CANTO II #2
Era la maldición instalándose. Empezaba a operar desde aquel momento. Iba a operar durante las cuatro generaciones siguientes.
V
Layo volvió a Tebas hacia los veinticinco años.
Volvió porque la situación política en Tebas había cambiado.
Anfión y Zeto, los primos que habían tomado el trono asesinando al regente Lico, habían muerto en circunstancias separadas: Anfión por flechas de Apolo en una disputa religiosa, Zeto en una pelea local.
La ciudad estaba sin rey. Los nobles tebanos —descendientes de los Espartoi— mandaron mensajeros al Peloponeso buscando a Layo, último descendiente legítimo de la casa de Cadmo.
Layo aceptó. Volvió. Asumió el trono que había sido suyo desde el principio. Tenía veintiséis años. Era hombre formado, con la experiencia del exilio, con la práctica del palacio aprendida en la corte de Pélope. Era buen rey en lo administrativo.
Era también, sin saberlo, hombre maldito.
Se casó al cabo de un año con Yocasta, hija de Meneceo, descendiente directa de los Espartoi por línea de Equión.
Era matrimonio doblemente conveniente: unía la sangre de los fundadores —los Espartoi— con la sangre de la casa real cadmea.
Era el matrimonio que la nobleza tebana había estado esperando.
Yocasta era hermosa según las tradiciones, joven —tenía unos veinte años—, con buena salud, de carácter práctico.
Era la clase de mujer que prometía darle al rey los hijos necesarios para asegurar la sucesión.
Layo se enamoró de ella con la calma serena de los hombres que se casan por conveniencia y descubren con sorpresa agradable que también pueden querer a la esposa.
Pasaron diez años de matrimonio sin hijos.
Era cosa rara. Layo y Yocasta eran los dos sanos, eran los dos jóvenes, vivían bien, no había razones físicas aparentes. Pero los hijos no llegaban. Llamaron a médicos, a sacerdotes, a adivinos locales. Nadie sabía qué pasaba.
Al cabo de los diez años, Layo decidió ir a consultar al oráculo de Delfos. Era la consulta canónica para los reyes sin descendencia.
VI
Layo subió a Delfos en otoño.
Era el segundo viaje a Delfos que la casa de Cadmo registraba: el primero había sido el de su tatarabuelo fundador. Layo no pensó conscientemente en la simetría. Pero algunas tradiciones posteriores la notaron y la registraron: la casa empieza con un oráculo y va a terminar con otro.
La Pitia lo recibió al cabo de varios días de espera. Era una pitia distinta de la que había recibido a Cadmo: había pasado un siglo. Esta era más joven, más austera, con los rasgos marcados de las mujeres que han vivido demasiados oráculos negativos.
Layo planteó su pregunta:
—Soy Layo, rey de Tebas, descendiente de Cadmo. Llevo diez años sin hijos con mi esposa Yocasta. He venido a saber por qué.
La Pitia se quedó callada un rato más largo que el habitual. Cuando habló, su voz era distinta de la voz normal. Era voz que venía de más abajo, de más antiguo.
—Layo de Tebas. No tienes hijos porque los dioses te están protegiendo.
La maldición de Pélope, que tú sabes que existe y que has fingido no recordar todos estos años, está esperando en el silencio.
Mientras no tengas hijos, no se cumple. Si tienes hijo, se cumple.
El hijo te matará. Después matará a su madre por una vía que no es la del cuchillo pero es igual de cierta.
Después maldecirá a sus propios hijos. La cadena llegará a la cuarta generación y allí terminará tu linaje.
»Si quieres descendencia, tendrás todo lo demás.
Si no quieres todo lo demás, no tendrás descendencia.
Es la única elección. No es elección que se pueda regatear.
Sal de Delfos. Vuelve a Tebas. Vive con tu esposa el resto de tus años.
No engendres hijo. Es lo único que se te pide. Es lo único que puedes hacer.
Layo escuchó hasta el final. Salió del santuario sin decir palabra. Bajó la montaña en silencio. Cabalgó hacia Tebas con la cabeza llena.
Era difícil aceptar lo que había oído. Era difícil porque significaba renunciar a la línea sucesoria que la casa de Cadmo necesitaba; significaba dejar el trono, cuando él muriera, a alguna rama colateral cuya legitimidad sería más débil; significaba ver a Yocasta envejecer sin la posibilidad de la maternidad que ella deseaba. Era renuncia triple.
Pero Layo había oído el oráculo. Y los oráculos de Delfos eran inequívocos: o se obedecían o se sufría las consecuencias. Era ley antigua.
Decidió obedecer.
