El ciclo tebano: La caída de la casa de Layo CANTO III #2
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CANTO III #2

—Lo prometo.

Agatón asintió. Bajó del Citerón con la cesta vacía.

Volvió a Tebas tres días después como había prometido.

Reportó a Layo que la exposición se había hecho como se le había ordenado.

No mintió en lo formal: la exposición se había hecho.

Mintió por omisión: no dijo que el niño seguía vivo.

Layo no preguntó detalles. Yocasta no preguntó nada. Agatón volvió a sus rebaños.

Y el pastor corintio se llevó al niño al sur, hacia Corinto.

V

El pastor corintio se llamaba Estrabón.

Era hombre soltero, sin hijos. Bajó del Citerón con el niño en los brazos, lo llevó a su pequeña cabaña en las laderas bajas, lo dejó al cuidado de su anciana madre durante los días que necesitó para tomar una decisión, y al cabo de una semana, subió al palacio real de Corinto.

Pidió audiencia con el rey Pólibo.

Pólibo era rey maduro entonces —tenía unos cincuenta años—.

Estaba casado con Mérope desde joven. Era matrimonio que llevaba décadas sin producir descendencia.

Pólibo y Mérope habían intentado todo lo que las parejas reales sin hijos intentaban en aquellos tiempos: oráculos, sacrificios, peregrinaciones a santuarios famosos, médicos extranjeros.

Nada había funcionado. Llevaban resignándose, con los años, a la idea de que el trono de Corinto pasaría a alguna rama colateral cuando Pólibo muriera.

Estrabón fue recibido directamente porque traía noticia que el chambelán palaciego juzgó digna del rey. Entró al mégaron con la cesta. Se inclinó.

—Mi rey. Encontré a este niño en lo alto del Citerón hace una semana.

Está expuesto por una casa real extranjera por motivos que no me han sido revelados completamente.

Está sano. Es varón. Tiene quizás unos diez días.

Te lo traigo porque me pareció que un rey sin hijos podría querer a un niño sin padres.

Si no lo quieres, lo crío yo en mi cabaña con mi madre.

Pólibo se levantó del trono. Bajó hasta la cesta. Levantó al niño. Lo miró largamente.

Era niño hermoso. Era sano. Tenía marcas de buena casa.

Tenía los pies hinchados todavía de la cinta de cuero —las marcas tardarían meses en borrarse del todo, y le dejarían cicatrices leves en el resto de su vida—.

Pólibo notó las marcas. Las interpretó como señal de la exposición pero también, secretamente, como marca del destino: el niño que llegaba a sus brazos llevaba ya en el cuerpo el rastro de su propio milagro.

—Estrabón. Voy a llamarlo Edipo.

—¿Edipo?

—Por los pies. Oidi-pous . «El de los pies hinchados». Es nombre que conmemora el rescate sin revelar el origen.

—Es buen nombre, mi rey.

—Estrabón. Te voy a pagar tres mulas y diez ovejas por la entrega.

Es regalo grande, pero el niño vale más.

A cambio te pido una cosa: no le digas a nadie de dónde viene este niño.

Ni en tu cabaña, ni en las tabernas, ni en las fiestas, ni en confidencia a tu madre.

Lo crio como hijo mío y de Mérope. Para Corinto entera, este niño es nuestro hijo. ¿Lo prometes?

—Lo prometo, mi rey.

—Te lo agradezco.

Estrabón salió del palacio aquella tarde con tres mulas y diez ovejas. Cumplió la promesa durante el resto de su vida. Murió viejo, sin haber contado a nadie lo del niño del Citerón. La promesa se mantuvo durante décadas.

VI

Mérope recibió al niño aquella misma noche.

Pólibo subió a la cámara real con la cesta. Mérope estaba sentada junto a la ventana, tejiendo. Era mujer madura ya, con el pelo recogido en una corona alta, vestida con peplo de lino blanco. Levantó la mirada cuando vio entrar al esposo con una cesta cubierta.

—¿Qué traes?

Pólibo destapó la cesta. Mérope vio al niño.

Vio al niño y supo, sin que el marido tuviera que explicar nada, lo que estaba pasando. Llevaba treinta años esperando aquel momento. Lo había imaginado tantas veces que cuando ocurrió por fin, la realidad llegó con la naturalidad de las cosas largo tiempo soñadas.

—¿De dónde?

—Lo trajo Estrabón el pastor. Lo encontró expuesto en el Citerón hace una semana. Es de casa real extranjera, pero no sabremos cuál. Lo crio como nuestro. Le he puesto nombre: Edipo.

—Edipo. Por los pies hinchados.

—Por los pies hinchados.

