Cuarenta y cinco
Cuarenta y cinco
D espués de la conversación con Fergus en el banco, Pen subió a su habitación a prepararse. Se planteó ponerse un vestido, pero optó por unos vaqueros, su jersey favorito, el colgante del oso polar y, oyendo la voz de su madre en la cabeza, una chaqueta.
El sol seguía alto en el cielo. Las noches que caían a las cuatro ya parecían un recuerdo lejano. Para cuando llegara jimio, cuando estuvieran celebrando el final de los exámenes, el sol no se pondría hasta pasadas las diez, y a menudo saldría antes de que se hubieran acostado. Pero aún era abril.
La carretera de Dalkeith se transformó en St. Leonard.
Pen atajó hacia George Square, giró a la derecha por Nicholson Street y siguió caminando más allá de la cocina de la mezquita, donde se podía comer un menú vegetariano por dos libras en el jardín del Pear Tree, más allá del Festival Theatre, donde Alice interpretaría en agosto a una terrorífica Clitemnestra contemporánea, y más allá de la librería Blackwell’s frente al Oíd College, donde uno podía llevarse las compras al café que había al lado y leer sin que nadie te molestara durante horas.
Nicholson se convirtió en South Bridge y después en North Bridge, con la estación de Waverley encajada debajo, como un trol.
Princes Street, la avenida que dividía el casco antiguo de la Ciudad Nueva, recibía su nombre de los hijos del rey Jorge III , quien, pese a su largo reinado, era recordado por los alumnos británicos principalmente como el rey loco que perdió América.
La reputación no lo era todo, pensó Pen con una sonrisa para Tilda, pero algo era.
Al otro lado de Princes Street, en una calle curva y en pendiente llamada Broughton, se encontraba la papelería «elegante» donde Jo trabajaría ese verano.
Era tan elegante que casi nadie compraba allí, y Sylvia, que volvería a Edimburgo en agosto para «disfrutar del festival», pasaría a menudo a probar el género.
Allí, en la relativa intimidad de una ciudad cuyo público veraniego no las conocía, probarían cómo era estar en pareja.
Pen giró a la derecha, dejando atrás la torre del hotel Balmoral, cruzó Princes Street y Waterloo Place y llegó a Calton Hill.
La colina, de suave pendiente, ascendía primero por unas escaleras y después por un camino amplio, y estaba llena de monumentos: al filósofo y matemático Dugald Stewart, al comandante naval Lord Horatio Nelson, a los soldados y marineros caídos en las guerras napoleónicas.
El último y más grande de todos, el Monumento Nacional, quedó sin terminar.
Con doce columnas dóricas dispuestas como un paréntesis cuadrado, estaba inspirado en el Partenón de Atenas.
Sasha, que en dos meses se graduaría en St. Andrews con matrícula en Historia y varias ofertas de empleo —incluida una de un museo londinense muy conocido, que aceptaría—, estaba de pie sobre la plataforma del monumento, entre dos de las columnas, mirando la ciudad.
Al oeste se extendía el barrio de Stockbridge, donde Pen viviría al año siguiente; al sureste, Holyrood Park, Arthur’s Seat y Pollock Halls; y justo delante, más allá de Leith, se abría el fiordo del Forth, el estila rio del río Forth, que desembocaba en el mar del Norte.
La base de la plataforma era más alta que ella. Agradecida de llevar vaqueros, buscó un apoyo con el pie y se encaramó hasta quedar junto a él.
—¿Sabías que hizo falta setenta hombres y doce caballos para subir cada una de estas columnas hasta aquí?
Sasha no se inclinó a besarla, ni siquiera en la mejilla.
—¿De verdad? —Estaba sin aliento por la subida. Apoyó la mano contra la piedra fría y rugosa.
—Se quedaron sin dinero —añadió Sasha—. Ahora se le conoce como la Vergüenza de Edimburgo. Que, pensándolo bien, sería un buen nombre para ti.
Pen reflexionó sobre todo aquello.
—Un poco condescendiente, sí. No soy ninguna novata desinformada a la que haya que proteger de las verdades de la vida.
Si me lo hubieras dicho entonces, no habría cambiado lo que pensaba de ti —dijo—.
Me habría dado celos Charlotte, me da celos ahora, pero no es como si fuéramos pareja.
Supuse que estabas acostándote con otras.
¿Por qué no ibas a estarlo? Incluso yo tuve algo con alguien.
Su expresión de sorpresa le resultó gratificante, dadas las circunstancias.
—Lo que me hizo querer odiarte fue que me trataras mal y me mintieras.
—¿Y lo hiciste? ¿Me odiaste? —preguntó él.
—No. Pero no por falta de ganas.
Sasha negó con la cabeza y esta vez sonrió de verdad.
—¿Me perdonas por portarme como un imbécil?
Ella le sostuvo el rostro entre las manos. Tenía la barbilla áspera y los labios muy rojos. Lo besó. Él soltó un leve sonido de agradecimiento, o de deseo, y la atrajo hacia sí.
—¿Por qué dijiste «Dios mío» de esa forma cuando viniste a buscarme? —preguntó cuando pararon a tomar aire.
—¿Lo dije?
—Lo dijiste.
—Probablemente porque enamorarte hasta las cejas de una de primero justo antes de graduarte es, objetivamente, una idea terrible —dijo él contra su pelo.
Pen se volvió hacia él. Parecía cohibido. Como si quisiera disimular su reacción, volvió a besarla.
La alegría la invadió de golpe, dolorosa como lo puede ser el placer.
No se presentó como alegría, sino como una sensación tan intensa como cualquiera que hubiera conocido.
No nacía de su mente, sino de su cuerpo.
Sintió la ola, y luego el tirón del remolino.
Era como olvidarse de sí misma en el mar y verse arrastrada hacia el fondo, sin aire, sin saber dónde quedaba la superficie, girando, danzando hacia lo desconocido, con miedo, con asombro. Dejó de resistirse.