El ciclo de vida del pulpo común Treinta y tres
67%

Treinta y tres

Treinta y tres

P en llamó a Alice desde el coche de Neville, con un temblor que le recorría todo el cuerpo, aunque no sabía si de miedo o de alivio.

—¿Estás loca o qué? —dijo Alice cuando Pen apareció en la puerta de la habitación de Jo. La hizo pasar y la abrazó con fuerza—. Prométeme que no volverás a hacer nunca una estupidez como esa.

Jo estaba sentada con las piernas cruzadas sobre su colcha de abuela. Su habitación en Mason House —el edificio de residencias más pequeño y codiciado— tenía una cama doble y una ventana que daba al patio trasero, desolado.

—Apestosa, pareces salida de un cabaré. ¿Pero qué narices has estado haciendo? —soltó.

Alice soltó a Pen. Las tres se subieron a la cama, apartando los cojines con volantes para hacer sitio.

—Pen acaba de arriesgarse a que la descuartizaran y la tiraran al mar del Norte por mí —dijo Alice.

—Qué va —replicó Pen—. Tenía refuerzos. Neville venía detrás todo el rato, con la peluca de la obra. Ha sido él quien me ha traído hasta aquí.

—¿Esto tiene algo que ver con cómo te estabas tirando a Julian con los ojos esta tarde? —preguntó Jo, mirándolas alternativamente—. Por todos los demonios. Sabía que tramabais algo. ¿Cómo es que no formaba parte del plan?

—Sí que formabas parte —terció Pen—. Tenías que parecer indignada conmigo, si no, a lo mejor no colaba. Estuviste perfecta.

Jo abrió el cajón de la mesilla y sacó una bolsa enorme de gominolas Haribo.

—Para emergencias —dijo—. Y esto lo es. —Rasgó la bolsa y la dejó en el centro de la cama—. Alice, por favor, ¿puedes ponerme al día? ¿Cómo pasamos de deshacernos de Julian a lanzar a Pen a la noche atada de pies y manos como si fuera Odiseo dentro del maldito caballo de Troya?

Eran las diez y media y Jo llevaba un pijama blanco con rosas.

Se había cepillado el pelo rubio y lo llevaba trenzado.

Al lado de Pen, con su pintalabios rojo corrido, los ojos delineados de negro y la falda corta, el contraste entre virgen y putón era brutal.

Alice, que había hecho demasiadas veces de Magdalena frente a la virgen de Pen, sentía que estaba alucinando.

—No me lancé —dijo Pen. Le tomó la mano a Jo—. Fue idea mía.

Se volvió hacia Alice, que retomó la explicación.

—Después de mis clases por la mañana fui al laboratorio de cine, pensando que allí no me buscaría.

Pero debió de verme desde su despacho. Al final resultó el peor escondite posible: un sótano vacío, oscuro y a prueba de sonido.

Me alcanzó, me sujetó por las muñecas, me bajó los vaqueros y empezó a intentar…

—Inspiró hondo, recomponiéndose—. Sabía que podía ser un cabrón, pero es la primera vez que…

No quiso terminar la frase.

—Hay que contárselo a Peter McAvoy ahora mismo —indicó Jo, que se había quedado pálida—. El jefe de departamento. Es mi tutor académico. Lo llamo ya si quieres.

—No servirá de nada —repuso Alice en voz baja.

—¿Cómo que no servirá de nada?

—Primero, conseguí escapar, así que técnicamente no pasó nada…

—¿¡Cómo que no pasó nada!? —saltó Jo—. Te persiguió. Te hizo daño.

—Segundo, no hay pruebas. Nadie se cree a una expareja sexual y lo sabes.

Y tercero, aunque McAvoy le diera un aviso y me cambiara de grupo, y eso sería lo máximo que ocurriría con solo mi palabra, te lo garantizo, él buscaría a otra, y a otra más el año que viene, y así sucesivamente. Le sobran candidatas.

