El ciclo de vida del pulpo común Veintinueve
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Veintinueve

Veintinueve

L a siguiente vez que Pen encendió el móvil fue en Nochebuena.

Era última hora de la tarde, y ya había oscurecido.

Estaba sentada en el suelo de su habitación, rodeada de rollos de cinta y montones de papel de seda reciclado, viendo por encima una peli navideña de las de siempre mientras envolvía regalos.

Tenía un plato de galletas de mantequilla hechas por su madre al lado, y una taza de Earl Grey con leche bien caliente entre las manos.

Tendría que vestirse pronto para ir a la misma fiesta de todos los años, una a la que siempre le hacía ilusión ir, con el grupo de amigas de su madre que conocía desde que tenía uso de razón. Pero por ahora estaba sola.

La semana anterior había sido un maratón de recados festivos y visitas.

Pen había pasado dos tardes en el nuevo piso de su padre, en la planta cuarenta de un edificio del centro, contemplando por la pared de cristal a los miles de peatones que se apresuraban por las aceras y a las hileras de coches atrapados en el tráfico, brillando en rojo y blanco allá abajo.

Era su primer hogar de verdad desde el divorcio.

Al principio, cuando sus padres se separaron, Ted se había instalado temporalmente en casa de su madre.

Ella se lo pidió, y él, hasta donde Pen sabía, nunca le falló.

Cuando Pen tenía quince años, Tilda fue trasladada a una residencia de lujo.

Ted alquiló entonces un apartamento temporal cerca de allí.

Era práctico, decía. Viajaba demasiado como para vivir en un sitio con entrada para un coche que hubiera que limpiar con una pala de nieve.

El bloque de apartamentos reluciente al que acababa de mudarse no tenía nada que ver con la casa en la que habían vivido juntos.

A diferencia de su madre, su padre no se había llevado casi nada de su antiguo hogar, solo libros; ninguna de las obras de arte ni muebles le resultaban familiares.

¿Había sido siempre ese su gusto?, se preguntó.

El hombre que tenía delante abriendo cajas de comida tailandesa le parecía tan inaccesible como las figuritas diminutas que caminaban allá abajo por la acera en busca de regalos de última hora.

Había intentado llegar a él. Le hizo preguntas directas.

Preguntas sobre los abortos, que él esquivó con mucha maña y apenas un leve temblor en la mandíbula que lo delataba.

«Sí, fue una época difícil para tu madre».

Preguntas sobre Christina —«Una amiga», insistió, divertido.

«Nunca fue más que eso»—, y sobre si habían seguido en contacto todo este tiempo —«¡Claro que no!

»—. Sus últimas preguntas de la noche fueron sobre Lennox y sobre su segundo nombre, y a esas pareció responder con un poco más de sinceridad, o eso quiso pensar Pen.

—Todavía lo echo de menos —dijo, con aire cansado—. Fue mi mejor amigo durante muchos años. El mejor que he tenido.

Aquello reforzó su última teoría y dio un nuevo matiz al homenaje que representaba su nombre.

—Tu madre y yo ya habíamos acordado ese nombre años antes, cuando parecía que íbamos a tener un niño. Y luego, cuando naciste tú, no sé… nos sonó bien. Y lo sigue haciendo.

No fue hasta que entró en el baño y vio la pila de toallitas bordadas junto a un frasco decorativo con varillas aromáticas que hacían que todo oliera a grandes almacenes, que Pen se dio cuenta de que Ted probablemente no vivía solo en su torre de marfil.

Abrió el armario sobre el lavabo. Dentro encontró tres barras de labios, todas en variantes de un rosa anaranjado bastante chillón.

No volvió a hacerle más preguntas comprometidas.

Le alegraba que no estuviera solo. Por una vez, no quería saber más. O no por lo pronto.

Ahora que tenía un momento para sí, su mente volvió enseguida a la casa de los Lennox.

Estar tan lejos, y haberlos liberado del relato de sus padres, había desbloqueado esa parte de ella que seguía anclada en Sasha.

Durante el torbellino de visitas y cenas navideñas, mientras sonreía hasta que le dolían las mejillas y hablaba de lo preciosa que era la arquitectura de Edimburgo, incluso bajo un cielo eternamente gris, una parte de su cabeza había estado imaginando qué estaría haciendo Sasha.

