El ciclo de vida del pulpo común Veintiséis #2
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Veintiséis #2

Volvió a besarla con una sinceridad que ella jamás le habría atribuido.

Su vestido se abotonaba con decenas de presillas de seda, imposibles de desabrochar sin una lámpara de huracán y muchísima paciencia.

Para su sorpresa, Fergus ni lo intentó. Parecía contento con explorarle la boca, la cara, el cuello. Y fue él quien susurró:

—Volvamos. No podemos perdernos la cena que tú misma has organizado.

Bajaron los dos tramos de escalera, cruzaron la puerta secreta y regresaron al salón, donde los comensales empezaban a sentarse a las largas mesas. Él le apoyó la mano en la rodilla. Pen bebió un trago de agua helada y mordió un panecillo, tratando de aparentar que no había pasado nada.

—Hola, tortolitos —saludó Archie desde el asiento contiguo—. Os hemos echado de menos en el eightsome .

—Perdona, Archie —dijo Pen—. ¿Cómo ha ido?

—Como era de esperar, un desastre —contestó él—. Nos habría venido bien una mano firme, Ferg.

Llegó el entrante. Pen se sintió satisfecha con el resultado. Fergus actuó como si ella misma lo hubiera cocinado y emplatado todo.

—Esto es una delicia —exclamó, reuniendo un bocado de lechuga y queso con el tenedor y el cuchillo—. La rúcula ha sido todo un acierto.

Alice lanzó a Pen una mirada desde el otro lado de la mesa que decía: «¿En serio? ¿Estás segura de que es esto lo que quieres?». Pen se echó a reír y dio otro sorbo de vino tinto. Estaba de mejor humor que en mucho tiempo.

—¿Qué lleva este relleno? —preguntó Alice cuando sirvieron el plato principal—. Está buenísimo.

Pen miró a Fergus. Sabía muy bien con qué estaba relleno el pollo; no lo había elegido ella.

Había intentado vetarlo, de hecho, alegando que entre quienes habían comprado entrada había más de uno —como Alice, sin ir más lejos— que prefería un sándwich de queso a la plancha con kétchup antes que cualquier otra cosa, y no se iba a sentir ni intrigado ni deslumbrado por la presencia de vísceras en el menú.

Pero el comité organizador, y Fergus en particular, que había convocado expresamente aquella reunión, no habían dado el brazo a torcer.

Nadie que no estuviera dispuesto a probar el haggis tenía derecho a vivir en Edimburgo ni a practicar bailes tradicionales escoceses, argumentaron.

Incluso la opción vegetariana consistía, al final, en pimientos asados rellenos de haggis vegano.

Fergus le dio un apretón a Pen en la rodilla por debajo de la mesa. Por una vez, no fue capaz de mantener su arrogante cara de póker: una sonrisa le ocupaba todo el rostro, y Pen también sonreía.

—Penelope —dijo Alice, comprendiendo que se había convertido en la víctima de la broma, pero sin tomárselo demasiado a mal—. Ponle un bozal a tu amiguito.

—Querida Alice —replicó Fergus, levantándola de la silla, lo que provocó que su tenedor cayera al suelo—. Qué feliz me haces. Que una colonial atea como tú preste la lealtad de su paladar a la reina y la patria…

Le plantó un sonoro beso en cada mejilla.

—¿Qué lleva este pollo de los cojones? —preguntó Alice a Jo mientras Fergus la hacía girar en un mini jig .

— Haggis —dijo Jo.

—Ah —respondió Alice.

Alargó la mano, tomó el tenedor de Fergus y volvió a su plato.

—Me gusta.

Un poco más de vino y un traguito de whisky después, empezaron a sonar los primeros compases de «Auld Lang Syne». Fergus se levantó y, cuando entraron las voces, se puso a cantar.

Should old acquaintance be forgot and never brought to mind…

Su voz —cálida, con alma, afinada— fue una revelación, y a Pen se le clavó entre las costillas.

Más aún porque dejaba entrever una profundidad emocional que ella sabía que Fergus poseía y se esforzaba por ocultar al mundo.

Jo, con una sonrisa de oreja a oreja, se levantó a cantar junto a su hermano con su voz ronca y también afinada:

Should old acquaintance be forgot in the days of auld lang syne…

Charlie, Archie y al menos tres cuartas partes de la mesa se levantaron también, cantando a todo pulmón:

For auld lang syne, my dear,

For auld lang syne,

We’ll drink a cup of kindness yet,

For the sake of auld lang syne [3] .

