El ciclo de vida del pulpo común Treinta y nueve
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Treinta y nueve

Treinta y nueve

D sde el momento en que Danny reapareció, con los ojos medio cerrados, unos pantalones elásticos y una camisa azul abotonada, y empezó a servirse puñados de palitos salados y patatas fritas de los cuencos que Christina había sacado, Pen pudo desaparecer entre el ajetreo de la fiesta.

George estaba radiante en el centro de un pequeño círculo de admiradores.

Con sus pantalones estampados y una blusa con volantes, parecía salida de una foto de Lady Di.

Se anticipaba a las necesidades de grandes y pequeños: cargaba regalos, toallitas húmedas, juguetes, platos de jamón, porciones de tarta con helado y los macarons en tonos pastel que había traído Freddie; y cambiaba sin esfuerzo del lenguaje en clave de los niños pequeños al registro que exigían los adultos que estaban reunidos.

El padre de Danny, Rosh, que había llegado una hora antes de que empezara oficialmente la fiesta y fue recibido por Lennox y Christina como si fuera un héroe de guerra, no le quitaba ojo a George.

De piel aceitunada y rostro atractivo, con la frente amplia y la mandíbula bien afeitada, esbozaba una sonrisa que invitaba al trato y vestía una camisa blanca y azul de cuadrícula fina, almidonada con esmero.

Siempre tenía las manos ocupadas, aunque en realidad parecía estar esperando a que George se las llenase.

Margot lo pinchaba en tono juguetón, como si ya fuera parte de la familia, más de lo que George había dado a entender.

Lennox era una ausencia benévola en el salón octogonal, que estuvo toda la tarde rebosante de globos, lazos y cuerpecitos dando tumbos.

Se había instalado en la mesa del comedor, donde conversaba en tono confidencial con los hombres de su generación, casi todos del pueblo y de las granjas vecinas, cada uno con su vaso de whisky en la mano.

Christina, por su parte, con el pañuelo de seda que le había regalado Freddie atado con elegancia al cuello, era el eje sobre el que giraba el día: no solo aportaba la estructura y el sustento de la fiesta, sino también ese zumbido tenue, casi imperceptible, de orden y cariño que hacía que la casa resultase acogedora.

Como el agua corriente o la electricidad, solo se notaría de verdad si llegaba a faltar.

En un momento dado, tras la emoción de la piñata, Danny, indignado porque estaban guardando las chuches, echó la cabeza hacia atrás en señal de protesta y se golpeó contra una mesa auxiliar con un chasquido espantoso.

Desde el otro extremo de la sala, Margot —que estaba sumida en un tête-à-tête con Rosh— soltó un grito como si se hubiera golpeado ella.

Tras un segundo de desconcierto, Danny estalló en llanto, tanto por el dolor como por la injusticia.

George, que había intentado amortiguar la caída y fallado por una fracción de segundo, lo estrechó contra el pecho y lo meció, susurrándole palabras tranquilizadoras al oído.

Margot se puso en pie de un salto y cruzó la sala.

—Tienes que estar pendiente de él TODO el rato —le espetó a George, que seguía calmando a Danny y no le prestó la menor atención.

Christina rodeó a George con un brazo.

—Ya lo sabe —le dijo a Margot, con tono firme—. Y lo está.

A mitad de la fiesta, Pen salió por la puerta trasera al jardín de flores aún inactivo para tomarse un respiro del alboroto. Quería pensar un poco… o que Sasha la siguiera. Al poco rato oyó el chirrido de la puerta del porche, pero al girarse vio que era Freddie quien bajaba los escalones.

—¿Todo bien, Nance? —preguntó amablemente, golpeando un paquete de Marlboro rojos contra la palma.

—Hola, Freddie. ¿Qué hiciste en Perú que fue tan terrible? —preguntó ella, y fue directa al grano—. Sasha dijo que era mejor que me lo explicaras tú.

Freddie aspiró hondo, como si no le hiciera mucha gracia volver al tema.

—Supongo que puedo contártelo, ahora que Hugh ya ha cobrado su cheque del Daily Bugle o de donde fuera —dijo.

Encendió un cigarro y le ofreció otro. Ella negó con la cabeza—.

Pero, primero, deberías saber que Hugh es un cabrón de primera.

Me hizo la vida imposible en el colegio.

Es normal que a los más pequeños les tomen el pelo, pero él era sádico, de otro nivel.

Y somos primos. Empezó como una tontería, una broma entre mi colega Jake y yo —siguió Freddie, sacudiendo los pies contra el frío como un caballo—.

¿Podemos caminar? Se me están congelando las pelotas.

Echaron a andar por el sendero bordeado de setos del jardín.

—Estuvimos tres meses trabajando en jardinería para ahorrar y empezamos el año sabático en Roma.

En una tienda del Vaticano encontré un colgante con la cara del Papa en relieve.

Al principio me dio un poco de mal rollo.

