Cuarenta y cuatro
Cuarenta y cuatro
E l cielo era de un azul tenue. Una brisa templada traía la promesa de una nueva tanda de exámenes. Pen estaba sentada en un banco, en mitad del patio de cemento, intentando sin éxito sumergirse en una novela.
Durante los tres días que separaban su viaje a Londres del estreno de Alice, Pen se había despertado temprano cada mañana, salía a correr por Holyrood Park Road, tomaba apuntes concienzudos en clase, cumplía con sus tareas y se metía en la cama casi en cuanto terminaba de cenar.
Les había dicho a Jo y a Alice que estaba bien, que solo necesitaba un poco de tiempo a solas.
Ellas le habían llevado almendras cubiertas de chocolate y novelas de bolsillo, entre ellas la que sostenía en las manos. También había llamado a sus padres.
—Penny. Ya empezaba a preocuparme —dijo su padre al descolgar al segundo tono.
—¿Pensabas decírmelo alguna vez? —le soltó ella.
—Claro que sí.
Oyó cómo cubría el micrófono con la mano para pedir a quien estuviera en su despacho que volviera más tarde.
«Es mi hija», les diría a modo de disculpa.
Eso le haría quedar bien. Un hombre de familia, cumpliendo con su deber.
Nadie hablaba nunca de una mujer de familia, pensó Pen. La expresión resultaba ridícula.
—Claro que pensaba decírtelo —dijo él. Su voz sonaba más grave ahora que se había quedado a solas—. Estaba esperando el momento adecuado.
—Ah, claro. Como para cuando tuviera mi primer embarazo no planeado, ¿no? Así podías aparecer con una anécdota sobre aquella vez que te pasó lo mismo, pero al revés. Y, por cierto, ¿ella lo tuvo?
La voz de su padre se volvió seria.
—No vas a cometer la estupidez que cometí yo.
Ella estalló.
—¿¡Estupidez!? Georgina Lennox, una persona completa, alguien con quien he entablado amistad, alguien que tiene un hijo, ¿existe porque tú fuiste estúpido?
—Penny…
—No me llames así. ¿Cómo se supone que voy a evitar cometer tus mismas estupideces si ni siquiera sé quién eres?
Te pasaste toda mi infancia siendo adalid de la honestidad mientras que…
Y luego viniste aquí y aun así no tuviste el valor de contármelo.
Dejaste que pensara que me había vuelto loca.
¿No te parece evidente que llevo años intentando entender cómo os hicisteis tanto daño tú y mamá?
¿No crees que todo hubiera sido muchísimo más fácil si me lo hubieras contado tú directamente, en vez de tener que sacárselo con pinzas a unos casi desconocidos que, por cierto, deben de pensar que somos las personas más reprimidas del planeta?
Su padre respiraba al otro lado de la línea, en silencio, esperando claramente a que terminara.
La rabia de Pen ya se estaba enfriando, como el sudor tras una carrera.
Se presionó los nudillos contra las comisuras internas de los ojos hasta que una lluvia de estrellas le nubló la vista.
Él no volvió a hablar. ¿Qué podía decir?
¿Qué habría hecho ella en su lugar? Esperaba que no mentir a todo el mundo, incluida a sí misma. Pero ella no era él. No lo sabía.
—Lo siento —dijo él—. Ya sé que a estas alturas no sirve de nada, pero pensaba en tu madre.
Claro que quise contárselo en cuanto me enteré, pero no pude.
Cuando Margot me lo dijo, nosotros estábamos prácticamente casados.
Podíamos haberlo dejado, sí, pero Margot no quería saber nada de mí; lo dejó claro.
¿A quién habría beneficiado que se lo contara a tu madre, aparte de a mí y a mi sentimiento de culpabilidad?
Se lo imaginó en su gran despacho, con la pared acristalada cubierta de vaho.
Su escritorio de nogal. Las fotos familiares enmarcadas en plata que alguien debía de limpiar con regularidad.
Helga, presumiblemente, o alguna mujer invisible que limpiaba de noche.
Había una foto, en un marco ovalado, de sus abuelos el día de su boda.
Pen visualizó el collar de perlas de Tilda y su sonrisa firme.
Sus padres se habían casado en esa misma iglesia, aunque aquella foto ya no estaba.
También había un tríptico con Edward padre y sus dos hermanos, serios y ceñudos con el uniforme de campaña, poco antes de irse a hacer la instrucción a Inglaterra.
Los tres se alistaron en cuanto Canadá entró en guerra.
Su abuelo había estado «fuera por el tiempo que dure».
Seis años; un máster en matar y no morir. Fue el único de los tres que regresó.
—Y luego —continuó Ted—, como ya hablamos en Navidad, tu madre tuvo… tuvimos… algunas dificultades para concebir. La primera fue en la luna de miel, y luego vinieron otras. Cada una fue más devastadora que la anterior. Tu madre no lo pasó nada bien, Pen. No durante mucho tiempo.
¿Lo decía por ella, por su hija?, se preguntó.
¿O una parte de él seguía creyendo que esos eran asuntos de mujeres, como sin duda le enseñaron de pequeño?
No, no podía ser eso. Ella sabía que aquellas pérdidas también fueron suyas.
No quería culparlo por no saber expresar el dolor.
Nunca le enseñaron. A ninguno de ellos. Aquellos hijos de la guerra.
