Treinta y cinco #2
Al oír ese nombre, Christina palideció. Sasha no se dio cuenta. Tomó tres tazas del armario y metió cuatro crumpets en la tostadora.
—Margot llega antes de cenar. Si queréis té, la tetera está recién hervida.
—¿Prefieres café? —le ofreció Sasha a Pen.
Ella asintió agradecida y él se puso a prepararlo.
—¿Estás haciendo una tarta? Huele increíble —le dijo Pen a Christina.
—¡Las tartas! —exclamó ella, y metió el brazo en el homo con el paño. Estaban en su punto, de un dorado perfecto—. Por los pelos. Había olvidado lo bien que se te da ayudar, Pen. Te hemos echado de menos.
Bebieron sus infusiones y comieron crumpets con mantequilla y miel.
Sasha también sacó, de forma muy considerada, un surtido de tentempiés: bastoncitos de zanahoria, hummus, panecillos de pita en miniatura y un plato de galletas.
Christina explicó cómo pensaba montar dos de las tartas y cortar la tercera para hacerle orejas al cerdito de dibujos favorito de Danny.
—He encontrado una receta especial para bebés, y hasta he pedido colorante natural por correo. Es de remolacha, al parecer. ¿No es de lo más ingenioso?
—¿Cómo podemos ayudar? —intercedió Sasha, enjuagando los platos.
—Gracias, cariño. ¿Podrías ocuparte un poco de los caballos? Hoy no está Hector, y los tengo abandonados.
Los establos estaban sorprendentemente cálidos. Nellie, que se había quedado dormida sobre el heno, se puso a hacer su baile de bienvenida. Sasha la tomó en brazos mientras iba a por dos cubos con cepillos.
—¿Te encargas de Cindy? —preguntó, acariciando el hocico de Kevin.
El caballo reaccionó con un temblor de labios, encantado.
Pen entró con cautela en el box de Cindy y empezó a darle círculos por el lomo con el cepillo de goma.
Salían nubes de polvo y caspa. Le repasó el pelaje hasta que le brilló, y luego le levantó las patas como había aprendido de niña, retirando con el gancho los restos de barro y piedrecillas de las ranuras en forma de V.
Cuando dejó en el suelo la última pezuña, vio que Sasha la observaba.
—¿Quieres sacarlos a dar una vuelta? —preguntó él—. Ya no estamos en temporada de caza.
Pen lo siguió hasta el guadarnés, que tenía una temperatura agradable gracias a un calefactor.
Estaba ordenado y olía a cuero y a cera.
Había un fregadero grande y un viejo sofá polvoriento rodeado de sacabotas.
Sasha eligió dos bridas y cargó con unas cuantas sillas de montar.
Lo llevaron todo de vuelta a los establos y empezaron a ensillar.
Salieron al trote por los campos traseros en un silencio cómplice. Pen notó una gota en la nuca. Luego varias más. Sasha, que iba delante, redujo la marcha.
—¿Damos la vuelta?
Ella negó con la cabeza. Después de haber ido tan tensa en el coche, sin saber dónde mirar y convencida de que tragaba saliva más fuerte de lo normal, la libertad de galopar a su lado al aire libre era estimulante.
Se atrevió a pasar al galope. El paso de Cindy era firme y fluido.
Pen le dio rienda suelta y se dejó llevar.
Empezó a llover con más fuerza. Enseguida tuvo los vaqueros calados, y sentía cómo la humedad le atravesaba la chaqueta. Sasha hizo que Kevin fuera al paso. Cindy se le unió sin que Pen le diera la orden, y se pusieron a andar uno junto al otro, tan pegados que la espinilla de ella rozó la de él.
—Perdón.
—Así va bien —contestó él—. Kev está enamorado de ella; no hará nada.
Kevin se giró hacia Cindy y le dio un mordisquito juguetón en el cuello.
Pen notaba el agua que le resbalaba por la cara y se le colaba en la boca.
—Se te están poniendo los labios morados —indicó Sasha—. Deberíamos entrar.
Pero se quedaron allí, mirándose, hasta que Cindy se aburrió y echó a andar, separándolos.
—Bueno, adiós —dijo él, riéndose.
Sasha espoleó a Kevin con elegancia y, a medio galope, trazó una figura de ocho, cambiando de mano a mitad del recorrido.
—¡Fanfarrón! —gritó Pen, y Cindy lo siguió.
Ya en los establos, los desensillaron y los secaron, y Sasha les dio agua fresca y un montón de heno. En el guadarnés, Pen se dio cuenta de que le castañeteaban los dientes.
—Te he dejado tiritando —dijo Sasha.
Estaban uno frente al otro. Le tomó las manos. Ella creía tenerlas casi entumecidas del frío, pero no. Le ardían donde él la tocaba, y el calor se extendió con rapidez por todo su cuerpo.
—Toma —dijo él, y metió las manos de Pen bajo su camiseta, pegándole las palmas congeladas a los costados.
Ella notó cómo se le tensaban los músculos del vientre al tacto.
De modo que así es como una pierde la cabeza, pensó.
Quería rodearlo con los brazos y deslizarle las manos por la espalda hasta los omóplatos.
Pero se quedó ahí, quieta, con los labios entreabiertos, mirándolo.
Y él la miraba también, de un modo que no sabía interpretar.
—Será mejor que te quites la ropa mojada.
Pen asintió.
—Me acabo de oír —añadió él. Le subía el color por el cuello hasta las mejillas—. Lo que quiero decir es que deberías quitarte la ropa mojada y darte un baño caliente. Sola.
Le ardían las orejas. Pen quiso acariciárselas.
—Un baño —repitió ella, sin sentido—. Sí. Bien.
La acompañó mientras corrían el trecho que los separaba de la casa.