El ciclo tebano: La caída de la casa de Layo CANTO III
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CANTO III

Edipo expuesto y criado

I

El niño nació al final del verano.

El parto fue normal. Yocasta tardó unas horas, no demasiadas para una primípara. La comadrona del palacio recogió al niño, lo limpió, le cortó el cordón con una cuchilla de bronce calentada en el fuego. Era niño grande, sano, con buen color. Lloró fuerte al primer aliento.

Yocasta, agotada por el parto, lo recibió en los brazos con la expresión que tienen las madres en los primeros minutos: una mezcla de alivio físico y de incredulidad ante el hecho de que aquella criatura nueva ha salido de dentro de uno y existe ahora separadamente.

Layo no estaba en la cámara. Layo había salido del palacio aquella misma tarde, cuando le habían anunciado que el parto empezaba. Había bajado al patio. Se había sentado junto al pozo. Llevaba allí tres horas cuando una sirvienta bajó a anunciarle.

—Mi rey. Es varón. Está sano. Vivo.

Layo asintió. No subió de inmediato. Esperó otra hora más. Después subió.

Entró en la cámara. Yocasta estaba en el lecho, con el niño en los brazos. La comadrona se había retirado a una esquina. Las dos sirvientas estaban arreglando el lugar.

Layo se acercó al lecho. Miró al niño. Era niño efectivamente, de cara redonda, de pelo oscuro escaso, con los ojos cerrados todavía. Tenía los puños cerrados sobre el pecho.

—Esposo —dijo Yocasta—. Mira. Es nuestro.

Layo asintió. No tocó al niño. Yocasta lo notó.

—¿No quieres tomarlo?

—Esposa. Tenemos que hablar.

Yocasta cambió de cara.

—¿Hablar de qué?

—Pide a las sirvientas que se vayan.

Yocasta hizo señal a las dos sirvientas y a la comadrona. Las tres salieron. Quedaron Layo y Yocasta solos con el niño.

Layo se sentó en el borde del lecho. Tardó en hablar.

—Esposa. No te he contado todo lo del oráculo de Delfos hace dos años.

Te dije que no podíamos tener hijos por orden divina.

Era cierto. Pero no era toda la verdad. La verdad completa es esta: el oráculo me anunció que si tenía hijo, el hijo me mataría.

Después mataría a su madre por una vía que no era el cuchillo pero era igual de cierta.

Después la cadena llegaría a la cuarta generación y allí terminaría nuestra casa.

Es la maldición de Pélope, que yo provoqué hace años en mi juventud sin medir las consecuencias.

»Por eso te dije que no podíamos tener hijos.

No porque fuéramos infértiles. Por orden divina, sí, pero protectora, no condenatoria.

Mientras no engendráramos, no se cumplía nada.

Cumplimos durante dos años. Pero la noche de Dioniso, hace nueve meses, fallamos.

Y ahora tenemos al niño que no debíamos tener.

Yocasta lo escuchó hasta el final. Cuando Layo terminó, ella no respondió de inmediato. Miró al niño. Después miró a Layo otra vez. Después al niño otra vez.

—¿Y qué propones, esposo?

Layo bajó la mirada al suelo.

—Propongo que el niño no viva.

II

Yocasta no gritó. No lloró.

Era reina y sabía que las reinas no resuelven nada gritando.

—Esposo. ¿Cómo lo dices? ¿Que lo mate yo? ¿Que lo mate la comadrona? ¿Cómo se mata a un niño de horas?

—No vamos a matarlo nosotros. Lo vamos a exponer en el monte. Es lo que se hace. Lo entregaremos a un pastor de confianza. Él lo llevará al Citerón. Lo dejará en un claro alto. Es noche fría, hay lobos, hay osos, hay frío. No durará la primera noche.

—Es nuestro hijo.

—Es nuestra casa.

—Es nuestro hijo, Layo.

—Yocasta. Si lo cuidas, dentro de veinte años me matará.

Después te matará a ti. Después maldecirá a los hijos suyos.

La casa entera se extingue. Si lo expones, la casa sobrevive sin descendencia directa, pero sobrevive.

Es elección entre el hijo y la casa. Es elección terrible. Pero es elección que toca hacer.

Yocasta miró al niño dormido sobre su pecho. Era criatura nueva. Tenía el cuello suave bajo su dedo. Tenía un puño cerrado contra su clavícula.

Llevaba diez años queriendo aquel niño.

—Esposo. Concédeme una noche para pensar. Hasta el amanecer. Después haré lo que me pidas. Pero esta noche déjame con él.

Layo lo pensó. Asintió.

—Hasta el amanecer.

Salió de la cámara. Bajó al patio. Pasó la noche solo junto al pozo, con un manto sobre los hombros, mirando el cielo.

Yocasta pasó la noche en el lecho con el niño en los brazos.

No durmió. No lo soltó. No lo amamantó —prefirió no establecer ese vínculo, porque sabía que iba a tener que entregarlo al amanecer—.

Solo lo miró. Lo miró durante toda la noche, con la luz de una pequeña lámpara de aceite que mantuvo encendida hasta que el cielo gris empezó a aparecer por la ventana.

Cuando amaneció, Yocasta llamó a una de las sirvientas. Pidió que trajeran al esposo y al pastor.

III

El pastor se llamaba Agatón.

Era hombre de unos cincuenta años, leal a la casa real desde la juventud, encargado de los rebaños palaciegos en las laderas bajas del Citerón.

