El ciclo de vida del pulpo común Treinta y seis #2
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Treinta y seis #2

Pen esperó, mirando el vaho dorado de su aliento bajo la luz de la biblioteca, con la esperanza de que dijera algo más. No lo hizo.

—¿Y Christina?

—Bendita sea. Vivíamos aquí a temporadas cuando yo era pequeña.

Luego nos mudamos a París, pero siempre venía en vacaciones o cuando mamá viajaba.

Al nacer Sasha, yo pensaba que era mi hermano pequeño.

No creo que a Christina le moleste ser la responsable.

No sé si es cuestión de carácter o una elección consciente, o las dos cosas, pero hay mujeres que simplemente son mejores en eso de entregarse.

—Soltó un aro perfecto de humo—. Aún estoy esperando a ver en qué punto del espectro estoy yo.

—¿Y tu padre?

George le clavó una mirada que a Pen le pareció como si le hubiera dado portazo. Luego su expresión se suavizó y le dio una palmadita en la mano, como perdonándola por la indiscreción.

—Perdona por soltar todo eso. Normal que no volvieras en meses. ¿Cómo estás?

Pen rio, aliviada.

—Bien.

—Bien —repitió George, y le sostuvo la mirada. Parecía de verdad—. Vamos dentro, que nos vamos a helar.

Apagaron los cigarrillos en la lata y volvieron a entrar por la ventana. Desde la puerta del salón, Pen oyó la risa ronca de Margot y la voz de narrador de Lennox. Se abotonó la americana. Ceorge se la desabotonó.

—Deja de esconderte.

Lennox estaba de pie junto al fuego. Margot, muy cerca de él, la mirada de ambos enredada en alguna broma compartida. Llevaba una chaqueta de esmoquin de hombre, perfectamente entallada, sobre una camisa blanca inmaculada. Sasha estaba en el sofá de enfrente, una pierna cruzada sobre la otra.

—Ah, Penelope —dijo Lennox, dándole un beso—.

Por fin has vuelto. Temía que los pretendientes, o lo que fuera que te retenía, te hubieran engullido.

Pero estamos mezclando referencias. —Le echó un vistazo al vestido—.

Me alegra que Danny fuera al final un buen aliciente, ya que nosotros evidentemente no lo fuimos. ¿Has conocido a mi hermana Margot?

La condujo hacia la chimenea. Solo entonces Pen se dio cuenta de que George ya no estaba a su lado.

—Sí, nos conocimos antes —dijo, con una seguridad que no sentía del todo.

Margot le ofreció la mejilla para que la besara.

—Bueno, ¿quién quiere una copa? —preguntó Sasha, levantándose del sofá y yendo hacia una mesita con bebidas.

Margot lo acompañó.

—A ver, cielo —dijo—, ¿cómo va la cosa en St. Andrews? ¿Y tu viejo amigo el príncipe?

—Se graduó el año pasado, Margot. Lo último que supe es que se va a comprometer —respondió Sasha, con cierta ironía.

—Ah, sí —replicó Margot, como si lo recordara—. Con aquella novia tuya. Debería prestarle algo mío. Seguro que necesita modelitos. Dile que estaré encantada de hacerle una prueba, ¿quieres?

Sasha descorchó una botella de vino blanco y sirvió las copas. Le dio una a su tía.

—Exnovia —la corrigió.

—Qué espíritu de servicio, Marg —intervino Lennox en tono burlón—. Seguro que has sido una influencia maravillosa para nuestro Freddie. ¿Cómo se le da?

—Sorprendentemente bien —dijo Margot—. Lo tengo en recepción. Se sabe el nombre de todos los empleados y proveedores. Su francés es espantoso, habla español con acento francés, pero a nadie le importa. Todo el mundo lo adora.

— Tant mieux —dijo Lennox.

—Hola, mamá —saludó George, que acababa de aparecer.

—¡Cariño! —exclamó Margot, abrazándola—. ¿Dónde te habías metido?

—Con Christina. Dice que tiene todo controlado.

—Como siempre. —Margot acomodó a George en el sofá y metió los pies, calzados, bajo ella.

