El ciclo tebano: La caída de la casa de Layo CANTO II
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CANTO II

La maldición de Layo

I

Pasaron dos generaciones tranquilas antes de que la maldición empezara a manifestarse.

Polidoro, hijo de Cadmo, reinó en Tebas durante unos veinte años.

Murió en su lecho. Le sucedió su hijo Lábdaco.

Lábdaco reinó pocos años: murió joven, en circunstancias que las fuentes no detallan claramente —algunas hablan de una caída del caballo, otras de una enfermedad breve, otras simplemente registran «murió antes de tiempo» sin más explicación—.

Dejó un único hijo varón, Layo, que tenía apenas un año cuando el padre murió.

La regencia recayó en un tío materno, Lico, que fue regente competente.

Lico gobernó Tebas durante los veinte años en que Layo creció.

Le enseñó al sobrino las cosas que los reyes jóvenes debían saber: a montar a caballo, a usar las armas, a leer las cuentas del palacio, a hablar en las asambleas locales. Era buena regencia. Layo creció bien.

Pero cuando Layo tenía dieciséis años, ocurrió un episodio que cambió la trayectoria del reino.

Los hijos gemelos de Antíope —Anfión y Zeto, primos lejanos de Layo, considerados también descendientes de la casa real por línea materna— volvieron a Tebas reclamando el trono.

Habían crecido en el campo, criados por pastores tras una historia familiar complicada, y ahora reclamaban su derecho.

La disputa fue rápida y violenta. Lico fue asesinado por Anfión y Zeto.

Los gemelos tomaron el control de la ciudad.

Layo, todavía adolescente, huyó.

No tenía aliados suficientes para enfrentarse a sus primos.

No tenía edad para liderar resistencia. Salió de Tebas una noche, con tres compañeros leales y unas pocas pertenencias, y se dirigió al sur, hacia el Peloponeso.

Buscó refugio en la corte del rey más respetado de la región: Pélope, rey de Pisa, en la Élide.

Pélope lo recibió con la hospitalidad debida a un príncipe en desgracia.

Era costumbre antigua aceptar a los exiliados reales de otras casas; era cuestión de honor para los reyes consolidados.

Pélope tenía entonces unos sesenta años, era viudo, padre de varios hijos varones e hijas.

Le ofreció a Layo asilo durante el tiempo que necesitara.

Le ofreció también lugar en la mesa familiar, lo cual era distinción especial.

Layo aceptó. Y se quedó.

II

Los años de Layo en la corte de Pélope fueron, durante un tiempo, años buenos.

Aprendió las costumbres de los aqueos del Peloponeso, que eran ligeramente distintas de las de los beocios.

Aprendió la lengua local. Hizo amistad con varios de los hijos varones de Pélope: Atreo, Tiestes, Picteo.

Atreo y Tiestes serían los padres de Agamenón y Menelao y los abuelos de la generación que combatiría en Troya generaciones después. Pero esto Layo no lo sabía aún.

También conoció a Crisipo.

Crisipo era el hijo más joven de Pélope.

No era hijo de matrimonio principal: era hijo de una concubina ninfa llamada Axíoque.

Tenía, cuando Layo llegó a la corte, alrededor de doce años.

Era niño hermoso —de los hermosos en sentido griego antiguo, lo cual significaba a la vez físicamente armonioso, intelectualmente despierto, y socialmente prometedor—.

Pélope lo prefería entre todos sus hijos varones.

Atreo y Tiestes lo sabían y lo resentían: el muchacho podría heredar privilegios mayores que los suyos cuando llegara el momento.

Layo, durante los primeros años en la corte, no prestó atención particular a Crisipo. Era niño. Layo, a sus dieciocho o veinte años, no se interesaba aún en niños.

Pero cuando Crisipo cumplió quince, Layo lo notó.

Era costumbre admitida en muchas cortes griegas de aquella época —no en todas, pero sí en bastantes— que hombres adultos jóvenes tomaran como amantes a muchachos adolescentes en una relación llamada paiderastía , que no era exactamente lo que la palabra moderna sugiere sino algo más complejo: era a la vez relación afectiva, sexual, y tutorial.

El adulto era erastés , el muchacho era erómenos .

La relación duraba un tiempo limitado —desde la pubertad del muchacho hasta su primera barba—.

Si los dos eran del mismo rango social, si el muchacho consentía libremente, y si la familia del muchacho aprobaba, la relación se consideraba honorable.

Si alguna de estas condiciones faltaba, no.

Layo cometió el error de no respetar las tres condiciones a la vez.

III

Empezó cortejando a Crisipo en pequeñas cosas. Le hablaba a la salida de las cenas familiares. Le acompañaba en los entrenamientos atléticos del gimnasio. Le regalaba pequeñas piezas de orfebrería que había traído de Tebas en su exilio. Crisipo, halagado, no rechazaba la atención.

Layo le propuso, a los pocos meses, formalizar la relación según las costumbres aqueas. Crisipo dudó. Era joven. No estaba seguro de lo que sentía. Pidió tiempo.

