El ciclo de vida del pulpo común Treinta #2
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Treinta #2

Resultó que Sylvia también estaba en el búnker terminando un trabajo a toda prisa.

Coincidieron en el descanso para salir a fumar delante del edificio, hicieron algo de charla intrascendente…

y hubo, según Jo, una especie de corriente entre ellas.

No supo decir si se debía al recuerdo de lo que había pasado años atrás entre ambas o si era otra cosa.

En la segunda pausa, esta vez ya planeada, Sylvia encontró un rincón tranquilo para sentarse.

Solo estaban ellas, y casi era medianoche.

Se apoyaron contra el frío hormigón, y Jo sintió cómo Sylvia acercaba la mano a la suya.

Durante un rato, estuvieron así, apenas rozándose con la punta de los dedos.

En el tercer descanso volvieron al mismo sitio, y entonces Sylvia apoyó la cabeza en su hombro. Fue como una forma de admitir, dijo Jo, todo lo que habían vivido. Cuando por fin imprimieron los trabajos, hacia las tres de la mañana, caminaron juntas hasta Pollock Halls.

Al pasar por Chapel Street, amparadas por la oscuridad, Jo le tomó la mano.

Fueron caminando así unas cuantas calles, hasta que Sylvia la arrastró bajo un arco de piedra en Buccleuch Street y la besó.

Jo se quedó atónita y un poco asustada por lo que podía pasar, pero también eufórica.

Se estuvieron besando un buen rato. Cuando por fin llegaron a Chancellors Court, la residencia de Sylvia, una hora después, se despidieron con un beso casto en la mejilla.

Jo no pudo dormir aquella noche. Desde entonces, dijo, estaban viéndose «con discreción».

Sylvia no estaba preparada para contárselo a nadie, y Jo respetaba su deseo de mantenerlo entre ellas.

—Las dos les dijimos a nuestros padres que teníamos que volver pronto para estudiar —añadió Jo, sonriendo.

Alice no encontraba palabras. Solo pudo abrazarla.

—Bien —dijo Jo al fin—. Hora de fingir que esta conversación nunca ha existido.

Abajo, en el bar principal, se toparon con Fergus y Hugo, que bebían pintas en una mesa grande junto a la chimenea. Hugo se levantó, apartó la silla de al lado y le hizo un gesto a Fergus para que se moviese y Alice pudiera sentarse a su lado. Ella se quedó de pie.

—Estás estupenda, Alice. ¿Dónde está tu mitad más pequeña y traviesa? —preguntó Hugo, acercándose para besarla en la mejilla.

Alice dio un paso atrás, y él se tambaleó hacia delante.

—Todavía no ha llegado, por si te apetece seguir echando mierda —soltó, con voz gélida—. He oído unas historias la mar de creativas sobre la noche del baile. Fergus, ¿quieres contarme tú lo que pasó de verdad?

Alice, a quien Pen no le había contado todo, no tenía ni idea del efecto que sus palabras tendrían en Fergus. Unas manchas rojizas empezaron a treparle por el cuello.

—Te lo contaré cuando seas mayor —dijo él.

—Lo espero con ansia —replicó Alice, y se marchó.

Jo fue tras ella.

El cielo ya estaba oscureciendo cuando cruzaron el patio y entraron por la puerta giratoria de Lee House.

Alice, eufórica por la confesión de Jo, por las ganas de ver a su mejor amiga y por la falta de sueño, subió los escalones de dos en dos con la bolsa de papel que contenía la cena de Pen y una botella del mejor vino de cinco libras del supermercado del JMC .

Las noticias sobre las supuestas hazañas de Pen habían llegado ya a sus vecinos: alguien había modificado su cartelito con rotulador negro. Ahora se leía: Pene Winters, con un dibujito muy revelador.

—¿Pene? ¡Oh Pene! ¿Estás ahí dentro? —gritaron, dando golpes en la puerta.

Pen la abrió y, en un gesto espontáneo y nada habitual en ella, las abrazó.

—Qué alegría veros —murmuró contra el pelo de Alice. Las hizo pasar—. Por lo visto, soy Lady Chatterley.

Cuando volvió y se encontró con el cartel pintarrajeado, Pen sintió un cosquilleo efervescente y punzante en la boca del estómago.