Mérope tomó al niño en los brazos. Lo miró largamente, como antes habían hecho Yocasta en una cámara distinta y como había hecho Pólibo en el mégaron.

Tres pares de manos diferentes, en pocas semanas, sosteniendo al mismo niño con expresiones distintas: la de Yocasta había sido despedida; la de Pólibo había sido cálculo; la de Mérope era simplemente acogida.

Edipo abrió los ojos. Por primera vez los enfocó vagamente sobre una cara.

—Hijo —dijo Mérope.

El niño no respondió. Pero cerró los ojos como hacen los niños que reconocen una piel nueva sin asustarse.

Mérope lo amamantó aquella misma noche con una nodriza tomada del palacio.

Hicieron correr la voz por Corinto: la reina había dado a luz finalmente al heredero, después de décadas de espera.

Nadie cuestionó la historia. Mérope llevaba unos meses recluida en el ala femenina por una indisposición que los servidores habían interpretado como achaque de edad; resultó que había sido embarazo discreto.

Pólibo cumplía la sospecha pública con la dignidad debida.

Hubo banquete oficial dos días después. Sacrificios a Hera. Procesión.

Edipo creció en Corinto como heredero real.

Era criatura querida. Pólibo y Mérope lo amaron con el amor que los padres tardíos sienten por los hijos llegados después de la esperanza perdida.

Edipo no tuvo razones, durante la infancia, para sospechar nada.

Era hijo de los reyes de Corinto. Iba a heredar Corinto cuando su padre muriera.

Tenía nombre extraño, sí —«el de los pies hinchados»—, pero los nombres extraños no son raros en las casas reales.

Edipo nunca preguntó por qué se llamaba así.

Las marcas de los pies, con los años, se difuminaron. Quedaron dos cicatrices leves en los empeines, una sobre cada pie, simétricas. Edipo las tenía sin saber su origen. Si alguien le preguntaba, decía que probablemente eran de cuando era bebé. Nadie insistía en preguntar.

Pasaron diecisiete años así.

Y al cabo de los diecisiete años, en una cena pública en el palacio de Corinto, un noble borracho hizo el comentario que iba a iniciar todo.

Pero esa parte ya es materia del canto siguiente.

NOTAS DE RECONSTRUCCIÓN AL CANTO III

§ I — El nacimiento y la decisión de Layo.

La decisión de Layo de exponer al niño tras el oráculo desobedecido procede de Sófocles Edipo rey 711-722, Apolodoro 3.

5.7, Eurípides Las fenicias 21-31, Higino Fábulas 66.

El intercambio íntimo entre Layo y Yocasta tras el parto es construcción narrativa coherente con las fuentes.

§ II — Yocasta y la noche de espera. Construcción narrativa que añade densidad psicológica a un episodio que las fuentes presentan en forma sumaria. La negativa de Yocasta a amamantar para evitar el vínculo es invención narrativa con base verosímil en prácticas atestiguadas.

§ III — El pastor y la cinta en los pies.

El motivo de la cinta de cuero atando los pies del niño es central y atestiguado: Sófocles Edipo rey 1031-1036, Eurípides Fenicias 26-27, Apolodoro 3.

5.7. Es lo que da el nombre Edipo ( Oidipous , «pies hinchados»).

El nombre del pastor tebano Agatón es invención (las fuentes no lo nombran en la mayoría de los testimonios); en Sófocles el pastor es anónimo.

§ IV — La piedad del pastor y el encuentro en el Citerón.

La piedad del pastor que no cumple la orden literal procede de Sófocles Edipo rey 1133-1185: en la tragedia el pastor confiesa que «sintió pena» y entregó al niño a un pastor de Corinto en lugar de dejarlo morir.

El encuentro en el Citerón como frontera entre los reinos procede de Sófocles 1133-1140.

El nombre del pastor corintio Estrabón es invención narrativa.

§ V — La entrega a Pólibo y la etimología del nombre.

Pólibo y Mérope como reyes de Corinto y padres adoptivos procede de Sófocles Edipo rey 774-780, Apolodoro 3.

5.7. * La etimología del nombre Edipo ( oidos-pous , «pies hinchados») procede de Sófocles Edipo rey 1036 y de los escolios.

La duración de la espera infértil de Pólibo y Mérope * es construcción narrativa que enmarca la acogida con peso emocional.

§ VI — La crianza en Corinto. La crianza de Edipo como heredero legítimo de Corinto procede de Sófocles Edipo rey 774-786 y de Apolodoro 3.

5.7. El silenciamiento del origen y la versión pública del embarazo de Mérope es construcción narrativa coherente con la lógica del relato sofocleo, donde la verdad permanece oculta hasta el momento exacto del desenlace.