El ciclo de vida del pulpo común Veinticinco
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Veinticinco

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E ra la semana previa a los exámenes de Navidad, y ya caía la noche a media tarde. Pen estaba sola en su mesa habitual del JMC intentando cenar algo equilibrado cuando Flossie apareció a su lado y le preguntó si podía sentarse con ella.

—Me alegro muchísimo de que estés aquí —dijo con su voz de muñeca—. No podría soportar sentarme sola.

—Claro —respondió Pen, cerrando el libro.

Flossie dejó su bandeja, en la que no había más que un cuenco poco profundo con atún de lata del bufé de ensaladas y dos Coca-Colas Zero empalagosas de la máquina expendedora. Sacó un montón de revistas de su bolso y empezó a hojearlas mientras daba unos mordisquitos a su atún como un hámster.

—Oh, mira, Sasha Lennox. Ferg dijo que era amigo tuyo, ¿no? —preguntó al cabo de un rato, empujando hacia Pen la revista más gruesa y brillante.

Señalaba con una uña rosa chicle una foto pequeña en la contraportada, dedicada a la fiesta del vigésimo cumpleaños de Lady no-sé-qué en Sussex.

Sasha llevaba un disfraz de pirata y entornaba los ojos ante el fogonazo de la cámara junto a una chica vestida de sirena, que tenía unas cejas perfectamente simétricas y peinadas bajo una peluca de ondas en cascada, y cuyo biquini morado con lentejuelas dejaba entrever un escote elegante y un torso largo y esbelto.

Con uno de sus brazos fibrosos, rodeaba posesivamente la cintura de Sasha —más Úrsula que Ariel, pensó Pen, molesta al verlo.

Le devolvió la revista a Flossie.

—No exactamente.

—Aquí vuelve a salir —insistió Flossie, girando la página otra vez hacia ella para que lo viera.

Pen no pudo evitar mirar. Sentía debilidad por las pruebas, aunque fuesen atroces.

En la segunda foto, Sasha aparecía de perfil en un reservado de terciopelo rojo, inclinado hacia la misma chica.

Ahora llevaba el pelo platino, cortado al rape, y esas cejas perfectas.

Los labios, de un burdeos intenso, formaban un pequeño arco.

Las pestañas parecían las patas gruesas y peludas de una araña, pero no se podía negar que era guapa.

La poca distancia entre la boca de Sasha y el delicado lóbulo de su oreja, y la forma en que su torso se inclinaba hacia ella como si no pudiera mantenerse erguido del todo, le revolvió el estómago. O tal vez era solo el olor del atún.

«En la inauguración del Harriet’s Bar en Mayfair», decía el pie de foto, «la exmiembro de la familia real Lady Charlotte Rutherford se deja ver acaramelada con su viejo amigo el Honorable Sasha Lennox».

—Parece que los han visto bastante juntos desde que el príncipe la dejó y se fue a Sandhurst —agregó Flossie, asomándose por encima del hombro de Pen—.

Mi hermana mayor conoce a Lottie del colegio.

Es guapísima. Sasha tiene un hermano de nuestra edad, ¿lo sabías?

Y es muy divertido —añadió, encantada—. ¿Lo conoces?

—No —respondió Pen.

Le devolvió la revista con una sonrisa que esperaba fuera convincente y se excusó.

Al salir, sacó el teléfono del bolso. Llamó primero a Alice y luego a Jo.

Ninguna contestó, como era de esperar. Fuera parecía medianoche, aunque aún no eran ni las ocho.

Le pesaba el cuerpo mientras subía por la escalera húmeda y, al llegar a su cuarto, se dejó caer sobre la cama.

Pensó en llamar a su madre, pero sabía que se pondría a llorar y no quería asustarla.

En vez de eso, se quedó mirando la foto de su perra Olive, pegada en el corcho, y dejó que unos lagrimones le rodaran por la cara.

En la imagen, sacada cuando era un cachorro, Olive descubría la nieve por primera vez.

Estaba panza arriba, con las patas en el aire, y lo que parecía una sonrisa en el hocico.

Pen añoraba sentarse en el suelo de la cocina de su madre con el cuerpo cálido y sedoso de Olive sobre las piernas.

Venga, regodéate en tu autocompasión , pensó. Todo esto es culpa tuya .

Después del encontronazo con Flossie, Pen dejó de ir al JMC a comer.

Pasaba casi todo el tiempo estudiando sola en la biblioteca o en su habitación.

Al final del pasillo había una pequeña cocina comunitaria.

Las encimeras estaban llenas de migas y porquería, nadie escurría nunca el estropajo del fregadero, pero el hervidor eléctrico funcionaba, igual que la neverita donde guardaba un cartón de leche entre sándwiches olvidados y paquetes de pasta precocinada a medio empezar.

Se alimentaba a base de tazas de té con leche, galletas digestivas y gominolas.

Era consciente de su creciente aislamiento, pero no intentó ponerle remedio hasta que una noche, después de ver una película de la nouvelle vague para su clase de cine europeo que duplicó el peso de su ansiedad amorfa, se rindió y volvió a instalar el programa de chat.

El primero en escribirle fue Chet, y sus indirectas le parecieron un alivio frente a la soledad que la rodeaba. Pero a quien esperaba era a Sasha. Cuando lo vio conectarse, estuvo a punto de cerrar el portátil de golpe. Se desconectó al instante. Muy bien, se dijo. Ya tienes la prueba que buscabas.

