Veintiocho #2
—Te he dejado unos libros en la mesilla de noche que creo que te van a gustar —dijo Anna cuando subió a darle las buenas noches—. Duerme todo lo que puedas.
Pen se despertó completamente renovada. El reloj de la mesilla marcaba las seis y media. Se incorporó contra las almohadas, agarró el montón de libros y se lo colocó sobre el regazo. Miró las portadas y eligió una edición de Gallimard con un título extraño.
Al cabo de dos horas, la despertó el olor a tostadas francesas.
Cerró el libro dejando el dedo entre las páginas y se quedó escuchando el chisporroteo del pan en la sartén.
Bajó aún en pijama, llevándose el libro con ella.
Era domingo. No tenía que estar en ningún sitio hasta la cena, cuando su padre la esperaba.
No tenía otro plan que pasarse la mañana leyendo, o el día entero.
—¿Has dormido bien? —preguntó Anna, dándose la vuelta desde los fogones con la espátula en la mano para darle un beso.
La cafetera estaba llena. Pen encontró su taza tamaño bol en el armario de siempre. Olive dormía panza arriba en su cama, al lado de la mesa de la cocina, roncando con las patas en alto.
—Como un tronco. Gracias por las flores —dijo Pen—. Y por los libros. He empezado el del puercoespín elegante.
—¿El qué?
Su madre se fijó en el libro que Pen había dejado en la encimera.
—Ah. El erizo, cariño.
—Eso, el erizo.
Pen bebió café y puso la mesa. Se sentaron en sus sitios de siempre.
Notaba cómo la tensión crecía en el cuerpo de su madre.
Pensó que debía de ser porque aquella noche iba a cenar en casa de su padre.
Ambos trataban de disimular delante de ella las heridas abiertas que aún tenían, pero podía percibir el esfuerzo que les suponía.
Estaba casi segura de que era aún peor cuando ella estaba delante, como un recordatorio del otro.
Se concentró en su desayuno y bloqueó una parte de la mente para amortiguar el impacto de lo que fuera que estuviera sintiendo su madre.
Inundó el plato de sirope de arce oscuro y espeso.
Era el mismo bote que había en la nevera cuando se marchó.
Claro que sí. Su madre no se había bebido medio litro de sirope en cuatro meses.
Se le apareció una imagen absurda de Anna bebiéndoselo a morro.
Sonrió. Probablemente eso era lo que Fergus pensaba que ella estaba haciendo en sus vacaciones.
Debería mandarle un mensaje al subir. Esperaba que no se sintiera avergonzado por lo que había pasado —o no pasado— entre ellos.
Sabía que haría cualquier cosa por no parecer afectado, pero también sabía que era más sensible de lo que nunca dejaría ver.
¿Acaso había intentado forzarse a sentir algo por él, en parte para mitigar el golpe del rechazo de Sasha?
La pregunta la desasosegó, porque sabía que sí.
—Siento haber sido tan esquiva ayer con el tema de los Lennox —se excusó Anna.
Pen levantó la mirada. A veces tenía la sensación de que su madre podía leerle el pensamiento, y no iba desencaminada.
—Oír ese nombre me llevó de vuelta a una época difícil. No estaba preparada para volver allí.
—No tienes por qué hacerlo ahora —dijo Pen.
Por la cara que puso su madre, no tenía nada claro que quisiera oír lo que fuera que se avecinaba. Lo único que deseaba era volver al mundo seguro de su novela.
Anna observó a su hija. Sí, su rostro había perdido parte de aquella dulzura de cuando era una niña.
Se la veía más afilada, incluso con ese pijama ridículo.
También había cambiado levemente la inflexión de su voz.
No había rastro de su acento, pero ahora enfatizaba otras palabras.
A Anna le molestaba recordar cómo Ted se había aferrado a aquellos giros adquiridos, al vocabulario que había aprendido, incluso después de llevar años de vuelta.
Como si temiera que, si su voz se volvía plenamente canadiense de nuevo, todo lo que había vivido allí dejaría de tener importancia.
Como si nunca hubiera ocurrido. Pen se le parecía, pensó.
Tenía esa misma capacidad de compartimentar, de sonreír con educación incluso cuando por dentro le dolía algo.
Anna intentó observar aquello sin rencor.
Al fin y al cabo, era ella la que se había casado con él.
Pen notaba que su madre la observaba, que se estaba preguntando cuánto había ya en ella de adulta. Probablemente, lo sabía con exactitud.
—Creo que ya sabes que tu padre me pidió matrimonio el verano antes de irse a Londres a hacer el máster —empezó Anna.
