El ciclo de vida del pulpo común Veintisiete
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Veintisiete

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E l autobús lanzadera traqueteaba sobre los adoquines.

Alice, que había escogido el asiento junto a la ventanilla, observaba cómo el sol intentaba, sin éxito, iluminar el cielo encapotado.

Pen iba a su lado. Se la veía pequeña, incluso para ser Pen.

Arrebujada en su abrigo de invierno y su gorro de lana, podría haber sido de nuevo una niña de primaria.

Alice se acordó de los almuerzos —casi siempre bocadillos de crema de cacahuete— que Pen llevaba en su bolsa de Winnie the Pooh cuando iban a tercero.

Recordó también aquella tarde en que Pen se la olvidó bajo el banco junto al patio de los mayores.

A la mañana siguiente buscaron por todas partes.

Fue Alice quien encontró los restos: la cara de Tigger destrozada por los mapaches.

Le entregó el trozo de tela hecha jirones y luego la abrazó mientras Pen lloraba desconsolada, como si hubiera perdido a una mascota.

No hablaban. Cada una llevaba sus propios auriculares y escuchaba su propia música.

Aquel comportamiento huraño era, normalmente, una de las ventajas de su larga amistad, pero hoy resultaba asfixiante.

Alice habría preferido que Pen no se hubiera comprado por fin un iPod aquel verano, para así poder seguir compartiendo el suyo, cada una con un auricular, y dividirse la canción como en tantos otros viajes de autobús, una quedándose con los bajos y la otra con la voz.

Ni siquiera sabía qué estaba escuchando Pen.

Mientras esperaban el autobús, Pen le había contado que había pasado parte de la noche en la habitación de Fergus, que Hugo y algunos amigos del colegio habían entrado de golpe, y que no había pasado nada del otro mundo. Eso era todo lo que le había dicho.

Pocas horas antes, después de que Pen y Fergus salieran del recinto en mitad del último baile, los demás se habían metido en taxis rumbo a la habitación de Hugo para seguir la fiesta.

Allí hubo más alcohol. Hugo, que siempre tenía una nueva idea de negocio con la que hacerse rico y largarse de la universidad para pasarse el resto de su vida entre un yate y una de las Islas Vírgenes Británicas, estaba probando un producto que había bautizado como «Dulce de Vodka».

Tenía varias botellas de vodka barato alineadas en su estantería —compitiendo por un espacio con un número alarmantemente escaso de libros— y estaba repartiendo «muestras gratuitas».

El líquido de cada botella tenía un tinte distinto, desde el rojizo que probó Alice hasta un inquietante gris azulado, y todas contenían lo que parecían piedrecitas en el fondo.

Hugo quería que adivinasen el sabor. Algunos chicos, incluido Hugo, habían tomado pastillas y empezaban a ponerse atontados y empalagosos, como cachorros drogados.

—¿Quitaesmalte con canela? —aventuró Alice, con una mueca.

Hugo soltó una carcajada y le pasó un brazo sudoroso por encima del hombro en algo que pretendía ser un abrazo, con las pupilas tan dilatadas que casi no se le veía el azul de los ojos.

Charlie, que acababa de ponerse a su otro lado, le explicó que las piedrecitas habían sido en su día caramelos de canela, pero el vodka se había llevado el colorante rojo.

Para sorpresa de Alice —dado que Charlie salía casi todas las noches y sus zapatillas, ahora diez veces más sucias que en septiembre, daban fe de ello—, él había rechazado la pastilla blanca que Hugo le ofreció.

Ella también. Se habían limitado al vodka.

—Delicioso, ¿a que sí? —Intentó Charlie, levantando su vaso con una seriedad impostada—. Hugo se va a forrar.

—Y lo peor es que es verdad —replicó Alice, apartando con cuidado el brazo de Hugo de sus hombros y devolviéndolo a su sitio, donde él lo observó caer como si se le hubiera desprendido—.

No con el Dulce de Vodka, claro. Pero lo será.

¡Por la enorme fortuna de Hugo! —brindó, tomando un buen lingotazo de aquel líquido que raspaba la garganta.

Luego, un par de chicos, amigos del colegio de Hugo y Fergus cuyas caras le sonaban a Alice pero cuyos nombres no recordaba, agarraron a Hugo en volandas y lo empujaron hacia la puerta.

—¿Adónde vamos? —preguntó Hugo como en un sueño.

—A la habitación de Scarlett Moore —respondió el más guapo de los dos, que Alice creía que se llamaba Jack—. Por lo visto tiene allí dentro a Blancanieves.

Alice tenía bastante claro quién era Blancanieves.

Y, por lo visto, Charlie también. Ambos se abalanzaron sobre la puerta para bloquearles el paso, pero fue inútil.

