El ciclo de vida del pulpo común Cuarenta
85%

Cuarenta

Cuarenta

A lice tenía piojos. Había cazado a uno de esos cabrones entre las púas del peine fino que se había comprado en la farmacia en cuanto abrieron esa mañana.

Lo había comparado con las fotos de internet y ahora lo tenía atrapado entre el pulgar y el índice.

Según había leído, lo único que funcionaba era usar un champú especial y después cubrirse el pelo con un bote entero de acondicionador blanco y espeso para pasarse el peine otra vez.

Pero ella tenía una mata de pelo enorme y no podía llegar bien a la parte de atrás de la cabeza.

Necesitaba a Pen. En toda la ciudad de Edimburgo, tal vez en todo el mundo, no había nadie más en quien pudiera confiarle lo repugnante que era.

Alice prefería raparse la cabeza y hacer como que era una decisión estilística antes que pedirle a Jo o a Neville —a quienes apenas conocía desde hacía seis meses— que le buscaran bichos en la cabeza.

Y no podía llamar a su madre. Aunque no estuviera a cinco mil kilómetros de distancia, Nicola lo único que haría sería incorporar su pánico al suyo, uno más grande y más general.

Tenía que ser Pen. Pero el móvil de Pen estaba apagado.

Alice había escuchado una docena de veces la voz amable que su amiga usaba con los desconocidos:

—Has llamado al buzón de voz de Penelope Winters. No estoy disponible ahora mismo, así que por favor deja tu mensaje y te devolveré la llamada en cuanto pueda. ¡Gracias!

—Pen, sé que es un mal momento y que estás en tu nido de amor, pero TE NECESITO. POR FAVOR . Es una emergencia. Vale, chao.

Era el quinto mensaje que le dejaba esa mañana.

Entre uno y otro le había mandado mensajes de texto y alertas por correo (aunque en su perfil ponía que estaba «desconectada»), y había marcado el fijo de su cuarto, que no tenía buzón de voz, pero que sonaba sin parar de una forma que a Alice le resultaba reconfortante, porque dejaba abierta la posibilidad de que Pen, en cualquier momento, entrara por la puerta y lo agarrara.

Dijo que estaría de vuelta el domingo, pero no dijo en qué momento.

Ya eran las doce y media y el hambre, un hambre voraz, se sumaba al picor del cuero cabelludo.

En la farmacia, Alice había comprado algo de picoteo, sabiendo que, si efectivamente estaba infestada, no saldría de su cuarto hasta haber acabado con la masacre, pero quería guardarlo para compartirlo con Pen.

Abrió una botella de Coca-Cola Light . Hizo un pssst que la llenó de satisfacción. Enroscó el tapón para contener la espuma y volvió a marcar el fijo.

—¿Sí?

Pen respondió al primer tono. Su voz sonaba insegura, como si no supiera quién llamaba.

—Ay, gracias a Dios. Gracias a Dios, joder.

—¿Alice? ¿Estás bien?

—¡NO!

Le salió como un lamento. No era su intención sonar tan desesperada, pero no había dormido la noche anterior y estaba en un estado de ansiedad y autodesprecio considerable.

—Quédate ahí, voy.

Alice colgó y se tragó un sorbo de espuma tibia.

El sabor químico, familiar, la calmó. Recogió la ropa y la guardó en el armario, metió los zapatos bajo la cama e intentó que su cuarto pareciera menos una asquerosa guarida de piojos.

Alineó las revistas y los libros sobre el escritorio y dispuso el picoteo —bolsas de gominolas y de patatas sabor vinagre y una tableta grande de chocolate negro con almendras, el favorito de Pen— como si fuera un bufé tentador.

En la encimera junto al lavabo dejó preparados el champú, el acondicionador, el peine y, por si las cosas se torcían, unas tijeras y una maquinilla Venus color turquesa.

Pen entró sin llamar. Jadeaba. Fue directa hacia Alice, que levantó los brazos con las muñecas giradas, como avisando.

—No te acerques.

—¿Qué?

Pen aún parecía dispuesta a abrazarla. Alice retrocedió hasta la esquina junto al lavabo.

—Pen, no. Tengo… —La palabra se le atragantaba en la boca—. Piojos.

—¡Ah!

Pen no puso cara de asco. Puso cara de preocupación.

—¿Cómo?

—No sé.

La voz de Alice volvió a elevarse hasta un registro frágil y quebradizo.

—Será por los disfraces, o por los sofás mugrientos del aula de ensayos, que están cubiertos con mantas que nadie lava. O quizá es que soy una cerda. Pero Thomasina no puede tener esto y no puedo hacer de ella con…

Alice no lloraba de verdad desde décimo curso, cuando tuvieron que sacrificar a su perro.

Las lágrimas que le caían ahora por la boca no se parecían en nada a las que fingía en los castings : eran hirvientes y le venían acompañadas de sollozos broncos y desgarrados.

Quería irse a casa. Se dejó resbalar por la pared y se abrazó las rodillas.

Sabía que estaba haciendo un drama, pero ya no podía parar.

Pen se sentó frente a ella, tocándose con las rodillas. Le tomó la mano y la sujetó entre las suyas, como si intentara darle calor.