Pen esperó a que siguiera, intentando no sacar conclusiones antes de tiempo.
—Llevábamos poco más de un año juntos. Yo seguía estudiando y él trabajaba en Winter Corp.
El programa en Londres duraba un año. No pensábamos «sentar la cabeza», como se decía entonces, hasta el verano siguiente, cuando volviera.
Yo estaba con el máster, tenía mucho que hacer.
Las llamadas eran muy caras, pero nos escribíamos.
Yo le mandaba cartas larguísimas contándole mis investigaciones, mi trabajo en la biblioteca, mis amigos.
Él me mandaba postales irónicas. No tenía del todo claro que fuera a volver.
Pero volvió. Justo cuando dijo que lo haría.
Ese verano nos casamos. Ahora suena raro.
Pero en aquella época no era tan raro casarse siendo estudiante.
Anna se llevó la taza a los labios. Estaba vacía.
Agarró el vaso de agua. Pen sirvió más café en ambas tazas.
Se preguntó si los padres de acogida de su madre habrían estado en la boda.
Ella solo había visto a Marie-Hélène una vez, de niña, cuando Anna la metió en el coche y emprendieron el largo viaje hasta Longlac por Semana Santa.
Apenas recordaba nada de aquella visita, salvo el olor a cirio de la iglesia, que todavía había más de un palmo de nieve en el suelo, y la mirada de furia abrasadora que le había visto lanzar a Anna en respuesta a algo que Marie-Hélène dijo o hizo.
Siempre había sabido, aunque su madre nunca lo dijera explícitamente, que Gregory había sido mejor.
Gregory había muerto antes de que Pen naciera, pero a su madre se le iluminaba la cara al pronunciar su nombre.
—La primera vez que pasó… —empezó Anna, y luego añadió, apresurándose con la palabra—: la primera vez que tuve un aborto, lo achacamos a nosotros mismos.
Estábamos de luna de miel. Recorríamos el sur de Francia en bicicleta, subiendo y bajando colinas, y yo estaba convencida de que la culpa había sido mía.
Después de eso, decidí tener más cuidado.
Dejamos de intentarlo durante un año. Terminé el máster y me admitieron en un programa de doctorado, y tu padre fue asumiendo cada vez más responsabilidades en Winter Corp, como siempre había sido la intención de su familia.
Se expandió por toda Europa, lo cual a Edward padre, que nunca se libró del recuerdo de la guerra mientras yo lo conocí, le costó mucho encajar.
Pero tu padre siguió adelante: viajando sin parar, conociendo a posibles clientes, comprando maquinaria nueva.
Él y tu abuelo tuvieron una especie de distanciamiento silencioso, pero la empresa iba viento en popa.
Tu abuela estaba encantada, y tu padre parecía en su salsa.
Hizo una pausa para respirar. Pen no la interrumpió.
—Fue estando embarazada por segunda vez cuando murió Gregory. Complicaciones de una operación que ni sabía que iba a hacerse. No haber podido despedirme fue muy duro.
Anna mantenía la voz firme. Pen le acercó la caja de pañuelos que había sobre el escritorio. Su madre sonrió y empezó a retorcer uno entre los dedos.
—Fui a Longlac para el funeral. Era fácil asumir que el segundo aborto tuvo que ver con el impacto de aquella muerte.
Después de eso, mi médico me recomendó eliminar todo tipo de estrés en mi vida, fuera bueno o malo.
Decidí aparcar el doctorado durante un tiempo.
Renuncié a mi trabajo en la biblioteca, que me encantaba.
Dejé de ver a mis amigas. Mi mejor amiga, Renée, se enamoró de un australiano y se fue a Sídney, y las demás se fueron diluyendo en sus propias vidas.
Fue una época muy solitaria. El tercero fue el peor.
Lo llevé hasta la semana veinte, lo suficiente para saber que era un niño.
Habíamos elegido un nombre: Elliot. Después de eso, dejamos de intentarlo por un tiempo.
Anna se detuvo, intentando recomponerse. A Pen le escocían los ojos. No sabía nada de todo aquello.
—Tu abuela no quiso hacerme sentir peor.
Pero en aquella época existía la idea tácita de que, si una mujer no conseguía quedarse embarazada, o peor aún, si no lograba mantenerse así, era porque, en el fondo, no deseaba ser madre.
Yo sabía que Tilda pensaba eso de mí. Sabía que mi infancia no había sido precisamente idílica, que mi madre biológica fue considerada «no apta», como dicen, y que mi relación con Marie-Hélène era complicada.
Supuso, creo, que eso me hacía dudar de si quería tener hijos.