Todo palidecía frente a una masacre. A su generación le enseñaron a callar y dar gracias. Y eso hicieron.
—Claro que lo supo, al final —añadió al cabo de un rato—.
Años después. Me los encontré durante un viaje a Londres.
A partir de ahí empecé a visitarlos siempre que estaba por allí.
Y fue después de una de esas visitas que…
Bueno, no hace falta volver sobre eso ahora.
Hila pensó que estaba teniendo una aventura.
—Papá —dijo Pen, con voz firme, severa. Ese tono lo había aprendido de él—. Por favor, no vuelvas a mentirme nunca.
Él suspiró.
—Lo intentaré.
Una oleada de rabia le recorrió las venas.
—No intentes tranquilizarme. No soy una niña. No sé qué tipo de relación podemos tener si no me respetas lo suficiente como para decirme la verdad.
Hubo varios segundos de silencio.
—Vale —murmuró él al fin—. Tienes razón.
—Gracias.
Ambos se quedaron al teléfono.
—Y ahora, ¿quieres contarme desde cuándo sales con Helga?
Él soltó una exhalación a medio camino entre la risa y el resoplido.
—¿Salir con Helga? ¿Y de dónde has sacado eso?
—O eso, o has empezado a llevar pintalabios del color de una gamba cocida.
Él soltó una carcajada.
—Eres una buena detective, Pen. Pero recuerda: dos fuentes. Se llama Cynthia. Nos conocimos en el club. Es algo reciente. Color gamba cocida, ¿eh? Sí, supongo que puede ser.
Se despidieron y colgaron. Aquello fue el martes.
Algo le golpeó el hombro a Pen. Una gominola verde cayó en el banco junto a ella. Alzó la vista justo cuando otra le rozaba la mejilla.
—Hola, Fergus.
Él asomó la cabeza por la ventanilla del coche de Hugo.
—Ah, hola, Pen. No te había visto.
Fergus se acercó y se sentó a su lado. Le ofreció una gominola de su bolsa. Ella la rechazó.
—Estás hecha toda una intelectual.
Fergus agarró el libro y lo examinó. En la portada se veía un trasero torneado enfundado en unos pantalones de montar blancos y una mano que le estrujaba las nalgas con aire juguetón. Sostuvo el lomo agrietado y dejó que las páginas se abrieran al azar. Echó un vistazo al pasaje y sonrió.
—Lo sabía. ¿Te lo ha dado Jo? Es mío.
—¿Y cómo lo sabes?
—Magia.
Pen miró el fragmento por donde lo había abierto:
Para ser un hombre menudo y de complexión ligera, Jake estaba bien dotado, pero se tomó su tiempo para juguetear con un punto que Tory descubrió después que era…
Fergus arqueó una ceja y le devolvió el libro.
—Gracias.
Él no se movió.
—¿Me perdonas?
—¿Por qué exactamente?
Fergus le ofreció la última gominola. Ella negó con la cabeza. Él se la comió, pensativo.
—Por decirle a todo el mundo que eras una calientapollas que se había mojado la pluma en la tinta del profesorado.
Ella cerró el libro.
—¿Y por escribir limericks guarretes sobre mí y colgarlos en internet? —También.
—¿Y por dejar revistas pomo en la puerta de mi habitación?
—No todas eran mías.
—Eso es peor.
—Lo sé. Lo siento.
Bajó la cabeza en un gesto teatral de arrepentimiento.
—Yo también lo siento —dijo ella.
—¿Tú? ¿Por qué?
—Por aprovecharme de ti.
—¿Lo hiciste?
Fergus parecía genuinamente sorprendido.
—Un poco.
Se quedó pensativo.
—Está bien. Te perdono.
Se quedaron un momento en un silencio cómodo. Un gorrión trinó en lo alto.
—¿Qué tal con Flossie?
—Chachi piruli.
—¿Qué?
—Perfecto. De fábula. Genial. A mi madre ya le cae bien. Dice que tiene un buen trasero.
—Me alegro.
—¿Y tú? ¿Estás con alguien?
—No lo tengo claro —respondió ella.
Él se arrodilló de pronto. Pen imaginó por un instante, perturbador, cómo sería estar casada con Fergus.
Visualizó una procesión de niños rubios platinos, montados en ponis, todos con sus piernas larguiruchas y su mirada de hastío.
Arrodillado sobre una pierna entre colillas pisoteadas, usando el método de las orejitas de conejo, Fergus le ató un cordón.
Luego se levantó y se sacudió los pantalones.
—Hora del té. Chaíto.
Fergus se alejó hacia el coche, dejando la bolsa de gominolas vacía sobre el banco. Pen la alisó y la usó como marcapáginas.
Después de colgar con Ted el martes por la tarde, Pen llamó a su madre. Anna descolgó al segundo tono.
—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó Pen.
—Hola a ti también, cariño.
Anna estaba cociendo remolacha para una ensalada.
Acababa de volver de un paseo y aún tenía las manos frías, incluso después de habérselas lavado con agua caliente.
A diferencia de Ted, a quien Margot había llamado por teléfono, nadie la había preparado para lo que venía.
No tenía ningún contexto para aquella conversación.
—¿Saber qué?
—He encontrado la carta. De Margot. En el bolsillo de tu cuaderno.
—Vaya.