también se enfadaba con facilidad cuando le contradecían.
Era rasgo que Pólibo y Mérope habían notado con cierta preocupación, pero atribuían a la edad. Suponían que con los años se moderaría.
La cena pública de la noche fue ocasión de cierto exceso. Era costumbre en Corinto, en estas fiestas, que se bebiera vino sin medir. Los nobles de la ciudad asistían en grupo, ocupaban las mesas largas del mégaron, y la velada se alargaba hasta bien entrada la madrugada.
Entre los nobles de Corinto había un hombre llamado Pólibo el Joven —no confundir con el rey—, descendiente de una familia rica pero secundaria de la corte.
Era hombre maduro, de unos cuarenta años, conocido por su carácter algo agrio, por su gusto excesivo por el vino y por una rivalidad personal con la casa real que arrastraba desde la juventud.
Pólibo el Joven había aspirado en algún momento a casar a una hija suya con algún colateral de la casa real; Pólibo el rey había rechazado la propuesta años atrás, y Pólibo el Joven nunca lo había olvidado.
Esa noche bebió más de lo habitual.
Hacia la medianoche, cuando los criados habían retirado ya los segundos platos y se servían los postres, Pólibo el Joven —en una de las mesas laterales, rodeado de varios amigos de confianza— levantó la copa hacia la mesa principal donde estaba Edipo.
Habló en voz lo suficientemente alta para que media sala lo oyera, pero con la apariencia de hablar solo a sus amigos.
—Brindo por nuestro heredero. Por el príncipe Edipo. Que vive con los reyes que lo crían pero que de los reyes no es.
II
Hubo silencio breve en la sala. No completo —era cena con ruido, había varios grupos hablando— pero suficiente para que la frase quedara colgada en el aire del mégaron como cosa dicha que no se podía retirar.
Edipo, en la mesa principal, oyó. Levantó la cabeza. Miró hacia el hombre que había hablado.
—¿Qué has dicho?
Pólibo el Joven sostuvo la mirada. Estaba borracho lo suficiente para no calcular las consecuencias.
—He dicho lo que he dicho.
—Repítelo.
—He brindado por el príncipe Edipo. He dicho que vives con los reyes que te crían pero que de los reyes no eres.
Pólibo el rey, sentado a tres asientos de Edipo, oyó también. Era hombre viejo ya, con reflejos lentos, pero las palabras le entraron limpias por el oído. Se levantó. Trató de intervenir.
—Pólibo, primo. Estás bebido. No sigas. Es noche de fiesta. Te ruego que recojas la palabra.
Pólibo el Joven se levantó también. Era hombre orgulloso, y orgulloso bebido es orgulloso doble.
—No la recojo, mi rey. La palabra está dicha. Lo sabe media corte. Lo sabes tú. Lo sabe tu esposa Mérope. El único que no lo sabe es el muchacho. Y yo no tengo culpa de que se le haya ocultado durante diecisiete años.
Mérope, junto al rey, palideció. Edipo, en su mesa, también palideció pero por motivo distinto.
—Pólibo —dijo el rey—, sales del mégaron ahora. Recoges la insolencia con tu propio cuerpo, mañana, cuando bajes a disculparte. Por ahora sales.
Pólibo el Joven se inclinó con una sonrisa irónica. Salió de la sala sin discutir más. Pero la palabra ya estaba dicha. Estaba dicha y oída por mucha gente.
Edipo se quedó sentado en su mesa principal durante el resto de la cena, en silencio.
No miró a Pólibo el rey. No miró a Mérope.
Comió poco. Bebió menos. Cuando la cena terminó, se levantó, se inclinó correctamente ante los reyes —era costumbre que el príncipe se inclinara ante sus padres en las cenas oficiales, aunque fueran familia—, y subió a sus aposentos sin decir buenas noches a nadie.
Pólibo y Mérope se quedaron en el mégaron hasta el final, cumpliendo los gestos del anfitrión que la situación pedía. Cuando el último noble se hubo retirado, ellos también subieron. No se dijeron nada por el camino. Sabían que algo se había roto.
III
Edipo pasó la noche sin dormir.
A la mañana siguiente, temprano, antes de que el palacio entero estuviera despierto, bajó al ala donde dormían los reyes. Pidió audiencia con su madre. Mérope salió en bata, sin maquillaje, con el pelo todavía recogido en la trenza nocturna.
—Hijo. ¿Tan temprano?
—Madre. Necesito una respuesta.
—Dime.
—¿Es verdad lo que dijo Pólibo anoche?
Mérope se quedó mirándolo. Había temido aquella pregunta durante diecisiete años. Se había imaginado el momento muchas veces. Cada vez se había dicho que cuando llegara, sabría qué responder. Ahora que llegaba, no lo sabía.
Le tocó la cara.
—Hijo. Ven a sentarte.
—Madre. ¿Es verdad?
