Agosto
Agosto
L a pareja joven se tomaba de la mano. Ella llevaba el pelo lustroso recogido en un moño.
Tenía los hombros descubiertos, y sus brazos pálidos, expuestos por el vestido color marfil que le ceñía la figura y se hundía en una V por la espalda, parecían frágiles.
Él vestía un kilt de tartán rojo y verde, y los calcetines hasta la rodilla a juego con el vestido de ella.
Había una tercera persona, abajo, frente a ellos.
La novia se inclinó hacia su prometido y le susurró algo al oído. Él le levantó el velo y la besó con delicadeza, como si temiera borrarle el carmín. De pie sobre la base del Monumento Nacional, parecían figuritas en lo alto de una tarta nupcial petrificada y a medio comer.
Pen los observaba. En una manta de pícnic habían dispuesto prosecco y quiche , y las voces se cruzaban en el aire; todos los demás se habían olvidado ya de los novios. Estaban a contraluz, notó ella, mientras el fotógrafo ajustaba la cámara. Esperaba que pronto les pidiera darse la vuelta.
—Perdona —había dicho el novio un par de minutos antes.
Pen se fijó en que tenía un grano entre las cejas que alguien había tratado de tapar con un corrector de un tono demasiado anaranjado, y que llevaba tatuado un pajarillo en la cara interna del antebrazo.
—¿Podéis echamos una mano?
Charlie fue el primero en darse cuenta de lo que querían.
—Por supuesto —afirmó, dando un codazo a Sasha.
—Gracias, colega —dijo el novio, mientras Charlie y Sasha se levantaban para ayudar a la novia a subirse a la plataforma de piedra.
Sasha y Pen habían subido ese fin de semana para ver la obra de Alice.
Todos estaban acampando en el piso de Dublin Street que Pen, Alice y Jo compartirían en su segundo año.
El piso tenía techos altos y una cocina espaciosa con ventanas que se abrían de par en par.
Un sistema de poleas con vigas de madera les permitía colgar la colada encima de la mesa del comedor, donde se secaba sobre sus cabezas mientras charlaban hasta bien entrada la noche.
Pen había conseguido un trabajo en Londres para el verano.
No en una revista de prestigio editorial, sino en una pequeña y desastrada con cierto aire literario, en la segunda planta de un edificio sin ascensor en Dalston.
Apenas le pagaban lo suficiente para cubrir la tarjeta de metro, pero el trabajo le gustaba: repasaba cada artículo palabra por palabra para comprobar los datos.
Estaba viviendo en la habitación de invitados de George y Rosh, y en lugar de pagar alquiler se encargaba de sacar a pasear a Danny cada mañana y de jugar con él por las tardes, para que George pudiera dormir, trabajar o estar a solas.
Pen seguía observando a la pareja y les deseaba suerte en silencio.
—Son tan jóvenes —dijo, al notar que Alice también los miraba—. Espero que se lo hayan pensado bien.
Alice le lanzó el plato de cartón vacío como si fuera un frisbi tras darle el último bocado a la quiche .
—No seas aguafiestas. Si no, siempre pueden ponerse los cuernos y divorciarse como todo el mundo. No es el fin del mundo.
Charlie pasó un brazo por los hombros de Alice y la miró con la cara iluminada como un árbol de Navidad.
Había empezado a mirarla así la mañana en que se enteró de que interpretaría a Clitemnestra en el Festival.
Ella había subido corriendo a su habitación y se había puesto a aporrearle la puerta, muda de emoción.
Su beso de enhorabuena, afirmaba él cuando por fin salieron a respirar dos días más tarde, se le había ido de las manos.
Estaba claro que a ninguno de los dos se le había ido nada.
Cuando Sasha terminó los exámenes de cuarto, después de que lo acribillaran con huevos, harina y serpentinas, y tras ducharse, descansar y recuperarse, volvió a aparecer ante la puerta de Pen, con el cartelito ilustrado que decía: Pen_es dulce.
Hacía semanas que no se veían. Esta vez no hablaron.
Ella se hizo a un lado para dejarle pasar, él avanzó y la alzó en brazos, y con una agilidad asombrosa cerró la puerta y la empotró contra ella en cuestión de segundos, con la respiración entrecortada, los dedos enredados en su pelo y la boca sobre la suya.
Aquella desinhibición fue una revelación.
No se molestaron en correr las cortinas ignífugas ni en poner música para tapar los ruidos ni en plantearse si era buena idea o si iba a durar.
Más tarde, él la ayudó a recoger la habitación en Lee House.
Fueron metiendo sus diccionarios, antologías y libros de bolsillo en cajas.
Ella se subió a la cama para despegar los recuerdos del corcho y guardarlos en una de las carpetas que usaba para las clases.
Sasha se sentó en su escritorio y escribió en la pestaña, con letra pequeña y esmerada: «Pen: Primer Año».
Mientras él cargaba las cajas en el coche, Pen echó un último vistazo a la habitación. Le resultaba ajena. Satisfecha de no haberse olvidado de nada importante, cerró la puerta.