Treinta y siete
Treinta y siete
L a habitación de Sasha parecía aislada del resto de la casa.
Estaba tres pisos más arriba, cada tramo de escalera más estrecho y en espiral que el anterior.
Al llegar arriba, tocó una pared interior y unos charcos de luz tenue dieron forma a la estancia.
Era circular, con vigas a la vista. En un extremo había una chimenea abierta; en el otro, una cama baja, que él se apresuró a arreglar, alisando las sábanas y ahuecando los cojines.
Bajo una de las pequeñas ventanas había un escritorio cubierto de bolígrafos, libros, blocs de notas y un portátil.
Al lado, una estantería repleta de libros cuyos títulos Pen decidió examinar más tarde, y junto a ella, sobre una mesa baja, un reproductor de CD.
Él se arrodilló para encender el fuego. El papel de periódico prendió, y luego echó un tronco. Eligió un disco de una pila alta. Pen se sentó en el borde de la cama, observándolo. Tardó un momento en identificar la música.
—¿ Tommy ?
The Who le gustaban bastante, pero una ópera rock no era lo que habría elegido para ese momento.
—Es un buen disco —contestó él.
Ella se tumbó boca arriba, con los pies todavía en el suelo, como probando el colchón. Era absurdamente blando, y se lo dijo. Se quitó los zapatos.
—¿Se supone que los anteriores dormían sobre granito canadiense?
Los anteriores , pensó ella.
Él se tumbó a su lado y le apoyó una mano en el pecho. Su corazón iba a toda velocidad.
—¿Qué está pasando ahí dentro?
—Pinball.
Esperaba que él le metiera la mano bajo la seda holgada.
Habría sido fácil. No lo hizo. La dejó ahí, sobre su corazón, que seguía latiendo desbocado, delatándola por completo.
Un momento antes, ambos habían estado en el mismo punto, pero ahora Pen notaba cómo algo en él se echaba atrás, como si estuviera reconsiderándolo.
Es porque se lo dije , pensó. Solo los pervertidos quieren acostarse con vírgenes, y él no lo es. Ojalá Sasha dijera algo. Cuando Daltry empezó a cantar « Tommy, can you hear me ?» con aquella voz suplicante, la situación empezaba a volverse ridícula.
Pen se incorporó. Le temblaba un poco la mano al bajar el volumen del equipo hasta silenciar la canción. Se puso los zapatos.
—¿A dónde vas?
—Tranquilo —dijo ella—. Lo capto.
—¿El qué?
La siguió hasta la puerta.
—Está bien, lo entiendo. No hace falta que me des largas.
—¿Darte largas?
—Estás siendo amable, para rechazarme sin herirme. Está bien.
—¿Amable?
Él le tomó la mano, que seguía temblando, y la sujetó con fuerza.
—¿De verdad crees que estoy siendo amable?
—Lo entiendo. Te lo agradezco incluso. Yo tampoco querría que mi primera vez fuera con un lunático en un desván. Es demasiado Jane Eyre, y no en el buen sentido.
Pen se moría de vergüenza al oírse decir esas cosas, pero era incapaz de callarse.
—Eh —dijo él, acortando la distancia—. Qué exageración. Vale, vivo en un desván, pero no estoy loco. Nunca he incendiado la cama de nadie, por ejemplo.
Le acarició la mejilla, y Pen vio que luchaba por no sonreír.
—No, ya veo que no —dijo ella.
Se le empezaron a mover las comisuras de la boca. Estaba nerviosísima.
—¿Eso era un reto? —Él le besó la boca, retorcida en una sonrisa—. Es difícil darte un beso si te estás riendo de mí —dijo—. Quizá sería mejor que te diera largas.
Y volvió a besarla, esta vez nada educadamente.
Ella le pasó las manos por la espalda, por debajo del jersey suave, notando el relieve de su columna, la fuerza de sus hombros.
Le quitó el jersey, lo quería ver entero, sentir su cuerpo contra el suyo, sentirlo por completo.
Fue a por la camiseta, y él le sujetó las manos para detenerla.
—Pen. No te quiero forzar. Podemos limitarnos a los besos. No hace falta llegar más lejos —dijo, sin aliento.
Ella negó rotundamente con la cabeza.
—No me estás forzando.
—Pero, si cambias de idea…
Le quitó la camiseta y le deslizó una mano por el pecho y el vientre. Notó su respiración acelerada.
—No lo haré —dijo ella.
—Podemos usar una palabra clave. ¿Qué te parece «golf»?
—¿Golf?
—No hay nada menos sexy que el golf. Si dices «golf», sabré que quieres parar.
—Definitivamente eres un lunático.
Sasha la llevó de nuevo a la cama y la tumbó como antes.
Esta vez, sin embargo, no le posó la mano sobre el corazón.
La tocó a través de la seda. Movió la tela a un lado y, sin dejar de mirarle a la cara, dibujó una espiral con los dedos en torno a la curva de su pecho.
A Pen se le escapó un sonido de lo más profundo de la garganta.
Sasha le levantó el vestido por encima de la cabeza.
Cuando el amanecer empezaba a proyectar destellos diamantinos sobre las paredes, Sasha dormía con los brazos en torno a Pen.
Ella seguía despierta, con el antebrazo y la mano izquierda ligeramente entumecidos y la mente revolucionada.
En el cajón de la mesilla había visto una baraja de cartas arrugada, un reloj de pulsera viejo y algunos preservativos sueltos.
Lo había visto rasgar el envoltorio de aluminio.
Mientras la acariciaba con las manos y con la boca, Pen había dejado de pensar por completo, se había disuelto en las sensaciones.
Pero luego, al querer más, lo había empujado hacia sí, más cerca, más adentro, y la brusquedad con que respiró los sobresaltó a ambos.
Él se detuvo. Ella le pidió que siguiera, intentando que su voz recuperara el deseo.
Al final había ido mejor, aunque no fuera precisamente materia de poesía.
Pero la conciencia constante de aquel dolor raro, como si fuera una tercera presencia en la habitación, le impidió abandonarse del todo.
Él le advirtió que estaba a punto de correrse y se disculpó.
Ella le dijo que no se disculpara y, tras abrazarlo en aquel momento de intimidad absoluta, le dio las gracias, sin saber muy bien por qué lo hacía ni por qué tenía la cara mojada.
La mancha de sangre era minúscula, apenas del tamaño de una moneda.
Le gustaba estar allí con él, acurrucada en el calor de su cuerpo, pero tenía que levantarse. Que la pillaran por las escaleras con el vestido rojo sería demasiado comprometedor. Necesitaba cambiarse, escribirle a Alice, pensar en lo que acababa de pasar.
—¿A dónde vas? —preguntó él, sin soltarla.
—A jugar al golf.
Él la soltó.
—Eres cruel —dijo.
Pen se vistió y bajó despacio por las escaleras en espiral, procurando que no crujieran.