El ciclo tebano: La caída de la casa de Layo CANTO I
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CANTO I

Cadmo y la fundación

I

La historia empieza con una hija perdida.

Cadmo era hijo del rey Agenor de Tiro, en la costa fenicia, y de la reina Telefasa.

Tenía tres hermanos varones —Fénix, Cílix, Taso— y una hermana, Europa.

La hermana era la menor. Era hermosa, según dicen las tradiciones, aunque la palabra «hermosa» en los textos arcaicos griegos hay que tomarla con la cautela que pide el material: significaba a la vez belleza física y posición social conveniente, sin que los hablantes se molestaran demasiado en distinguir entre ambas cosas.

Una mañana de finales de primavera, Europa salió del palacio con sus compañeras a recoger flores en un prado cercano a la costa. Iba con guirnaldas de mirto en el pelo, vestida de túnica corta. Era costumbre de las muchachas reales fenicias bajar a recoger flores en aquella estación.

En el prado había un toro. Era toro blanco, grande, de cuernos cortos y mirada mansa.

Estaba paciendo entre las flores sin compañía de pastor visible.

Europa, que conocía los toros porque había crecido en una corte con rebaños propios, se acercó al animal sin temor.

Le acarició el cuello. El toro se arrodilló.

Europa, jugando, se sentó sobre el lomo del animal.

El toro se levantó suavemente. Empezó a caminar. Las compañeras de Europa rieron al principio, pensando que era juego inocente. Pero el toro no se detenía. Aceleró el paso. Llegó al borde del prado. Cruzó las dunas. Entró en el agua del mar.

Cuando las compañeras entendieron que aquello ya no era juego, era tarde.

El toro estaba nadando mar adentro con Europa todavía sobre el lomo.

Europa no gritaba —según las tradiciones; según otras, gritaba pero el viento se llevaba la voz hacia el mar y no hacia la costa—.

La figura del toro blanco con la muchacha encima se alejó por el horizonte hasta desaparecer.

El toro era Zeus.

Esto Cadmo no lo sabía aún. Lo sabría con los años. Por entonces solo sabía que su hermana había desaparecido en el mar a lomos de un animal extraño, y que su padre Agenor estaba bastante furioso.

II

Agenor convocó a sus cuatro hijos varones aquella misma tarde.

Los recibió en el mégaron del palacio. No estaba sentado.

Caminaba de un extremo al otro de la sala.

Era hombre de unos cincuenta años, alto, de barba negra ya con canas.

Tenía el ceño fruncido de manera que sus hijos solo le habían visto un par de veces antes, cuando había habido alguna desgracia mayor.

—Vuestra hermana ha desaparecido.

Los cuatro hijos asintieron. Ya lo sabían: las compañeras de Europa habían vuelto al palacio gritando hacia el mediodía.

—No sé exactamente qué ha pasado. Las compañeras hablan de un toro.

Yo no sé si era toro, o si era hombre disfrazado, o si era dios, o si era simplemente un animal que se asustó.

Lo que sé es que mi hija ya no está. Y lo que voy a deciros ahora es lo siguiente: salís los cuatro a buscarla.

Por mar, por tierra, por donde haga falta.

Cada uno por una dirección distinta. No volváis sin ella.

Cílix abrió la boca para protestar. Agenor levantó la mano.

—No protestéis. Es orden de padre y de rey. Os doy provisiones, naves, hombres. Os doy todo. Pero no quiero a ninguno de vosotros en este palacio hasta que la hermana esté de vuelta. Si no la encontráis, no volváis.

Era condena, no encargo. Los cuatro lo entendieron.

Era condena porque Agenor sabía, en algún rincón de su cabeza ya viejo y cansado, que Europa no iba a aparecer.

Pero no podía aceptar la pérdida sin hacer algo, y el algo que se le ocurrió fue exiliar a sus cuatro hijos varones a una búsqueda imposible.

Telefasa, la madre, no aceptó la decisión del marido. Se levantó del banco lateral donde había estado sentada en silencio durante todo el discurso.

—Yo voy con uno de ellos. No me quedo en este palacio sin mis cinco hijos.

—Telefasa…

—No discutas, esposo. Yo voy. Iré con Cadmo, que es el mayor de los que quedan.

Agenor no discutió. Sabía que cuando su esposa decidía con aquella voz, no había manera de moverla. Asintió.

Salieron los cuatro hermanos al cabo de tres días, cada uno con su grupo, en direcciones distintas.

Fénix fue hacia el sur, hacia las costas africanas; fundaría con los años el reino que llevaría su nombre, Fenicia.

Cílix fue hacia el norte, hacia Anatolia; fundaría Cilicia.

Taso fue hacia las islas del Egeo; fundaría la isla de Taso.

Y Cadmo, con su madre Telefasa, fue hacia el oeste, hacia las tierras que después se llamarían Grecia.

III

Buscaron durante años.

Atracaron en Rodas. Pasaron a Tera. De Tera pasaron a Samotracia.

En Samotracia se quedaron casi un año, porque allí Telefasa enfermó y no pudo continuar.

La enfermedad era cansancio acumulado, más que cualquier dolencia identificable: tenía ya sesenta años, había salido de su palacio con el corazón roto, había navegado durante meses sin noticia de su hija, y había llegado a la edad en que los cuerpos rotos por dentro no pueden viajar más.

