CANTO I #2
Cuando llegaron a la fuente, los dos cuerpos estaban en el suelo, irreconocibles.
El dragón estaba enroscado otra vez sobre el agua, en posición de espera.
Era visión que ninguno de los hombres había imaginado posible: animal del tamaño que ningún animal vivo debería tener, con escamas de un verde oscuro casi negro y ojos que reflejaban la luz del crepúsculo como dos pequeños fuegos.
Tres de los hombres de Cadmo dieron un paso atrás. Uno de ellos —el más joven, que se llamaba Hipsias— se echó a temblar.
Cadmo no retrocedió. Avanzó.
Sabía que si retrocedía, el dragón lo perseguiría por el valle entero. Era animal de la fuente: defendía el agua, pero no se quedaba quieto si la amenaza huía. Mejor enfrentarlo allí, con el agua de su lado, que en campo abierto.
Avanzó. El dragón se levantó la primera porción del cuerpo —el cuello, podríamos decir, aunque la palabra cuello no se ajusta bien a un cuerpo serpentino—.
Atacó. Cadmo se hizo a un lado en el último momento, dejó que la cabeza pasara junto a él, y clavó la lanza en el costado del animal por debajo de las primeras escamas.
La lanza entró. Pero entró poco: las escamas del dragón eran tan duras como el bronce de la propia punta. El animal rugió. Era rugido que se oyó en todo el valle, hasta los olivares lejanos.
Cadmo intentó retirar la lanza para volver a clavarla. No pudo. Estaba atrapada entre las escamas. La soltó. Sacó la espada.
Combatieron así durante una media hora. Cadmo esquivaba, atacaba con la espada en zonas vulnerables —el ojo, la base de la mandíbula, el vientre—.
El dragón intentaba atraparlo en sus enroscamientos.
Tres veces Cadmo estuvo a punto de caer.
Las tres veces alguno de sus hombres —los que aún no habían huido— lo cubrió desde el flanco con piedras o con lanzas arrojadizas.
Al final, en un movimiento que las tradiciones posteriores recogieron de varias maneras distintas, Cadmo consiguió clavar la espada en el ojo derecho del dragón.
La hoja entró hasta el cerebro. El animal se sacudió con violencia, golpeó las rocas circundantes, se enroscó sobre sí mismo.
Pero la herida era mortal. Tardó unos minutos más en morir.
Cuando murió, su cuerpo quedó tendido en el suelo junto a la fuente, ocupando casi todo el espacio entre las dos colinas.
Cadmo se quedó mirándolo. Estaba ensangrentado, agotado, con las dos manos cortadas en lugares menores y un golpe fuerte en la cadera. Tres de sus hombres habían muerto. Solo le quedaban cinco.
Y Ares, en el Olimpo, había sentido el momento exacto en que su hijo serpiente había dejado de respirar.
VI
Atenea bajó al lugar del combate.
Bajó porque sabía que Ares vendría dentro de poco a cobrar venganza, y Cadmo no estaba en condiciones de defenderse contra un dios airado.
Atenea había decidido proteger al fundador desde antes incluso de que Cadmo llegara a la fuente —era diosa de las fundaciones, y Cadmo iba a fundar una ciudad importante—.
Bajó en forma humana, vestida de mujer joven, sin las armas ni el casco habituales. No quería que sus hombres se asustaran.
Apareció junto a Cadmo en el sendero, sin que nadie la viera llegar.
—Cadmo de Tiro. Has matado al dragón de Ares. El dios va a venir. Tienes poco tiempo.
Cadmo la miró. Reconoció en la mujer joven algo que no era una mujer joven —la voz tenía un timbre que no era humano, los ojos eran demasiado grises—. No preguntó quién era. Tenía idea aproximada.
—¿Qué debo hacer?
—Saca los dientes del dragón. Todos los que puedas. Son sesenta y tantos. Siémbralos en el suelo junto a la fuente, como si fueran granos. Échales agua de la fuente por encima. Después espera.
—¿Espero a qué?
—Lo verás.
Atenea desapareció.
Cadmo, sin discutir, hizo lo que la diosa había dicho. Sacó los dientes del dragón con un cuchillo. Eran dientes grandes, blancos, curvados. Llenó dos sacos. Los sembró en el suelo junto a la fuente. Echó agua sobre los surcos.
Esperó.
Al cabo de unos minutos, la tierra empezó a moverse. Aparecieron primero las puntas de las lanzas, después los cascos, después los hombros y finalmente los hombres enteros. Eran guerreros adultos, completamente armados, salidos de la tierra como plantas. Sesenta y tantos.
Cuando estuvieron todos fuera del suelo, se miraron unos a otros. Y se mataron.
No se sabe quién empezó. Algunos dicen que Cadmo arrojó una piedra entre ellos para provocar la pelea.
Otros dicen que se mataron espontáneamente porque eran hombres-dragones, hechos de la sustancia agresiva del padre serpiente, y la primera mirada bastaba para que cada uno viera en el otro un enemigo.
La pelea fue brutal y muy rápida. Cuando terminó, en cuestión de diez o quince minutos, había cincuenta y siete cadáveres en el suelo.