Pero era justo lo contrario. Deseaba tener una familia más que nada en el mundo.
Te anhelaba con todo mi corazón. Entre el éxito de tu padre, que le permitía vestirse, salir al mundo y hacer como si no pasara nada, y mi miseria, de la que no me permitía distracciones, hubo días en los que apenas lográbamos conectar. Toqué fondo.
Pen, que había estado mirando fijamente el charco pegajoso de sirope de arce en su plato, se levantó y pasó los brazos por los hombros de su madre, desde atrás.
—Pero no habíamos tirado la toalla —siguió Anna, hablando más deprisa—.
No del todo. Con el tiempo busqué ayuda de un especialista, cosa a la que tu padre al principio se opuso, pero que por suerte acabó aceptando.
Unos años más tarde, llegó la mayor alegría de mi vida.
Tú fuiste, y sigues siendo, el amor de nuestras vidas.
Pen apoyó la barbilla en el cuello cálido de su madre.
—Lo siento —murmuró.
Anna cerró los ojos y le sostuvo las manos frías, aceptando el abrazo. Entonces se dio cuenta de que no le había contado a Pen cómo encajaban los Lennox en todo aquello. Tenía intención de contarle más cosas, pero ahora le parecía demasiado, todo junto.
—Gracias, cariño. Y perdona por soltarte todo esto así. Tanto tu padre como yo hemos recorrido un largo camino desde entonces. En parte, te pusimos ese nombre para recordarlo. Y en parte porque suena bonito. Penelope Elliot. ¿No te parece?
—Muy bonito —dijo Pen, y abrazó a su madre con fuerza. Luego recogió los platos y se los llevó a la cocina.
Pen tenía muy poca idea de lo que suponía un aborto.
No habría sabido imaginar la cantidad de sangre, los coágulos, el dolor, el duelo.
Pero había visto suficiente en los ojos de su madre para entender que aquel momento en que tocó fondo fue cuando se rompió definitivamente el hilo que unía a sus padres.
Lo que pasó después no fue más que una consecuencia aplazada de aquella crisis; una consecuencia que ella misma, con su infancia, había logrado posponer.
Ahora sabía que siempre fue una representación que habían llevado a cabo no solo para ella, sino también para ellos.
Aquello fue para Pen un baldazo de agua fría.
Su deseo de trazar una gran flecha negra entre el antiguo mejor amigo de su padre y el divorcio de sus padres le pareció ahora desesperadamente infantil.
Podía haber mil motivos por los que los Lennox se hubieran convertido en un tema espinoso.
Quizá Ted se había esforzado más de lo que daba a entender por mantener el contacto, y Elliot había sido quien se desentendió; tal vez su amabilidad con Pen era su forma de disculparse, y Christina simplemente había enviado un correo a Ted diciendo: «Hola, viejo amigo, no sabes a quién nos hemos encontrado».
A lo mejor el rencor que aún se profesaban sus padres era el resultado natural de muchas capas de dolor y de la pena de no haber sabido quererse mejor.
Terminaron de fregar los platos. Arma agarró la correa de Olive.
—¡Arriba, preciosidad! —exclamó, con un tono diferente—. Vamos, que te estoy hablando a ti. —Le hacía cosquillas en la tripa con el dedo gordo del pie.
Olive sonrió dormida, soltó un bufido y entreabrió un ojo.
—¡Sí, tú! ¡Venga, a oler meaditas! ¡Vamos!
Cuando regresaron, con las mejillas rojas por el frío intenso y de mejor humor, Pen subió corriendo a ducharse y deshacer la maleta.
El móvil estaba muerto. Encontró un adaptador en el cajón de los trastos electrónicos al fondo de la mesilla y lo puso a cargar.
Cuando salió de la ducha, la pantalla estaba encendida con varios mensajes.
Los tres primeros eran de Vodafone, dándole la bienvenida a Canadá y avisándola sobre las tarifas de roaming . Siguió bajando.
ALICE: ¡¡HOLA!! ¿QUÉ TAL EN T-DOT??
JO S-M (1/2) : Gracias por tu mensajito. Muy feo por tu parte no haberte despedido en persona, pero estás perdonada.
JO S-M (2/2) : Todo bien y ultraaburrido por aquí. ¿Cambiamos a email para no arruinarnos? Muchos besoooos
FERGUS S-M : Hola PEN güino, pásalo genial en Nievelandia. Intenta no recaer en todas tus costumbres paganas. Bs
Pen comprobó si se había perdido alguno. No. Respondió a todos sus amigos, con una sonrisa en los labios, y luego apagó el móvil y bajó a seguir leyendo.