Treinta y uno
Treinta y uno
A la mañana siguiente, Fergus estaba sentado a la mesa de Flossie, de espaldas a la entrada de la cafetería, con las piernas largas estiradas en una forzada pose de desenfado.
Jo le dio un manotazo en la nuca al pasar.
Él sonrió a Alice, Pen y Jo como si no terminara de ubicarlas.
Hugo apareció, se quedó un momento confundido, y luego arrastró una silla junto a Flossie.
Unos minutos después, Charlie entró con pinta de haber salido de un anuncio de detergente. Incluso las zapatillas resplandecían de lo blancas que estaban. Dejó su bandeja junto a la de Pen sin vacilar.
—Charlie, ¿qué les ha pasado a tus zapatillas? —le preguntó Pen.
—Mi madre tiró las buenas —respondió, avergonzado—.
Intenté rescatarlas, pero las había enterrado bajo posos de café y algo que olía a col.
Se las sabe todas, esta mujer. Me regaló estas nuevas por Navidad como compensación.
Tendré que subir y bajar Arthur’s Seat unas cuantas veces para domarlas —dijo.
Alice ya no recordaba cómo sonaban sus erres.
—¿Puedo venir? —preguntó.
Sus ojos oscuros se cruzaron con los de ella. Su expresión cambió de forma casi imperceptible, apenas un segundo. Y a Alice se le encogió el estómago.
—Es que aún no he subido —añadió Pen, intentando sonar lo más casual posible.
¿Qué le pasaba? Era Charlie.
—Claro —dijo él.
Pen y Jo comieron sus gachas fingiendo no haber oído nada.
Más tarde, en una pausa entre clases, un viento glacial azotó a Alice mientras cruzaba la pasarela entre el George Square Theatre y la torre David Hume.
Bajó las escaleras hasta el sótano, iluminado con luces de neón, sin aire ni luz natural, y donde sabía que Julian no solía poner un pie.
A la vuelta del baño de chicas estaba el laboratorio de cine.
Era una sala minúscula, negra como la boca de un lobo, y le pareció un buen lugar para esconderse durante los setenta minutos que quedaban hasta su próxima clase.
Había una antesala con un escritorio, donde el encargado te buscaba la película que pedías, y, al otro lado de una puerta insonorizada, una sala cuadrada con escritorios por todo el perímetro, cada uno con un televisor y unos cascos, y todos los asientos orientados hacia la pared.
Alice pensaba ponerse delante de una pantalla y sumergirse en una película de Almodóvar durante una hora.
Pero, al llegar al mostrador del encargado, encontró una hoja de papel doblada sobre la hoja de registro.
Con lápiz habían escrito: «Vuelvo enseguida [ CARITA SONRIENTE ]».
Se sentía fuera de lugar allí plantada, así que entró en la sala oscura a esperar.
Cuando sus ojos se adaptaron, vio que estaba sola.
Todas las pantallas estaban apagadas. Se dio cuenta de que era apenas el segundo día del segundo semestre; quizá un poco pronto para escaquearse viendo pelis.
Eligió un televisor en la esquina del fondo y lo encendió, por si acaso tenía canales, cuando oyó que alguien entraba en la antesala.
Sin duda el encargado, de vuelta de su pausa para el té.
Se levantó y cruzó hacia la puerta. Julian entró y la cerró, dejando fuera la luz y el sonido. La arrinconó contra la pared.
—Hola, ratoncita —le dijo, y la besó con urgencia en la boca. Le sabía a café recalentado—. ¿Por qué me haces perseguirte?
Alice lo apartó.
—Este juego es una tontería —dijo él. Ella sintió cómo una de sus manos calientes le aprisionaba ambas muñecas—. Pero funciona.
Le levantó los brazos cruzados por encima de la cabeza y se los empotró contra la pared como si la esposara. Se le pegó encima.
—Suéltame —logró decir ella.
Luchó por liberar los brazos. Él usó la otra mano para colarse bajo el jersey, abrirse la cremallera y bajarle los vaqueros hasta las caderas.
Empezó a tocarla de forma brusca, con las uñas afiladas.
Alice se encogió de asco y rabia. Él volvió a besarla, con más fuerza, y ella le mordió el labio.
Notó el sabor de la sangre. Julian, descolocado, la soltó, y ella le dio una patada en la espinilla.
—¡ QUE ME SUELTES, JODER !
Se subió los pantalones e intentó marcharse. Él la agarró del brazo y la arrastró hacia él. Se pasó la lengua por el labio ensangrentado.
—¿A qué estás jugando, zorrita? —La furia le teñía la voz—. ¿Me mandas ese mensaje de mierda y luego me atacas? ¿Es esta tu versión de hacerte la difícil?
—Lo digo en serio. Esto no es un juego.
Alice sacudía el brazo para zafarse. Él la tiró de nuevo hacia sí. Notó cómo el hombro le gritaba de dolor.
—Ya tienes otra polla que chupar, ¿eh? —La soltó—. Muy bien, vete. Te conozco. No durarás mucho.
Alice escapó de aquel agujero negro y salió a trompicones, parpadeando, hacia el pasillo principal del sótano.
Eran y media, y no había nadie. La tiendecita del campus estaba justo enfrente, y podía ver a unos cuantos estudiantes dentro.
Entró por la puerta automática y se quedó junto a la cortina de aire frío, forzando la respiración.
Miraba la puerta mientras fingía examinar las bebidas deportivas y los sándwiches triangulares, hasta que vio a Julian salir del laboratorio y subir las escaleras.
Se quedó en la tienda sin saber cuánto tiempo.
Sujetaba una botella de Lucozade, agradecida por la solidez de su superficie fría.
Luego la dejó en su sitio y echó a correr todo lo deprisa que pudo hacia el edificio de francés.