El ciclo de vida del pulpo común Cuarenta y tres
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Cuarenta y tres

Cuarenta y tres

L a noche del estreno llegó como cualquier otro jueves.

Alice, Pen y Jo se encontraron frente al JMC y se unieron a la cola para el desayuno.

Alice, que no conseguía entrar en calor desde que se había duchado esa mañana, no se quitó el abrigo.

Echó una cucharada de mermelada en las gachas.

No se puede deshacer una mezcla , recitó mentalmente.

Charlie se sentó.

—¿Todo bien? —preguntó.

La pregunta iba dirigida a la mesa, pero era para Alice.

Con esas dos palabras parecía demostrar que sabía que estaba nerviosa y entendía que lo mejor era no mencionar la obra.

Para disimular el rubor de placer, Alice bajó la mirada.

Vio que sus zapatillas nuevas ya estaban sucias.

Le dio un vuelco el corazón: el primer curso estaba a punto de terminar.

Se preguntó si él se quedaría en Edimburgo durante el verano.

Fergus interrumpió la ensoñación de Alice —en la que ella y Charlie compartían un loft de techos altísimos en Leith con una enorme ventana sobre el estuario del Forth; él hacía prácticas en una galería y ella protagonizaba dos obras del Festival, una clásica y otra experimental para demostrar su versatilidad— al dejar caer una botella de champán sobre su bandeja, junto a sus gachas con mermelada.

—Anestesia —dijo con una reverencia—. En previsión de tu pierna escayolada.

Jo silbó y examinó la etiqueta.

—Fergus os echaba de menos —dijo al resto de la mesa a modo de explicación—. Le he dicho que haría falta un poco de expiación si quería que volviéramos a ser amigos. Van a hacer falta unas cuantas botellas más para que te perdonemos, hermanito —añadió, pellizcándole la mejilla.

Fergus asintió con gravedad, como un niño que acepta su penitencia. Se sentó en la silla al lado de Pen, recogió una de sus pasas arrinconadas y se la metió en la boca.

—¿Alguien quiere que lo lleve? —preguntó Charlie, acabándose la tostada. Miró a Alice.

—Nosotras nos quedamos —repuso Jo.

Alice lo siguió mientras él zigzagueaba entre las mesas, saludando a casi todo el mundo. En el coche, Charlie la dejó con sus pensamientos. Al llegar a Buccleuch Place, le abrió la puerta.

—Lo vas a hacer genial —dijo, besándola con suavidad en la mejilla.

Estaba ardiendo. Ella se volvió para mirarlo. Sus ojos oscuros eran firmes.

Alice asistió a clase en cuerpo, pero en alma repasaba mentalmente la obra. Cuando llegaba al final, volvía a empezar.

Por la tarde, Neville la encontró hablándole sola al aire, en el rincón hundido junto a las escaleras traseras del Bedlam Theatre. Iba por la cuarta repetición.

—Si la mezclas al revés, la mermelada no volverá a juntarse. De hecho, el pudin no se da cuenta y sigue poniéndose rosa igual que antes. ¿Te parece raro? —preguntaba con voz de Thomasina.

—No, pero tú sí que pareces rara aquí sentada hablando sola —dijo él.

—Pues a mí sí me parece raro. No se puede deshacer una mezcla.

Neville la llevó a una cafetería a la vuelta de la esquina y le pidió un sándwich de queso fundido y una taza de sopa.

Más tarde, en la sala de ensayo, ella se sentó en el suelo, bien lejos del sofá cubierto de mantas, apoyada contra la pared y con los ojos cerrados.

«En el público va a haber gente de Londres, gente con poder para daros un futuro en esto, si es lo que queréis», les había dicho el director Maxwell tras el ensayo general, que había calificado de «aceptable».

Había clavado la fecha: las audiciones para el Fringe empezaban ese mismo fin de semana.

