Treinta y ocho
Treinta y ocho
E on los mensajes de una Alice incrédula y sus exigencias de más detalles zumbándole en el bolsillo, Pen bajó a la cocina.
Tenía hambre. Pensaba prepararse un tanque entero de té y el cuenco de cereales más grande del mundo, y luego salir a dar un paseo.
Apenas eran las siete. Calculó que tendría al menos una hora antes de que apareciera Christina.
Pero la cocina ya estaba ocupada. Sentado a la mesa redonda, Lennox leía el periódico.
De la tetera blanca que tenía delante colgaban tres etiquetas de bolsitas de PG Tips empapadas y pegadas al esmalte.
—Penelope —dijo, dejando a un lado el desplegable central de una revista sensacionalista—. Buenos días.
Aunque ambos estaban ya vestidos para el día, a Pen, que nunca se había topado con Lennox antes del mediodía, le pareció como si lo hubiera sorprendido en bata y zapatillas.
Sabía por Christina que, cuando trabajaba, Lennox escribía los siete días de la semana, incluso en Navidad, y siempre por la mañana.
Debía de ser su ritual previo a la escritura.
Se reprochó no haber pensado que su anfitrión tendría derecho a la cocina a estas horas.
Su horror se agravó al notar cómo la miraba: como si le estuviera buscando huellas.
Igual que Sherlock Holmes podía deducir por las rodillas desgastadas de un pantalón que su dueño planeaba atracar una caja fuerte, Lennox sería capaz de detectar en ella pruebas concluyentes de dónde había pasado la noche, y cómo.
La sola idea le resultaba insoportable. Se obligó a esbozar una sonrisa artificial y a actuar como si fuera capaz de mantener una conversación humana y alegre.
Lennox le sirvió una taza de té. Aún humeaba, aunque había reposado hasta alcanzar un color casi opaco.
—Me alegra tener compañía —repuso cuando Pen se ofreció a dejarlo tranquilo—. Me han reclutado. Nada de escribir hoy, la General fue categórica. Pero soy libre de leer prensa amarilla y tomar té de albañil hasta que abran las tiendas. Únete a mí.
Señaló la silla frente a él. Pen se sentó y dio un sorbo. No se atrevía a servirse un bol de cereales en esas circunstancias, por más que deseara uno con desesperación.
Lennox le tendió la sección principal del periódico. «La rosa inglesa de Su Alteza encabeza la lista de "bellezas naturales"», decía el titular, bajo una foto de Charlotte con cara lavada y expresión recatada.
—Ahora Margot no parará hasta meterla en uno de sus trapitos —comentó él, como si Charlotte estuviera a punto de sufrir un destino atroz.
Pen hojeó el artículo y vio que la encuesta sobre «bellezas naturales» había sido encargada por las galletas Fox’s, «para celebrar el lanzamiento de su nueva gama Naturally Fox’s».
¿A aquellas mujeres, para quienes mantener su «belleza natural» debía de implicar no comer muchas galletas bañadas en chocolate, las estaban clasificando unos extraños por encargo de una empresa de dulces?
Levantó la vista, divertida por lo absurdo, y se encontró con que Lennox volvía a observarla.
—¿Habías oído hablar de mi hermana antes de venir a vernos? —preguntó.
La pregunta sorprendió a Pen. Lennox solía esforzarse por aparentar indiferencia hacia la fama de su familia.
—Claro —dijo—. La conozco desde hace años.
—¿De verdad? —Se notaba que le interesaba.
—Sí. —Dudó de que le fuera a parecer relevante, pero él la animaba con la mirada, así que continuó—. Me la presentó mi amiga Alice. Recortaba todas las fotos que encontraba de Margot y de su ropa, y las pegaba en la pared de su habitación.
Él alzó las cejas con gesto alentador, pero Pen intuyó que la respuesta lo había decepcionado.
—¿Tus padres nunca la mencionaron? —preguntó. El tono era ligero, pero Pen sabía que la pregunta no lo era.
—¿Mis padres? No. ¿Por qué?
—Oh, por nada en particular —repuso, sacudiendo el periódico para doblarlo de nuevo. Pero debió de ver que eso no bastaba, porque añadió—: Me preguntaba si habría salido el tema en algún momento. Creo que tu padre sentía cierta debilidad por ella, en su día.
