Treinta y seis
Treinta y seis
M ientras se sentaban en el banco junto a la puerta lateral, quitándose las chaquetas y las botas empapadas, una voz desconocida llegó desde la cocina. Era grave, sigilosa, con una especie de languidez autoritaria.
—Margot ha llegado —anunció Sasha.
Pen se quitó la segunda bota y vio que él la miraba de nuevo con esa misma expresión. Se preguntó si sería consciente del efecto que tenía sobre ella.
Subieron a la cocina. Una mujer elegante, vestida con un traje negro y el pelo recogido a la altura de la nuca, estaba de espaldas a ellos.
Se giró y le dirigió a Pen una mirada de arriba abajo, fría como el hielo.
Bajo la mirada escrutadora de Margot, Pen se dio cuenta de lo que debía de parecer: el jersey empapado pegado a la piel, el pelo mojado aplastado contra la cabeza y ese inconfundible tufo a establo.
—Querido, pareces una rata ahogada —dijo Margot a Sasha, dándole dos besos—. ¿Y esta quién es? —preguntó, como si Pen no pudiera oírla.
—Pen es nuestra invitada —respondió Christina.
Sonaba inusualmente desconcertada, como si aún no hubiese tenido oportunidad de explicar qué hacía Pen allí.
Que su presencia necesitara explicación en una casa tan acostumbrada a recibir gente —donde incluso los hijos pródigos acababan escondidos en dormitorios— era algo para plantearse más tarde.
Por ahora, Pen intentó no pensar en todo lo que aquellos ojos inquisitivos estarían registrando, y se concentró en observar ella a Margot Lennox.
Tenía una complexión media, como George, y compartían unos ojos muy separados, aunque los de Margot eran de un ámbar llamativo.
Su pelo castaño empezaba a encanecer de una forma que a Pen le pareció deliberada y elegante.
Su rostro, que había visto en innumerables fotografías, parecía no llevar más maquillaje que un pintalabios rojo.
Pero Margot ya no la miraba, y ahora era Pen quien no podía apartar los ojos.
—Encantada de conocerla —dijo enseguida.
—Estás estupenda, tía Margot —añadió Sasha—. ¿Has traído a Freddie?
—No —respondió Margot, lanzándole a Christina una mirada rápida pero inequívocamente desafiante—. El trato era que, si lo acogía, trabajaría. Y esta noche le toca trabajar. Llegará justo para la fiesta de mañana.
—A subir a descongelarse —ordenó Christina, dirigiéndose a Pen y Sasha e ignorando a Margot—. Este fin de semana no pienso celebrar ningún funeral; no hay tiempo.
Sasha agarró sus bolsas y Pen lo siguió escaleras arriba. Acabaron en una parte distinta del segundo piso. Era más angosta y menos majestuosa que el ala a la que ella estaba acostumbrada, con fotografías de familia en las paredes en lugar de cuadros.
Sasha no hizo de guía como habría hecho Lennox; simplemente siguió avanzando por el pasillo y la condujo más allá del dormitorio de Freddie —que ahora sabía identificar— hasta la habitación verde de invitados.
Le sostuvo la puerta, dejó su bolsa en el banco al pie de la cama y se marchó enseguida, cerrando la puerta con suavidad.
Pen se quitó la ropa mojada, la colgó y se envolvió en una toalla mientras se llenaba la bañera.
Repasó mentalmente el día. Seguía sin saber cómo la veía Sasha (objetivamente era un desastre, como confirmaba el espejo), ni hasta qué punto estaba proyectando el deseo que creía percibir en sus ojos o en su voz.
¿Cuánto de lo que veía era el Sasha real y cuánto era el Sasha que ella quería ver?
Tal vez una nunca lo sabía del todo. La idea le provocó una punzada de temor. Pero explicaría muchas cosas, pensó.
Flotó en el agua caliente durante un tiempo absurdamente largo, dejando que el pelo se le extendiera como un abanico alrededor del rostro, imaginándose en un río rodeada de flores, como en aquel cuadro de Ofelia que colgaba en la Tate, que le parecía a la vez inquietantemente bello y profundamente deprimente.
Estaba deshaciendo el equipaje cuando llamaron a la puerta. George, pensó, y abrió con la toalla puesta. Sasha llevaba vaqueros negros y otro jersey suave, esta vez azul marino. El pelo aún mojado, peinado hacia atrás. Le tendió un vaso alto.
—Perdona —dijo, girándose para irse.
Pero ella no quería que se fuera. Quería aclararlo de una vez, saber si él deseaba lo mismo que ella.
—¿Y el tuyo? —preguntó, sujetando la puerta para que entrara.
Sasha recogió su copa de una mesa en el pasillo y entró, procurando no mirar directamente los brazos desnudos de Pen.
—Aún no he decidido qué ponerme. Tu tía impone un poco —dijo Pen, intentando sonar relajada.
Fingiendo que no llevaba puesto más que una toalla y sin hacer caso de la piel de gallina, le enseñó los vestidos.
Uno era negro, corto, de punto, con mangas largas.
El otro, un vestido lencero de seda roja oscuro, ceñido al cuerpo.
Alice le había insistido para que se lo comprara en su tienda de segunda mano favorita y le había dicho que se lo pusiera por Sasha, pero sobre todo por Margot. Sasha carraspeó.