A Alice solo le había dado una nota, distraídamente, mientras jugueteaba con su corbata ascot color ciruela:

—Recuerda: no tienes conciencia de ti misma como objeto de deseo. Eres una niña. Lo único que conoces es el poder de tu mente.

La frase casi la había hecho llorar.

Ahora en la sala de descanso había otros doce cuerpos.

Ahora llevaba polvos claros y un vestido blanco largo de cintura imperio.

Ahora estaban todos en círculo, tomados de las manos.

Alguien había llenado un cubo de plástico con hielo y enfriaban unas botellas, entre ellas la de Fergus.

Respiró con el diafragma junto a los demás, sintiendo cómo subía y bajaba el corpiño, cómo le apretaban las mangas cortas.

—El que poco coco come, poco coco compra. Como poco coco como, poco coco compro —recitaron—. La sucesión sucesiva de sucesos sucede sucesivamente con la sucesión del tiempo.

Se encendieron los focos tras el telón. Un alivio le inundó el cuerpo mientras abandonaba a Alice, liberando la mente de las rutinas de pensamiento que venía repitiendo desde que era consciente de que otros podían verla.

En ese estado de suspensión, podía ofrecer lo mejor de sí misma —su alma, quizá— a la eternidad, al colectivo.

Quería dedicarse a eso el resto de su vida.

No era Alice, sino Thomasina Coverley con trece años, quien cruzó con paso ligero los cables fijados con cinta sobre lo que parecía la cubierta de un barco a punto de zarpar y se sentó a la mesa frente a un hombre alto y apuesto.

Él sacó una tortuga viva del bolsillo y la colocó sobre una pila de papeles.

Alice dejó que sus ojos se adaptaran. No distinguía los rostros del público.

Si uno pálido y de ojos hundidos buscaba a Alice desde la fila del pasillo, no iba a encontrarla allí.

—Septimus —su voz retumbó, inocente como la mermelada de fresa, en el teatro abarrotado—, ¿qué es el abrazo carnal?

El restaurante francés donde habían reservado para celebrar la función era un mausoleo.

Los demás comensales permanecían en sus sillas como si intentaran no arrugarse la ropa.

Entornaban los ojos para examinar los brochazos de comida en sus platos, ignorando intencionadamente a la turba de jóvenes ruidosos que entraba por la cortina que separaba el comedor del frío de la calle.

En medio del bullicio de abrigos y de Fergus pidiendo champán, nadie advirtió la presencia de una figura alta que se coló con ellos.

Un camarero de lo más solemne apareció de la nada para retirarle la silla a Alice y desplegarle la servilleta.

Neville se sentó a su lado, y Charlie al otro.

Por primera vez desde el último vals sobre el escenario, Alice soltó el aire.

Sabía que lo había hecho bien porque no recordaba haber actuado.

Había vuelto a ser ella misma poco a poco desde el descorche de la primera botella en el camerino, mientras el público seguía rugiendo al otro lado del telón.

Neville la había puesto al tanto durante el animado paseo hasta el restaurante. Le aseguró que, salvo un momento en que la alumna de tercero que hacía de Chloë —bronceada con espray— se había trabado con una frase, la obra había sido un éxito.

Alice se dio cuenta de que llevaba horas sin ir al baño.

Se disculpó. Al fondo del comedor, más allá de la puerta abatible que conducía a la cocina, encontró un cartel que señalaba un pasillo estrecho lleno de abrigos.

Genial , pensó. Narnia . Bajó las escaleras que tiene todo restaurante que se precie y se estremeció.

En el sótano, el escándalo de arriba no se oía, como si hubiese metido la cabeza bajo el agua.

Al final del pasillo, el tocador de señoras era amplio, con un diván tapizado, jabón floral y una vela perfumada.

La primera cabina estaba cerrada, así que entró en la segunda.

Se subió la falda y se puso en cuclillas sobre el asiento frío.

Reinaba el silencio. Miedo escénico , pensó, deseando que Pen estuviera allí para compartir aquella broma tonta.

