Cuarenta y cuatro #2
Anna se dejó caer con fuerza en una silla de la cocina.
Olive, que estaba tumbada debajo, protestó con un bufido.
Anna había comprendido en lo más hondo, casi desde el principio, que Ted no podía quererla del modo en que ella necesitaba.
Pero había ignorado esa intuición y la había contrarrestado con la idea de una unión eterna, una fusión de almas.
Porque Ted le había dicho que la quería.
Había sido la primera persona en su vida en pronunciar esas palabras.
«Es reservado», se decía a sí misma para tranquilizarse.
Y después: «Está absorbido por su trabajo.
Tiene que demostrar lo que vale». Y más tarde, con una convicción cada vez mayor, volvió la vieja cantinela del odio hacia sí misma: «La defectuosa soy yo».
Por mucho que Marie-Hélène hubiera deseado querer a la niña que se había ofrecido a acoger, ni siquiera había sido capaz de tomarle cariño.
Marie-Hélène siempre había creído que la «debilidad» de la madre biológica de Anna vivía en ella, y había asumido la misión de extirparla.
Las lecturas de Anna, su imaginación, su entusiasmo: todo resultaba peligroso a ojos de Marie-Hélène.
Todo llevaba a la ruina. Después de huir de aquello, Ted le había parecido un refugio seguro.
Su familia estable, sus tradiciones, su lealtad mutua, y, sí, al principio incluso le atrajo su aplomo, su forma de parecer parte de algo distinto, más sólido, hecho de ladrillo rojo y no de vinilo desconchado.
Algo duradero. Pero Ted no sabía qué hacer con su dolor.
Mientras Anna sufría, él se replegaba cada vez más.
Levantó muros de éxito, de dinero, de risas impostadas.
Y entonces Gregory murió, tan de repente que ni siquiera pudo despedirse.
Gregory, tan callado, que tal vez no llegó a quererla del todo, pero a quien ella sí había querido, y de quien creía haber recibido cariño, quizá incluso orgullo.
Volvió «a casa» para el funeral, a ayudar a Marie-Hélène, amparada por su esperanza.
Allí, en el único cuarto de baño de aquella casa triste, perdió esa esperanza.
Marie-Hélène le dijo que Dios no quería que tuviera un hijo, y Anna la creyó.
Años más tarde, cuando nació Pen, Anna volvió a sí misma.
Rescató a la joven que había enterrado viva, a la que deseaba compartir con otras almas solitarias las historias que tanto habían significado para ella, y logró resucitarla.
Terminó el doctorado mientras Pen estaba en primaria.
Incluso la llevó a visitar a Marie-Hélène, como si saldara una deuda o, tal vez, para decirle: «Soy mejor de lo que crees.
Yo, al menos, sé querer». Un error. Cuando Pen estaba en quinto, Anna empezó a dar clase.
Y luego, un verano, Ted volvió de Londres con esa misma actitud distante que a Anna le helaba la sangre.
—Me costó mucho aceptar lo que debería haber sido evidente —dijo Anna, tras una pausa.
—¿Alguna vez estuviste enamorada de él?
—Lo estuve —respondió Anna—. O creí estarlo. Que viene a ser lo mismo, ¿no?
—No —sentenció Pen.
Anna habló despacio, buscando las palabras adecuadas.
—Solo quiero decir que no hay forma de saberlo cuando no tienes nada con qué comparar. Yo me enamoré de la idea que tenía de Ted. Me gustaba lo responsable que era. Lo bien que trataba a su madre. Vi en él a un buen padre. Y lo que más deseaba en el mundo era tener una familia.
—Bueno, pues no salió muy bien —dijo Pen.
Y colgó.
Era lo más cruel que le había dicho nunca a su madre.
Anna se quedó mirando el teléfono en la mano.
Entendía lo difícil que era apartar a las personas de la idea que uno se hace de ellas.
No sabía si sus recuerdos de la infancia eran reales, pero se aferraba a ellos: unos brazos fuertes rodeándola, unos labios presionados contra su frente.
Un dedo recorriéndole el puente de la nariz.
Había intentado convertirse en la madre que se había inventado para sí misma, la que abrazaba a su hija y le hacía sentirse segura, como si perteneciera a algún sitio.
Ser esa mujer, llenar el hueco que había dejado, había sido su deseo más profundo.
Marcó el número con cuidado, pulsando las teclas una por una.
Pen abrió la ventana con la mano temblorosa. El teléfono vibró y respondió.
—Tienes todo el derecho del mundo a estar enfadada —dijo Anna—. Pero no cambiaría ni una sola de las decisiones que me llevaron hasta ti.
Pen se secó la nariz con el dorso de la mano.
—¿Qué fue eso que tardaste tanto en ver?
Su madre exhaló. Pen la imaginó junto al armario de las tazas, en la cocina, enrollando el cable del teléfono viejo entre los dedos, con Olive echada a sus pies. Allí sería primera hora de la tarde. Acabarían de volver de un paseo.
