El ciclo de vida del pulpo común Veintiocho
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Veintiocho

Veintiocho

P en vio a su padre en cuanto salió y sintió un alivio tan intenso que por un momento creyó que iba a tener que sentarse en mitad de la rampa de llegadas.

Estaba leyendo un periódico, doblado con esmero para no molestar la vista de nadie.

Le dio un abrazo cariñoso. Apenas hablaron mientras atravesaban el aparcamiento de corta estancia hacia el coche y salían disparados por la autopista camino de Toronto.

Había muchas cosas que Pen quería contarle, pero ninguna le pareció adecuada.

A la luz del día, sin el alivio que ofrecen la noche, la cena y una copa de vino, Ted tendía a ceñirse a un guion escueto con ella, como si hablara con sus accionistas.

Las noticias eran siempre un terreno seguro.

Ella sacó el tema de Irak —Estados Unidos estaba considerando enviar más tropas, pero la opinión pública era contraria— y se sirvió un caramelo de mantequilla de la guantera.

—Tu madre se alegrará de verte —dijo por fin, al entrar en el camino de entrada.

Cuando llevaba a Pen a casa de alguna amiga, Ted siempre esperaba a que alguien saliera a recibirla antes de marcharse.

Ella se giraba y le saludaba con la mano antes de cruzar el umbral.

Pero, desde que Pen y su madre se habían mudado con la perra a aquella otra casa, Ted había dejado de esperar.

Quizá era porque ya no era una niña. Aunque lo más probable, pensó Pen, era porque no quería mirar lo que había dejado atrás.

Nada más bajarse del coche, él dio marcha atrás en la calle estrecha de sentido único. Hacía frío, pero el asfalto estaba seco; aún no se habían formado los cúmulos de nieve en la acera.

El timbre apenas había empezado a sonar cuando su madre apareció. Tenía buen aspecto. Estaba delgada, pero no en exceso. El pelo oscuro, recogido en un moño. La abrazó y la retuvo un largo rato. Eran de la misma estatura.

Olive asomó su cabeza sedosa entre las rodillas de Anna, casi haciéndola tambalearse, y empezó a jadear con fuerza.

Se quedó entre las dos, atrapada en el abrazo, y el olor de su pelaje se mezcló con el jabón de lavanda de su madre.

Pen sintió como si hubiera nacido prematuramente y hubiera logrado regresar a la seguridad del útero, donde ya no tenía que respirar por sí misma.

La perra daba vueltas en círculos, moviendo el rabo.

—Entra, entra —dijo Anna—. Ay, mi vida, qué alegría tenerte en casa.

Anna se apartó para mirar bien a su hija, como si se le hubiera desprendido una parte de sí misma.

El nuevo corte de pelo le quedaba bien. Tenía la cara más afinada y los ojos verdes más luminosos, penetrantes.

Las ojeras le parecieron más marcadas, pero Anna procuró que no se le notara la inquietud.

Sabía que era normal no pegar ojo siendo estudiante.

Anna Sinclair también lo había sido, y su vida aún giraba en torno a los estudiantes.

Daba clases de francés y literatura comparada en la misma universidad a la que una vez había asistido.

Había llegado con una beca a los diecisiete, desde Longlac, un antiguo pueblo minero a veinte horas en autobús al noroeste de Toronto.

Cuando bajó del autobús, en medio del bullicio del centro de aquella ciudad extraña, el impacto le pareció interplanetario.

Su madre adoptiva, Marie-Hélène, le había advertido que Toronto no ofrecía más que peligros, codicia y fuego infernal; a Anna le pareció un paraíso en Technicolor.

Era muy distinto de aquella casa bajita y lúgubre, de la Église de Saint-Jean-Baptiste, y ella lo absorbió como una planta del desierto bajo una tromba de agua, goterones de novedad que acogía y hacía suyos.

Por eso, al ver a su hija en el umbral, comprendía lo extraño que puede ser volver a casa.

El hogar en el que Anna se había instalado tras dejar a Ted era una esbelta casa victoriana adosada, a pocas manzanas de donde había vivido en su época universitaria.

Era el barrio donde se sentía más ella. Le gustaba oír las voces de los estudiantes por la noche mientras volvían de los bares y restaurantes de Bloor Street, y verlos pasar en bicicleta, lo bastante jóvenes aún como para creerse invencibles.

Le recordaban a la versión de sí misma que había perdido durante un tiempo y que, poco a poco, desde que Pen era pequeña, había vuelto a construir.

Al quitarse las botas y entrar en casa de su madre —no la casa de su infancia, sino un espacio de transición, donde habían empezado de nuevo—, Pen pensó que nunca antes le había parecido tan suya como ahora, cuando en realidad ya no lo era.

Anna ya la había preparado para Navidad.

El árbol estaba colocado en el salón delantero y de la cocina llegaba el aroma del asado.

Nada más entrar, Pen se sentó en el suelo.

Dio unas palmaditas en su regazo y Olive se dejó caer de golpe sobre sus rodillas.

