Veintiséis
Veintiséis
P oco después de las siete del último viernes del primer trimestre, Pen subió la escalera que llevaba al salón de baile del segundo piso del New Club, con Jo y Alice a cada lado.
Los exámenes habían terminado, y quienes los habían hecho estaban dispuestos a dejar que la información retenida se esfumara tranquilamente de sus cerebros.
Durante diez tensos días de garabatear febrilmente en salas de proporciones descomunales, las tres habían vuelto —sin mencionar el distanciamiento de las semanas previas— a algo parecido a su antigua rutina.
La mañana del primer examen de Pen, Jo y Alice la habían esperado delante del JMC con un café para llevar y un muffin .
Un sentimiento de gratitud había embargado a Pen al verlas.
Aunque la intimidad entre ella y Alice no se había restablecido del todo —y se había perdido algo de confianza durante las semanas de aislamiento social de Pen—, sentía un profundo alivio de que aquel bache en su amistad hubiera sido solo eso: un bache. No una ruptura definitiva.
Y, aunque no lo habría dicho en voz alta, a Pen le encantaban los exámenes.
Le producía un extraño placer ese reto mental y físico de escribir tres ensayos en tres horas, a veces en inglés y otras en francés, dentro de los cuadernillos de papel pautado con líneas azules.
Estudiar con ahínco la forzaba a salir de los recovecos claustrofóbicos de su mente.
Se había hundido con alivio en mundos donde ella no existía y de allí había emergido tranquila y fortalecida.
Tenía la maleta preparada para salir a la mañana siguiente, y pensaba marcharse con buen sabor de boca.
Había pasado buena parte del día en el salón de baile, con su techo ornamentado de cuatro metros y medio, alisando manteles, alineando copas de champán y colocando velas.
A la luz del día, el salón parecía un escenario montado antes de que bajen las luces.
Ahora, el cielo estaba oscuro tras los ventanales, las velas brillaban, y la sala se iba llenando de jóvenes vestidos con frac o falda escocesa, y mujeres con trajes que llegaban hasta el suelo.
El vestido de tubo de Jo, de un turquesa desvaído, le quedaba a Alice a la altura de las pantorrillas, pero la hacía parecer Titania, la reina de las hadas, así que Pen estaba segura de que incluso Fergus, el autoproclamado guardián del código de vestimenta, no se atrevería a decir nada.
Jo llevaba el vestido sencillo de color esmeralda que Pen había usado en su baile de graduación la primavera anterior, y Pen se había puesto uno vaporoso, de un dorado pálido, que a ella le llegaba al suelo, pero a Alice solo a media pierna.
Habían dedicado más tiempo del habitual a maquillarse, siguiendo los consejos de Alice sobre cómo iluminar el hueso de la ceja y el puente de la nariz.
Pen notó cómo las miradas se posaban sobre ellas cuando llegaron a lo alto de la escalera y entraron en la sala.
Aquella sensación de estar en el punto de mira hizo que Pen tropezara con el largo del vestido. Jo y Alice la sujetaron.
Fergus, que las había estado observando desde la pista, se despegó de un corrillo de chicos con pajarita blanca y cruzó el salón en dirección a ellas.
—Damas, estáis radiantes —dijo, besándolas a cada una—. Especialmente tú, Pennsylvania —añadió al oído de Pen, entrelazando los dedos con los de ella, fríos al tacto.
Fergus había estado notoriamente ausente durante el periodo de exámenes.
Se había ido a casa, a Buttons, para estudiar, según le explicó Jo.
Pen había echado de menos su presencia, y no solo porque se suponía que él debía codirigir con ella el comité organizador.
Pen se había encargado del plano de los asientos.
Se colocó a sí misma entre Archie Bloomfield, también del comité, natural Bath y con buen sentido del humor, y, con una pizca de atrevimiento, un estudiante de segundo de árabe a quien todo el mundo llamaba el Buenorro de Jasper.
Fergus usó el lápiz minúsculo que colgaba de su tarjeta de baile para retocar el plano, desterrando a Jasper a otra mesa.
Lo hizo con una sola mano; con la otra seguía agarrado a la de Pen.
El baile aún no había comenzado. Fergus le quitó la tarjeta de baile a Pen y escribió su nombre en todos los huecos.
Ella lo borró de todos menos de tres, deseando haber invertido en lápices con goma.
Luego se escabulló para buscar otros compañeros.
No tardó en encontrarlos. Le sorprendió descubrir que tenía cierta demanda.
Incluso el Buenorro de Jasper fue a buscarla.
Unos minutos después, estaba de pie junto a la pared, observando la sala, cuando Fergus se le acercó con una copa de prosecco recién servida.
—Estás preciosa esta noche, Penhaligon’s —le dijo, con tono serio—. Y lo has hecho de maravilla. Siento haber sido un copresidente inútil.
—Primero te las das de desaparecido y luego me echas flores, ¿es eso lo que enseñan en la escuela de libertinos?
—Entonces, me has echado de menos —replicó él, triunfante—. Sabía que el método francés funcionaría contigo, traidora napoleónica.
