El ciclo de vida del pulpo común Treinta
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Treinta

Treinta

A lice volvió a Edimburgo un domingo por la mañana con una luz deslumbrante.

Se metió bajo la ducha, que espurreaba agua tibia, y se vistió toda de blanco para resaltar el bronceado.

Jo la esperaba frente a Baird House poco antes de la hora de comer.

Caminaron por Holyrood Park Road hasta llegar a un arco de piedra que marcaba la entrada al pueblo medieval de Duddingston.

Al otro lado se alzaba una posada del siglo XIV que se decía era el pub más antiguo de Escocia.

Alice llevaba queriendo ir desde que Charlie le había hablado de él, pero durante el primer trimestre no había encontrado el momento.

Ahora estaba decidida a hacer ese tipo de planes sanos, típicos de primer curso.

Subiría a Arthur’s Seat, visitaría la Dean Gallery, tomaría apuntes detallados en clase y escribiría trabajos sólidos.

Saldría de los ensayos de Arcadia con Neville pegado a ella.

Cuando llegara marzo, lo haría tan rematadamente bien como Thomasina que los cazatalentos del Festival de Fringe se la rifarían para que actuara en sus montajes.

Y, por encima de todo, no volvería a quedarse a solas con Julian. Nunca.

Unos días antes del final de las vacaciones, Alice estaba tirada en la cama del hotel que compartía con su hermano mientras él se daba la ducha más larga del mundo.

Tenía el portátil abierto y estaba mirando fotos en las que habían etiquetado a Julian en Facebook, cuando se topó con una que le hizo cerrar el ordenador de golpe.

Nunca había visto una foto de Emily Sachs, ni se había permitido indagar mucho sobre su aspecto.

Resultó ser bajita y risueña, de mofletes redondos…

y una barriga igual de redonda. En la foto, Julian posaba a su lado, rodeándole los hombros con un brazo protector, ambos de pie bajo una pancarta cursi que decía: ¡Es una niña!

A Alice la invadió una repulsión violenta. Sabía que estaba casado, pero no que esperaba un bebé. La idea le revolvió el estómago. Golpeó la puerta del baño hasta que Eli la abrió, envuelta en una toalla, y ella se abalanzó sobre el váter.

—¿Estás de resaca o embarazada? —le preguntó él al salir, tapándose la nariz—. ¿O las dos cosas?

Poco después, incapaz de aguantarse más, y sin querer llamar por teléfono por si estaba con su mujer embarazada, Alice le escribió un mensaje. Era corto, pero claro: Se acabó. Creo que sabes por qué. Lo envió.

Las respuestas no tardaron en llegar, llenándole el buzón de voz y la bandeja de entrada: primero, pidiéndole explicaciones, y luego, al no obtener respuesta, una avalancha furiosa de reproches. Escuchó algunos, pero enseguida empezó a borrarlos en cuanto entraban. Al final, apagó el móvil.

El pub era una sucesión de habitaciones conectadas, todas cálidas y acogedoras con sus chimeneas encendidas.

Había estanterías llenas de libros y juegos, y junto a la barra en forma de U colgaban los periódicos del domingo sobre unas varas de madera.

Alice y Jo pidieron una pinta de sidra cada una.

Se las tomaron en la barra mientras esperaban mesa en el comedor de arriba.

Alice solo había dormido una o dos horas en el avión, pero no tenía sueño.

Durante el camino, Jo —que estaba radiante y claramente ocultaba algún secreto— le había contado cómo su padre había decidido enseñarle a Fergus a jugar al rugby durante las vacaciones.

—Pobre Ferg, es más de sangrar que de pelear —concluyó, incapaz de ocultar la alegría en su voz.

—Qué pena que Pen se pierda nuestro almuerzo de bienvenida —comentó ahora Jo.

—Le gusta reservar vuelos con los puntos que ha acumulado y hacer todas las escalas posibles, para recordarse a sí misma que es una ciudadana de a pie —dijo Alice—. Pero debería llegar sobre las cinco. Podemos llevarle la cena como compensación.

—¿Y qué es eso tan importante que me tienes que contar? Ha sido muy feo por tu parte ponerme los dientes largos, y encima vuelves toda morena. ¿Te vas a fugar a Guadalajara? ¿Puedo ir? Soy muy apañada con las tareas de la casa.

—Lo siento. Pero no quería explicarlo por correo. No, no me caso. Más bien al contrario —dijo Alice.

—¿Te divorcias?

—No, idiota. Pero tengo que quitarme a alguien de encima.

—¿Quitar, quitar? Qué siniestro.

—Solo un quitar. Por favor, deja de poner esa cara. Estoy intentando decirte algo en serio.

Jo abandonó el tono burlón.

—¿Julian?

Alice se sorprendió.

—¿Cómo lo sabías?

—No es que haya que llamar a Miss Marple.

Todo el seminario sabe que está obsesionado contigo.

Y hace tiempo que es evidente que tú tienes…

sentimientos recíprocos. A veces parecía que todos éramos figurantes en una peli porno.

Algunos montamos un concurso para ver quién proponía el mejor nombre.

Yo sugerí Alma María, que sigo pensando que es bastante bueno.

—Qué asco —dijo Alice—. ¿Pen lo sabe?

—Claro que lo sabe. Me dijo que no me metiera.