¿Debilidad por Margot? , pensó Pen.
—¿Cuándo?
—Oh, cuando éramos jóvenes. De vuestra edad. Era bastante guapa, o eso me repetían sin cesar.
—¿Estuvieron…?
—¡Dios me libre! A esa edad, la diferencia entre ellos era un abismo. Y yo lo habría despellejado vivo.
No estaba diciendo la verdad, o al menos no toda.
—¿Y cómo lo supiste?
—Las señales son fáciles de detectar.
Le había vuelto la mirada de detective.
La irritación le dio valor. Pen fue hasta el armario donde se guardaban los cuencos y se sirvió cereales. Si Lennox tenía algo que contarle, que lo soltara, pensó. Pero claro, no dijo nada. Se limitó a seguir bebiendo té y leer el periódico.
Después de devorar su desayuno, Pen metió el cuenco, la taza y la cuchara en el lavavajillas y le dijo a Lennox que salía a dar un paseo. Él le sonrió con un afecto algo melancólico, pero ella no lo vio. Ya había escapado por la escalera del cuarto de las botas.
Pen seguía nerviosa al regresar del paseo.
El aire húmedo no había servido para aclarar su confusión.
La cocina bullía de actividad. Danny, en su trona, espachurraba con los dedos trozos de tostada con mantequilla y los tiraba al suelo mientras murmuraba en su propia jerigonza.
George, con una cucharilla de yogur suspendida en el aire, observaba lo que ocurría entre su madre y Christina.
—Lo has hecho el morro demasiado pequeño —decía Margot con desdén—. Y las orejas, abolladas. Será mejor que me dejes arreglarlo.
—No hay nada que arreglar —replicó Christina, molesta—. No está pensado para que parezca comprado. Es casero.
—Los niños no lo reconocerán, y todo el esfuerzo no habrá servido de nada. Pero haz lo que quieras.
Christina arrojó la espátula al bol de glaseado rosa y se desató el delantal.
—Toda tuya. —Y salió al comedor.
Margot colgó el delantal con aire de desprecio en el respaldo de una silla y examinó la tarta. Escogió un cuchillo afilado y comenzó a hacer incisiones.
George suspiró de alivio al ver aparecer a Pen.
—Llegas justo a tiempo para ver cómo mi madre le hace un lifting a un cerdo —le dijo.
Pen sabía lo útil que podía ser la presencia de alguien ajeno a la familia para mantener la paz.
Como siempre, se alegró de tener una misión.
Evitando a Margot y su pastel, le dio un golpecito en el hombro a Danny y se agachó a esconderse.
El niño miró a su alrededor, confundido.
Al verla agazapada detrás de los dedos, chilló.
Le tiró un puñado de tostada. Pen fingió que se la comía.
—¿Quién tiene fiesta hoy? —le preguntó.
Danny sonrió, enseñando dos nuevos dientes bastante separados.
—¿Es mi fiesta? —Pen se señaló el pecho.
Él negó con la cabeza.
—¡ PAPI SIESTA !
—¿Es la fiesta de papá? —preguntó Pen.
El niño chilló de nuevo.
—¡ PAPI SIESTA ! —repitió, vibrando en su trona.
—Se llama papá a sí mismo —explicó George—. Procuro no pensar mucho en ello.
Pen alzó la mano para chocar los cinco. Danny le dio una palmada pegajosa.
—No me creo que ya hable. ¿Quién viene hoy? —preguntó Pen a George.
—Su padre está de camino. Freddie llegará en breve también. Y Christina ha invitado a todos los niños pequeños del pueblo, más unos cuantos de los alrededores.
—Esperamos una buena asistencia —intervino Christina, que volvía del comedor con renovada energía.
Pen vio a Lennox, al otro lado de la puerta batiente, inflando globos.
—Buenos días, cielo, ¿has dormido bien? —le preguntó Christina.
Pen no detectó ninguna indirecta. O Lennox no le había dicho nada, o Christina tenía otras cosas en la cabeza.
—Muy bien, gracias —respondió Pen—. Por favor, dime en qué puedo ayudar.