Lennox se sentó en un sillón enfrente. Pen los observaba desde una silla de respaldo recto junto a la pared.

George respondía animada a las preguntas de su madre sobre las palabras nuevas que decía Danny y los primeros pasos que seguro estaba a punto de dar.

Había algo en Margot que hacía que los que quería se ablandaran, aunque ella fuera dura como el hielo.

Amaba a los tres que tenía a su alrededor, eso estaba claro.

Encajaba las pullas de su hermano con una sonrisa, como quien busca su aprobación, y reaccionaba a ella como un gato al sol.

Pen siempre había imaginado a Margot como el tipo de madre que rara vez abraza o besa, pero ahora la veía acariciar la mejilla de George, y George se dejaba.

Cuando Christina entró desde la cocina, la escena cambió.

Sasha se levantó a ofrecerle una copa. Christina se sentó en el brazo del sofá junto a George, y Margot se apartó de su hija.

George y Christina empezaron a hablar de la fiesta del día siguiente.

Margot volvió a convertirse en la versión distante e inquisitiva que Pen había conocido antes.

Estaba tan absorta en analizar a Margot que no notó que Sasha se le había acercado hasta que lo tuvo al lado.

—Creo que nadie se ha sentado nunca en estas sillas.

Fingiendo examinar las tallas de la madera, deslizó la mano por la espalda de Pen, por debajo de la americana. Con suavidad, le recorrió la columna con los dedos, y un escalofrío eléctrico la recorrió de arriba abajo.

—Perdona por irme así —le susurró al oído, con la voz cálida y grave—. Solo quería besarte. Pero, si hubiera empezado, no estoy seguro de haber podido parar.

Le acariciaba los omóplatos desnudos. Ella se volvió y cruzaron la mirada. Se observaron en silencio hasta que los demás empezaron a levantarse hacia el comedor.

En la mesa, Pen se sentó entre Christina y George, cuya conversación requería poca intervención, solo asentir de vez en cuando ante frases como «Probablemente estará demasiado mojado para colgar la piñata fuera».

Lennox y Margot charlaban tête-à-tête en el extremo opuesto.

Pen, que a esas alturas no se fiaba de sí misma ni para mirar a Sasha de reojo, no supo decir qué estaba comiendo, ni si comía algo.

Tampoco se dio cuenta de las miradas de Lennox, que iban de ella a George y a su hermana.

Cuando sirvieron el café y los licores, Pen dio las gracias a Christina y se levantó.

—Debes de estar agotada después de haberte empapado esta tarde —dijo Christina, besándole las mejillas—. Gracias por ayudar con los caballos. Ese color te sienta de maravilla, por cierto —añadió más bajo.

—Buenas noches, niña —la saludó George, tomándola del antebrazo—. Me alegro de que hayas venido.

Pen esperó en la oscuridad, fuera del comedor. Se quedó atenta, en un silencio petrificado, hasta que oyó la voz de Sasha disculpándose.

Oía su respiración mientras se acercaba a ella.

Sentía una presión en el pecho. Él encontró primero su muñeca, luego sus dedos, que entrelazó con los suyos.

Trató de llevarla a algún sitio, pero ella no pudo moverse.

Ya había esperado bastante. Avanzó hacia él a tientas, se puso de puntillas y le buscó el rostro con las manos.

Lo besó con toda la intensidad que llevaba tiempo reprimiendo.

Él la atrajo sin dudar un segundo y le devolvió el beso con la misma entrega.

Tras unos minutos de puro estremecimiento físico que Pen no había vivido jamás, él se apartó de pronto. La siguió abrazando y le acomodó la cabeza bajo la barbilla, mientras ambos recuperaban el aliento. Pen notaba los latidos acelerados del corazón de Sasha.

—¿Puedo ver tu habitación?

—Sí.

—Tú ya has visto la mía. Es lo justo.

—Tienes razón.

Fuera lo que fuese lo que acababa de dejar atrás, pensó Pen, no tenía intención de volver a ponérselo nunca. Lo siguió escaleras arriba.