—Que no nos conocíamos. ¿Cómo íbamos a hacerlo? Apenas nos conocíamos a nosotras mismas.
Pen no respondió.
Anna lo intentó de nuevo:
—Hace falta valentía para dejarse conocer.
Tienes que mostrarte al otro. Él no podía, y con el tiempo me di cuenta de que yo tampoco.
Sin eso… sin compasión, por decirlo de algún modo, a veces es difícil encontrar el amor.
Y el matrimonio se convierte en una carrera de sacos con un desconocido.
Nosotros seguimos tropezando durante años, completamente descompensados.
Pen podía oír la respiración suave de su madre. Le daban ganas de atravesar el tiempo y el espacio para meterse con ella en la cama. Sentir el calor de su aliento en la nuca.
Cuando el autobús del campamento llegó al aparcamiento del centro comercial y Pen vio a Tilda, y no a su madre, a través de la ventanilla, notó algo frío que le caló el cuerpo.
Nadie le había hablado nunca de «trastorno depresivo mayor» ni de «intento de suicidio», pero ella lo sabía. Su primer pensamiento fue: lo ha hecho.
Pero no, Anna no lo había hecho. Era cierto que había pasado un mes horrible, aquel agosto.
Ted se había ido a principios de mes llevándose consigo el reloj de mujer que ella había encontrado en su cajón, envuelto en una cajita de regalo.
Volvieron los viejos fantasmas: el rechazo, la sensación de no valer nada, de estar siendo engañada.
No podía dormir bien. Quería estar descansada para cuando volviera Pen.
Se tomó la medicación dos veces, duplicó sus dosis habituales y añadió un somnífero nuevo que le acababan de recetar para el insomnio.
Un accidente. El sueño la venció en la bañera.
Ted llegó tarde y la encontró inconsciente en el agua, ya enfriándose.
En el hospital la retuvieron cuarenta y ocho horas y luego la mandaron a casa, alegando que el episodio no revestía la gravedad suficiente como para justificar una supervisión más larga.
Aun así, la enviaron a una clínica, «por si acaso».
Ella no se opuso. Era un centro privado, el mismo que la otra vez.
Tilda se mudó a su casa. Pen cumplió trece años sin su madre. A Tilda le preocupaba por encima de todo que nadie se enterase, ni siquiera Pen.
—Tu madre tiene una neumonía leve —le dijo con sequedad—. Solo necesita descansar un poco.
No fue hasta meses después, el día de San Esteban, cuando Anna descubrió toda la verdad.
La joyería, el maldito recibo con el historial de compras de Ted que apareció por accidente, y el velo se le cayó de los ojos.
Llamó a Helga, la amable Helga, y ella se lo contó todo.
Aunque no era lo que Anna esperaba. No era una mujer en Londres; eran dos.
Confrontado con las pruebas, Ted se quebró como un huevo.
Sacó de algún rincón de su despacho aquella carta en el sobre azul que ella ni siquiera sabía que aún guardaba.
Intentó explicarle por qué no se lo había contado antes.
Y Anna, con una extraña sensación de alivio —no era culpa suya; nunca lo había sido—, puso fin a aquel matrimonio de mentira.
—Pen, necesito que entiendas una cosa —dijo Anna.
El agua se desbordaba en la olla, pero ella no se dio cuenta.
—Creo que ya lo sabes. Me daba miedo asustarte, pero creo que te asusté más al hacerte dudar de lo que ya intuías. Es algo terrible, y lo siento.
Hablaba con cuidado, la voz tensa por el esfuerzo de hacerse entender.
—Hubo dos momentos en mi vida, ambos antes de que tú nacieras, en que el dolor era tan grande que quise que se acabara todo.
Pero desde que naciste, jamás, jamás, he vuelto a sentir algo así.
—Anna inspiró con fuerza y se obligó a continuar—: Mi madre me abandonó, y yo no voy a hacerte lo mismo. ¿Lo entiendes?
—Vale.
La voz de Pen se había hecho pequeña. Era difícil no volver de golpe al dormitorio oscuro de su madre, con las pesadas cortinas cerradas, y a aquella sensación, que le duró años, de estar intentando sostenerla, de impedir que se esfumara hacia la nada.
—¿Me crees?
—Sí.
—Siento lo que te hice pasar. No fue justo.
—No es culpa tuya. No pidas perdón.
—¿Pen?
—Mmm.
—Te quiero.
—Lo sé. Yo también te quiero.
—¿Estás bien ahí sola? De repente Edimburgo me parece lejísimos.
—A mí también. Pero estoy bien.
—¿Seguro?
—Seguro.
Ya está , se dijo Pen tumbada en la cama aquella noche. Ya lo sabes. Y habéis sobrevivido. Haz tu propia vida, como tú quieras . Era un buen discurso. Se durmió sin recordar sus sueños.