El ciclo de vida del pulpo común Treinta y cinco
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Treinta y cinco

Treinta y cinco

P en se despertó antes de que sonara la alarma.

Se salpicó la cara con agua fría en el lavabo de su cuarto, se vistió con la ropa que había dejado preparada y se examinó en el espejo de cuerpo entero de la pared.

Como siempre que se entregaba a una frenética sesión de aseo, se llevó una decepción al comprobar que tenía el mismo aspecto de siempre: un punto inacabado.

Si acaso, la noche agitada no había hecho más que acentuarle el tono mortecino de biblioteca y las manchas violáceas bajo los ojos.

Se ató las botas, dio un sorbo al té, se sentó en el sillón junto al escritorio y esperó.

Poco antes de las diez ya tenía puesto el abrigo y estaba a punto de bajar al patio cuando llamaron a la puerta.

Miró a su alrededor como un animal atrapado.

La cama estrecha contra la pared estaba hecha.

El lavabo, limpio; el escritorio, ordenado…

y qué más le daba a él. Abrió la puerta.

—Pene Winters, hola —dijo Sasha.

Se lo veía alto, allí de pie, en el marco de la puerta. Llevaba el jersey verde con el que lo había visto por primera vez, que parecía increíblemente suave. Tenía un agujerito de polilla en la muñeca izquierda y había metido el pulgar por ahí.

—¿Puedo…?

Esperaba que ella lo invitase a pasar. Pen vio el pasillo de la residencia de primero a través de sus ojos: la moqueta apestosa, las pegatinas de los nombres garabateadas. Se preguntó cuánto habría tardado en encontrar su puerta, y qué horrores habría visto en el camino.

Retrocedió un paso y le dejó cruzar el umbral.

No sabía a qué olía él exactamente, solo que tenía que resistirse a hundirle la cara en el jersey e inspirar con fuerza.

Sasha recorrió con la mirada los ocho metros cuadrados que habitaba Pen, deteniéndose en la estantería sobre el escritorio, los lomos de las novelas rescatadas de tiendas de segunda mano y los tochos de diccionarios y antologías.

Ella lo vio mirar la mesilla, donde el teléfono fijo de la habitación descansaba junto a una pila de libros.

Observó de reojo la cama, con la manta estirada, y encima, el corcho en el que Pen había enganchado fotos de Olive de cuando era cachorra, el cartel de la obra de Alice y postales de cuadros de Whistler, Degas y Toulouse-Lautrec.

Ver todo eso desde su perspectiva era una tortura.

Sasha se acercó a la cama y Pen vio que se estaba fijando en la foto de Olive revolcándose en la nieve.

—Es igualita que tú —dijo—. Aunque los ojos los tiene marrones. Eso debe de ser del padre.

Pen se dio cuenta entonces de que ni siquiera lo había saludado. Le rozó las mejillas con las suyas, que le ardían. Estaba recién afeitado. Y olía, se dio cuenta, a bosque. ¿Cómo era posible?

—Estaba a punto de bajar.

—Lo sé. He venido antes a propósito. Quería ver dónde vives.

—¿Quieres una taza de té, o…?

Él sonrió.

—Es justo como me lo imaginaba. Salvo por las cortinas. Son más bonitas.

Se acercó a la ventana abatible y acarició la tela ignífuga, un estallido de rayas verticales en tonos tostados y caléndula.

—Gracias. Las hice yo.

—Ya me lo imaginaba.

Encontró su bolsa de viaje en el sillón y se la echó al hombro. Ella lo siguió y cerró con llave al salir.

Fuera hacía un frío que pelaba. El coche verde estaba aparcado justo delante de la puerta principal. Sasha la dejó entrar y le dirigió una mirada de soslayo antes de girar la llave en el contacto. Negó con la cabeza.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Dios mío —dijo él, sonriendo para sí, y condujo por el recinto aún dormido de la residencia hasta la carretera.

En el coche, Sasha empezó a contarle a Pen, sin venir demasiado a cuento, algo sobre un primo suyo por parte de madre, Hugh Campbell, el hijo mayor del hermano de Christina, James.

Hugh había ido al mismo internado que los Lennox, un curso por delante de Sasha.

Era alto, listo y cruel. No era popular, pero tenía su séquito: un grupo de chicos cuya mayor diversión era atormentar a los más pequeños.

Hugh era delegado y uno de los mejores alumnos, así que nadie sospechaba jamás de él.

Freddie, tres años menor, bajito para su edad y extremadamente fácil de sacar de quicio, había sido un blanco obvio.

Además de las típicas exhibiciones de poder —hacer que Freddie le tostara el pan y le llevara el té—, Hugh había ideado varios sistemas de tortura muy creativos para su primo.

Su favorito era uno que él llamaba «el gancho».

A veces, el pequeño Freddie de trece años iba caminando tan pancho por un pasillo, y de un momento a otro lo levantaba un grupo de chicos mayores y lo colgaban por el abrigo en un perchero del guardarropa.

Allí se quedaba, pataleando, mientras todo el mundo que pasaba por delante se reía de él, hasta que Sasha se enteraba y venía a descolgarlo.