Entonces oyó un chirrido, como el de una suela de goma sobre la tapa del váter, y el estómago se le encogió.

¿Había estado Julian allí, en el público, al borde de la primera fila?

¿Los había seguido al restaurante sin que nadie lo notara?

Era posible. Su respiración se aceleró y luchó —aunque sentía que era una forma de asfixia voluntaria— por que no se le oyera.

Ahora lo tenía claro: era él quien ocupaba la cabina de al lado, esperándola.

El aire estaba caliente y espeso y no lograba que le llegara a los pulmones.

El miedo le atravesó el pecho como un puñal.

Sal , dijo una voz en su cabeza. Abre la puerta, cruza la sala y vete .

Pero el suelo la retenía. Notaba las manos y los pies entumecidos.

Intentó pedir ayuda, pero la voz se le había quedado atascada en la garganta.

Sus dedos torpes forcejeaban con la ropa interior, intentando subírsela como si pudiera protegerla.

Se acurrucó en el suelo, con la espalda apoyada contra el metal frío de la cabina, y luchó por respirar.

Recordó el peso de su cuerpo sobre el suyo, inmovilizándola.

Le apartaría la ropa interior y se metería dentro de ella a la fuerza, con su aliento húmedo pegado al cuello, su gemido infantil, y el orgasmo pegajoso que le ardería por dentro.

Se quedó allí encogida, temblando, intentando absorber oxígeno con desesperación, con el corazón martilleándole los oídos.

Poco a poco fue recuperando el control de la respiración, del pulso. Abrió los ojos y miró hacia arriba. Ningún dedo asomaba por encima de la cabina. Estaba sola. Se había vuelto loca. Se puso de pie, se arregló la ropa y se lavó las manos en el lavabo.

Sostuvo el vaso de la vela aromática que había sobre la repisa bajo el espejo. Estaba templado. De pequeña le había enseñado a su hermano a lamerse el dedo y pasarlo por la llama. Él lo hizo demasiado despacio, tocó la llama azul y gritó de dolor.

—Eso te pasa por atrevido —lo regañó su madre.

Nicola siempre había ido sobre seguro. Demasiado.

Nunca había desafiado a su marido. Nunca se había quejado de sus infidelidades, del dolor o la humillación que debían de haberle causado.

Al menos no abiertamente. Alice, en cambio, habría querido arrancarle la cabeza en más de una ocasión, y su madre…

aguantaba. Lo ignoraba. Preparaba sopa. Llevaba a Eli a hockey . Sonreía.

Alice pasó junto a la cocina, con su olor espeso a carnes y salsas, y regresó al comedor.

—¿Estás bien? —preguntó Charlie, retirándole la silla, mirándola con afecto y preocupación.

—Lo estaré.

Mantuvo la vista fija al frente, como si analizara un cuadro.

Algo cálido le rozó el antebrazo y se estremeció.

Era la mano de Charlie, que la retiró al instante, con una expresión dolida en su bello rostro.

Pero Alice llegó a agarrársela. Sus dedos eran fuertes.

Él entrelazó suavemente los suyos con los de ella.

El leve olor a flores quemadas empezó a disiparse.

Al otro lado de la mesa, Hugo, con los ojos ya vidriosos por el vino, le contaba a Neville una de sus historias de navegación.

Flossie, hechizada por Fergus, tenía un trozo de perejil pegado al labio.

Alice tuvo una visión fugaz de cómo sería cuando sus padres fueran ancianos y necesitaran que los alimentaran y bañaran como bebés.

Se preguntó si su madre cuidaría de su padre, que era mayor y sin duda envejecería antes.

¿Le daría de comer con cuchara? ¿Le limpiaría la papilla de la barbilla canosa?

Probablemente sí , pensó Alice. Nicola era generosa con su amor.

Elegía serlo. No castigaba a los demás por su debilidad.

Tal vez , pensó, eso también fuera una forma de fortaleza .

Estrechó un poco más la mano de Charlie.

Él respondió con un apretón tranquilo, firme.