Se había olvidado de lo limpio que su madre lo tenía todo.

Después de Lee House, con sus alfombras esponjosas llenas de secretos en fermentación, aquella casa cuidada, acogedora, le parecía un hotel de lujo.

Pero, si en un hotel se paga en parte por la neutralidad del espacio, allí cada silla y cada plato estaban cargados de recuerdos.

Anna no era de tirar nada, y nunca le había visto sentido a renovar por renovar.

El presente era como un manto de polvo que cubría las formas pesadas del pasado.

—Voy a hacerte esa coliflor que te gusta —le dijo—. Imagino que tienes el horario trastocado, pero en algún momento tendrás hambre. Estás deseando darte un baño, ¿a que sí? Sube a llenarlo y baja cuando quieras.

Su cuarto seguía siendo su cuarto, y por un momento se le hizo raro no encontrarse allí a sí misma, con Alice, a los dieciséis, tiradas en el suelo comiendo Doritos Cool Ranch mientras repasaban los diálogos de Las brujas de Salem para la función del instituto.

En la mesilla había un jarrón con crisantemos y una pila de novelas.

Las flores eran una broma entre ellas, un guiño a un comentario que una vez hizo Tilda al entrar en la casa y ver un ramo discreto comprado en una tienda de barrio.

—¿Crisantemos, Anna?

Pen, con diez años, los había comprado con su paga y casi se había echado a llorar ante el desprecio de su abuela, hasta que vio la risa helada en la cara de Anna. Desde la muerte de Tilda, se los regalaban mutuamente como una especie de homenaje.

Eligió uno de sus viejos CD de la pila que había sobre la cómoda: un recopilatorio de Destiny’s Child que le había grabado Alice en secundaria.

Subió el volumen y fue al baño. Los jabones y las lociones del armario llevaban allí siglos.

Abrió uno —Vainilla batida, decía la etiqueta— y aspiró su olor empalagoso, como de helado derretido.

Ella y Alice solían bajarse los calcetines hasta los tobillos y embadurnarse las piernas a puñados mientras veían comedias al salir de clase.

A veces, por las noches, Pen sentía un picor en la piel que no se calmaba con ninguna crema, y se rascaba hasta hacerse sangre, hasta dejarse costras en las piernas, así que se ponía medias en junio para ir al instituto.

Después del baño se envolvió en una toalla y se dejó caer en la cama.

Sentía las almohadas mullidas bajo su cabeza, y por un momento se sumió en un sueño profundo.

En Escocia ya era pasada la medianoche, y la noche anterior casi no había dormido.

Pero estaba en casa. Se obligó a levantarse y se puso un pijama de franela enorme de los del cajón de debajo de su vestidor.

Encontró sus zapatillas viejas en el armario y bajó a la cocina.

Anna estaba en la isla de la cocina, peleándose con el sacacorchos de siempre. Pen, que parecía una niña de ocho años con aquel pijama y las zapatillas de elefante, le quitó la botella de vino blanco y la abrió de un tirón.

—No quiero ni saber cómo has aprendido a hacer eso —dijo Anna, mientras servía dos copas.

Tomó una bandeja de quesos y galletas saladas, la llevó al sofá y la dejó sobre una pila de libros que había en la mesa de centro. Se acomodó en un rincón y miró a su hija.

Sentadas en aquel salón, rodeadas de recuerdos familiares, con olor a asado y la mirada atenta de su madre, Pen empezó a hablar.

No solía contarle a su madre cosas sobre chicos, más que nada porque nunca había habido gran cosa que contar.

En el instituto había tenido novios, claro, en el sentido de alguien con quien besarse en el cine un viernes por la noche, pero nunca había sentido por ninguno algo que se pareciera a lo que sentía por Sasha, o incluso por Fergus.

Y así, ablandada por el cariño de su madre, el calor del fuego y el desfase horario, empezó a decir en voz alta los pensamientos que había estado guardándose para sí misma.

Empezó contando cómo había ido a parar a un lugar precioso llamado Stonehaven para quedarse con la familia de un viejo amigo de su padre, Elliot Lennox.

Mientras Anna escuchaba, intentaba que sus sentimientos no afloraran. Pero al cabo de un rato le fue imposible. Se levantó e hizo un gesto a Pen para que la acompañara a la mesa.

En cuanto se sentaron, Pen se dio cuenta, por la mirada de su madre —que parecía examinar la habitación en busca de una salida de emergencia—, de que debía parar.

No sabía si lo que le disgustaban eran los propios Lennox —su madre tenía muy poca paciencia con los aires de grandeza, y la combinación de aristocracia y fama le parecería de lo más sospechosa— o la relación con su padre.

Fuera como fuese, interrumpió su relato y, haciendo de tripas corazón, desvió la conversación hacia Proust. Se quedaron en las aguas más seguras de la ficción, en los recuerdos del narrador sobre su infancia en Combray, entre infusiones de hierbas y trozos de tarta de frambuesa.