El ciclo de vida del pulpo común Treinta y nueve #2
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Treinta y nueve #2

Cuando la última superficie estuvo limpia y el lavavajillas empezó a emitir ese murmullo reconfortante que indica que todo vuelve a estar en orden, Christina despertó a su marido con suavidad. Él la siguió hasta la cocina.

—Bien hecho, cariño —dijo Lennox con voz adormilada—. Fiesta espléndida.

—Ha salido muy bien —respondió ella—. Sois todos unos cielos. Creo que esta noche echan una miniserie —dijo, ocultando un bostezo con el dorso de la mano—. No recuerdo cuál, pero dicen que es buenísima.

—¿Qué decís? ¿Nos vemos una miniserie? —preguntó Freddie cuando sus padres salieron, estirando los brazos por encima de la cabeza con un gesto que Pen recordaba de la primera vez que lo vio.

La miró, con los ojos chispeantes como los de su padre—.

Creo que es Jane Eyre . Seguro que es tu rollo, ¿a que sí, Nance?

A ver… ¿segunda en tu lista después de Orgullo y prejuicio ? ¿O eres más de Sentido y sensibilidad ?

Pen se rio.

—Todas las anteriores. Pero creo que hoy no me da la vida. Gracias, Freddie.

Miró al otro lado de la mesa, hacia Sasha. Él le sostuvo la mirada. Freddie los observó a ambos.

—Muy bien, pues. Buenas noches, tortolitos.

Se fue silbando mientras salía de la cocina.

Arriba, en el torreón, Pen se sentó en la cama de Sasha. Se dio cuenta de que estaba recién hecha. Él se puso a su lado, dejando algo de espacio entre los dos.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Claro —respondió ella—. ¿Por qué?

Él le tomó la mano y entrelazó sus dedos con los de ella.

—No me has dirigido la palabra en todo el día.

—No podía hablarte delante de ellos —dijo Pen, dándole un apretoncito en la mano—. No se me da bien fingir. Estoy bastante segura de que tu padre lo ha adivinado igual. Me lo encontré en la cocina a primera hora.

—¿Fue muy doloroso? —preguntó.

Tardó un segundo en entender que no se refería a la conversación con Lennox.

—Un poco. Pero no por tu culpa. Fuiste muy atento.

Él se acercó un poco más.

—¿Y no te has arrepentido?

Pen apoyó la mano en la zona entre sus omóplatos, ejerciendo una ligera presión. Notó cómo se relajaba.

—Para nada. ¿Y tú?

—Para nada —dijo él, visiblemente aliviado—. No hace falta fingir. Pueden saberlo todos.

Ella sonrió y le pasó las manos por la pendiente entre el cuello y los hombros. Él la miró, tan cerca que sus frentes casi se rozaban.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Matrimonio —dijo ella—. Estaba esperando al matrimonio. Vas a casarte conmigo, ¿verdad?

Él la besó suavemente en los labios, un beso breve.

—Claro que sí.

—Mentira —rio—. Si yo ni siquiera creo en el matrimonio. Creo que lo que sabía era que iba a ser raro y embarazoso, y estaba esperando a alguien lo bastante raro y embarazoso como para hacerlo con él. Si es que eso era lo que ibas a preguntar.

Él le recogió el pelo en una coleta y le besó el cuello.

—Es un honor.

—Y —añadió ella, inclinándose hacia su caricia— supongo que también tiene que ver con que nunca antes había querido tanto hacer esto con nadie.

Él dejó de besarle el cuello.

—¿De verdad?

—De verdad.

Se acomodaron más sobre la cama, y ella se recostó contra las almohadas. Tenía las mejillas ardiendo.

—¿Puedes decirme cuánto exactamente?

—Muy pero muy mucho.

—Ya veo —dijo él—. ¿Y ha sido tan raro y embarazoso que no querrás volver a desearlo con tantas ganas?

—No diría eso —su voz se estaba volviendo ronca.

Él trepaba la mano por su pierna.

—No, no lo diría.

—Creo que puedo hacerlo mejor esta vez —dijo él—. ¿Me dejas intentarlo?

Pen no pudo hablar. Asintió. Él volvió a besarla.

Después, con las ventanas abiertas y el aire fresco colándose en la habitación, tumbada con la cabeza apoyada en su pecho, Pen empezó a entender todo ese alboroto.

—¿Mejor? —preguntó él.

—¿Eh? Ah. No. Vas a necesitar mucha más práctica.

Él soltó una risa un poco histérica. Aún no se habían recuperado del todo.

—¿Y por qué no crees en el matrimonio? —preguntó él, pasándole los dedos por el pelo.

