Treinta y cuatro
Treinta y cuatro
L a versión oficial, enviada por correo electrónico a todo el alumnado de la Facultad de Filosofía, Psicología y Ciencias del Lenguaje por el director del departamento, Peter McAvoy, en una fría mañana de febrero, una vez que la junta de profesores y responsables administrativos encargada de deliberar sobre el caso hubo tomado su decisión, era que Julian Sachs se tomaría seis meses de baja por paternidad para apoyar a su creciente familia, con efecto inmediato.
Después enlazaría directamente con una larga excedencia no remunerada durante la cual terminaría un libro.
En realidad, le explicó Peter McAvoy a Penelope en su despacho, hablándole en voz baja porque la puerta estaba abierta de par en par (ningún profesor volvería a mantener una reunión a solas con una alumna a puerta cerrada, si podía evitarlo), Julian Sachs había sido, en efecto, despedido.
Que tenía fama de implicarse de forma poco apropiada con sus alumnas era de sobra conocido.
Pero nunca había comunicado a sus superiores ninguna de esas relaciones, tal como exigía la normativa del centro.
El propio Peter le había hecho varias advertencias —lo único que podía hacer sin pruebas—.
Los mensajes subidos de tono de Sachs, junto con la escandalosa acusación de que había acorralado a una de sus alumnas en el laboratorio de cine, constituían motivos más que suficientes para echarlo.
La junta había dictaminado que Julian Sachs no podría acercarse a menos de quinientos metros de ningún edificio vinculado con la universidad durante ambos permisos, so pena de despido permanente y público.
Y se le había notificado que, una vez concluida la excedencia, su contrato de docencia no se renovaría.
La versión más suave, le explicó Peter al levantarse para dar por terminada aquella incómoda conversación, se había elaborado con el fin de proteger la privacidad de Penelope, dado que se trataba, naturalmente, de un asunto delicado.
El libro en cuestión, añadió como dato relevante, incluiría un capítulo sobre ética sexual en la «era digital».
Pero, claro, tratándose de la era digital, cuando Pen salió de su despacho, la mayor parte de la Facultad de Filosofía, Psicología y Ciencias del Lenguaje, y al menos la mitad de la de Literaturas, Lenguas y Culturas, ya conocía alguna versión de la historia.
No tardó en correr la voz por todo George Square de que Sachs había sido despedido y, más impactante aún, de que había sido Penelope Winters —la canadiense menuda y de aspecto inocente— quien había conseguido despojar de su cargo al profesor joven, guapo y popular de la facultad.
Durante el segundo cuatrimestre, empezó a circular por las aulas de informática y las residencias una página web rudimentaria en forma de tablón de mensajes.
El banner superior rezaba: «Corazones solitarios de George Square», y los hilos de discusión que seguían estaban repletos de mensajes anónimos escritos por estudiantes que coqueteaban a bajo riesgo. Un post típico decía:
Viernes 15:13 - Biblioteca de George Sq, 5 a planta. Trenza rubia, abrigo azul (como la canción de Cohen): desharía mi cama por ti.
Aunque Jo aún no estaba enganchada a la web, a los cinco minutos de publicarse ese mensaje una buena samaritana le había dado un toque en el hombro y se lo había enseñado, dándole ocasión de mirar a su alrededor, halagada y nerviosa, en busca de su admirador secreto.
Al poco surgió un hilo titulado «Blancanieves y el profe salido», donde se narraban, en relatos cada vez más vívidos y a veces incluso en verso, las supuestas hazañas de Pen.
Durante un par de días, Pen se sintió fatal, turbada por aquella exposición.
Pero tampoco podía quejarse, dado que la idea había sido suya.
No era que hubiera perdido su reputación, se decía cuando notaba miradas en su espalda al cruzar Teviot Place o en la cafetería de la biblioteca; era que la había donado a una buena causa.
Y no era del todo desinteresada. La rabia candente que le había inundado las venas cuando Alice llamó a la puerta de su clase de francés, lívida y con sangre en el labio, se había enfriado y solidificado en forma de plan.
Al arrastrar su propio nombre, de forma totalmente deliberada, por el barro, Pen pretendía liberarse del peso inútil de las expectativas ajenas.
Confiaba en que su noción, propia de una cría, de la omnisciencia selectiva de los muertos fuese errónea, y que su abuela no la estuviera mirando.
Porque Tilda Winters siempre le había dicho que la reputación era su bien más valioso.
Que el apellido Winters, y el negocio que lo llevaba desde antes de la Primera Guerra Mundial, no debía mancharse jamás.