Ahora serían las nueve allí, pensó. Estarían cenando.

George estaría con Danny —si seguía despierto—, y Freddie, y el padre de Danny, Rosh, y probablemente también la escurridiza Margot.

Christina estaría cocinando un banquete elaborado, un ganso, quizá, o venado cazado por sus sanguinarios vecinos.

La verdad era que los echaba de menos. Y no le habían hecho nada.

Se habían portado con ella con una generosidad inmensa.

Desde su posición actual, rodeada de las comodidades del hogar, resultaba absurdo haberlos descartado simplemente por saber ignorar con elegancia tanto el mal tiempo como los temas incómodos.

Al fin y al cabo, eran británicos. Una desconocida había aparecido en medio de una crisis familiar y se había puesto a «husmear», como Freddie había diagnosticado con precisión; ¿cómo era posible que se hubiese visto a sí misma como la parte agraviada?

Pen empezaba a comprender lo poco que sabía.

Sus padres, Christina y Lennox le sacaban décadas; cada uno había soportado pérdidas que ella ni siquiera podía imaginar.

¿Qué hacía buscando razones para sentirse ofendida con ellos?

Y en cuanto a Sasha… ¿de verdad esperaba que se quedara en casa cada noche de su último curso de carrera suspirando por una estudiante de primero?

Qué tontería. No importaba si él sentía lo mismo que ella.

Lo que importaba era que él —y solo él— había despertado en ella una sensación poderosa y nueva que ya no quería ignorar.

¿No merecía la pena seguir hablando con él, aunque eso supusiera llevarse otro chasco?

¿No era precisamente para eso esta etapa de su vida, para cometer errores y aprender, para crecer?

Pulsó el botón de encendido del móvil hasta que la pantalla se iluminó.

El primer mensaje era de Alice, enviado el día anterior: Hola guapa, estoy borracha en la playa. Cómo estás? Te echo de menos.

El siguiente nombre le aceleró el corazón.

GEORGE LENNOX (1/2) : ¡Feliz Navidad! Espero que estés bien. Danny te envía besos. Ven a vernos pronto. Bss.

Venía acompañado de una foto borrosa de Danny en un esmoquin. Estaba sonriendo sobre el regazo de alguien, y se distinguía un charquito de babas en la barbilla. Pen tardó en cerrar la imagen. Solo había abierto tres mensajes; le quedaban cuatro.

FERGUS S-M : ¡Felices fiestas! S.Y. Espero que haya ido bien la pesca en hielo de hoy. Bs.

Sonrió y siguió bajando. El mensaje que encontró a continuación hizo que el corazón se le saliera del pecho.

+44 7895 733485 (1/2 ): Nunca estás conectada, así que le he pedido a George tu número. Supongo que o bien a) has perdido el ordenador, o bien b) has perecido por...

(2/2) : los picotazos de una alondra francesa con sed de venganza, o c) enamorada hasta las trancas de tu novio no tan majo y te has olvidado de nosotros. Como regalo de Navidad, dime cuál.

Lo leyó varias veces. Luego recordó que quedaba uno más.

CHET (Polvazo) : Feliz Navidad!! Ya es 25 en Delhi. No está tan mal, no te preocupes. Bss.

Soltó una carcajada. Se había olvidado de que Chet había tecleado su número en su móvil aquella primera noche en Talmòrach.

Respondió a Alice, luego a George, luego a Fergus, y después a Chet.

Se vistió para la fiesta. Ahora serían casi las diez allí.

Quizá estuvieran en el salón, frente a la chimenea, abriendo regalos, con una botella especial abierta sobre alguna de las mesas abarrotadas de libros.

Lennox estaría tomándose su whisky . Pen leyó una vez más el mensaje de Sasha y pulsó responder.

d) ninguna de las anteriores. Espero que Papá Noel te haya puesto en su lista de buenos por error.

Recogió las cosas de envolver y las dejó ordenadas en un rincón para acabar después de la fiesta. Fue al armario a buscar un bolso y unos zapatos. Al salir, el móvil estaba encendido.

SASHA LENNOX : Me da que sí, porque acabo de abrir el único regalo que había pedido. Feliz Navidad, Pen. Echo de menos tu mente retorcida. Bs.

Se sentó en la cama, dejando que la invadiera una oleada de felicidad. Bajó flotando por las escaleras, envuelta en una nube embriagadora de esperanza.

