Treinta y dos
Treinta y dos
D oce minutos después de empezar el seminario de la tarde, la decepción de Julian dio paso a la rabia.
Se había prevenido a sí mismo: tal vez ella no vendría, después de la discusión de esa mañana.
Y, pesa a todo, había creído que sí. Había creído que siempre acudiría cuando él la quisiera.
Pero esa mañana no se había comportado como ella misma.
Había actuado como si él estuviera intentando forzarla, por el amor de Dios.
Ella, que tantas veces había consentido con un entusiasmo fluido, que le había suplicado con la voz rota de deseo.
Era solo frustración y orgullo herido lo que le hacía apretar los puños y le subía la sangre a la cara, se dijo.
Solo eso. Alice era una compañera estimulante, y la transformación maternal de Emily —el vientre hinchado, los tobillos inflamados, el extraño oscurecimiento de los pezones y la línea de vello que le surcaba la barriga— hacía meses que le impedía mirarla con deseo.
Cuando se casaron, habían acordado que no tendrían hijos.
Él le había expuesto sus razones, con algún argumento adicional sobre glaciares que se derretían, el límite de carga del planeta, el pulso entre el individualismo y las necesidades del colectivo…
Y ella había dicho que opinaba igual: que se tenían el uno al otro, y su trabajo. Que no necesitaban más.
Pero, cuando Emily cumplió los treinta y ocho, fue sin decirle nada a una clínica de fertilidad, donde le dijeron (les pagan para decir eso, ¿no?
Como los gimnasios, que te dicen que su oferta especial solo es válida hoy: «¡El futuro empieza ahora!
») que sus óvulos se estaban pudriendo en la parra.
Durante tres noches volvió del trabajo deshecha, lloró hasta dormirse sin decirle por qué.
Él la había abrazado mientras sollozaba, convulsionada de pena.
Y, a la cuarta mañana, ella lo dejó caer con toda la calma: que lo que quería era un bebé.
Que, en realidad, no podía vivir sin uno.
Julian sintió un alivio tan grande al ver que su sufrimiento tenía solución que puso a un lado sus propios intereses con la mejor de las intenciones.
Pensando solo en su felicidad, en la vida que ella merecía, le dijo, acariciándole los párpados con los pulgares: «Está bien.
Tendremos un bebé. Vamos a tenerlo». Porque ella era su única familia real, y él quería hacer lo correcto.
Y resultó tener razón: sus óvulos estaban perfectamente.
Trató de convencerse de que lo de Alice no le dolía, que no podía dolerle de verdad, porque solo amaba a una persona, y esa persona era Emily.
Lo demás no era más que algo mecánico, una vía de escape, infinitamente sustituible y moralmente neutra.
Emily —estaba casi seguro— sabía que él necesitaba otras salidas, del mismo modo que hay quien necesita sesiones de masaje o un entrenador personal.
Pero había algo más que alimentaba su desasosiego, lo reconocía ahora, mientras barría con la mirada el semicírculo de estudiantes.
Le había contado cosas a Alice en confianza, cosas que nunca le había dicho a ninguna otra chica.
Cosas sobre su padre, su hermano. Sobre su madre.
Había confiado en ella, aturdido como se quedaba después del sexo, porque había visto que no lo idealizaba, como hacían las demás.
Como había hecho Emily, y quizá todavía hacía.
Alice nunca había esperado mucho de él: desde el principio había visto el papel pintado, y el yeso mohoso que había debajo.
Y aun así lo había deseado. Pero ya no. Y se equivocaba ella, con aquel mensaje brutal. Él no sabía por qué.
Alice le había jurado que no se lo había contado a nadie, que se había cuidado mucho de camuflar sus encuentros. Y él la había creído, porque la otra opción era dejar de verla. Al final, era ella quien tenía todo el poder, pensó Julian, sonriendo. Y lo sabía, la muy zorra.
Penelope y Josephine —nombres de esposa, los dos— habían dejado de hablar de golpe al verlo entrar en la sala.
Y ahora, mientras abría el maletín y sacaba las fotocopias dobladas en papel barato, se le ocurrió que esas jóvenes mujercitas de apodos andróginos podrían haberse intercambiado confidencias íntimas sobre él.
