El ciclo de vida del pulpo común Cuarenta y uno
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Cuarenta y uno

Cuarenta y uno

E l Acuario de Londres quedaba al otro lado del río desde la pequeña parte de Londres que Pen conocía. Tomó el metro hasta Leicester Square y luego siguió andando. Tenía el cuerpo entumecido de haber dormido en el tren y necesitaba ordenar sus pensamientos.

En Trafalgar Square, unas nubes bajas, de un gris oscuro sobre un cielo gris claro, parecían rozar la cúpula central de la National Gallery.

Esta también era gris, al igual que las impresionantes columnas del pórtico.

Una coraza de piedra que protegía el color y la emoción del país.

O que los mantenía encerrados, sin dejar que se escaparan.

Pen apretó el paso junto a los tritones que escupían agua en las fuentes y cruzó el Strand y el Embankment en dirección al río.

Había planeado la ruta la noche anterior, trazando sobre el mapa el camino que seguiría por la pasarela Golden Jubilee y a lo largo del Queen’s Walk, pasando por el London Eye hasta llegar al edificio eduardiano del County Hall.

Llegó con tiempo de sobra, justo hasta los pingüinos de tres metros que flanqueaban la entrada junto al río.

No había colas; imaginó que los grupos escolares aún no habían bajado de sus autobuses.

Al comprar la entrada en el mostrador de información, le dio un breve sobresalto al ver la cantidad de dinero que había gastado en un solo día. Dejó que el pensamiento se disipara.

Estaba admirando los vientres blancos y redondeados y las colas largas de los caballitos de mar —cuyas siluetas no se parecían en absoluto a la imagen que tenía en mente— cuando notó una presencia a su lado.

El abrigo de brocado de seda de Margot brillaba bajo la extraña luz del acuario y le recordó a una armadura.

—Has sido muy amable viniendo hasta aquí —dijo Margot a modo de saludo.

Pen asintió. Esperó a que Margot dijera algo más. Estaba aprendiendo a manejar los silencios.

—Es curioso —continuó Margot al cabo de un rato, como si fuera natural que Pen estuviera pensando en lo mismo—, que sea el macho del caballito de mar el que lleva a las crías y da a luz, por así decirlo. Solo está «embarazado» unos días, pero, aun así. Les he tomado cariño, la verdad.

Pen no había cruzado Londres para hablar de caballitos de mar.

Sacó el sobre color lavanda del bolsillo de la chaqueta y se lo tendió.

Margot lo miró y soltó una risita delicada, como de copas entrechocando.

En lugar de agarrar el sobre, le rodeó el antebrazo y la atrajo hacia sí en un abrazo ligeramente forzado. Un aroma a romero envolvió a Pen.

—Por favor, no me insultes culpando a tu padre —enunció al fin, soltándola—.

Nunca tuve intención de casarme con él. Ni con nadie, en realidad.

—Ahora tomó el sobre y lo hizo girar entre los dedos—.

Mi hermano no sabía nada de lo mío con tu padre.

Se puso hecho una furia cuando se lo conté.

Me preguntó qué pensaba hacer. Era posible, aunque no fácil, para una mujer en mi situación… quitarse el problema de encima.

Hizo una pausa, como tratando de recordar.

Pen había buscado información la noche anterior y lo que encontró era confuso.

Incluso hoy, abortar en el Reino Unido era técnicamente un delito penado con cadena perpetua.

Pero, según la Ley del Aborto de 1967, era legal en determinadas circunstancias como, por ejemplo, si dos médicos coincidían en que continuar con el embarazo podía suponer un riesgo para la salud mental de la madre.

Pen sintió el impulso de preguntar —¿cuánto habría costado en 1980 encontrar a dos médicos dispuestos a ello?

¿Hasta qué punto tuvo miedo? ¿A quién acudió?

¿Por qué decidió seguir adelante?—, pero se contuvo.

