Cuarenta #2
Alice negó despacio con la cabeza. El champú empezaba a escocerle en el cuero cabelludo, y tenía unas ganas enormes de rascarse.
—No sé. No le pega mucho a tu padre.
—Ya. Pero él y mi madre ya estaban prometidos antes de irse a Londres. Y a él lo llevaban preparando desde niño para dirigir Winter Corp. Tenía que volver.
—¿A santo de qué?
—A santo de Tilda. Se lo habría exigido. Le habría dicho que tenía el deber. Tendría su voz en la cabeza. Yo aún la tengo.
—¿Y el deber con su hija? ¿Y con Margot?
—No lo sé —dijo Pen.
Alice cedió y se rascó la cabeza, llenándose las uñas de espuma.
—Espera, los Lennox deben de saberlo, ¿no?
—Estoy casi segura. Eso explica por qué han estado tan… interesados en mí —dijo Pen.
—Claro. Porque lo raro en todo esto era que les cayeras bien —dijo Alice—. Pero ¿cómo que casi segura? ¿No has hablado con George? ¿Ni con Sasha?
Pen negó con la cabeza.
—¿Y con quién has hablado entonces?
—Contigo. Me fui en cuanto amaneció. No podía quedarme allí.
—¿Huiste? Y encima apagaste el móvil. Deben de estar… Joder, Pen. ¿Estás bien? Te abrazaría si no estuviera…
—Estoy bien. Es solo que… sí.
—Espera un momento. ¿Esto significa que tú y Sasha sois familia?
—¡ NO ! Dios —dijo Pen, que ya había repasado varias veces el árbol genealógico mentalmente.
—Bueno, un poco sí —dijo Alice, aún dándole vueltas—. No de sangre, claro. Legalmente todo bien. Pero su prima es tu hermanastra. ¡No pongas esa cara! Todo el mundo sabe que los aristócratas adoran a sus primos.
—Lo que deberíamos hacer es enjuagarte eso antes de que te deje calvas las neuronas.
Pen inclinó la cabeza de Alice sobre el lavabo y, con el vasito de dientes, le enjuagó el pelo con cuidado para que no le entrara champú en los ojos ni en las orejas. Luego le embadurnó el pelo con una gruesa capa de acondicionador blanco y fue quitando los cadáveres uno a uno.
—¿Cuándo vas a llamar a tu padre? —preguntó Alice.
Pen negó con la cabeza.
—Necesito más tiempo para pensar.
—¿Lo odias?
—No. Todavía no lo tengo claro. Pero no.
Guardaron silencio. Al cabo de un rato, Pen le dijo que creía haberlos eliminado todos, y Alice fue a ducharse. Pen encendió el móvil y mantuvo pulsado el botón de encendido.
«Memoria llena», advirtió una franja de texto en la pantalla. Marcó el buzón de voz.
—Su buzón está lleno. No puede recibir nuevos mensajes —la regañó una voz oficiosa.
Los primeros eran todos de Alice. Pulsó el 7 para borrarlos. El siguiente era breve:
—Pen, soy George. Llámame en cuanto puedas.
Lo borró también. Mientras esperaba el siguiente, entró una llamada nueva. En la pantalla ponía «Sasha». No podía contestar. Aún no. El siguiente mensaje era de él. Su voz le recorrió el espinazo.
—¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? Estoy intentando no preocuparme. Llámame, por favor.
Cerró el teléfono y volvió a apagarlo. Rompió otra onza de chocolate y se comió un puñado de patatas.
Alice regresó envuelta en el albornoz, con el pelo en una toalla.
—Tendré que hervir todo lo que tengo —dijo—. Gracias por salvarme.
—No hay de qué.
—¿Quieres quedarte? ¿Ver algo?
—No, gracias. ¿Nos vemos en la cena?
Alice asintió y le dio un apretoncito en el brazo. Pen salió.
Cruzó el patio hasta su habitación. Tim, el de Poesía Medieval, la saludó con la mano.
Pen apretó el paso. El cielo tenía un azul irracional y vibrante, como de cartulina Bristol.
Por un momento fantaseó con ser Jim Carrey en El show de Traman , y que todos los demás —George, Sasha, sus padres, todos menos Alice— fueran actores representando una farsa para divertir a un público desconocido.
Esa sensación de irrealidad se intensificó al abrir la puerta de su habitación.
Algo no encajaba. Dentro, Elliot Lennox estaba reclinado en su silla, con una pierna cruzada sobre la otra, leyendo su ejemplar de Noche y día .
Levantó la vista al verla entrar, con una expresión de bienvenida, como si fuese él quien la recibía en su salón.
—¿De qué sirve escribir novelas de detectives si no puedes robarles algún truco? —dijo, poniéndose en pie.
Devolvió el libro a su estantería, no sin antes apuntar el número de página, como si pensara retomarlo luego.
Pen vio que había traído una botella de whisky , la misma que ella le había regalado en su primera visita.
Desprecintó la botella, sacó dos tazas de lunares que su madre le había comprado, y sirvió sendos tragos generosos del licor dorado.
Le tendió una. Pen no la aceptó. Él la dejó sobre el escritorio.
Nada en su actitud daba a entender que aquella visita estuviera fuera de lugar.
Ni siquiera pareció notar que estaba a medio metro de su cama, donde seguía, aparentemente intacto, el cuaderno que ella había dejado caer antes.
Tal era su presencia, que Pen sintió por un instante que la intrusa era ella.
Sabía que eso era absurdo, y se obligó a sostenerle la mirada con neutralidad.
Esperó a que hablara, a que le explicara qué hacía allí.
—Me ha mandado Christina —indicó—. Quería que comprobara que estabas bien.
—Estoy bien —respondió Pen, sin sentarse y sin bajar la guardia.
