Cuarenta y dos
Cuarenta y dos
P en tomó la Northern Line hasta Angel. En una franquicia frente a la boca del metro, compró dos paquetes de ensalada, dos cafés y, cediendo al impulso, dos Love Bars cubiertas de caramelo.
Encontró la puerta azul de un piso tipo maisonette en una placita tranquila y llamó al timbre.
Pasaron diez segundos. Veinte. Cambió de mano la bandeja con los cafés y sorbió un poco del líquido que empezaba a derramarse y a acumularse en los recovecos de la tapa de plástico.
—¿Sí? —dijo una voz poco lisonjera.
—George. Soy Pen.
George no dijo nada. Sonó un zumbido mecánico por el interfono y el cerrojo de la puerta se abrió con un chasquido.
Pen sorteó un cochecito de bebé para subir por una escalera estrecha.
George la esperaba en el segundo rellano con Danny, que se retorcía sobre su cadera.
Llevaba un pijama estampado con pequeños búhos rosas. Ya pasaba del mediodía.
—¡ Boom ! ¡ Boom ! —gritó Danny emocionado, liberándose. George lo dejó en el suelo y agarró los cafés justo a tiempo para que el niño se lanzara contra Pen como una bolita compacta. Ella le acarició los rizos mullidos de la nuca.
—Bendita seas —dijo George—. ¿Cómo sabías que lo necesitaba?
La condujo a través de una maraña de abrigos hasta un gran salón con cocina americana y comedor.
Era un piso bonito, en el que probablemente todo tenía su sitio, pero nada estaba en su sitio.
Los muebles y las alfombras estaban sembrados de juguetes y parafernalia de bebé.
George dejó los cafés sobre la repisa de la chimenea, fuera del alcance de Danny.
Ahuecó los cojines y apartó un Economist con una esquina ondulada y húmeda para que Pen pudiera sentarse.
—Hay que leer las noticias rápido antes de que Danny se las coma —explicó, sentándose en el suelo—.
Todo en este piso sirve para echar los dientes.
Cuando empiezan a andar es cuando de verdad estás jodida.
Pero no habrás pasado cinco horas en un tren para que te cuente las maravillas de compartir piso con un crío de un año, ¿verdad?
Danny pasó el camión de bomberos por el pie de Pen.
—¡Papá! —gritó—. ¡Fuego! ¡ BOOM !
George lo llevó a la cocina y abrió un armario lleno de cuencos desparejados y utensilios de cocina. Danny chilló de felicidad y empezó a sacar uno por uno todos los cacharros.
—Con eso ganamos unos cuatro minutos —dijo George, volviendo al sofá.
Pen empezó a disculparse, pero George la interrumpió.
—¿Y cómo iba a ser culpa tuya? Tú no has pedido esto más que yo. Supuse que lo sabías y que preferías sacarlo tú cuando quisieras. Pero nunca lo hiciste. Hasta el sábado, cuando me dejaste patidifusa preguntando por mi padre, lo reconozco.
Pen abrió la boca, pero no logró formular la primera pregunta que le ardía en el pecho.
—Por favor, no te sientas rara con esto —dijo George, posando una mano sobre su rodilla—. No creo que pudiera con un padre. Mamá ya da guerra suficiente. Y Lennox y Christina han suplido lo demás: me dieron un hogar estable, intentaron que me casara con el padre de mi hijo, esas cosas.
Su intento de bromear no consiguió aliviar la incomodidad de Pen. El café que se había bebido le hervía en el estómago. Miró hacia Danny, que murmuraba para sí mientras rebuscaba en el fondo del armario y sacaba un centrifugador de ensaladas de plástico.
—¿Así que llegaste a conocer a mi… a nuestro…? —comenzó Pen, pero George la detuvo de nuevo.
—Tuyo, no mío. Quiero dejarlo claro. No quiero ni necesito uno.
Sí, lo conocí. La primera vez yo tenía dieciséis.
Se acercó a nosotras en el vestíbulo de un hotel y miró a mamá como si fuera el fantasma de las navidades pasadas.
Ella lo presentó como un viejo amigo, que es el código para decir «amante despechado».
Pero luego volvimos a verlo varias veces a lo largo de los años.
Venía a vernos siempre que estaba en Londres o en París por trabajo, y solía traerme algún regalo algo excesivo.
—Le mostró la muñeca con un reloj de oro fino sujeto con una correa de cuero negro—.
Siempre me había dicho que mi padre era un donante anónimo.
Cuando al fin lo descubrí y me enfrenté a ella, lo único que dijo fue: «Ya era hora».
Pen recordó aquellos viajes, cómo había dejado de invitarla para que lo acompañara, y lo distante que siempre se mostraba Ted al regresar. Una oleada de rabia le recorrió el cuerpo, seguida de culpa, vergüenza y luego una especie de disociación.
Tenía tantas preguntas. ¿Cómo era con ella? ¿Le habló alguna vez de nosotras? Pero sus sentimientos hacia Ted eran un horrible batiburrillo que necesitaría desenredar sola. Por ahora, prefirió poner el foco en alguien cuyos actos no le incumbían.
—¿Y había muchos amantes despechados? —preguntó tras un largo silencio.
—A patadas. No cree en el matrimonio. Le parece una esclavitud. «Y no del tipo divertido», según sus propias palabras.
—¿Tú estás de acuerdo?