Cuando terminó la canción, Pen sintió un hormigueo de emoción en el cuerpo. Miró a Alice, que le devolvió el gesto, igual de emocionada.

—Ahora lo entiendo —dijo moviendo los labios y señalando con la cabeza a Fergus.

Él, con las mejillas enrojecidas, se sentó como si no hubiera pasado nada. Pen le dio un apretoncito en la mano.

—No se te da nada mal.

No mucho después, cuando Pen y Fergus habían vuelto a la biblioteca secreta, ella dejó de besarlo repentinamente.

—¿Quieres acostarte? —preguntó. Estaba algo achispada y sin aliento, pero la pregunta iba en serio.

—¿Contigo o en general?

—Ambas.

—Sí.

—¿Sí a cuál? —dijo ella, analizándolo.

—¿A ambas?

—Ambas —repitió ella.

—Sí.

Salieron del baile tan rápido como les fue humanamente posible, provocando un pequeño revuelo del que ni siquiera se dieron cuenta, y subieron a un taxi estacionado en Princes Street.

Ya en Holland House, Fergus siguió a Pen escaleras arriba.

Ella se perdió buscando su habitación, y él la llevó de la mano hasta la puerta correcta, donde luego se peleó un poco con la llave.

Estuvieron un rato besándose de pie, y Pen intentó dejarse llevar por el momento.

Pero los nervios —y el miedo de perder los suyos— la hicieron divagar.

Pensó que lo mejor sería acelerar las cosas.

Encendió la lámpara de la mesilla y se sentó en el borde de la cama, dándole la espalda y con un leve temblor.

—Este vestido es de Alice. No te lo cargues, por favor.

Fergus ya había empezado a desabrocharlo con mucha maña.

—Levanta los brazos —le pidió al llegarle a la parte baja de la espalda.

Pen obedeció, y él le pasó el vestido por la cabeza, lo sacudió y lo colocó, del derecho, sobre la silla del escritorio.

Ella se quedó en ropa interior, mientras él seguía completamente vestido.

Sentía que no estaban al mismo nivel. Acababa de empezar a desabotonarle la camisa cuando la puerta se abrió de golpe.

— ¡FERGUS ST. JOHN SCARLETT MOORE! ¿ESTÁS AHÍ? —Retumbó la voz de Hugo.

Llevaba una botella de vodka en la mano y lo flanqueaban dos chicos a los que Pen reconoció de vista, pero en realidad no sabía quiénes eran.

Hugo parecía colocado, con las pupilas del tamaño de una moneda, aunque también avergonzado.

No se movió. Los otros dos no disimularon en absoluto y se le quedaron mirando el cuerpo a Pen, que soltó la camisa de Fergus y se metió de un salto bajo las sábanas de su cama individual.

Fergus cruzó la habitación en tres zancadas, echó a sus amigos y cerró la puerta con llave.

Pen, bajo las mantas, se sentía una cría, idiota, y completamente desganada.

Fergus, sin darse cuenta de que algo había cambiado en ella, volvió tras cerrar la puerta y la encontró en su cama, vestida únicamente con un conjunto de ropa interior de encaje a juego. Se subió al colchón e intentó retomar las cosas donde las habían dejado.

Pen ya no sentía nada, salvo la humedad y el entusiasmo de su boca.

Intentó decidir qué hacer a continuación.

Había sido ella quien había dado el primer paso.

Cuando el cuerpo de Fergus había buscado el suyo, y con una urgencia creciente, el suyo había respondido.

O al menos eso había creído. ¿Por qué estaba helada ahora?

¿Y cómo demonios le decía que lo de acostarse ya no le parecía una buena idea?

Mientras se lo preguntaba, él se quedó en calzoncillos. No le sorprendió, pero no pudo evitar cierta decepción al ver que llevaban estampada la bandera del Reino Unido.

—Fergus —dijo ella, despegándole los labios del cuello con suavidad.

Él levantó la cabeza.

—Fergus —repitió—. Ya sé que antes he ido a lo kamikaze con lo del sexo, pero ¿te parece mejor que…?

¿Kamikaze? ¿De dónde había salido eso? Si alguna vez escribía un glosario de expresiones para reducir la intensidad de una situación sexualmente cargada, «kamikaze» tenía que ir la primera en la lista.

Él miró hacia la puerta y después a ella.

—No nos van a molestar otra vez, tranquila —dijo, y volvió a besarla.

Pen intentó devolverle el beso. No es para tanto , se dijo.

Te cae bien, por raros que sean sus calzoncillos.