Le daba vueltas a si contestarle con algo medio coqueto a Chet, solo por seguir hablando con alguien, cuando volvió a aparecer el punto azul de Sasha. Un segundo después le llegó un mensaje.

SASHA : ¡Hey! Mi paloma te ha buscado por todas partes.

Pen repasó el historial de mensajes, que ya se sabía de memoria. Quería fingir que estaba ocupada, o sumida en otra conversación.

PEN : Tal vez deberías haber probado con un águila.

SASHA : No me irás a soltar otro chiste insensible sobre calvos, ¿no?

PEN : O una alondra. Pareces de los que disfrutan con una buena alondra.

SASHA : Me parece justo. Pero no la desplumes ni les cantes una canción sobre ella a los niños, como en esa canción francesa tan chunga.

PEN : No prometo nada.

Estaba siendo demasiado intensa. Tenía que calmarse. Abrió la ventana y se encendió un cigarro. Era la primera vez que fumaba en la habitación, y eso hizo que la subida de la nicotina fuera aún más potente. O tal vez era solo el hambre. El mareo casi la tiró de la silla. ¿Por qué no contestaba?

SASHA : Te echamos de menos. Papá no para de preguntar por ti. Danny también, o al menos eso creo. Has hechizado a los hombres de esta casa.

Pen quería preguntarle: «¿Eso te incluye? ¿O solo al hermano forajido del que haces como si no existiera?». Se quedó con los dedos sobre el teclado, furiosa. Pero él seguía escribiendo.

SASHA : No es que las mujeres sean inmunes a tus encantos. Mamá prefiere creer que tus estudios te tienen tan absorbida como dices, y George opina que seguro que has conocido a un chico.

Ya estamos, pensó. Tecleó con fuerza.

PEN : George tiene razón.

Él escribió durante un rato. Pen se preguntaba si sabría que ella podía ver que lo estaba haciendo. Era posible que no se hubiera descargado la última versión del programa.

SASHA : ¿Buen chico?

No iba a picar. Entre hombres, «buen chico» era el peor insulto. Además, «bueno» no era lo primero que le venía a la cabeza cuando pensaba en Fergus.

PEN : No especialmente.

SASHA : No sabía que ese fuera tu estilo.

Ah, ¿no? ¿Después de haberme hecho enamorarme de ti como una idiota y luego arrastrarme hasta tu casa para ignorarme en mi cara?

¿No serás tú exactamente el tipo de no-tan-buen chico que sí es mi estilo?

Encendió otro cigarro con un temblor en las manos, aunque no le apetecía.

Tenía que comer algo de verdad. Quizá Alice estuviera en casa.

Tal vez tuviera mantequilla de cacahuete.

PEN : Supongo que sí. Me tengo que ir.

Cerró el portátil antes de que él pudiera despedirse.

El corazón le latía como un colibrí. Llamó a Alice.

Saltó el buzón. Probó con el teléfono fijo de su cuarto.

Sonó una y otra vez. Lo intentó con Jo, que tampoco respondió.

Esta vez estaba segura de que estaban juntas, y de que ambas habían visto su nombre en la pantalla y decidido no contestar. Le vinieron ganas de vomitar.

Se metió en la cama con la ropa puesta —algo que solo había hecho dos veces que recordara— y se arrebujó en la manta por encima de la sábana bajera.

Ninguno de los refugios mentales a los que solía acudir estaba disponible.

Agarró un libro. Sartre. Perfecto. Ni siquiera se había lavado los dientes.

Tenía la boca como un cenicero. Se sentía asquerosa.

Se quedó así un buen rato, mirando las palabras en francés, hasta que cayó en un sueño intermitente.

Soñó que estaba sentada junto a su padre en un banco público de una esquina muy transitada de Toronto. Era de noche. Esperaba a Fergus, que en el sueño era su novio.

—No habrás empezado a fumar, ¿no? —le preguntaba su padre.

Intentaba esquivar la pregunta, sin ganas de mentir.

Fergus llegaba tarde, y al final le decía a su padre que se iba.

Cruzaba corriendo cuatro carriles de tráfico, y allí estaba él, con un grupo de chicos, entre ellos Sasha.

Su padre los seguía al cruzar la calle. Llevaba un traje de tres piezas con zapatos brillantes y una mochilita ovalada.

Nunca le había visto llevar mochila, y mucho menos una tan ridícula.

Se preguntaba qué habría dentro. Su padre les daba la mano a los chicos.

Fergus la abrazaba con torpeza, doblando el cuerpo como un títere.

Sasha se limitaba a saludar con la mano.

Le dijo a su padre: «Hasta luego», esperando que captara la indirecta.

Él se alejaba, con la mochilita dando botes.

A la mañana siguiente, Pen encontró dos mensajes en el móvil. Uno a las once y media, y otro pasada la medianoche.

ALICE : Salgo ya del ensayo. Nuestro director, Maxwell, es tan pomposo que seguro que se masturba con fotos de la reina Victoria. Voy a caer rendida, pero, si estás despierta, llámame.

JO S-M : ¿Todo bien, Apestosa? Perdona por no contestar. Sigo en el búnker pagando por mis pecados. ¿Mili o Kant? ¿Por qué caballo apuestas? Nos vemos mañana. Bsss.

Pen se lavó los dientes dos veces y se maldijo por tener unos sueños tan evidentes. El equipaje de su padre… venga ya. ¿De verdad su inconsciente pensaba que era tan idiota?