George echó un vistazo a Danny, que ahora desenrollaba meticulosamente un rollo entero de papel de cocina. Recuperó su café de la repisa.
—No estoy en contra, en principio. Rosh y yo quizá nos casemos algún día, si nuestra relación sobrevive a la etapa de bebé de Danny. Pero primero tengo que averiguar qué quiero hacer con mi vida.
—¿Y qué hacías antes? —preguntó Pen—. Perdona que nunca lo haya preguntado.
—No pasa nada —dijo George—. Trabajaba en una marca de ropa, en el departamento de marketing .
No en la de mamá, en una de moda masculina, en realidad.
Pensaba volver allí, pero me he dado cuenta de que hacían algunas cosas mal.
Se me ha ocurrido una idea para un pequeño negocio online , que sería mucho más eficiente.
Voy a intentar encontrar inversores en cuanto Danny empiece la guardería, en otoño, y ver qué puedo sacar de ahí.
Miraron a Danny mientras giraba la tapa de un bote pequeño. Estornudó exageradamente. Un aroma a comino les llegó flotando.
—Hm —dijo George, acercándose—. A ver cómo ha llegado esto ahí.
Le quitó el bote de comino de las manos regordetas y lo subió a la encimera. Luego empezó a enrollar de nuevo el papel de cocina, sin prisa.
—¿Y tú sabes lo que quieres hacer?
Pen tomó el Economist baboseado y flácido.
—Estoy echando solicitudes para hacer prácticas en periódicos y revistas este verano. Pero el sector se está yendo a pique, así que ya veremos.
—Si encuentras algo en Londres puedes quedarte con nosotros —dijo George—. Y no lo digo solo por la canguro gratis. Ni porque te estés acostando con mi primo.
Pen sintió cómo se ruborizaba.
—¿Cómo es que todo el mundo lo sabe?
George soltó una risa, no malintencionada.
—Lennox os tiene calados desde hace meses. Es como esos actores que interpretan a médicos en la tele y se creen que pueden operar.
La pregunta se le quedó atascada en la garganta.
—¿Sasha lo ha sabido todo este tiempo?
—¡Dios, no! —exclamó George.
—¡ DIOSNO ! —repitió Danny, que había encontrado una caja de galletas y trataba de arrancar el plástico.
—Ya entiendo por qué huiste así. ¿Pensabas que estábamos todos echándonos unas risas a tu costa?
—George le quitó las galletas y volvió con Danny al salón—.
Te prometo que no fue así. Lennox estaba convencido de que tú habías escrito porque lo sabías o al menos lo sospechabas.
Cuando vio que no tenías ni idea, y encima le caíste bien, quiso darle a tu padre la oportunidad de contártelo él mismo.
Pen recordó la visita sorpresa de su padre.
—Y no, nadie se lo contó a Sasha mientras tanto —continuó George—.
No habría sido justo que él lo supiera antes que tú, y menos con lo coladitos que estabais el uno por el otro.
Fue Sasha quien te invitó al cumple de Danny sin avisarnos.
Yo encantada de que vinieras, pero no te habría soltado a mamá así como así.
El pobre no tenía ni idea de lo que hacía.
Aunque supongo que mejor así. Y después de tu espantada, sí, se lo contaron. Se quedó hecho polvo.
Una llave giró en la cerradura y Rosh apareció con traje. Dejó una bolsa de comida para llevar sobre la mesa, al lado de la de Pen, y echó un vistazo a la cocina con una ceja arqueada.
—¡ PAAAPIII ! —gritó Danny, gateando hacia él. Rosh lo lanzó al aire.
—Me han cancelado la reunión de la una y media y he pensado traer sushi —dijo, saludando a Pen con dos besos y a George con uno en la boca.
—Dos visitas sorpresa con comida antes siquiera de que me ponga sujetador. Mi horóscopo decía que hoy sería un día de abundancia. Pen, estarás muerta de hambre. Venga, sentémonos a la mesa e intentemos parecer civilizados.
Pen se excusó. George insistió en acompañarla hasta abajo.
—¿Sabes a dónde vas? Solo es una parada hasta King’s Cross .
Pen le dio las gracias y se subió el bolso al hombro. No sabía qué hacer con los brazos. George la abrazó.
—Eres un poco rarita, ¿lo sabías?
—Lo sé —dijo Pen.
—Bien —respondió George—. No te enfades demasiado con tu padre. Ella no le dio elección, y él hizo lo que pudo con lo que había.
Pen la abrazó, notando la fuerza de sus brazos bajo la tela fina del pijama.
George la saludó desde el umbral, con su pijama de búhos descolorido. Pen se volvió hacia la calle. Al cerrarse la puerta azul, se adentró entre la multitud de peatones con paraguas que fluían hacia la boca del metro, y notó que el pulso se le calmaba al desvanecerse de nuevo en el anonimato.
Esa noche, bajo la luz fluorescente del pasillo de Lee House, Pen se dio cuenta de que alguien había vuelto a modificar la pegatina de su puerta.
Habían marcado un espacio entre «Pen» y «e», añadido una «s» y ahora ponía Pen_es mona.
Había una caja envuelta sobre la alfombra.
Encima del papel, una nota en forma de pentágono.
Mucho más potente, decía. Estoy arrepentido. Tuyo, Fergus.
Dentro de la caja alargada encontró una pluma y un pequeño frasco de tinta.