Es el hermano de Jo. Es buena persona, probablemente, dejando a un lado la fachada.

Y desde luego ha sido bueno contigo. Le gustas.

Le atraes, cosa que no puedes decir de todo el mundo.

Desde luego, no puedes decirlo de Sasha.

Así que, si en algún momento vas a acostarte con alguien —como probablemente deberías, porque esto ya es el final del primer semestre de universidad y dentro de poco va a resultar muy raro (si no lo es ya) que sigas siendo virgen—, más te vale hacerlo ahora, con Fergus Sinjun Scarlett Moore.

—Fergus, ¿cómo se escribe tu segundo nombre? —le preguntó, apartando otra vez la cara. Necesitaba ganar tiempo.

—¿Mmm?

Evidentemente, no parecía muy entusiasmado con este giro de la conversación.

—¿Es S-I-N-J …?

—Ah —dijo él—. No, se escribe como Saint John.

—Un momento —terció Pen, encantada de haber encontrado algo tan marcadamente asexual a lo que aferrarse—. ¿Saint John como nombre se pronuncia Sinjun? ¿Así que el primo de Jane Eyre, ese fanático misionero, se llama Sinjun? Me acabas de volar la cabeza.

—¿Sí? Me alegro —repuso él, y volvió a lo suyo en su cuello.

Pen se sintió derrotada. ¿Por qué acababa de decir las palabras «fanático», «misionero» y «volar» en la misma frase? Desde luego, ninguna de ellas debía aparecer en ese glosario. ¿Qué le pasaba?

Sinjun, Sinjun, repitió mentalmente, grabándose la pronunciación como hacía con el vocabulario de francés. Esta era fácil: «sin» y « gin ». Aquella noche había sido sin y prosecco , pero seguramente pronto sería gin otra vez. Sin gin . Trató de volver con su cuerpo.

Fergus seguía como si acostarse fuese, en efecto, el desenlace natural de todo aquello. Y probablemente lo era. Salvo por el pequeño detalle de que Pen se había equivocado estrepitosamente y no podía tener sexo con un chico que, siendo sincera consigo misma, ni siquiera le gustaba tanto.

Pensó en cómo frenar aquello sin hacerle daño.

¿Le decía que tenía clamidia? No, entonces nadie querría acostarse con ella.

¿Que le había bajado la regla? No se imaginaba hablando de funciones fisiológicas con Fergus.

Ese era parte del problema. ¿Confesar que era virgen?

Había sido tan lanzada que dudaba que la creyera.

Ella misma no se habría creído, en su lugar.

Pensamientos de segunda, entonces. Limpio, sencillo.

Y cierto. Era la única salida. Ya tenía las palabras en la cabeza cuando se dio cuenta de que él ya no la estaba besando.

De hecho, todo había cesado. Lo miró a los ojos.

La observaba con una expresión que no supo identificar.

¿Lo había adivinado? Por un instante, Pen se sintió tan conmovida que pensó que quizá sí le gustaba, al fin y al cabo.

Pero entonces lo comprendió, gracias a la bandera del Reino Unido, y lo que sintió fue alivio. Un alivio puro y glorioso. Una carta de salida de la cárcel. Un comodín. Otra entrada para el glosario.

Fergus se incorporó en la cama, incapaz de mirarla a los ojos.

—Esto no me había pasado nunca —dijo con una voz más desnuda que él mismo. Carraspeó—. Debe de haber sido el alcohol.

—Creo que ha sido tu pareja —dijo Pen, intentando asumir la culpa sin que se notara cuánto agradecía aquel giro inesperado.

—Hmm, puede —respondió él, cubriéndose con la sábana y buscando el tono habitual de su voz—. No conviene mezclarse con una colonial, ¿no?

—Probablemente no, Sinjun —dijo Pen, agradeciendo la broma, en caso de que lo fuera.

Ella también se tapó. Intentó hablar, pero su complicidad habitual se había esfumado.

Él se volvió hacia la pared. Al poco rato, dormía.

O fingía dormir. Era delgado, pero largo, y ocupaba casi toda la cama individual y prácticamente todas las mantas.

A Pen se le erizó el vello de los brazos.

Esperó un rato razonable, se levantó, lo arropó, y se puso de nuevo el vestido de Alice.

Le habría sido imposible abrocharlo sola, así que se lo sostuvo cerrado con las manos, se calzó los tacones que había dejado junto a la puerta y bajó las escaleras sin hacer ruido, cruzando el patio vacío.

El cielo estaba abarrotado de estrellas. En silencio, Pen les dio las gracias.