Layo había elegido al pastor con cuidado durante la noche: necesitaba a alguien que cumpliera la orden sin discutir, pero también a alguien con la discreción suficiente para no contar después en las tabernas lo que había hecho.

Agatón era hombre callado. Era buena elección.

Layo le explicó la orden en privado, en el patio del palacio, lejos de la cámara donde Yocasta esperaba.

—Agatón. Te entrego un niño. Es recién nacido.

Lo llevas al Citerón. Subes hasta la altura donde solo van los pastores y los lobos.

Buscas un claro alejado de los senderos.

Le atas los pies con una cinta de cuero —los dos pies juntos, como si fueran uno solo, para que aunque sobreviva de algún modo no pueda caminar—.

Lo dejas en el claro. No te quedas. Bajas inmediatamente.

Vuelves al palacio al cabo de tres días.

Me reportas que lo has hecho. Y olvidas que ha existido.

—Mi rey. ¿Puedo preguntar por qué?

—No puedes.

—Lo haré, mi rey.

—Lo harás.

Agatón subió a la cámara. Yocasta le entregó al niño envuelto en lino. Antes de entregarlo, le ató ella misma los pies con una cinta de cuero fino, según las instrucciones que Layo le había transmitido. Apretó la cinta lo justo para que sujetara sin cortar. El niño dormía. No notó el cierre.

Yocasta lo besó una sola vez en la frente. No dijo palabra. Lo entregó.

Agatón salió del palacio con el niño en una pequeña cesta de mimbre cubierta. Tomó el sendero del oeste, hacia el Citerón. Era mañana temprano. La ciudad despertaba lentamente.

Layo se quedó en el patio. Yocasta se quedó en el lecho, ya sola.

Ninguno de los dos volvió a hablar del niño con el otro durante los siguientes veinte años. Era como si no hubiera existido. Lo borraron del lenguaje familiar.

IV

Pero Agatón no cumplió la orden.

Lo intentó durante medio camino. Subió por el sendero del Citerón. Llegó a la altura indicada. Encontró un claro alejado de los senderos. Bajó del mulo. Sacó la cesta. Miró al niño.

El niño se había despertado durante el camino. Tenía los ojos abiertos. Eran ojos oscuros, todavía sin color definido como tienen los recién nacidos en los primeros días. Miraban al techo de la cesta sin enfocar. Pero miraban.

Agatón se quedó mucho rato con la cesta en las manos.

Pensó en su esposa, que llevaba tres partos sin sobrevivientes. Pensó en lo que Layo le había pedido. Pensó en lo que los dioses pensarían cuando lo vieran dejar a un niño vivo en un claro alto del Citerón sin más cobijo que el cielo. Era hombre piadoso. Era también hombre con conciencia.

Pero también era hombre que tenía orden de un rey.

Decidió un compromiso. Cumpliría la orden externa pero no su intención.

Dejaría al niño en el claro como había prometido.

Le ataría los pies como había prometido.

Pero en lugar de bajar inmediatamente, esperaría escondido detrás de unas rocas durante unas horas.

Si pasaba algún pastor de la región, le entregaría al niño con la condición de que se lo llevara a tierras lejanas y no volviera a Tebas nunca.

Si no pasaba nadie, bajaría y dejaría al niño a su suerte.

Era manera de pasarle la responsabilidad a los dioses. Si los dioses querían que el niño viviera, mandarían a un pastor. Si no, no.

Agatón cumplió el plan. Dejó al niño en el claro. Le ató los pies. Se escondió detrás de las rocas. Esperó.

Tardó cuatro horas en pasar alguien.

Era otro pastor. Era hombre algo más joven que Agatón, de unos treinta y cinco años, vestido también de pastor.

Pero no era pastor de Tebas. Era pastor extranjero.

Venía del sur, de la otra vertiente del Citerón, que pertenecía al reino de Corinto.

Era pastor de los rebaños reales de Corinto, en concreto, en su recorrido habitual por las laderas del monte donde los rebaños corintios pastaban durante el verano.

El pastor vio al niño en el claro. Se acercó. Lo recogió. Lo desconcertó la cinta de los pies. La desató. Miró al niño con cuidado: era niño sano, bien vestido en lino, con marcas de buena familia. Estaba claro que había sido expuesto deliberadamente, no perdido.

Agatón salió de detrás de las rocas.

El otro pastor se sobresaltó. Era frecuente que los pastores de los reinos vecinos se encontraran en las cumbres del Citerón sin que ninguno tuviera la autoridad sobre el sitio: el monte era frontera.

Agatón no llevaba armas. El otro pastor tampoco.

Se reconocieron mutuamente como pastores, no como amenaza.

—Compañero —dijo Agatón—. ¿De dónde eres?

—De Corinto. Soy de los rebaños del rey Pólibo. ¿Y tú?

—De Tebas. Soy de los rebaños del rey Layo. Y este niño que tienes en los brazos es de la casa real de Tebas. Lo he expuesto yo por orden del rey.

El pastor corintio entendió.

—¿Por qué?

—No puedo decirlo. Hay una maldición. Es lo único que sé. Pero te ruego una cosa: si te lo llevas, no vuelvas a Tebas con él. No digas nunca de dónde viene. Si lo crías tú, mejor. Si lo entregas a algún noble corintio que pueda criarlo, mejor también. Pero lejos de Tebas. ¿Lo prometes?

El pastor corintio se lo pensó. Era hombre piadoso. Lo prometió.