Volvió a Tebas. Le contó a Yocasta solo una parte del oráculo: que no podían tener hijos por orden divina, sin más detalles.
Yocasta lo aceptó con la resignación de las esposas reales aqueas de aquellos siglos, que aceptaban más cosas de las que protestaban.
Empezaron a vivir sin la esperanza del hijo.
Pero hay decisiones que el cuerpo no respeta. El cuerpo de un hombre y el de una mujer que llevan once años juntos no obedecen siempre a los oráculos.
Una noche de invierno, dos años después del viaje a Delfos, Layo bebió más vino del habitual en la cena.
Era una de las pocas noches del año en que se permitía el vino sin medida —era fiesta de Dioniso, el dios local de Tebas, descendiente él mismo de Cadmo en la rama de Sémele—.
Layo bebió. Yocasta bebió también. Subieron juntos a la cámara.
Lo que pasó aquella noche no es difícil de imaginar.
Al amanecer del día siguiente, Layo se despertó con el dolor de cabeza propio del vino sin mezcla. Y con el recuerdo de lo que había hecho. Y con la certeza de que algo se había puesto en marcha.
Yocasta, a su lado, dormía aún. Layo la miró un rato largo. Después se levantó. Bajó al patio. Se sentó junto al pozo. Esperó al sol.
Nueve meses después, Yocasta dio a luz un niño varón.
NOTAS DE RECONSTRUCCIÓN AL CANTO II
§ I — Los dos primeros sucesores y la regencia de Lico.
Polidoro y Lábdaco como sucesores intermedios procede de Apolodoro 3.
5.5, Pausanias 9.5.4-5, y los catálogos genealógicos hesiódicos.
La muerte temprana de Lábdaco y la regencia de Lico procede de Apolodoro 3.
5.5. El episodio de Anfión y Zeto procede de Apolodoro 3. 5.5-6 y de Homero Odisea XI.262-265.
§ II — El exilio de Layo en la corte de Pélope.
El asilo de Layo en la corte de Pélope procede de Apolodoro 3.
5.5, escolios a Eurípides Las fenicias 1760, y Ateneo XIII.
602-603 (citando a Praxila). Crisipo como hijo de Pélope y una ninfa procede de Apolodoro 2.
4.6 y escolios. * La práctica de la paiderastía aquea procede de Estrabón X.
4.21 (sobre Creta) y Plutarco Erótico*; he tratado el contexto cultural con cuidado para no aplanar la diferencia con las prácticas modernas.
§ III — El rapto y la muerte de Crisipo.
El motivo central del rapto de Crisipo por Layo y el suicidio del muchacho está atestiguado en Apolodoro 3.
5.5, escolios a Eurípides Las fenicias 1760, escolios a Píndaro Olímpica 1.
89, Higino Fábulas 85, y referencias indirectas en Plutarco y Ateneo.
Eurípides escribió una tragedia Crisipo hoy perdida que probablemente desarrollaba el episodio.
La caracterización psicológica de Crisipo (el suicidio por vergüenza, no por violencia física directa) sigue una de las dos tradiciones principales; he preferido esta versión por motivos de respeto narrativo.
§ IV — La maldición de Pélope. La maldición de Pélope sobre la casa de Layo procede de los escolios a Eurípides Las fenicias 1760, escolios a Esquilo Siete contra Tebas 742, y Ateneo XIII.
602-603. El ritual de la maldición desde lugar elevado con sangre del propio dedo es construcción narrativa coherente con prácticas atestiguadas de maldición ritual en el mundo griego arcaico (cf.
Watson, Curses ). La duración de la maldición «hasta la cuarta generación» procede de la lógica del ciclo: Layo, Edipo, Eteocles/Polinices, y los Epígonos cierran exactamente cuatro generaciones.
§ V — Yocasta y los diez años sin descendencia. Yocasta como descendiente de los Espartoi por la rama de Equión procede de Apolodoro 3.5.7 y los catálogos genealógicos. Los años sin descendencia previos al oráculo son construcción narrativa coherente con la duración aproximada del reinado de Layo.
§ VI — La consulta a Delfos y el engendramiento.
La consulta de Layo al oráculo de Delfos por la infertilidad procede de Eurípides Las fenicias 13-20, Apolodoro 3.
5.7, y escolios. La advertencia explícita del oráculo de no engendrar hijo procede de las mismas fuentes.
El engendramiento accidental durante la fiesta de Dioniso combina elementos de Eurípides (que sitúa el engendramiento en estado de embriaguez) con la lógica narrativa del cumplimiento de la maldición de Pélope: Dioniso, descendiente él mismo de Cadmo por Sémele, es el dios que rompe involuntariamente la abstinencia.