El ciclo de vida del pulpo común Cuarenta y seis
98%

Cuarenta y seis

Cuarenta y seis

L a siguiente vez que Pen visitó Talmòrach con Sasha era ya mayo. El aire olía a barro húmedo y un río de luz lo iluminaba todo. Los pájaros parloteaban entre ellos y los prados, arbustos y hojas eran de un verde luminoso.

Aparcaron en el mismo sitio de siempre, junto a los establos.

Mientras Sasha subía al torreón cargado con sus bolsas —llenas de apuntes de repaso que Pen se había imaginado estudiando juntos en su habitación durante horas—, ella rodeó la casa por el camino largo, disfrutando de su encarnación primaveral, y bajó por la escalinata de la terraza hacia los jardines.

Encontró a Christina arrodillada en un parterre, plantando begonias.

Al verla, Christina se puso en pie de un salto.

—¡Querida! —exclamó, quitándose los guantes y abrazándola con fuerza.

—Tenía el presentimiento de que te encontraría aquí —dijo Pen. Los jardines se habían mantenido preciosos incluso en otoño e invierno, pero ahora rebosaban tanta vida y belleza que no sabía adónde mirar.

—Qué curioso —señaló Christina, volviendo a arrodillarse entre los capullos blancos y rosados que parecían rosas, pero sin espinas—. Antes odiaba la jardinería.

—¿En serio?

Para Pen, Christina parecía plenamente en paz consigo misma.

—¿Por qué?

—Era un desastre. Mataba todo lo que tocaba —añadió, observando con orgullo la fila ordenada que acababa de plantar—. No te imaginas cuánto detestaba equivocarme, a tu edad. —Alzó la vista hacia Pen—. Aunque quizá no haga falta que te lo diga.

Pen se arrodilló junto a ella, sobre la tierra húmeda y fresca. Tomó la paleta, abrió un hoyo como había visto hacer a Christina, dejó caer uno de los plantones dentro y lo cubrió con tierra, dándole suaves palmadas.

—No quiero ni imaginar lo que debes pensar de nosotros —dijo Christina al cabo de un rato—. Fue raro no decírtelo. Pero de verdad creímos que lo mejor era que lo oyeras de tu padre.

—No te culpo —respondió Pen, abriendo otro hoyo—. Al final fue Margot quien me lo contó.

—Me lo imaginaba. Supongo que compartió contigo algunas de sus revelaciones marinas.

Pen la miró. Le aliviaba ver que Christina se tomaba con humor la teoría de Margot.

—No soy la mártir que ella cree —añadió—.

Aunque reconozco que al principio me volqué en la gestión de este lugar por los motivos equivocados.

Para llevar la contraria a quienes decían que no era capaz.

Para demostrarme a mí misma que sí lo era.

La superación era una meta en sí misma, en aquellos tiempos. Y, por supuesto, estaba enamorada.

Lanzó una mirada furtiva a Pen, que seguía ocupada con su siguiente plantón.

—Pero pronto entendí que había trabajo con sentido por hacer.

Como lo hay en casi cualquier parte, si una mira bien.

Si la finca se lleva mal, si no se arreglan las casas, si las granjas no tienen el equipo necesario, si las familias tienen que ir hasta Stonehaven por cualquier tontería, no hay futuro posible.

La gente que vivía aquí apenas tenía opciones de salir adelante con su propio esfuerzo.

Pero, si la finca se lleva bien, hay dinero para invertir en la tierra, en el pueblo, en la escuela.

Hemos construido una comunidad de verdad.

No todo el mundo valdría para la vida que yo elegí.

Pero fue una elección libre; es mía. Poder elegir es un privilegio tan poco común que no se debe malgastar.

En el silencio que siguió, Christina sopesó si contarle a Pen la decisión que ella, Elliot y Margot habían tomado últimamente sobre el futuro de la finca.

Talmòrach no se convertiría en una carga para sus hijos ni para George.

La entregarían, cuando ellos ya no pudieran gestionarla, al National Trust. Habían creado un fondo para su mantenimiento, así que su labor continuaría.

El porvenir de sus hijos no estaría limitado por las imposiciones del pasado.

No , pensó. Eso queda para otro momento .

Sabía que era muy poco común que un primer amor perdurara como lo había hecho el suyo.

No esperaba, ni siquiera deseaba, que pasara lo mismo con su hijo.

Por mucho que le gustara Pen —o precisamente por eso—, Christina deseaba que viviera con amplitud de miras, que experimentara cuanto pudiera antes de limitar su libertad.

Al fin y al cabo, esto no era más que el principio.

—¿Así que no crees que una madre tenga que elegir entre ser una egoísta monstruosa y dejarse devorar viva? —preguntó Pen.

—¡Dios mío! —rio Christina—. Margot tiene un don para el drama, desde luego.

Se quedó pensativa un instante.

—¿Sabes por qué muere el pulpo hembra cuando lo hace?

Pen ni intentó adivinarlo. La biología marina formaba parte, de momento, del vasto territorio de su ignorancia.

—No.

—Para no competir con sus crías por la comida —respondió Christina—.

O para no comérselas por error. O para no entorpecer el progreso, de una forma u otra.

Es bastante común en la naturaleza eso de apartarse después de reproducirse.

Los padres ya han tenido su turno, han vivido su vida, y su muerte da a la siguiente generación una oportunidad real de sobrevivir.

Para entonces, las crías ya tienen todo lo que necesitan.

Las lecciones del pasado están en ellas.

Es hora de que empiecen su propia historia, sin culpa, ni obligaciones, ni expectativas.

—Le dedicó a Pen una sonrisa consciente—.

No digo que debamos imitar su ejemplo. Los hijos humanos son demasiado vulnerables.

Los padres no nos volvemos prescindibles de inmediato.

Pero sí lo acabamos siendo si hemos hecho bien nuestro trabajo.

Sasha bajó los escalones hacia el jardín, con Nellie pisándole los talones. Besó a su madre en la mejilla a modo de saludo.

—Voy a llevarme a Pen lejos de ti, mamá —dijo—. Este fin de semana es mi invitada.

—Qué detalle por tu parte recordarlo —contestó Christina. Apretó la mano de Pen—. Anda, marchad.

Entraron en casa por la sala de las botas.

Sasha la hizo girar hasta quedar frente a frente.

Pen alzó la cabeza, pero, en lugar de besarla, él la atrajo hacia sí y la rodeó con los brazos por la cintura, apoyando la mejilla en su pelo.

Se quedaron así un rato, entre filas de botas y abrigos, sintiendo el latido del otro.

Más tarde, mientras Sasha se encargaba de la comida en la cocina, Pen cruzó la puerta batiente hasta el comedor.

La habitación rebosaba de luz. Se detuvo frente al pequeño cuadro sin firmar, entre el marco de la puerta y el viejo tirador de campana.

En él, un mar embravecido, agitado por las olas y sin horizonte visible, se enfrentaba al cielo.