Guardaron silencio. Al final, Pen se volvió hacia Alice y habló:

—Jo quiso hablar contigo sobre él antes de Navidad y yo le dije que no se metiera. Lo siento. Me equivoqué.

Alice le dio un apretoncito en los dedos.

Los tenía helados. Pen era la persona que mejor conocía en el mundo, y había cambiado en los últimos meses.

Donde antes Alice distinguía dos versiones de Pen —la que estaba presente, contando historias divertidas o escuchando en silencio, y la otra, por encima, dispuesta a juzgar a la primera y hacérsela pagar más tarde—, ahora solo veía una.

Pen parecía moverse con más soltura, y las pausas antes de hablar eran más breves.

¿Era eso a lo que se refería la gente cuando decía que alguien estaba empezando a ser él mismo? , se preguntó Alice.

Agarró la manta de flores de Jo que había a los pies de la cama y se la echó sobre ellas.

—No te disculpes tú. La que tiene que disculparse soy yo. Por mentiros y desaparecer en mi estúpido drama personal. He tomado una decisión monumentalmente idiota. Y vosotras solo intentabais cumplir nuestra promesa.

Jo les dio unas palmaditas en las rodillas por encima de la manta.

—Sois unas amigas pésimas. Empate. Pero sigo sin entender por qué vas vestida así, Apestosa. ¿Qué intentabas hacer?

Pen se arrebujó en la manta.

—Creo que Alice tiene razón. Puede que McAvoy no nos crea. Tenemos que contarle lo que Julian hizo, pero sobre todo necesitamos pruebas.

—Pen lee demasiadas novelas de detectives y está claramente chalada, así que estuve a punto de no hacerle caso —intervino Alice—. Pero tiene razón con lo de las pruebas. Así que…

—Julian tiene el ego herido —dijo Pen—. Pensé que, si conseguía hacerle creer que me moría de ganas de acostarme con él, caería, aunque solo fuera por joder a Alice. Y no me equivoqué. Pero aún no hemos terminado.

Jo agarró un puñado de gominolas.

—Ah, ¿no?

—Como decía Alice, es poco probable que nuestra palabra baste para detenerlo.

Técnicamente no está prohibido que un tutor tenga una relación con una alumna, aunque se supone que debe comunicarlo, cosa que él no ha hecho.

En el laboratorio de cine no hay cámaras, sería su palabra contra la de Alice.

Si de verdad queremos evitar que vuelva a hacerle daño a alguien, necesitamos algo concreto que mostrarle a McAvoy.

Algo que deje claro que no es la primera vez.

Pen sacó el móvil.

—¿Todos los canadienses estáis así de locos? —Jo se llevó un puñado de gominolas a la boca y le dio un trago al té frío de su taza.

Pen deslizó el dedo por la pantalla y empezó a escribir. Alice y Jo se inclinaron para mirar.

Ha estado bien encontrarte hoy, escribió.

No respondió de inmediato.

—¿Y si está en la cama con su mujer? —preguntó Jo.

—Normalmente duerme en el sofá —dijo Alice. Y añadió con voz ronca—: Su mujer está embarazada.

—¿¡ QUÉ !? —exclamó Jo—. ¡¿No habías…?!

—Tranquila, ya me odio yo bastante por las tres —repuso Alice.

Se encendió la pantalla del móvil.

JULIAN : Un placer. ¿Estás en la cama?

Alice sintió un leve latido en mitad de la frente. Aunque la idea de que Julian le enviara mensajes subidos de tono a Pen formaba parte del plan, verla en acción le resultaba perturbador. Observó cómo su amiga se mordía el labio, como si estuviera resolviendo un problema matemático.

PENELOPE : Qué pregunta. ¿Qué tienes entre manos?

JULIAN : Nada. Me atraen tus nobles cualidades y espero establecer una relación virtuosa entre personas.

PENELOPE : Qué tierno. ¿Pero estás seguro? A lo mejor deberías mirar en el bolsillo de tu chaqueta, por si acaso.