—Ese —dijo, señalando el rojo.
Pen sonrió. Entró en el baño y se lo puso.
Le ceñía la figura y caía hasta justo por encima de los tobillos.
Había una ligera separación entre la tela y su piel, pero no mucha.
Se pasó el cepillo por el pelo húmedo, se delineó los ojos con una sombra oscura difuminada, como le había enseñado Alice, y salió antes de arrepentirse.
Sasha se levantó del alféizar al verla entrar. La miró a los ojos un momento y luego bajó la vista, despacio. Ella sintió el peso de esa mirada recorriéndole el cuerpo. No era como la de Margot, que la había juzgado; era distinta, y le aceleró el corazón.
—Silbaría si supiera —dijo por fin, con una voz que sonaba contenida.
—¿No sabes silbar?
Se sentó en el banco tapizado a los pies de la cama y cruzó los brazos para entrar en calor, aunque también por pudor.
—Entonces, ¿cómo paras un taxi? ¿O cómo ligas?
—No se me da bien ninguna de las dos cosas —respondió él.
Seguía de pie. Mirándola.
—¿Te vienen todos solos? —Pen intentaba recuperar la naturalidad que tenían cuando se escribían—. ¿Tienes más defectos que debería conocer?
—Muchos —dijo, sentándose de nuevo en el alféizar—. Pero tranquila, que los disimulo muy bien.
—Menos mal.
Quería que se acercara. Que se sentara junto a ella.
Que le apartara los brazos y le subiera el vestido por la cabeza.
Lo deseaba con una intensidad que la asustaba.
Quería sentir sus labios contra los suyos, su cabeza entre sus manos.
Lo que antes era un dolor débil y difuso en el pecho, ahora era una carencia insoportable.
—Probablemente no se me dé muy bien el béisbol —soltó, y se puso roja como el vestido.
Sasha soltó una carcajada.
—¿Cómo?
Pen pensó, en una rápida sucesión, que ni siquiera tenía claros los fundamentos básicos de una paja, que no sabía si Sasha sería del tipo que lleva condones en la cartera, y que Charlotte la sirena tenía un ombligo irritantemente perfecto en su biquini morado.
—No he jugado mucho —dijo, con la esperanza de no tener que explicarse más.
Él cruzó la habitación y se sentó junto a ella en el banco.
La pierna de Pen empezó a temblar. Sasha le puso la mano encima para calmarla, y tembló aún más.
Le tomó la mano —ella tuvo que descruzar los brazos— y le dedicó una sonrisa que a la vez la tranquilizó y le desató el vértigo.
Volvió a mirarla a los ojos. Justo cuando Pen empezaba a convencerse de que iba a besarla, de que por fin acabaría con su agonía, él dijo:
—Deberíamos bajar.
—Claro —respondió ella enseguida, como si le hubieran echado un cubo de agua fría—. Por supuesto. Baja tú primero.
Él se levantó. Se fue. Pen terminó de vestirse y se miró en el espejo del baño.
El corazón le estremecía todo el cuerpo.
Sacó una americana negra y, al salir, giró en la dirección equivocada.
Caminó unos pasos hasta darse cuenta de que iba descalza.
Volvió, se puso los zapatos, y volvió a tomar el camino equivocado.
Se detuvo frente a la puerta entreabierta de George. La oyó cantar. Pen la vio moverse por la habitación a oscuras, acunando a Danny en brazos. Le besó la frente y lo acostó en la cuna. Casi chocó con Pen en el pasillo.
—¡Dios, Pen! Perdona.
La agarró de los brazos y le dio dos besos en las mejillas ardientes.
—Vaya. Por fin ha vuelto el gato —dijo, mirándola a los ojos—. Estás preciosa. Has tardado en volver. ¿Qué te hicimos? Da igual —añadió cuando Pen abrió la boca para contestar—. ¿Te vienes a echar un cigarrillo?
Pen asintió. George la tomó del brazo, regresaron al pasillo y cruzaron la biblioteca. En el balcón, el aliento de ambas flotaba en el aire. George le tendió un paquete de Gauloises y una caja de cerillas.
—Se las he mangado a mi madre —aclaró, al ver que Pen miraba el paquete—. ¿Has llegado a conocerla?
—Solo un poco.
—¿Fue muy borde?
—No creo que le haya causado buena impresión.
—Diplomática —dijo George—. Mamá es perfectamente capaz de ser amable, pero, por alguna razón, cada vez que vuelve a esta casa, actúa como una adolescente frustrada. Quizá tenga algo que ver con el apodo.
—¿Desertora?
—No deberían llamarla así. Se le da demasiado bien el papel, si me preguntas.
Pero nadie me pregunta. —Soltó una columna de humo hacia el cielo—.
Ya lo notarás si tienes un bebé: la gente deja de preguntarte por cualquier cosa que no sea pañales o rutinas de sueño.
Y no es que me queje. En realidad, casi siempre solo quiero hablar de Danny.
Pero después de veintiséis años como una persona independiente, casi hace gracia cómo cambia la forma en que te ve el mundo.
—George soltó otra bocanada de humo—. Es una de esas cosas que, me imagino, ella no estaba dispuesta a aceptar.
—¿Tu madre?
—Ser madre nunca iba a ser su tarea principal. Tenía demasiadas cosas por hacer. Me alegro de que las haga. La admiro por eso.