Hasta el final de su vida se había comportado, y había enseñado a hijos y nietos a comportarse, como si lo que pensaran de ellos fuera más importante que la verdad.
Tilda, lo sabía bien Pen, estaría horrorizada por lo que había hecho su nieta, y más horrorizada aún por lo que se decía de ella.
Dante la habría colocado entre los demonios que empuñan látigos en el octavo círculo del infierno, y Kant, si la estuviera observando, estaría tan perturbado como Tilda Winters.
Pero los consecuencialistas, al menos, tal vez aprobaran sus actos.
Porque habían dado resultado. Alice estaba a salvo.
Y, de momento, también lo estaban las futuras conquistas de Julian.
Además, el nombre de Alice había quedado fuera del escándalo.
En las semanas previas al estreno de su obra, pudo concentrarse en su actuación sin temer que los cuchicheos del público envenenaran las críticas.
Salvo un par de compañeros desconcertados, nadie hablaba de Alice y Julian.
La idea de que Blancanieves había seducido y derribado al tutor era sencillamente demasiado sabrosa como para no difundirse.
Incluso a mediados de marzo, el hilo seguía activo, y cada poco aparecían nuevas versiones de sus supuestos logros. La más reciente acababa de publicarse:
Hubo una vez una joven llamada Pen,
que a menudo gustaba de un polvo fetén.
De las nieves provenía
Y mamadas prometía.
¡Decían los galanes al tutor: amén!
Pen, sentada frente al escritorio, soltó una carcajada al leerla.
¿Un limerick ? Supo al instante quién lo había escrito.
De alguna manera absurda, le cuadraba que Fergus escogiera la métrica AABBA como forma de venganza.
También lo conocía lo bastante como para saber que no lo hacía con mala intención.
Era su forma infantil de dejar muy claro —para ella y para quien quisiera enterarse— que no tenía sentimientos implicados.
Y, aunque Pen sabía que eso no era del todo cierto, ya no se sentía tan culpable por cómo había gestionado las cosas. Fergus había pasado página. Él y Flossie se sentaban ahora en el desayuno tan juntos que parecía que compartieran silla.
Le apareció un mensaje en pantalla.
SASHA : Un poema precioso. ¿Puedo mandárselo a mamá? Le encanta saber de ti.
Sonrió. Desde Nochebuena, ella y Sasha mantenían una conversación continua por correo y mensajes de texto que sorteaba comidas y clases como un río alrededor de las rocas.
La dopamina que le invadía el cerebro cada vez que aparecía su nombre la anestesiaba contra la humillación, que a veces aún amenazaba con colarse, como cuando regresaba de George Square y encontraba revistas Penthouse y Razzle apiladas en la puerta, algunas sospechosamente sobadas.
Sasha comprendía que no era Pen, sino un personaje que ella misma había creado, quien se había hecho famosa.
Otros le decían que ignorara el revuelo; Sasha le confesaba que entendía lo que se siente al inventar personajes para despistar a la gente del dolor verdadero.
Que, con Elliot y Margot como padre y tía, uno no podía evitar convertirse en alimento para el molino mediático «en esos días en que no hay nada más de lo que escribir».
No tardó en ver a qué se refería.
Apenas una semana más tarde, Pen estaba sentada a lo indio en su silla, merendando chocolate negro con té Earl Grey mientras intentaba concentrarse en la semiótica en Proust, cuando sonó el teléfono. Era Jo.
—Entra en una web de noticias.
—¿Cuál?
—Da igual.
En la portada del Times salía Lady Charlotte Rutherford en una montaña, radiante en un ceñido traje de esquí rojo, con las gafas sujetándole el corte bob bien iluminado y el brazo del futuro monarca rodeándole la cintura.
« Lady Lottie vuelve a las pistas», decía el titular.
Corrían rumores, aún sin confirmar, de que la vieja amiga de Sasha no solo se había reconciliado con su intermitente novio el príncipe, sino que había aceptado de él, durante unas vacaciones de esquí en los Alpes, una joya enorme y antiquísima. La prensa estaba, como dijo Jo, fuera de sí.
Entre los distintos enfoques que la prensa amarilla adoptó para destruir lo que quedaba de la privacidad de « Lady Lottie», hubo unos cuantos que aludían a su supuesta relación con Sasha.
Las fotos de los dos juntos poblaban ya internet con titulares como «Futuro cornudo» y «El Lenn-ex de Lottie».
Mientras iba entrando en los periódicos más sensacionalistas, Pen dio con un titular que agitó algo hambriento y dormido en su interior: «¿Ficción criminal?
Una fuente califica al hermano menor de Lennox de "desequilibrado" y "peligroso"». Empezó a leer.