Margot continuó:

—Al final, Elliot dijo que tu padre tenía derecho a saberlo, y yo no discutí. Lo que no compartíamos era la idea de qué papel debía tener él. Mi hermano esperaba que hiciera «lo correcto» y me pidiera que me casara con él. Yo confiaba en que me conociera lo suficiente para no hacerlo.

Aquí se detuvo de nuevo. Sacó la carta y la leyó. En sus labios apareció una leve sonrisa, como si aquellas palabras confirmaran una sospecha antigua y un poco embarazosa. Levantó la mirada, como evaluando si Pen era lo bastante dura como para escuchar la verdad.

—Él me dejó esta dirección, que claramente dejó de ser válida enseguida, y el número de casa de su madre.

Nunca respondió a esta carta. No sabía si la había recibido y, al cabo de un tiempo, probé con llamar.

Me costó varios intentos, pero al final hablé con él.

Se ofreció a venir. Que tomaba un avión esa misma noche, dijo.

No mencionó nada que le impidiera hacerlo.

Le dije que mi decisión no había cambiado. Le pedí que lo entendiera.

Volvió a mirar a Pen, como sopesando cuánto daño podían haber causado aquellas palabras. Pen mantuvo el rostro impasible.

—Cuando, pocos días después, Elliot y Christina recibieron una invitación a una boda en Canadá que iba a celebrarse de inmediato, mi hermano se quedó destrozado. Yo me quedé aliviada.

Él habría dejado a su madre por Margot. Quiso hacerlo.

Amaba más a Margot. Una parte de él había estado allí, con ellas, todo el tiempo.

Pen lo asimiló poco a poco, y le resultó extrañamente reconfortante.

Lo sabía. No los hechos, que eran como una piedra hundida, fuera de su alcance, sino las ondas que había generado y que ella había notado, pero no entendido.

—¿Por qué?

—Porque yo no estaba hecha para eso —dijo Margot—.

Mi madre se fue de casa con diecinueve años para casarse con mi padre.

Nunca tuvo una vida propia, nunca ganó una libra, nunca tuvo una cuenta a su nombre.

Parece insignificante dicho así, pero hubo de depender toda su vida y se lo hicieron sentir.

Tenía una sola vía de escape, algo que era solo suyo, y nunca se lo dijo a nadie.

Pintaba. Paisajes marinos, sobre todo, con acuarelas.

Tormentas. Horizontes abiertos. No sabía que yo lo sabía.

Pero, cuando enfermó, colgué sus cuadros.

Los miraba y sonreía con una expresión ausente.

Son las únicas pinturas decentes de la casa.

Margot seguía de espaldas, mirando los tanques, con los ojos empañados de lágrimas. Parpadeó para despejarlas.

—Quise a tu padre a mi manera, pero no estaba dispuesta a atarme a su vida.

Con veinte años, no estaba dispuesta a unir mi futuro al suyo.

Puede que mi madre no tuviera elección, pero yo sí.

No tenía intención de mudarme a Canadá. Ni de pedirle que lo dejara todo, los planes, las promesas que había hecho a su familia, a tu madre, para venirse conmigo aquí.

¿Y para qué? ¿Por mis aspiraciones? Él dijo que sí, que lo haría, que quería hacerlo.

Pero yo sabía que tenía un precio. Y no quise pagarlo. ¿Lo entiendes?

Pen siguió su mirada y vio, de forma algo abstracta, los colores y las texturas de miles de criaturas marinas atrapadas en un tanque en pleno centro de Londres, resplandecientes tras un muro de cristal. Pen lo entendía ahora, o creía entenderlo, al menos en parte.

—Ya sabes cómo me llaman. Elliot y Christina. Claro que piensan que soy egoísta —añadió al cabo de un rato.

Pen no lo negó.

—Y tienen razón. Tenía que ser egoísta si queríamos sobrevivir, George y yo. Pero la gente no lo entiende. En la narrativa general no hay sitio para el interés propio de una madre. Solo existe la madre monstruosa y el pulpo.