Quedaban cinco hombres en pie. Eran los más fuertes, o los más rápidos, o simplemente los que habían tenido suerte. Se llamaban Equión, Udeo, Ctonio, Hiperenor y Peloro. Bajaron las armas a una señal mutua. Se acercaron a Cadmo.
—Eres nuestro rey —dijo Equión, que parecía hablar por los cinco.
—¿Por qué?
—Porque tú nos has sembrado. La tierra nos ha parido. Pero quien nos ha sembrado eres tú. Te seguiremos.
Cadmo asintió. Era hombre cansado, herido, con cinco compañeros propios y cinco recién nacidos de la tierra. Era extraño grupo fundador para una ciudad. Pero era el grupo que tenía.
—Bien. Mañana empezamos a construir. Por hoy descansamos.
Aquellos cinco hombres salidos de los dientes del dragón —los Espartoi, «los sembrados»— serían las cinco familias nobles de la ciudad que se fundaba aquel día.
Sus descendientes gobernarían Tebas durante generaciones.
Y la ciudad —que Cadmo decidió llamar Cadmea, por sí mismo, aunque las generaciones posteriores la llamarían Tebas por razones que ahora no importan— quedaría marcada por aquel origen: ciudad sembrada de violencia, ciudad nacida de los dientes de un dragón, ciudad que tendría siempre, en sus líneas de sangre principales, algo de la naturaleza agresiva del padre serpiente.
Pero esa parte aún tardaría en manifestarse.
VII
Cadmo gobernó Tebas durante muchos años en paz.
La ciudad creció rápido. Llegaron familias de las regiones circundantes atraídas por la fundación.
Las cinco familias de los Espartoi se hicieron nobleza local.
Cadmo demostró ser buen rey: justo en lo posible, prudente en lo necesario, sin las ambiciones imperiales que habrían atraído enemigos mayores.
Pero le faltaba esposa. Era cuestión que Cadmo no había resuelto durante la búsqueda de Europa ni durante los años de la fundación. Tenía ya casi cuarenta años. Era hora.
Los dioses lo resolvieron por él.
Zeus, que aún se sentía vagamente culpable por lo de Europa, decidió compensar a Cadmo con un matrimonio de primera categoría.
Convocó al consejo olímpico. Anunció que iba a casar a una diosa con un mortal en compensación por una afrenta familiar.
La diosa elegida fue Harmonía, hija de Ares y Afrodita.
Harmonía era diosa menor, no olímpica de pleno rango, pero diosa al fin.
Había nacido del adulterio famoso entre Ares y Afrodita —el episodio que Homero contaría siglos después en la Odisea , con Hefesto cazando a su esposa y al amante en la red invisible—.
Después del escándalo, la niña había sido criada discretamente en el Olimpo, sin demasiada atención de sus padres.
Cuando Zeus anunció el matrimonio, Hefesto, el marido despechado de Afrodita, vio la ocasión de vengarse.
Hefesto era dios herrero. Era hijo de Hera —o de Hera y Zeus, según versiones—. Era cojo. Era feo. Estaba casado con Afrodita por orden de Zeus y nunca había sido feliz. Ares era su mayor enemigo. Harmonía, hija de la unión adúltera, era para Hefesto símbolo viviente de su humillación.
Hefesto decidió fabricar un regalo de boda para Harmonía.
Era costumbre que los dioses contribuyeran con regalos a las bodas importantes.
Hefesto, como dios artesano, podía hacer regalos extraordinarios.
Le ofreció a Harmonía dos cosas: un collar de oro con incrustaciones de esmeraldas y un peplo de tejido sobrenatural, fino como tela de araña y duradero como bronce.
Eran piezas magníficas. Eran también, las dos, maldecidas.
Hefesto puso en cada una una maldición sutil. El collar otorgaba a su portadora belleza eterna, sí, pero traía a su casa la discordia, la traición y la muerte violenta. El peplo otorgaba a su portadora dignidad y autoridad, sí, pero traía a su casa la sangre derramada entre parientes.
Las maldiciones no eran inmediatas: no actuaban sobre Harmonía misma. Actuarían sobre sus descendientes. Era venganza lenta, dosificada a través de generaciones.
La boda de Cadmo y Harmonía se celebró en Cadmea con todo el Olimpo asistiendo.
Era boda divina-mortal: una de las pocas ocasiones, junto con la de Tetis y Peleo, en que los dioses bajaban a la tierra para una ceremonia humana.
Asistieron Zeus y Hera, Apolo y Artemisa, Atenea, Hermes, las Musas, las Gracias.
Ares y Afrodita estuvieron presentes como padres de la novia, aunque no se hablaron entre sí en toda la fiesta.
Hefesto vino brevemente para entregar los regalos, sonrió cortésmente, y se fue antes del banquete.
Cadmo recibió los regalos con gratitud sincera.
Era el regalo más espléndido de toda la fiesta.
Le puso él mismo el collar a Harmonía sobre el cuello aquella noche, antes de retirarse a la cámara nupcial.
Harmonía lo aceptó con la sonrisa que las novias adoptan ante regalos magníficos cuyo origen no van a indagar.
VIII
Cadmo y Harmonía tuvieron cinco hijos.
Cuatro mujeres y un varón. Las cuatro mujeres se llamaban Autónoe, Ino, Ágave y Sémele. El varón se llamaba Polidoro.