Pero entonces tuve una visión: ¿y si ese colgante llegaba a la oficina nueva de Hugh, sin nota ni explicación, en una cajita de terciopelo?

¿Qué pensaría? Todo muy inocente, como puedes ver —la miró de reojo, calibrando si tenía su simpatía—.

Unas semanas más tarde, en Bucarest, nos topamos con una caja enorme de puritos.

Debía de haber por lo menos cuatro docenas, absolutamente inútiles, porque ¿quién en su sano juicio fuma puritos hoy en día?

, y todos envueltos en papel de oro. Parecía el tipo de obsequio con el que alguien sobornaría a un funcionario si hubiera nacido en 1910.

Así que juntamos el dinero y compramos aquella caja para Hugh y su ego prodigioso, con nuestros más cordiales saludos.

La cosa se torció un poco más después de Rumanía —siguió, negando con la cabeza.

En una tienda de disfraces de Moscú, le explicó, habían encontrado unos dedos amputados de mentira, muy realistas, y no supieron resistirse a la idea de ver la cara de Hugh cuando uno de ellos rodara por la moqueta institucional de su oficina.

Pero lo que los puso en un aprieto no fue el dedo.

Fue semanas después, en una playa de arena finísima en Do Son, mientras jugaban al ajedrez, cuando a Freddie se le ocurrió, de pronto, mandarle a Hugh un último recuerdo. Aunque ya andaban justos de dinero.

Aquella vez, la llegada a la sala de correo de Palmer Street de un sobre delgado, dirigido al señor Hugh Cornelius Campbell, con sello vietnamita y sin remitente, provocó la evacuación del edificio entero y la aparición de un equipo de bioterrorismo con trajes de protección.

Resultó que unos cuantos gramos sueltos de arena blanca dentro de un sobre, dirigidos a una oficina del gobierno secreto, no hacían ninguna gracia; hacía apenas unos años que varias personas habían muerto en Florida por esporas de ántrax enviadas por correo.

Durante semanas, Freddie y Jake no supieron el caos que habían causado.

Nunca se les pasó por la cabeza que el sobre pudiera rastrearse hasta la oficina postal de Haiphong.

Ni que una cámara de seguridad de un banco cercano les hubiera grabado la cara.

Cuando por fin los identificaron, estaban en Perú, a punto de subir a un vuelo con destino a Buenos Aires.

Al intentar embarcar, les informaron de que sus pasaportes estaban bloqueados.

Los llevaron a una sala de interrogatorios, donde les comunicaron que la Interpol los estaba buscando.

Christina, tras recibir la llamada, movió todos los hilos que pudo, incluyendo antiguos compañeros que ya ocupaban cargos de alto nivel, y —peor aún— tuvo que explicarle la situación a la familia.

Hizo todo lo posible para que los chicos, que apenas tenían dieciocho años, fueran devueltos al Reino Unido y juzgados allí.

Cuando se confirmó que la sustancia era arena, cuando Hugh admitió que conocía al remitente, cuando Christina logró que el caso se tratase como alteración del orden público y no como amenaza de atentado…

y con el compromiso de que, si la historia se filtraba, sería imposible evitar que se les hiciera un escarmiento ejemplar, al final Freddie y Jake salieron con una multa —que incluía cubrir los costes de la respuesta de emergencia—, mil horas de trabajos comunitarios cada uno, y una nota en su expediente, que podrían borrar tras cinco años sin incidentes.

Freddie estaba pagando la multa trabajando para Margot que, pese a las condiciones laborales que imponía a su personal de verdad, estaba encantada de tener a un sobrino disponible las veinticuatro horas.

—Mi padre, bendito sea, prefirió meter la cabeza en… bueno, en la arena, durante toda la historia —dijo Freddie—. Fue mi madre quien nos salvó de la cárcel. Y Marg me está ayudando a recuperar la solvencia. Así que ese es todo el relato sórdido.

Puso cara de arrepentido. Ya habían llegado de nuevo a la puerta del porche. Pen negó con la cabeza, sonriendo.

—Gracias por contármelo.

—De nada. Será mejor que entremos o nos perderemos la tarta de jamón.

Después de que se marcharan los invitados, a nadie le apetecía gran cosa para cenar.

George y Rosh, que salían temprano hacia Londres al día siguiente, no volvieron a aparecer tras acostar a un Danny delirante a las seis y media.

El niño había insistido en llevarse a la cama el trenecito que le había regalado Freddie, y aún se oían sus últimos chu-chús perdiéndose escaleras arriba.

Margot se retiró poco después, alegando dolor de cabeza.

Sasha preparó té y se puso con la cocina; Freddie sacó las bolsas de basura, y Pen y Christina recogieron el salón y el comedor y pasaron la aspiradora para eliminar las migas incrustadas en las alfombras. Lennox, imperturbable, roncaba en su butaca.

—Podría dormir durante una invasión alienígena —le dijo Christina a Pen, negando con la cabeza de un modo que indicaba que hacía tiempo que había dejado de molestarla.