La pregunta la sorprendió.

—Quizá «creer» no sea la palabra adecuada. Sé que a veces funciona —dijo—. Es solo que, por lo general, no funciona.

Guardó silencio un rato, y luego añadió:

—En cierto modo, me parece bonito que la gente de nuestra generación siga siendo tan optimista como para intentarlo.

Es como hacerse un tatuaje, sabiendo, en el fondo, que no vas a querer llevar esos mismos dibujos el resto de tu vida.

—Se volvió hacia él—. Tú no llevas tatuajes, ¿no? —Pensó en la rosa heráldica de Freddie.

—No me acuerdo.

Le recorrió la piel, suave sobre músculo y hueso, y pasó entre el vello de sus antebrazos y sus piernas. También él tenía esos granitos en la parte posterior del brazo. Encontró una cicatriz justo debajo de la rótula izquierda.

—Ni uno —dijo ella.

—¿Y sobre el amor? —preguntó él.

Ella apretó la mandíbula.

—¿Qué pasa con el amor?

—¿Crees en él?

—No lo sé. ¿Por qué lo preguntas?

—¿Qué es lo que no sabes?

No quería contarle que el amor de sus padres —si es que había sido amor— había estallado como una pila hinchada, esparciendo ácido sobre sus vidas.

—Que dure.

Le alegró que él no pudiera verle la cara, aunque ella deseaba ver la de él.

—Ya —dijo él.

Pen pensó, sin saber muy bien por qué, en Margot. En esa mirada suya afilada, burlona. Esa sensación de ser el blanco de un chiste interno. Y luego en la pregunta de Lennox: «¿Tu padre la mencionó alguna vez?». Una pregunta extraña.

—Rosh parece amable —dijo.

—Mm. Es un buen tipo.

—¿Y él y George…?

—Creo que sí. Hasta donde ella le deja. Cuando está en Londres, viven juntos. Pero, si tú eres agnóstica del matrimonio, ella es directamente atea.

—¿Por qué?

—Por Margot. Margot tiene esta teoría, y me sorprende que aún no te haya acorralado para soltártela, de que todos los hombres son carceleros. Dice que las mujeres deberían tener hijos, si quieren, pero que las novias son corderos llevados al matadero. O algo así.

—¿Así que decidió criar sola a George?

—No creo que mi madre lo vea así.

—Ya. George me dijo que pasaba las vacaciones aquí.

—Yo adoro a Margot, pero va a su aire. La mitad de las Navidades ni se presentaba, si había diversión en el Matterhorn o donde fuera.

Y creo que le ha puesto difícil a George lo de confiar en alguien.

Rosh lleva años intentando convencerla para que se case con él, y ella no para de escaparse aquí.

También es verdad que él trabaja una barbaridad.

Es banquero, pero un banquero enrollado.

Y brillante, además. Habla cuatro idiomas.

Se conocieron en Cambridge. Él y su hermano mayor salieron de Beirut durante la guerra civil.

El hermano es chef en un restaurante cerca de Holborn. La mejor comida de Londres. Te llevaré.

Le pasó el pie por la pierna.

Pen ni siquiera sabía que George había estudiado en Cambridge. Nunca se le había ocurrido preguntarle dónde ni qué.

—¿Cuántos años tenía Margot cuando tuvo a George?

—Veintiuno.

Pen se imaginó embarazada dentro de dos años, madre en tres. Tiró del edredón y se cubrió el cuerpo.

—¿Y el padre de George nunca estuvo en escena?

—No. No fue algo planeado, claro. Él huyó a Estados Unidos o algo así, el cobarde. Margot estaba en Londres, en Slade, pero lo dejó y se vino aquí.

En cuanto oyó «Estados Unidos» y «cobarde», el cuerpo de Pen se heló. La evidencia le dolió como una articulación dislocada al volver a encajarse.

Sasha, sin darse cuenta, siguió hablando:

—Cuando George era pequeña, Margot se la llevó a París y montó allí su taller. Todo el mundo se escandalizó, al parecer, pero nadie podía llevarle la contraria a Margot. ¿Estás bien?

Pen asintió. Sasha se giró de lado y la atrajo hacia su pecho.

—Gracias por dejarme redimirme —susurró en su pelo.

Tenía el pecho caliente, y Pen podía notar el latido de su corazón contra el rostro.

El olor a resina y chimenea, el peso de sus brazos rodeándola, y la forma en que sus piernas se entrelazaban bajo las mantas la embriagaban.

Pero en su sistema nervioso, reinaba el caos.

Una alarma sonaba, las luces parpadeaban, las sirenas chillaban.