Que si lo tenías en secreto era porque no querías que te diéramos nuestra opinión, y desde luego no la suya, lo cual entiendo, porque tiene su punto puritano.

O lo tenía, debería decir… En fin, dijo que confiaba en que supieras lo eme hacías.

Yo quería preguntarte al menos, porque ese tío me da muy mal rollo, con ese aire de Gollum que tiene.

Pero me dijo que no. Que habíais hecho una especie de pacto para no meteros en los asuntos de la otra. Qué cuquis.

Alice se había olvidado de la promesa que se habían hecho casi un año atrás. La enterneció la confianza de Pen.

—¿Qué quieres decir con que tenía un punto puritano? —preguntó—. ¿Qué te ha contado Fergus?

—No confirma ni desmiente lo que se está diciendo por ahí. Pero estuvo de morros toda la Navidad, cuando no lo estaban aporreando con un balón de rugby . Ya sé que se hace el duro, pero Fergus tiene su corazoncito.

—¿Y qué es lo que se está diciendo por ahí?

—Oh, nada importante. Nada tan importante como tu berenjenal metatextual, en cualquier caso. ¿Cómo piensas librarte de tu Septimus?

—Jo. ¿Qué están diciendo de Pen?

—Te ahorro los detalles, pero el resumen es que, debajo de su velo de modestia, nuestra querida Prudente Penelope es una bomba sexual descocada.

Circulan historias sobre la noche del baile, por supuesto, incluso Hugo va diciendo que entró y los encontró en pleno ritual fetichista.

Charlie ha intentado poner orden, pero Hugo no para de reírse y soltar que el sexo es precioso, que no hay nada de lo que avergonzarse.

Algunos del grupo dicen que Pen lleva meses intentando camelárselos, desnudándolos con miraditas desde el otro lado de la biblioteca y cosas así.

Y al parecer, Sasha Lennox ha vuelto al ruedo.

Nos cruzamos con su compañero de piso, Chet, en una fiesta de Año Nuevo.

Le dijo a Ferg que Pen y Sasha no paran de escribirse.

Ferg no quiere hablar del tema, pero se le nota que está hecho polvo.

Alice se enfureció. No con Jo, que era demasiado leal a su hermano como para ver con claridad, sino con los imbéciles que estaban esparciendo rumores falsos sobre Pen.

—¿Miraditas? ¿Ritual fetichista? ¿Pero quién coño se creen que son? Seguro que se cruzaron en su campo de visión mientras pensaba en Zola. ¿Por qué todo el mundo asume que todo gira en torno al sexo? —Alice se estaba viniendo arriba.

—¿No suele ser así?

—No para Pen.

Jo se lo pensó.

—Pero sé a qué mirada se refieren. Es verdad que a veces te atraviesa con los ojos, ¿o no?

—¡Esa es su cara de prestar atención! —Alice estaba alzando la voz y empezaba a llamar la atención—. Me mira así todo el tiempo, y te aseguro que no intenta seducirme. Jo, Pen no es ninguna «bomba sexual descocada». No se acostó con Fergus ni con nadie. Te lo puedo decir con absoluta certeza.

—¿Qué?

—Eso.

—¿Es…?

—Sí.

—¿Por qué?

—Ni puta idea, pero lo es. Así que, por favor, diles a todos esos pijos de pantis rosas que se vayan a la mierda y dejen de inventarse historias.

Alice volvió a alzar la voz. Respiró hondo.

—Pantalones —corrigió Jo.

—Vale.

—Porque pantis son…

—¡QUE SÍ! ¡Calzoncillos! ¡Lo sé! ¡POR DIOS!

Jo le tomó la mano y la cubrió con la suya.

—¿También te pondrías así para defender mi honor?

—Sí, claro que sí.

Alice empezaba a calmarse. El camarero se acercó a decirles que su mesa ya estaba lista. Lo siguieron escaleras arriba y pidieron enseguida. Cuando llegó el entrante para compartir, Alice intentó cambiar de tema.

—¿Y tú? ¿Has conocido a alguien en las vacaciones?

Jo soltó una risita rara.

—¿Yo? Mi único ritual fetichista fue sentarme junto al fuego a jugar al solitario y comer galletas —dijo, sirviéndose salmón ahumado y evitando su mirada—. ¿Podemos hablar ya de tu escandaloso romance con nuestro profesor de filosofía?

Alice la miró.

—Josephine Scarlett Moore. En realidad, no sé tu segundo nombre, lo cual es un poco fuerte. Pero yo te he contado mi secreto, y luego el de Pen. Legalmente, ahora te toca a ti.

—Henrietta.

—Vaya mierda de segundo nombre.

—Ya lo sé.

—Pero no era eso lo que quería saber.

—Ya lo sé.

Alice pidió otra ronda y esperó.

—¿Te acuerdas de que te dije que Sylvia Clarke está aquí? —empezó Jo, con una sonrisa que no lograba contener al decir el nombre.

Alice asintió.

—¿Y te acuerdas de que tuve que entregar un trabajo y me pasé la noche en el búnker en lugar de venir a tu fiestecilla de Acción de Gracias canadiense?

Alice se acordaba. Ella y Pen habían intentado organizar una cena sencilla de Acción de Gracias, pero nadie había podido, así que se comieron unos sándwiches de pavo en la habitación de Alice y compartieron una botella de zumo de arándanos Ocean Spray .

—Menos mal que soy una procrastinadora de manual —continuó Jo.