En los meses de calor, como su ropa no era lo bastante resistente, Hugh y sus secuaces lo pegaban a la pared con rollos enteros de cinta americana.

El hecho de que fuera un familiar —uno que, en teoría, debería haber estado de su parte— hacía que la humillación le doliera aún más, y Freddie desarrolló un odio feroz hacia su primo.

El verano pasado, prosiguió Sasha, Hugh se había graduado en Oxford y había empezado a trabajar en la oficina secreta de la GCHQ , en Palmer Street, el mismo departamento de inteligencia del gobierno donde su abuelo había iniciado su carrera.

Y, muy recientemente, Hugh había demostrado ser aún más vengativo de lo que pensaban.

Pen lo miraba de perfil mientras conducía, completamente desconcertada.

—Es el funcionario del Gobierno —añadió él, mirándola de reojo—.

El de la noticia que me enviaste. Por eso tuve que irme enseguida.

Tenía que contárselo a mi madre. Ella ya lo ha solucionado.

No volverán a salir más historias de ese tipo.

Hugh, evidentemente, no tenía ni idea de con quién se estaba metiendo.

Pen seguía algo perpleja. Esperó a que él continuara.

Y así fue: Sasha empezó a hablarle de la familia de su madre.

Le habló de su abuelo, William Campbell, un conservador visceral que seguía llamando a Christina «Chiquitina» a día de hoy y nunca se la había tomado en serio, ni siquiera cuando ella había demostrado ser la única de sus hijos con talento para los idiomas o la diplomacia.

Sasha puso entonces su mejor acento de viejo elitista.

—Imposible ser embajador sin una esposa de embajador, Chiquitina. A no ser que pienses hacerte homo… sexual.

Cuando reclutaron a Christina en Edimburgo para un puesto en la GCHQ , su padre se rio y dijo que «quizá ya no se necesita inteligencia para trabajar en inteligencia» y que debían de estar «rascando el fondo del tarro de mermelada».

Sin embargo, veinte años después, cuando fue Hugh quien se autoproclamó su sucesor, William le puso la alfombra roja.

Se aseguró de que todos los dinosaurios aún en activo y toda su progenie bien colocada supieran que Hugh era un prodigio de tercera generación en señales y ciberseguridad, destinado a dejar huella en el mundo.

Los Lennox lo encontraban un poco excesivo.

Lo que ninguno sabía, sin embargo, era que Freddie había tramado un plan de venganza.

—Debería dejar que te lo cuente él —dijo Sasha—.

Lo conocerás enseguida. Te lo explicará mejor.

Yo aún no entiendo muy bien cómo funciona su cabeza.

Pero hablando de todo esto… —La miró un segundo, con ese efecto inmediato de siempre—.

Te debo una disculpa. Aquel último fin de semana que viniste a casa, cuando llegué tarde y con resaca, me porté fatal contigo.

Fui un imbécil. No tiene excusa. Lo siento. ¿Me perdonas?

Ella se lo pensó.

—Conocí a Freddie aquel fin de semana.

—¿Qué?

Le lanzó una mirada rápida y volvió la vista a la carretera.

—¿Cómo?

—Entré por error en su habitación —respondió ella—. Estaba fumándose un porro a media tarde. Pensé que estaría involucrado en algo de drogas y aeropuertos.

Sasha negó con la cabeza.

—No, Fred no es tonto. Ni tiene, que sepamos, malas intenciones. Solo es un poco… inconsciente. ¿Y tú sabías todo este tiempo que estaba en casa? ¿Por eso pusiste en su sitio a mi padre después del comentario del polo?

Pen se sonrojó al recordarlo. No tenía hermanos, pero recordaba perfectamente aquella especie de pánico con sabor a metal que se le había atascado en la garganta cuando Alice estuvo en peligro.

Y cómo, en las horas que siguieron, fue incapaz de preocuparse por nada ni por nadie más.

Sabía que Freddie no era el único motivo del comportamiento de Sasha aquel fin de semana, pero ya se lo había perdonado.

Cuando el coche crujió sobre la grava de Talmòrach y Pen vio cómo Sasha metía la marcha y frenaba, seguía sin estar del todo segura de cuáles de sus partes eran reales y cuáles se había inventado ella.

Ese era el problema de los crushes epistolares, pensó.

Bueno, uno de tantos. Fue un alivio cuando él abrió la puerta y entró el aire congelado.

Con ambas bolsas en la mano, la condujo por el lateral de la casa hasta la entrada trasera. La cocina olía a vainilla y azúcar caliente. Christina, con un vestido cruzado azul marino y un delantal, estaba fregando los platos. Se sobresaltó al ver a Pen, pero se recompuso enseguida.

—¡Niños! —exclamó, abrazando primero a Sasha y luego a Pen como si fueran sus hijos, y como si no hubiera pasado el tiempo.

Pen le devolvió el abrazo. Sasha la besó en la mejilla.

—Pen, qué sorpresa tan agradable. George se va a poner contentísima. ¿Estás muerta de hambre? No tengo mucho preparado para comer, me temo, pero la cena será pronto. George quiere acostarse temprano por lo de la fiesta.

—No te preocupes, mamá. ¿Cuándo llega la Desertora?