Murió en Samotracia una tarde de invierno. Cadmo la enterró en una pequeña colina sobre el mar, con un túmulo de piedra que aún se mostraba siglos después como tumba de la reina fenicia que murió buscando a su hija.

Cadmo se quedó solo. Tenía treinta y pocos años. Había salido de Tiro con su madre y diez hombres; le quedaban ocho hombres y ninguna familia. Llevaba dos años sin noticia de Europa. Llevaba un mes enterrando a su madre.

Decidió consultar el oráculo de Delfos.

Era costumbre aceptada que los héroes que no sabían qué hacer fueran al oráculo. Cadmo, que ya no se consideraba propiamente héroe sino fugitivo, fue por desesperación más que por costumbre. Atracó en el golfo de Corinto. Subió a pie hasta el santuario.

La Pitia lo recibió al cabo de varios días de espera. Era anciana entonces. Recibió la pregunta de Cadmo —dónde está mi hermana, qué debo hacer— y se quedó callada durante un rato largo. Después dijo, con la voz baja que las pitias usaban para los oráculos que ya no se podían negociar:

—Olvida a tu hermana, Cadmo de Tiro. No la encontrarás nunca. Se la llevó un dios y los dioses no devuelven lo que toman. Pero tienes otra cosa que hacer.

—Habla.

—Sal de Delfos. Camina por la senda del este.

Encontrarás una vaca blanca paciendo sola, con una marca como de luna en el costado derecho.

Sigue a la vaca. Donde la vaca se eche al suelo a descansar por primera vez, allí fundarás una ciudad.

Esa ciudad llevará tu nombre, o el nombre que tú decidas, y será grande durante muchas generaciones, aunque su grandeza sea también su desgracia.

Es lo que te toca, Cadmo. Es lo único que te toca.

IV

Cadmo siguió las instrucciones.

Bajó de Delfos por la senda del este. Caminó durante media jornada.

A la altura de Panopeo, en la región que después se llamaría Beocia, encontró a la vaca.

Estaba en un prado pequeño junto a un olivo.

Era vaca blanca, mediana, con la mancha lunar en el costado derecho exactamente como la Pitia había descrito. Pacía sin pastor visible.

Cadmo se quedó a una distancia respetuosa. La vaca lo miró. No huyó. Después de unos minutos, levantó la cabeza, dejó de pacer, y empezó a caminar tranquilamente hacia el sur. Cadmo la siguió.

Caminaron juntos durante todo el día. La vaca no se detenía nunca a beber ni a descansar. Cruzaron un río. Cruzaron una colina baja. Bajaron a un valle amplio donde corría otro río más grande, con olivares antiguos en las dos orillas. Aún la vaca no se detenía.

Al atardecer, la vaca llegó a un lugar que tenía algo distinto.

Era una pequeña meseta levantada sobre el valle, con dos colinas suaves a los flancos, una fuente de agua clara entre las dos colinas, y vista despejada a las llanuras del entorno.

La vaca caminó hasta el centro de la meseta.

Se quedó parada unos segundos. Después dobló las patas delanteras y se echó al suelo.

Cadmo se acercó. La vaca no se levantó. Estaba descansando, era evidente. No estaba enferma. Simplemente había llegado.

—Aquí, entonces —dijo Cadmo en voz alta, dirigiéndose más a los dioses que a sus hombres.

Sus ocho compañeros habían venido detrás durante toda la marcha sin entender bien qué hacían. Ahora se reunieron en torno a Cadmo y la vaca. Era atardecer. Era buen sitio para una ciudad: agua, vista, defensa natural. Era el sitio que había anunciado el oráculo.

—Sacrificad la vaca a Atenea —dijo Cadmo—. Es la diosa que protege las fundaciones. Necesitamos su bendición desde el primer día. Y para el sacrificio, necesitamos agua pura. Hay una fuente entre las dos colinas. Id por agua.

Dos de sus hombres tomaron jarras de bronce y bajaron hacia la fuente.

V

Pero la fuente no era simplemente fuente.

Era manantial sagrado consagrado a Ares, el dios de la guerra, y vigilado por un dragón —o serpiente gigante, según las versiones— que era hijo del propio Ares con una ninfa local.

Era animal antiguo, descomunal, con el cuerpo más largo que un trirreme y la mandíbula más ancha que la altura de un hombre.

Vivía enroscado en torno a la fuente, dormido la mayor parte del tiempo, despertando solo cuando alguien se acercaba al agua sin permiso de Ares.

Los dos hombres de Cadmo no sabían nada de esto. Llegaron a la fuente con las jarras. Empezaron a llenarlas.

El dragón despertó.

Salió de entre las rocas con una velocidad imposible para su tamaño.

El primero de los hombres no llegó a gritar: la mandíbula del dragón se cerró sobre él y lo partió en dos antes de que tuviera tiempo de soltar la jarra.

El segundo intentó huir cuesta arriba. El dragón lo alcanzó en tres movimientos. Lo trituró contra una roca.

Cadmo, en la meseta, oyó los gritos finales del segundo hombre. Tomó la lanza. Bajó corriendo con los seis que quedaban.