—Hijo. No es así de simple. Ven y siéntate.
Mérope lo llevó a una pequeña sala lateral, donde solían sentarse las dos en algunas mañanas a hablar. Cerró la puerta. Se sentaron las dos figuras en el banco junto a la ventana.
—Edipo. Lo que dijo Pólibo es una mezcla de verdad y maldad.
La maldad era decirlo en público, borracho, en una cena.
La verdad es que tienes razón en sospechar.
No eres hijo carnal de Pólibo ni mío. Eres hijo adoptivo.
Te recibimos cuando tenías unos días. Vienes de otra casa.
No sabemos cuál. Solo sabemos que fuiste expuesto en el Citerón y que un pastor nuestro te recogió.
Edipo escuchó hasta el final.
—¿Por qué no me lo dijisteis?
—Porque no había razón. Te criamos como nuestro. Te queremos como nuestro. Para todos los efectos, eres nuestro hijo. El derecho del trono es tuyo por adopción legal. La cuestión biológica era secundaria.
—Madre. La cuestión biológica no es secundaria para mí.
—Lo sé.
—¿Quién es mi padre real? ¿Y mi madre?
—No lo sabemos. Nadie nos lo dijo. El pastor que te trajo había hecho promesa de no decir el origen. La cumplió. Nosotros aceptamos sin preguntar. Es lo único que puedo decirte porque es lo único que sé.
Edipo se levantó. Caminó por la sala. Volvió a sentarse.
—Madre. ¿Y si Pólibo el Joven sabe? Lo dijo con seguridad.
—Pólibo el Joven no sabe nada concreto. Sabe el rumor.
El rumor llevaba diecisiete años circulando en voz baja por la corte.
La mayoría de la gente no lo creía. Pólibo el Joven lo cree porque le conviene creerlo: es la única manera que tiene de atacarnos.
Pero no tiene datos. No tiene nombre. No tiene origen.
—¿Y dónde puedo averiguarlo?
Mérope lo miró largamente.
—Hijo. Te ruego que no lo averigües. Algunas verdades hay que dejarlas dormir.
—Madre. Es mi origen. No puedo no querer saber.
—Lo sé. Pero te lo ruego. Por mí. Por tu padre adoptivo, que te quiere más que a su propia sangre. Por la casa que has heredado. No vayas a buscar lo que no tienes que encontrar.
Edipo se levantó otra vez.
—Madre. Voy a consultar el oráculo de Delfos. Es lo único que me satisface.
Mérope cerró los ojos.
—Tienes derecho. Pero te aviso: los oráculos son ambiguos. A veces responden a la pregunta que se hace, a veces responden a la que no se hace. Vuelve con cuidado de lo que vayas a saber.
Edipo asintió. Salió de la sala. Bajó al patio. Aquella misma tarde mandó preparar dos caballos, una pequeña escolta de tres hombres, y provisiones para diez días. Al amanecer del día siguiente salió de Corinto hacia el norte, hacia Delfos.
IV
La consulta a la Pitia se hizo al cabo de seis días de viaje.
Edipo llegó a Delfos al atardecer del sexto día. Pasó la noche en una posada modesta de las afueras del santuario. Al amanecer subió al templo. Esperó turno durante la mañana entera. Hacia el mediodía le permitieron entrar al recinto interior.
La Pitia era la misma que había recibido a Layo dieciocho años antes. Estaba ya muy anciana —tenía más de setenta—, pero seguía oficiando. Edipo no sabía que era la misma. Tampoco habría podido saberlo.
Hizo la pregunta cuidadosamente. Era pregunta que había compuesto durante el viaje, sopesando palabras:
—Soy Edipo, criado en Corinto. Sé desde hace una semana que no soy hijo carnal de Pólibo y Mérope, mis padres adoptivos. Quiero saber quiénes son mis padres reales. Si están vivos. Si los puedo conocer.
La Pitia entró en su trance habitual. Esperó las palabras. Cuando hablaron, no fueron las palabras que Edipo esperaba.
—Edipo. No preguntes por tus padres. No los conozcas.
No los busques. Vete de Delfos. No vuelvas a Corinto.
No vuelvas a ningún sitio donde puedas estar cerca de tus padres reales.
Porque tu destino es este: matarás al hombre que te engendró.
Te casarás con la mujer que te parió. Tendrás hijos de tu propia madre que serán también tus hermanos.
Es lo único que los dioses tienen anotado para ti.
No puedes cambiarlo. Pero puedes alejarte de los nombres concretos. Es lo único que se te concede.
Edipo escuchó hasta el final. Salió del templo sin responder.
Bajó a la posada. Pasó la tarde sentado en el patio, sin moverse, sin comer. Sus tres compañeros lo dejaron en paz —era costumbre respetar a los hombres que volvían del oráculo en silencio—.
Aquella noche tomó una decisión.