—En realidad vamos bastante bien. No llegan hasta la una, y son apenas —consultó el reloj— las nueve y cuarto. Las patatas están peladas, el jamón ha estado en remojo. Lo meteré al horno a las diez y media, y…
—¿Vais a servir jamón? —interrumpió Margot.
Christina miró la fuente de horno.
—Sí, una pieza magnífica, de parte del hermano de Hector. Con un glaseado de mostaza y azúcar demerara.
—¿Y no te da miedo que traumatice a los niños?
—¿Por qué iba a hacerlo?
Margot extendió un brazo sobre la tarta, con las pulseras tintineando. Había perfilado la cara, las orejas y el hocico con un glaseado más oscuro. Incluso le había añadido ojos y coloretes. El efecto era claramente más porcino.
Christina se tapó la boca.
—¡Peppa! —exclamó.
Danny abrió los ojos con expectación. George soltó una carcajada sombría.
—Cuanto más viejas, más chifladas. Si acordamos que nadie se lo explique a los niños —miró directamente a su madre—, no creo que tengamos que llamar a servicios sociales. La mayoría de nuestros invitados tienen menos de cuatro años, recordadlo. —Se giró hacia Danny—. Hora del baño, señor.
Lo levantó por las axilas. Danny echó la cabeza hacia atrás y protestó. Pen ayudó a liberar sus piernas regordetas de la trona. Encontró un chupete en el suelo, lo lavó y se lo dio a Danny. Él se lo metió en la boca y apoyó la mejilla en el hombro de su madre, vencido por el sueño.
George salió de la cocina y casi se topó con Sasha, que venía del comedor.
—Se te dan bien los niños —observó Margot.
Pen, que se esforzaba por no mirar a Sasha ni mostrar el caos que su mera presencia le desataba en el pecho, notó que Margot la volvía a escrutar con la mirada.
—¿Piensas tener hijos?
—No lo sé —logró responder con firmeza, concentrándose en lo mucho que detestaba a Margot.
—Un poco pronto para saberlo —rio Christina, dándole un apretoncito en el brazo a Sasha a modo de saludo.
—No necesariamente. Puede que ya sepa que prefiere una carrera —dijo Margot—. Mi hermano mencionó que quieres ser periodista.
—No estamos en el siglo XIX , por Dios. Es perfectamente posible tener ambas cosas —replicó Christina.
—Ah, ¿sí? Tú no las tienes.
Christina se negó a entrar al trapo. Mantuvo una sonrisa impecable.
—Bueno, tú sí, ¿no?
—Margot —la interrumpió Sasha con firmeza—.
Llevar esta casa, y con el mínimo de ayuda, para poder destinar cada penique extra al pueblo, donde ejerce de representante local, directora de colegio, sacristana, conservacionista, terapeuta y consejo de desarrollo económico al completo, es una carrera, como tú deberías saber mejor que nadie.
—No olvides abogada defensora —dijo Freddie, sorprendiéndolos a todos.
Había subido en silencio desde el cuarto de las botas, cargado con dos bolsas —una naranja chillona y otra verde lima— y una caja envuelta en papel. Iba elegante con un abrigo de lana azul marino y no se parecía en nada al chico desastrado que Pen había encontrado en su cuarto.
—Sin ti de mi parte, estaría frito, mamá. Ojalá tuvieras una de esas preciosas pelucas de juez.
Rodeó a su madre con un enorme abrazo y ella lo abrazó con ternura.
—Hola, cielo. Eres un encanto, pero no creas que estás exonerado. ¿Y todo esto? Ya me perdonarás si no me entusiasman los paquetes que vienen de tu parte.
Él rio, le dio la bolsa naranja a su madre y la verde a George, así como la caja.
—Para Danny.
Luego le dedicó a Pen una sonrisa con apenas un atisbo de picardía.
—Un placer volver a verte, Nancy.
—Penelope, cielo —lo corrigió Christina—. ¿Os conocéis?
—¿Vosotros dos os conocéis? —preguntó George al mismo tiempo.
Pen se inclinó para aceptar los besos en la mejilla.
Cuando se apartó, buscando con la mirada a Sasha, fue la de Margot la que encontró.
Su forma de mirarla hizo que Pen se sintiera como un pez expuesto en el mercado, destripado, helado sobre una capa de hielo picado y a punto de ser devorado crudo.