Que quizá sabían, mejor que él, por qué Alice había enviado aquel mensaje.
Se sintió expuesto, como un colchón viejo abandonado en la acera, con las manchas sospechosas a la vista de todos.
Mientras pensaba cómo tratar con las amigas de la chica que lo había humillado, le pareció apropiado que el tema del día fuera la amistad.
—¿Quién puede decirme qué dice Aristóteles sobre la amistad? —Interrumpió el murmullo y fingió inspeccionar los rostros grasosos. Se cruzó con una mirada que relucía como la de un gato—. Penelope.
—Que es una relación virtuosa entre personas —dijo ella, que siempre se leía los textos—. Sostenida por el reconocimiento mutuo de la virtud.
—¿Estás de acuerdo? —preguntó Julian.
Ella no parpadeó.
—Hasta cierto punto. Creo que la verdadera amistad, a diferencia del compañerismo o la amistad circunstancial, se basa en ver y valorar las mejores cualidades del otro.
—Hizo una pausa, bajó la vista, y luego volvió a fijarse en él.
Un leve rubor le tiñó la nariz—. Pero no creo que la verdadera amistad se disuelva cuando una virtud falla.
La forma en que lo miraba al decirlo hizo que Julian recordara los primeros seminarios, antes de que llegara Alice, cuando se pasaba la hora imaginando cómo sería Pen sin ropa.
Mentalmente, le había bajado la falda por las caderas estrechas, le había quitado las medias, le había desabrochado la camisa de hombre —siempre bien cerrada al cuello— y debajo había descubierto una pieza negra de encaje, cara.
Tenía un rostro fino, en alerta, y había algo innegablemente atractivo en la inteligencia que irradiaba de sus ojos.
Recordaba que lo había sorprendido en el café preguntándose si quizá sería una conquista interesante después de todo.
Pero se le había olvidado por completo en cuanto probó a Alice.
Alice, cuyo cuerpo casi podía oír zumbando de deseo desde el otro lado de la sala, convirtiendo al resto de la clase en una papilla homogénea de afectación universitaria.
Pero hoy, Penelope tenía algo distinto. En ausencia de su amiga, parecía estar invitándolo a reconsiderarla.
—Desarrolla eso, por favor —dijo él.
—Quiero decir que, una vez que la amistad se convierte en un vínculo real, no debería romperse por un desliz. Tiene que ser lo bastante sólida como para resistir las debilidades de sus componentes. Si no, la amistad sería demasiado escasa, y demasiado breve, para servir de algo.
Julian rompió el hechizo de la mirada de Penelope y buscó otros rostros.
El de Josephine tenía una expresión que solo podía describirse como «¿pero qué coño…
?», lo cual le hizo sonreír. Lo interpretó como una confirmación de lo que creía haber oído en la voz de Penelope, y desde luego había visto en sus ojos.
—Entonces, ¿es cierto el viejo chiste? ¿Que un amigo te ayuda a mudarte, y un amigo de verdad te ayuda a mover un cadáver? —preguntó con ligereza—. ¿Qué opinas tú, Josephine?
—Perdón, ¿qué? —dijo Jo, con voz ronca. Había estado mirando a Penelope con evidente desconcierto.
Julian llevó la conversación hacia Orwell para poder tomarse unos minutos y saborear las nuevas posibilidades que se abrían ante él.
Más allá de satisfacer sus necesidades inmediatas —por urgentes que fueran—, veía una forma de recuperar la atención de Alice.
A esa edad, las chicas se tomaban muy en serio la amistad.
Cuando sonó el timbre y quedaron liberados de sus asientos, Penelope no se movió. Julian tampoco. Jo, al ver cómo los dos se quedaban allí remoloneando, le dirigió a Pen una mirada de absoluta incredulidad al marcharse.
Cuando se quedaron solos, Penelope le sostuvo la mirada y disipó cualquier duda que pudiera quedarle.
Julian sintió una punzada de anticipación.
No podía esperar que tuviera la pericia de Alice —se notaba a la legua que no tenía experiencia—, pero eso lo hacía aún más novedoso.
Iba a disfrutar describiéndole a Alice, con todo lujo de detalles, cómo había desflorado a su cándida compañera.
Pen no dijo nada. La vio ir hasta la última página de su libreta impecable y anotar un número.