Pélope, mientras tanto, se dio cuenta de la atención de Layo hacia su hijo menor y no la aprobó.

La razón concreta no la registran las fuentes claramente, pero se puede deducir: Pélope quería para Crisipo un futuro distinto del de una relación tutelar con un príncipe extranjero exiliado sin reino.

Quería casarlo bien dentro de unos años, hacerle gobernar alguna región del Peloponeso, no entregarlo a una temporada de aprendizaje con un hombre que vivía en su casa por hospitalidad.

Pélope se lo dijo a Layo en privado. Le pidió que se contuviera. Le pidió que respetara la decisión paterna.

Layo asintió. Pero no se contuvo.

Decidió, en cambio, llevarse al muchacho.

La decisión la tomó una tarde en el gimnasio, viendo a Crisipo entrenar el lanzamiento de jabalina con su preceptor.

Layo había estado hablando con el muchacho un rato antes.

Crisipo le había dicho que dudaba todavía sobre la relación, pero que su padre le había prohibido aceptarla y que él tenía que obedecer al padre.

Layo decidió que la prohibición de Pélope era injusta. Que Crisipo había mostrado interés. Que con tiempo el muchacho aceptaría. Que lo único que faltaba era retirar al muchacho de la influencia paterna.

Eran tres razonamientos. Los tres eran malos. Los tres iban a salir caros.

Aquella misma noche, Layo abandonó la corte de Pélope con dos compañeros y se llevó a Crisipo.

Lo hizo aprovechando una salida de caza nocturna que el muchacho había planeado con un pequeño grupo de amigos.

Layo se sumó a la cacería. Cuando estuvieron lejos del palacio, separó a Crisipo del grupo con un pretexto.

Lo subió al carro. Salió hacia el norte a galope.

Era rapto. Era rapto de hijo de rey por príncipe exiliado bajo hospitalidad. Era afrenta directa al anfitrión.

Pélope lo descubrió al amanecer del día siguiente. Mandó tropas tras los fugitivos. Las tropas alcanzaron a Layo y a Crisipo cerca de la frontera norte del reino. Hubo escaramuza breve. Layo huyó. Crisipo, capturado por las tropas paternas, fue devuelto a Pisa.

Pero el muchacho no volvió bien.

Las versiones sobre lo que pasó exactamente en la fuga difieren.

Algunas dicen que Layo había forzado físicamente a Crisipo durante la huida y que el muchacho llegó a casa avergonzado y roto.

Otras dicen que Crisipo, al ser devuelto, se sintió humillado por la persecución pública, por las habladurías de la corte, por la posición ambigua en que la fuga lo había puesto.

La distinción importa menos que el resultado: pocos días después del retorno, Crisipo se suicidó en su cámara.

Se ahorcó con una cinta del cabello, exactamente como —siglos después— se ahorcaría Yocasta cuando descubriera su propia desgracia. Era la misma cinta, en cierto modo: era el mismo gesto que iba a repetirse en la misma sangre de los descendientes.

IV

Pélope encontró el cuerpo de su hijo aquella misma tarde.

No lloró delante de los testigos. Era rey y sabía que el llanto público de un rey no resuelve nada. Mandó preparar las exequias. Hizo el sacrificio funeral correspondiente. Recibió a los nobles de Pisa que vinieron a darle el pésame.

Pero por la noche, ya en privado, subió a la torre más alta del palacio.

Pélope conocía las maldiciones rituales antiguas.

Sabía las palabras. Sabía las condiciones que debían cumplirse para que una maldición tuviera fuerza divina: tenía que pronunciarse en lugar elevado, mirando al norte —hacia el sitio donde estaba la persona maldecida—, con la sangre del propio dedo entre los labios, en voz audible para los dioses pero no para los humanos.

Cumplió las condiciones. Se pinchó el dedo izquierdo con una espina de mirto. Se chupó la sangre. Miró al norte, hacia el camino por el que Layo había huido.

Y pronunció la maldición.

—Layo de Tebas. Has venido a mi casa como exiliado.

Te he dado lecho y comida durante años. Te has llevado a mi hijo más joven y lo has empujado a la muerte.

Por mi mano de padre, por la sangre de Crisipo, por los dioses del hogar, te maldigo.

Que no tengas hijos. Y si los tienes, que el hijo te mate.

Y si no es el hijo, que el linaje se extinga en sangre derramada entre parientes.

Te maldigo a ti y a la casa de Lábdaco hasta la cuarta generación. Así sea.

Las palabras de Pélope subieron al cielo aquella noche con el peso que las maldiciones de padres heridos tienen siempre. Los dioses las oyeron. Apolo, en Delfos, las anotó. Las Erinias, en sus cavernas debajo del mundo, las recogieron también: era la clase de juramento que ellas vigilaban.

Layo, en su huida hacia el norte, no oyó nada concreto aquella noche.

Pero al amanecer del día siguiente sintió una incomodidad en el pecho que no había sentido antes.

Era como si algo le faltara, o como si algo nuevo se le hubiera instalado dentro sin permiso.

No supo identificar la sensación. La atribuyó al cansancio del viaje.