—Jamás había visto a Sasha así —comentó él, probando otro enfoque—. Pero sé que no te fuiste por algo que haya hecho ese idiota de mi hijo.
—No.
—Tal vez fue algo que hizo el idiota de su padre —agregó, y dio un sorbo al whisky —. Sí —añadió, como si en su mirada hubiera encontrado algo que no quería mostrarle—. Sé que sientes que te hemos tenido en la oscuridad, Pen. Y tienes razón. Pero esta vez, no era una historia que debía contar yo.
Sacó un bloc del bolsillo interior de la chaqueta y apuntó un número. Se lo tendió. Como Pen no se movió, lo dejó sobre el escritorio, centrándolo encima del portátil cerrado. Apuró la taza y se levantó.
—Te hemos tomado mucho cariño, Pen. Vuelve cuando estés lista.
Le puso las manos en los hombros. Tenía algo en el porte que le hizo pensar en los pocos curas que había conocido. Le besó la coronilla. Una bendición. Y se fue.
Pen se sentó en la silla que él acababa de dejar —¡su silla!— y olfateó el whisky . Se había olvidado la botella. Se quedó quieta varios minutos, mirando la pared. Luego tomó el cuaderno de la cama y lo abrió por la primera página. En rotulador negro ponía:
Por favor devolver a Anna Sinclair Winters
La letra de su madre apenas había cambiado.
A Pen le vino la imagen de su propio nombre escrito con rotulador permanente en la etiqueta de cada gorra, toalla de playa y funda de almohada que había llevado al campamento.
Algunas aún rondaban por casa de su madre.
Esa imagen le trajo el recuerdo punzante de aquella tarde abrasadora de agosto en que había sido Tilda, y no su madre, quien fue a esperar el autobús del campamento al aparcamiento del centro comercial.
Para espantar ese recuerdo, imaginó en su lugar el plástico del rotulador que Anna había usado para escribir su nombre pudriéndose en algún vertedero.
Dejamos tanta basura atrás, pensó. Si no nos olvidáramos de la mayor parte, nos volveríamos locos.
Después de enterarse de lo de los abortos y comprender lo equivocada que había estado, Pen había querido dejar el pasado de su madre cerrado por un tiempo, como cuando de niña prefería no levantar la tapa del arenero con forma de tortuga, para no ver las cochinillas que vivían debajo.
Pero sabía que no podría evitarlo para siempre, aunque decidiera no leer lo que fuera que su madre había querido preservar en aquel cuaderno.
Puedes ser más valiente que eso, se dijo.
Sapere aude —atrévete a saber—. Abrió el cuaderno por la última doble página, con una sola hoja escrita a la izquierda.
Las palabras, ordenadas con pulcritud, descendían como una hilera de hormigas negras hasta el borde inferior de la página, cada vez más pequeñas y compactas, y luego trepaban por el margen derecho hasta el borde superior, donde quedaban suspendidas, boca abajo.
Sabía que en el interior de la contracubierta —porque ella también tenía cuadernos como ese, su madre se los había regalado— había un bolsillo secreto.
Las reliquias, pensó, son más seguras que las palabras.
Las reliquias están muertas; las palabras están vivas.
Lo primero que sacó fue una foto en blanco y negro de sí misma.
O eso creyó, hasta darse cuenta de que no era ella, sino su madre.
Anna llevaba un vestido primaveral y mostraba una expresión desafiante.
El pelo oscuro recogido en un moño bajo, con algunos mechones sueltos alrededor de la cara.
Estaba con otra mujer delante de un edificio cubierto de hiedra que Pen reconoció.
«Renée y yo, Hart House, abril del 79», había escrito su madre.
Luego sacó una postal con un atardecer de Turner, o quizá era un amanecer.
Al dorso, quince palabras indescifrables, firmadas por un «Tuyo, Teddy».
Después, una invitación de boda, formal, una cartulina de color crema: El señor y la señora Edward Winters se complacen en invitarle…
Sábado, 22 de agosto de 1980, a las tres de la tarde…
Cena y baile después. Luego, un sobre lila desvaído, ya abierto, con la dirección original tachada y una nueva escrita encima.
La letra era redondeada pero elegante. Iba dirigido a su padre.
Pen volvió al principio del cuaderno. Se imaginó como un pelícano planeando sobre la superficie del agua, en busca de peces. Empezó a recorrer las líneas con los ojos.
Renée cree que debe de tener a alguien allí. Bueno, ¿y qué si lo tiene? Nunca le pedí celibato. Lo único que me importaba era saber si volvería. Y parece que sí, y que por fin nuestra vida juntos podrá…
—No tenéis ni tiempo de imprimir invitaciones —dijo la señora W cuando se lo contamos.
Cree que estoy embarazada. Ojalá. Casi todas las noches tengo el mismo sueño de siempre, ese que me acariciaba y me inquietaba.
Solo que ahora el pecho en el que reposa el bulto cálido es el mío, el cuello al que respira es el mío.
No me importa que digan que es imposible conservar recuerdos de esa edad: parece real.
Él también lo quiere, creo que tanto como yo.
Muchos de nuestros amigos siguen reacios a ponerse zapatos, y él, en cambio, ya está listo para ser padre.
Y ese amor suyo por su madre, sus vínculos familiares tan fuertes, son parte de lo que me atrajo de él.
Tengo que recordarlo. Ella me odia, claro.
Soy del tipo equivocado: demasiado pobre, demasiado andrajosa, demasiado marisabidilla con mis libros de francés y mis planes de doctorado.
Pero me está aceptando. Sabe que aceptarme es el precio de Ted…
Pen sabía que tarde o temprano leería el resto. Pero antes volvió al bolsillo trasero y tanteó el sobre azul. La solapa tenía el borde rasgado.