Los chicos fueron más rápidos y, cuando volvieron al cabo de cinco minutos, lo hicieron contando con entusiasmo que habían encontrado a Blancanieves en la cama de Fergus.

Al principio, Hugo dijo que estaba medio vestida y que solo se estaban besando.

Más tarde, sus acompañantes lograron convencerlo —y convencer al resto de los presentes— de que Pen estaba completamente desnuda, sentada a horcajadas sobre Fergus.

Esa versión de los hechos se convirtió en la oficial, pese a las protestas de Alice y Charlie.

Jo, cuya voz podría haber tenido más peso en aquel grupo, se había esfumado del baile sin despedirse, como solía hacer últimamente.

Cuanto más insistían los amigos de Pen en que la historia era imposible, o al menos extremadamente improbable, más ganas tenían los demás de darle crédito, y más detalles le añadían.

Alice había intentado enfrentarse a Hugo, furiosa porque no mostrara mayor lealtad hacia Pen después de todo el tiempo que habían pasado juntos, pero Hugo —con dos tercios de una botella de vodka con sabor a canela y al menos una pastilla en el cuerpo— se había limitado a reír con su risa fácil y decir: «¿Beso o polvo?

Qué más da. Solo están tomándole el pelo».

Alice no le contó a Pen lo del rumor, que en ese mismo momento volaba de mesa en mesa en el comedor del JMC como un virus en el aire. Estaba convencida de que pronto sería enterrado bajo nuevos cotilleos, como una capa fresca de nieve.

Al final de la noche, Charlie había acompañado a Alice de vuelta a Baird House.

Le había encantado sentir la piedra fría bajo las plantas de los pies, y la cercanía del cuerpo de Charlie, casi rozando el suyo.

En el ascensor, había sentido el impulso de apoyar la cabeza en su hombro.

Quería contarle lo de Julian, decirle que había sido un error, que pensaba dejarlo.

Pero se contuvo, y ahora se alegraba de haberlo hecho.

Estaba coladita por Charlie. No quería que su opinión —fuera la que fuera— cambiara.

Ahora, mirando el perfil de Pen, Alice se preguntaba qué había pasado en realidad con Fergus.

Le resultaba rarísimo no atreverse a preguntárselo sin rodeos.

¿Cómo era posible que, en solo unas pocas semanas, hubieran acordonado tantas zonas entre ellas?

Era lo lógico, se dijo. Sabía que su propio comportamiento había contribuido a ello en gran parte.

No había sido tan abierta con Pen como solía serlo, lo que había hecho imposible su costumbre de comentar y analizar todo después.

Al principio no le había importado. Incluso le había parecido algo sano.

Con los ensayos de Arcadia y Julian, no le quedaba energía para ese tipo de conversaciones, y Pen estaba absorbida por los Lennox.

Pero, a medida que Julian se volvía más posesivo, y que Alice veía cómo Pen se encerraba en sí misma como una tortuga en su caparazón, había empezado a echar de menos aquella franqueza.

Sobre todo, había empezado a echar de menos a su mejor amiga.

Se dio cuenta, en una oleada de lucidez resacosa, de que había estado evitando deliberadamente a Pen para demostrarse algo a sí misma.

Alice, durante los últimos meses, no había querido verse constreñida por el estricto código moral de Pen.

Quería sentir su independencia en todo el cuerpo.

Necesitaba saber si era capaz de apañárselas sola. Ahora sabía que sí. Y que no quería.

Odiaba no poder contarle a Pen, allí sentada a su lado en el autobús, lo difícil que le había resultado respirar durante las últimas semanas del trimestre, o las ganas que tenía de quitárselo de encima.

Ya era demasiado tarde para esas confidencias.

No sabía ni por dónde empezar. Se alegraba de partir a lo lejos.

Iba a saltarse el invierno de Toronto y a reunirse con su familia en México, donde se echaría sobre una tumbona entre su madre y Eli en un resort de la Riviera Maya, poniéndose del color de una galleta de jengibre mientras su padre se quedaba atrás para «trabajar».

Estaba lista para lanzarse al mar y quitarse de la piel y del pelo hasta la última huella de Julian.

El autobús se detuvo. Alice y Pen bajaron juntas el petate de hockey de Alice del maletero y descendieron al asfalto empapado de olor a diésel de la zona de salidas del aeropuerto.

Pen viajaba con una maleta negra impecable que no se distinguía de ninguna otra salvo por la etiqueta amarilla con una cara sonriente que colgaba de una de las cremalleras.

Alice llevaba una igual en su bolsa: las habían comprado juntas en un viaje escolar a las cataratas del Niágara en primer curso de secundaria.

Cruzaron las puertas automáticas de la terminal de salidas y buscaron los mostradores de sus respectivas aerolíneas.

Se abrazaron como si fuera a pasar mucho tiempo antes de volver a verse.