Comprendió de golpe hasta qué punto no tenía control sobre lo que la gente pensaba de ella.

Fue una revelación liberadora. ¿Por qué, si no dependía de ella, había pasado dieciocho años obedeciendo unas normas tan asfixiantes?

—Encantada de conocerte, Lady Chatterley. Yo soy Orlando —dijo Jo, haciendo una reverencia.

—¡Qué divertido! ¿Y yo quién soy? —preguntó Alice.

—Lydia Bennet —respondió Jo.

Alice le lanzó un cojín de la cama.

—Mmm. Gracias por esto —dijo Pen, abriendo el fish and chips y llevándose una patata a la boca.

—Espero que hayáis tenido unas vacaciones espléndidas y una travesía suave y todo eso, pero ¿me podéis contar ya qué ha pasado con Ferg? —preguntó Jo mientras descorchaba el vino—. Porque él no suelta prenda.

—Creo que ha descubierto que soy mejor en teoría que en la práctica —respondió Pen con cautela.

—Lo dudo muchísimo —replicó Jo—. ¿Y es verdad lo de Sasha?

Pen la miró.

—¿Qué pasa con Sasha?

—Pues que os pasáis el día chateando y que probablemente habréis hecho un montón de cibersexo —dijo Jo, bebiendo un trago de vino.

Una punzada de culpa le atravesó el pecho a Pen.

Bajó la mirada, avergonzada. Notaba que Jo intentaba quitarle hierro al asunto, hablar como amiga suya, no solo como hermana de Fergus, que se había abierto a ella como no solía hacerlo con nadie.

Pen lo sabía, lo había fomentado, y luego había pagado esa confianza retomando su antiguo enamoramiento por Sasha sin pensarlo dos veces.

Si ahora Fergus se parapetaba de nuevo tras su personaje, si había contribuido a difundir rumores y chascarrillos sobre ella, Pen no podía culparlo del todo.

Se le subieron los colores.

—Hemos estado hablando. Pero solo hablando —dijo.

Estuvo a punto de añadir «por ahora», pero se contuvo.

Alice notó con un pinchazo que Pen no la había mirado ni una sola vez durante toda la conversación. Se sentó en el escritorio, abrió la ventana y encendió un cigarro. Observaba a su amiga, como esperando que dijera algo más. Pero fue Jo quien volvió a hablar:

—Los pretendientes se te acumulan, Penelope. Será mejor que empieces a tejer y destejer un sudario, o se te acabarán comiendo la carne y bebiendo el vino.

—Vale, Orlando, se acabó el vino para ti —dijo Alice, quitándole la botella.

—¡Algo huele a podrido en Ítaca! —musitó Jo, dejándose caer en la cama de Pen.

—Llevamos bebiendo desde la comida —se disculpó Alice, observando a Pen con atención.

Seguía colorada por lo de Sasha, y por algún motivo le brillaban los ojos. Emoción, quizá, o esperanza.

Alice se fijó en que la maleta seguía en un rincón.

—No la has deshecho —dijo, medio en broma.

—¿Y tú?

Pen sonrió. Las dos sabían que era Pen quien solía deshacer la maleta nada más llegar, colocando todo en su sitio como quien recompone el orden del mundo, mientras que Alice solía dejarla semanas cerrada, hasta que necesitaba algo y tenía que volcar su contenido arrugado en el suelo.

Tenían mucho de qué hablar, pero ese no era el momento. Todas necesitaban dormir.

Cuando Alice cruzó de vuelta a su edificio, el aire estaba húmedo y frío, pero el cielo seguía sorprendentemente despejado, y los edificios de Pollock Halls brillaban bajo la luz de la luna llena.

Se dejó caer en el amasijo de sábanas de su cama y se sumió en un sueño profundo.

Soñó que estaba en México con Pen. Habían reservado una de esas excursiones en las que te hacen una foto nadando con delfines.

Pero, al sumergirse en el agua, Alice se daba cuenta de que no eran delfines, sino tiburones.

Pen salía nadando a toda velocidad —siempre se le había dado bien nadar—, pero Alice notaba que le pesaban las piernas y se le deshacían como arena mojada.

Por más brazadas que diera, no conseguía avanzar.

Veía a Pen girarse para mirarla por encima del hombro.

El escozor de la sal le subió por la nariz y se despertó sin aliento.