Anna ignoró las protestas de Pen y le metió una tableta de chocolate negro en el bolsillo exterior del equipaje de mano.

—Ya sé que dices que te gusta la comida del avión, lo que me parece un exceso de amabilidad… pero encontrarte algo bueno a mitad de la noche no te va a matar.

Examinó la maleta negra, sobria y ligera, con el llavero de una carita sonriente, buscando un hueco donde colocar su última ofrenda.

El ascetismo de su hija seguía asombrándola.

El humor de Pen había cambiado en Nochebuena.

Fuera lo que fuera lo que le había estado atormentando los primeros días, se le había pasado justo antes de la fiesta.

Anna podía ver que su hija estaba enamorada, pero tuvo la delicadeza de no preguntar de quién.

Al parecer, era alguien de Edimburgo; no podía subirse al avión lo bastante pronto. Anna se alegraba. Era lo normal.

—¿De verdad es esto todo lo que llevas? Estás hecha toda una franciscana. ¿Te cabe una cosita más?

—Mamá, tus galletas son las mejores, pero no creo que pueda con otra…

—No es eso —la interrumpió Anna, entregándole un cuaderno de tapa dura con cierre elástico—.

Sé que mi relato de la otra mañana fue un poco flojo.

Hace mucho que no pienso en aquellos días, en parte porque no me apetece.

Este es mi diario de entonces. Ya no consigo conectar del todo con la persona que era a tu edad.

Si queda algo de ella en algún sitio, está aquí.

Probablemente la parte más narcisista. No lo he vuelto a leer, aviso.

Pen metió el diario en el bolso, agradecida de tenerlo y sabiendo que no lo iba a leer en mucho tiempo.

Ya comprendía lo suficiente de lo que había salido mal entre sus padres como para dejar de hurgar.

Podía respetar lo que quedaba de su intimidad.

Algunas cosas, estaba aprendiendo, no son asunto de una hija.

Su segundo nombre ya no era un enigma por resolver.

Se llamaba así por el fantasma de un hermano que nunca llegó a nacer, y él, a su vez, llevaba el nombre del fantasma de una amistad.

Muchos nacemos con la muerte ya sobre los hombros; no es excusa para quedarse anclado en el pasado.

Ahora que hablaba otra vez con Sasha, Pen se sentía cada vez más interesada en el presente, y en el futuro.

Por muchas ganas que tuviera de volver a Edimburgo —de estar de nuevo en el mismo país que él—, odiaba despedirse de su madre.

—¿Vas a estar bien? —le preguntó por enésima vez.

Le parecía poco sincero seguir preguntándolo, cuando no podía hacer gran cosa si la respuesta era no —¿renunciar al trimestre?—, pero las palabras le seguían saliendo solas.

—La que tendría que preguntarte eso soy yo —respondió Anna, riendo—. Claro que sí. Y son solo unos meses. Se pasarán volando. Hablando de volar… —Miró su reloj—. Creo que oigo el coche de tu padre.

Pen abrazó y besó a su madre una vez más.

—Pórtate bien —dijo Anna—. O mejor: no. Ya eres demasiado buena. A ver si consigues portarte mal por una vez.

Pen se rio para disimular las lágrimas y se dio la vuelta para irse. Abrió la puerta y pegó un respingo. Su padre estaba de pie en el umbral. Miró hacia su madre para ver si le hacía alguna señal, pero Anna ya se había acercado a la puerta.

—Hola, Ted —saludó, con una sonrisa extraña en los labios.

—Hola, Anna —respondió su padre, con una cortesía de esas que parecen informales, como unos vaqueros planchados.

Pen se quedó impresionada por el esfuerzo. Y, desde luego, la ayudó a despedirse: tenía unas ganas enormes de que aquella escena acabara ya.

—¡VALE, ADIÓS! —dijo, demasiado alto, metiéndose en el asiento del copiloto, que ya estaba caliente.

—¿Y eso? —preguntó a su padre, cuando ya se había sentado al volante.

—¿El qué? —exclamó él, como si no hubiera pasado nada raro ni fuera de lugar—. Tu madre y yo vivimos en la misma ciudad, ¿sabes? Nos cruzamos. Muy cordial todo.

—Muy cordial —repitió Pen.