Sabía que tenía que marcharse. Cuando ya no pudo aguantar más, se levantó con cuidado, procurando no despertarlo. Se despegó de él.

Metió sus cosas en la bolsa y dejó ordenado el dormitorio verde.

Paseó por la habitación, pensando, esperando el primer indicio de luz.

Sabía que debía dejar una nota, una disculpa por salir con tanta prisa, alguna mentira piadosa para que no se preocuparan.

Buscó un bolígrafo en el bolso, pero no tenía ninguno.

Buena periodista vas a ser, se dijo. Pero ¿qué más daba, si Lennox y Christina —y puede que todos ellos— lo sabían desde el principio?

Por la ventana, el cielo empezaba a teñirse del color de un ojo morado.

Bajó en silencio la escalera principal, vigilada por los retratos de los antepasados de los Lennox.

Cruzó la cocina y bajó los peldaños del cuarto de botas, tanteando hasta dar con su chaqueta y sus botas.

El picaporte frío cedió con un clic. Exhaló.

Cerró con cuidado y echó a andar por la grava.

Ya en la entrada, rebuscó en el bolso hasta encontrar el móvil.

Aún tenía guardado el número que Christina le había dado en noviembre, y rezó para que alguien respondiera a esas horas.

A la décima señal, alguien descolgó. Pidió un taxi para St. Helen’s.

Veinte minutos, le dijeron. Recorrió el largo sendero de entrada y luego siguió las señales hacia el pueblo.

Al llegar a la iglesia, que aún dormía, se detuvo a esperar.

Rosa fucsia y naranja chillón —colores propios de un mono de esquí de los ochenta en el Matterhom— ascendían por el cielo bajo una franja densa de nubes sucias.

El taxi apareció con sus líneas redondeadas y el asiento trasero espacioso.

Dijo el nombre de la estación y rebuscó entre las rendijas mugrientas del asiento trasero para abrocharse el cinturón.

Compró el billete en la máquina y, tras una espera interminable en el andén desierto, el tren vacío se detuvo. Cuando comenzó a deslizarse hacia el sur, cerró los ojos e intentó descansar.

Imaginó las capas de consciencia dentro de ella como un diagrama del manto terrestre.

La capa quebradiza de la superficie le decía que desechara aquella idea que se le había metido dentro como una asociación errónea fruto de una mente excesivamente entusiasta.

Debajo, en la zona de roca densa que se funde cuando una placa se desliza bajo otra —una zona que parecía estar conectada a su respiración y su pulso—, se agitaba el deseo de estar equivocada, y una súplica de más pruebas.

Y en su núcleo líquido y ardiente había furia.

Se dio cuenta de que el teléfono sonaba y lo apagó.

El carrito de refrescos avanzaba con estrépito por el pasillo.

Ella se recogió los codos y sonrió al revisor con esa simpatía impostada con la que solía rechazar lo que le ofrecían.

Como si a aquel hombre le importara si le compraba o no sus Hobnobs.

Cuando se fue, se dio cuenta de que tenía sed.

También le sonrió al revisor de billetes y le entregó el suyo y el carné de estudiante. Se dejó mecer por el tren. Los pensamientos turbulentos se fueron disolviendo a medida que se sumía en el sueño.

Sasha estaba en el despacho, vestido con una toga académica negra.

George y Freddie se encontraban con él, y Sasha le advertía a George sobre algo, o sobre alguien.

«Confía en mí», le decía. Pen los observaba desde fuera, en el balcón.

Intentaba llamar su atención, pero no tenía fuerzas para abrir la ventana.

Golpeó el cristal. No la vieron. Golpeó con la palma, pero seguían sin verla ni oírla.

Se fijó en los guijarros beige del suelo.

Si al menos llevara también una toga, pensó, podría lanzarme volando desde aquí.

Bajó la vista hacia su cuerpo y vio que, en efecto, llevaba una toga.

Se subió a la barandilla y miró. El estómago se le encogió.

—¡Mierda! —exclamó una voz cercana.

Pen parpadeó. Un hombre al otro lado del pasillo se había derramado el café en el regazo. Notó la saliva reseca en la barbilla y se la limpió con la manga.

Su habitación en Lee House ya no le parecía la misma, ahora que Sasha había estado allí.

Se quedó un momento quieta, dejando que la oleada de calor la atravesara, y luego corrió las cortinas para bloquear la claridad del día.

Abrió el cajón de la mesilla, sacó el diario de su madre y lo abrió.

Luego encendió la lámpara de noche y se sentó en la cama con las piernas cruzadas.

Al cabo de un rato, sonó el teléfono fijo. Sin pensarlo, descolgó.