Se detuvo ante otro tanque. Pen vio que estaba casi vacío, salvo por una estructura de rocas que imitaba un arrecife de coral. En el fondo, unos erizos de mar rojos, como adornos navideños, salpicaban la arena.

—¿Qué sabes del ciclo de vida del pulpo común? —preguntó Margot.

¿Y ahora qué ?, pensó Pen.

—Nada.

—Después de poner los huevos, la hembra se dedica por completo a cuidarlos y protegerlos durante meses.

Deja de comer, no puede alejarse de ellos ni siquiera un momento.

Empieza a consumirse: senescencia, se llama.

Como si toda su energía vital se agotara entre cazar, huir de depredadores, encontrar pareja, preparar su guarida y, por fin, cuidar de sus crías.

Para cuando eclosionan, ella ya ha muerto de hambre, o casi.

Su piel, antes capaz de cambiar de color y textura en segundos, se vuelve pálida, le salen llagas que no cicatrizan.

Los ojos se le nublan. Empieza a morderse a sí misma.

Su cuerpo en descomposición a veces sirve de alimento a sus crías.

Esbozó una sonrisa triste, con los labios apretados.

—Eso es lo mejor que puede hacer por ellas.

—¿Y el macho? —preguntó Pen. Ya se imaginaba la respuesta—. ¿Sigue reproduciéndose?

—No —dijo Margot—. Es peor. Como no hace falta que cuide de los huevos, también entra en senescencia y suele morir antes de que nazcan. A veces, la madre de sus hijos se lo come.

Pen guardó silencio.

—No te preocupes —añadió Margot con tono más ligero—. Soy muy consciente de que no soy un pulpo. Pero me gusta recordarme que no tengo por qué comportarme como uno.

Pen no estaba convencida. Pensó en Christina y Lennox, que parecían felices y desde luego no se estaban consumiendo. Pensó en su madre, cuyos ojos se habían nublado durante un tiempo, sí, pero que luego había empezado a construir la vida que quería, paso a paso.

—¿Y la única alternativa es ser una madre egoísta? —preguntó.

Los ojos de Margot, aún fijos en el tanque, perdieron el brillo burlón.

—La madre que insiste en mantener viva su parte interior es un monstruo.

Nadie se inmuta si un padre sigue dedicado a lo que más le importa en el mundo.

Pero una esposa y madre con prioridades propias que se niega a dejarlas para el final…

Su vida se convierte en un conflicto constante entre lo que es y lo que se espera de ella.

La sociedad la ve como egoísta y antinatural.

Si ella misma se lo cree, está perdida. Y sus hijos también.

—No creo que tengas razón —dijo Pen en voz baja—. Puede que antes fuera así, pero ahora ya no se ve como algo egoísta o antinatural. Las cosas han cambiado.

—Ojalá fuera verdad —dijo Margot. Sonaba casi triste, como si hubiera esperado que Pen la entendiera y se hubiera llevado una decepción—. Ojalá, por tu bien, que así sea.

—¿Y, si no lo es, la mejor opción es no enamorarse nunca y no tener hijos? —preguntó Pen, un poco a la defensiva.

—Dios mío, espero que no. —La voz de Margot se había suavizado.

—Entonces, ¿qué?

Margot se volvió hacia ella con una mirada casi tierna.

—La única manera es hacer las paces con una misma.

Pen volvió a mirar el tanque. Lentamente, con un movimiento fluido, su cuerpo ondulando como el humo, el pulpo emergió de su escondite.

Su piel, que había imitado el color y la textura de las rocas, adoptó ahora un rojo brillante.

Sus ocho brazos largos y afilados, con las brillantes filas de ventosas, parecían lo bastante fuertes y flexibles como para estrangular a alguien.

Cada brazo se movía con una gracia perfecta, independiente del resto.

Se quedaron mirándolo largo rato, como hipnotizadas.

—El pulpo es bastante inteligente, ¿no? —preguntó Pen.

Margot se volvió hacia ella.

—El pulpo es el animal más inteligente del planeta sin columna vertebral.