—Yo también he tenido piojos, ¿te acuerdas?

Alice negó con la cabeza. Resistía el impulso de rascarse.

—En el campamento, cuando teníamos once años. Mira, ni te acuerdas, porque no es para tanto. Tiene solución.

La mente de Alice viajó al último verano que habían pasado juntas en el campamento Blue Moon. Se acordó de lo que ocurrió durante ese verano, y de lo que pasó después en la vida de Pen. El recuerdo le sirvió de inmediato para reajustar la escala del drama.

—Lo siento —dijo. Se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano y cambió de tema—. ¿Qué tal el sexo?

Pen soltó una risita seca, casi una tos.

—¿Qué tal el sexo?

Alice le dirigió una mirada elocuente, cómicamente exagerada, y luego empezó a temblar de risa.

Pen sintió un cosquilleo en el pecho que reconoció de inmediato.

Enseguida se vio riendo también, de esa forma descontrolada que solo le pasaba con Alice, la que te hacía tener hipo y agujetas al día siguiente de tanto contraer el diafragma.

La locura de todo aquello —de sus cuerpos animales y fallidos, de los impulsos que permitían la supervivencia de la especie y, sin embargo, resultaban obscenos a la luz del día— era de pronto demasiado absurda como para no reírse.

Alice se secó las lágrimas con el dobladillo de la camiseta. Casi se había meado encima, cosa que no sería insólita.

Ella y Pen eran amigas desde mucho antes de descubrir que era necesario construirse un caparazón, como los animales invertebrados, para proteger la sustancia blanda del yo.

Muchas amistades de la infancia se pierden en ese punto, cuando una se da cuenta de que la otra ha aprendido a disimular y ya no es accesible, o al menos no lo será muy a menudo.

Lo que le hacía pensar a Alice, mientras Pen se sonaba con el rollo de papel higiénico del escritorio, que esta amistad podía durarles toda la vida y protegerlas de la soledad demoledora de ser humano era que entre ellas no hacía falta fingir.

Se prometió a sí misma no olvidarlo nunca.

Pen contuvo la respiración hasta que se le pasaron los hipos.

Agarró el champú y partió una onza de chocolate mientras leía las instrucciones.

Alice sacó el portátil de la cama y puso música.

Luego se sentó en la silla frente al lavabo.

Mientras Pen le masajeaba el cuero cabelludo con el champú antipiojos, su mente volvió a los Lennox.

No a Sasha, todavía no, sino a Christina y Lennox, a George y a Margot, y a lo que todos ellos sabían desde el principio.

Estaba convencida ya de que todos habían supuesto que ella también lo sabía.

—Creo que tengo una hermana —dijo Pen.

Alice estaba tarareando « That Thing », de Lauryn Hill.

—¿Mmm?

Levantó la vista. Pen había dejado de mover las manos.

—Creo que tengo una hermana —repitió.

Alice no dijo nada. Su cara, ampliada por el casquete jabonoso del champú, se había congelado en una expresión expectante, como si estuviera esperando el remate del chiste.

—George —dijo Pen.

Se enjuagó las manos en el lavabo. Tenía la garganta seca. Se dio cuenta de que no había bebido nada en todo el día. Agarró la botella que había en el escritorio de Alice y dio un buen trago.

—¿Qué…? —Alice movía la cabeza de lado a lado. Apagó la música—. ¿Qué coño me estás contando?

Pen se sentó en la cama y volvió a beber. Estaba seca por dentro. Se bebió media botella de golpe. Luego le contó a Alice todo lo que había deducido.

—Espera —la interrumpió Alice—. ¿Me estás diciendo que tu padre tuvo un lío no con Christina sino con MARGOT Lennox… y que ella podría haber tenido una hija suya?

—Eso creo. Sí.

—¿Lo crees o lo sabes?

—Creo que lo sé.

—Joder, Pen. ¿Y me dejas hablando de piojos? Empieza desde el principio.

Pen inspiró hondo por la nariz. Poner en orden las piezas del rompecabezas podría servirle.

—He estado tan distraída con lo mío con Sasha o lo que sea, que no…

—Empezó de nuevo—. Este fin de semana, cuando llegó Margot, estaba clarísimo que me detestaba.

También fue horrible con Christina, así que pensé que simplemente era una borde, pero había algo en cómo me miraba.

Como si yo fuera una imitación barata de uno de sus bolsos y estuviera fijándose en todos los detalles falsos.

Y entonces Lennox me preguntó, en plan raro, si yo conocía a Margot de pequeña.

Le dije que claro. Que tú me habías hablado de ella durante años, y me dijo que sí, pero que si mi padre hablaba de ella.

Que sentía una «debilidad» por ella en su día.

—¿Una debilidad?

Alice estaba ojiplática.

—Parte de mí ya sabía que había algo más.

Él estaba siendo muy esquivo. Pero entre la fiesta y Freddie y Sasha, no fue hasta anoche…

que empecé a preguntarle cosas a Sasha, casi sin darme cuenta.

Y encajaba. Estaban en Londres al mismo tiempo.

Ella en la escuela de arte, él haciendo el máster.

Él se volvió justo el verano en que Margot se quedó embarazada de George.

Ese mismo agosto se casó con mi madre en Toronto.