JULIAN : Tú sí que eres tierna. O eso espero…

— Pen , ¿qué haces? —preguntó Alice. La invadió una sensación de angustia y mareo—. Se suponía que solo queríamos que te mandara algo incriminatorio.

Jo metió una toalla bajo la puerta, abrió la ventana y encendió un cigarro. Alice se lo quitó para dar una calada, pero le sentó fatal y se lo devolvió enseguida.

—Quiero asegurarme de que la prueba es lo bastante contundente —dijo Pen—. Una foto sería ideal.

JULIAN : He encontrado algo en el bolsillo. ¿Es tuyo? Muy bonito.

—¿Qué demonios le has metido en el bolsillo, Apestosa? —exigió saber Jo.

Pen seguía escribiendo.

PENELOPE : Un recuerdo para que no me olvides.

JULIAN : ¿Quieres que te mande algo yo también? Algo que te resulte… menos tierno.

PENELOPE : Qué detalle. Sí, por favor.

Pen dejó el móvil sobre la colcha.

—¿Qué era? —insistió Jo, dándole otro trago a su té—. Esto me va a matar.

—A ver qué se le ocurre —dijo Pen.

Alice se sujetaba el puente de la nariz con los ojos cerrados.

—¿¡Has hecho esto antes!? —preguntó Jo.

—Claro que no. Pero siempre he querido. ¿Vosotras no?

Las miró.

—Se lo preguntas a la persona equivocada —indicó Jo.

A Alice le iba a estallar la cabeza, así que la apoyó sobre las almohadas de Jo.

El teléfono de Pen se iluminó.

—No puedo mirar —dijo Pen, tapándose la cara.

—¿Ahora te haces la recatada? —Jo abrió el móvil, dio un grito y lo dejó caer sobre la colcha—. SANTA MADRE DE DIOS .

Las tres se inclinaron sobre la pantalla. Allí, en el diminuto monitor, aparecía una imagen borrosa de algo abultado junto a una tira de encaje negro.

—Un momento. ¿ ESO era tu regalo? —Alice estaba horrorizada, pero también impresionada, incluso con jaqueca.

—No son míos de verdad, me los compré esta tarde. No me puedo creer que haya funcionado —dijo Pen, roja como un tomate—. No tenía claro que picara.

Llegó otra foto. Esta vez no había lugar a dudas sobre el sujeto. Pen usó el móvil de Jo para fotografiar la pantalla con ambas imágenes y el número de Julian, se las envió a sí misma, apagó el teléfono y lo dejó en la mesilla de noche.

Ninguna dijo nada. Alice no se encontraba nada bien. Jo le dio una palmadita, agarró el portátil del escritorio, abrió la carpeta de películas y se lo pasó para que eligiera. Alice se lo dio a Pen, que escogió Guerra y paz . La vieron en silencio.

—Parece que el viejo Julian se ha quedado tieso —comentó Jo al cabo de un rato.

—Ya tenemos nuestra prueba dura —dijo Pen.

Alice no fue capaz de sumarse al comentario. Lo único que quería era tomarse un paracetamol extrafuerte e irse a la cama. Pero su cama le parecía inalcanzable. Amodorrada, intentó concentrarse en la película.

—Han puesto a Pierre demasiado guapo —observó al final.

Cedió al sueño viendo a Audrey Hepburn, frágil como un pajarito, revolotear por un salón dorado vestida de amarillo mantequilla, la imagen misma de la pureza femenina.

—¿Qué harías si fueras un hombre? —le preguntaba Pierre.

—Me haría inmensamente poderosa —respondía Audrey— Natasha con voz de Holly Golightly, apoyada en la chimenea con un brillo de ilusión en los ojos.

Desde fuera de plano se oían las carcajadas de los hombres. El rostro perfecto de Audrey llenaba la pantalla, sonriendo con orgullo, como si conociera el chiste.