Lo arrancó con una mano apenas temblorosa, lo dobló dos veces y lo metió en el bolsillo interior de la chaqueta de él.
Luego salió sin volver la vista. Ya en su despacho, Julian dio un mordisco a una manzana y le mandó un mensaje:
¿Cuándo puedo verte?
Pen respondió enseguida:
¿Estás cuestionando mi virtud?
Lo que me interesa es tu virtud. ¿Esta noche?
No, esta noche tengo planes.
Volvió a pegar un mordisco a la manzana, ácida y crujiente. Lo estaba haciendo esperar. Bien. Ya tenía otra idea para esta noche.
Entonces mañana. A las nueve y media. No llegues tarde.
Le envió la dirección de su piso en Marchmont.
Le entró un mensaje de Emily pidiéndole que pasara por la farmacia de camino a casa a por unas pastillas para el ardor.
Claro, amor, respondió. Era un buen marido.
Un marido atento. Y ella también le facilitaba las cosas.
Últimamente se dormía a las ocho, tumbada de lado con una almohada entre las rodillas, los ojos tapados con un antifaz de poliéster que decía SHHH.
Eso le dejaba las noches libres, sin preguntas, mientras ella dormía el sueño de las ballenas.
Aquella noche, Julian salió bien abrigado, subió los escalones de Playfair de dos en dos, cruzó el puente de George IV y se apostó tras la estatua de Greyfriars Bobby a esperar a que terminara el ensayo. Necesitaba verla, aunque fuera de lejos.
Oculto tras la piedra, sintió su presencia, su perfume de siempre. Olía distinto esta vez. Lo invadió la rabia al pensar en otro hombre, quien fuera, pero logró contenerse.
—Adivina quién —susurró una voz en su cuello.
Se giró en seco y vio el rostro de Penelope muy cerca.
—¿Te he asustado? —Sonreía—. Perdona por aparecer por sorpresa. Mis planes de esta noche se han ido al traste, y no podía esperar. ¿Me invitas a una copa?
Que supiera que él estaba allí, que lo hubiera adivinado, le hizo hervir la sangre de rabia. Pen se puso de puntillas y le susurró al oído:
—Alice no me lo ha dicho. No soy idiota, nada más. Y puede que haya estado un pelín celosa.
Su aliento le hacía cosquillas en el oído.
Metió la mano fría en el bolsillo del abrigo, como para calentársela.
La certeza del éxito, después de más de un mes sin sexo, le hizo desear saltarse la copa e ir directamente al piso.
Pero, si quería que esto durase algo más que una noche, era mejor halagarla un poco.
Llevó a Penelope a un bar de cócteles caro donde no solían ir estudiantes. Algunos tenían dinero, pero no quedaba bien aparentarlo; preferían beber barato. No hacía tanto que él había sido uno de ellos, así que sabía cómo desaparecer del mapa reducido y distorsionado en que se movían.
Ella se sentó en un taburete alto, con las piernas delgadas cruzadas. Llevaba una falda corta de ante que se le subía un poco al muslo. Al agarrar el vaso, una pulsera dorada le resbaló por la muñeca hasta el codo.
—Eres preciosa —dijo él con naturalidad—. No me había fijado.
—Gracias —respondió ella—. Tú tampoco estás mal. Aunque yo sí me había fijado.
Él le dedicó su sonrisa torcida.
—Pensaba que eras una chica lista, Penelope. Pero no es verdad, ¿no?
Ella descruzó y volvió a cruzar las piernas.
—No mientas. No pensaste en mí ni una sola vez. Solo veías a Alice. No te culpo; todo el mundo la ve.
—Es bastante visible —concedió él.
—Y cambiante.
—¿Es un hecho?
—Es una creencia verdadera justificada.
Alzó las cejas. En efecto, se leía todos los textos.
—No sabría decir.
—¿Seguro?
Pen se bajó del taburete. Quedaba casi a su altura. Su aliento era dulce.
—Gracias por el cóctel —dijo, y se fue del bar.
Él estuvo a punto de seguirla, de alcanzarla y besarla ahí mismo, su cuerpo menudo contra el suyo, pero se contuvo. Era un hombre adulto. Podía esperar una noche más.