—¿Y tú qué sabrás del método francés? No he visto a un chico más inglés en mi vida.
—Qué fría, Ninfa de las Nieves. Soy escocés.
—Tanto como la reina.
—La reina es escocesa. Su madre se crio en el castillo de Glamis. ¿Qué os enseñan en Canadalandia? Al menos habrás leído Macbeth.
La música cambió de clásica ambigua a claramente celta.
El baile estaba a punto de comenzar. Los participantes se alinearon formando filas enfrentadas.
Pen tuvo un recuerdo fugaz de los bailes en línea con Cotton Eye Joe en los bar y bat mitzvahs .
Trató de cruzar la mirada con Alice. Ahí estaban otra vez, jugando a disfrazarse y a parecer socialmente competentes.
Fergus volvió a tomarla de las manos.
—¿Me concedes este baile?
—Te lo concedo. —E hizo una reverencia.
—Y luego, si te portas bien, te enseño el otro método francés.
—¿Y eso se supone que debe sonar tentador?
— Vive le Québec libre —proclamó él, muy serio.
Su acento era espantoso. Pen no tuvo que pensar una respuesta a aquel sinsentido porque en ese momento comenzó de verdad el baile.
Se colocaron en formación. Ella hizo los giros y pasos requeridos, dejándose guiar por Fergus, que la agarraba con firmeza, y disfrutándolo tanto como durante los ensayos.
Cerca, Alice y Jo bailaban juntas. Jo guiaba, y Alice, que se había perdido más de un ensayo, parecía una potrilla dando sus primeros pasos. Pen tuvo que apartar la mirada para no echarse a reír y perder el compás.
El siguiente compañero de Pen era un chico bajito y ágil llamado Tim, de su clase de poesía medieval.
No bailaba tan bien con él como con Fergus, pero, aparte de un tacón clavado en los metatarsos, Tim salió ileso.
Al separarse, Pen fue a reunirse con Alice y Jo, que iban hacia el balcón con Hugo y Charlie.
—No sé bailar una mierda —exclamó Alice.
—Y se nota —añadió Charlie, que acababa de ser su pareja—. Haces como que sabes dónde poner los pies, pero no tienes ni idea, ¿eh?
Lo dijo con un tono lleno de admiración. A juzgar por lo poco que se soltaba de su mano, Charlie no parecía haber sufrido demasiado bailando con Alice.
—No —terció Alice, sin más, mirándolo de frente. Compartieron una sonrisa.
—Solo hace que te queramos más —dijo Jo, mientras le daba una vuelta torpe a Alice—. Vamos a tomar el aire y a olvidar nuestras limitaciones. —En el balcón se volvió hacia Pen—. Ferg y tú sois como uña y carne, Apestosa. ¿Por fin te ha conquistado o es que estás cansada de resistirte?
—No lo sé —respondió Pen con sinceridad—. Está siendo amable. Me tiene descolocada.
Jo pareció a punto de decir algo, pero se contuvo. Fergus cruzaba la sala en dirección a ellas. Pen miró su tarjeta de baile. El siguiente era el Eightsome, el que peor se le daba, un enredo de ochos y círculos. Se lo había prometido a Fergus, sabiendo que solo él podría sacarla adelante.
—Vamos a saltarnos este —indicó él, tomándola de la mano—. Yo puedo con un trío o un cuarteto, pero ocho ya son demasiados cuerpos para seguirles la pista.
La condujo al interior y luego por una puerta medio oculta entre la boiserie y el papel pintado.
Daba a una escalera por la que subieron hasta otra puerta, dos pisos más arriba.
Estaban ahora en una biblioteca pequeña.
Las paredes estaban cubiertas de estanterías repletas de volúmenes encuadernados en piel.
Una escalera de madera, anclada a un raíl, se apoyaba en una esquina.
Pen subió por ella y Fergus la siguió, hasta que quedaron ambos sobre el mismo peldaño.
Ella se apoyó contra los libros para mantener el equilibrio.
Él la giró con suavidad hasta que quedaron frente a frente.
—No dejaría que te cayeras —dijo él.
Le apartó un mechón de pelo de la cara y le levantó la barbilla para besarla.
Estaban menos achispados que en el pub del sindicato de estudiantes.
Su beso lo reflejaba. Había algo almidonado y formal en él.
Como una pastilla de jabón envuelta con esmero.
Pero Pen tenía en la cabeza la escena de la biblioteca de Expiación , y no estaba de humor para jaboncitos. Echó la cabeza hacia atrás y lo miró.
—¿Y eso era el método francés? —preguntó.
Entonces fue ella quien lo besó, con fuerza, y él respondió.
Pen se tambaleó un poco, y Fergus la ayudó a bajar.
Él se dejó caer en una butaca de cuero en una esquina de la sala y tiró de ella hasta sentarla sobre su regazo.
Se besaron como adolescentes. Cuando se separaron, el pelo rubio de él estaba revuelto y los labios, rojos, mordidos.
—Todo el mundo se va a enterar —dijo ella—. Mírate.
—Mírate tú —replicó él, y lo hizo—. ¿Y qué importa?