El ciclo de vida del pulpo común Veinticuatro
48%

Veinticuatro

Veinticuatro

A lice no podía moverse. Julian la tenía inmovilizada con su cuerpo.

Sentía el peso de sus fémures, la musculatura de sus muslos aplastando los suyos.

Estaban en el dormitorio pequeño y austero de su piso.

Hacía esto a menudo después de acostarse con ella: se quedaba recostado, exhausto, sobre su cuerpo.

Eran casi de la misma estatura, lo que significaba que también compartían envergadura.

La cubría por completo. Pero pesaba más.

Ella quedaba atrapada bajo Julian, los pulmones comprimidos bajo sus costillas, mientras él fingía caer en un profundo sueño postcoital.

Al principio le había hecho gracia. Había sido uno de sus juegos.

La idea de una lucha de poder, concebida por ambos, los excitaba.

Ahora tensaba los músculos para sacárselo de encima, y él retorcía los tobillos para mantener sus pies agarrados.

Pero ella sabía que su resistencia era precisamente lo que lo mantenía encima.

Así que se rendía, permanecía quieta bajo su cuerpo como un cadáver.

Y, cuando él se cansaba de fingir que dormía sobre un cuerpo muerto, se apartaba.

Esta era ahora su única manera de ganar. Después, al menos.

Antes y durante el sexo, todavía tenía muchas maneras de ganar.

Y las usaba todas. Lo atormentaba con su forma de vestir, le decía él.

Fuera lo que fuera lo que llevase, la acusaba —mientras le quitaba los vaqueros, el vestido o la camiseta básica blanca— de haberlo escogido con el único objetivo de volverlo loco, de hacerle perder el trabajo.

El modo en que lo miraba durante los seminarios lo convertía en un desgraciado.

Tenía demasiado poder sobre él. Al menos, eso era lo que Julian le decía.

No acababa de creérselo, pero le gustaba oírlo igualmente.

Un día de octubre inusualmente cálido, lo había interceptado antes de clase en el vestíbulo de la torre David Hume, vestida con una falda corta y sin medias.

Había llegado temprano a propósito, con la esperanza de encontrarlo a la salida de la comida.

Hasta entonces solo se habían besado. Y tocado.

Eso era lo más lejos que, según él, estaban dispuestos a llegar. Ella sabía que no era verdad.

Había subido por las escaleras, los doce pisos, despacio. Julian la había seguido, observándola, con la respiración entrecortada. Durante el seminario lo sorprendió mirándola con una expresión que rozaba lo violento. Ella desvió la mirada, temiendo que los demás estudiantes se dieran cuenta.

Después de clase se quedó sentada, esperando, con las piernas apretadas y el calor acumulándose entre ellas.

Al despedirse de sus amigas, mencionó con toda la calma que pudo que se quedaba para hacerle una pregunta a Julian.

Jo puso los ojos en blanco, Pen le dedicó una sonrisa con aires de «ten cuidado», y se marcharon.

Cuando se aseguró de que los alumnos se habían dispersado por las escaleras o el ascensor, Julian ni siquiera la llevó a su despacho, que estaba a pocos metros.

Cerró la puerta del aula, le apartó la ropa interior y se hundió en ella con un gemido, sosteniéndola con el cuerpo.

Ambos se corrieron enseguida, entre risas, algo avergonzados, ella con la falda arremangada.

Desde entonces se veían todos los martes en el rellano del quinto piso, más discreto que el vestíbulo, al comenzar la hora de la comida.

Él la seguía el resto del camino. Ella lo esperaba, algo sin aliento, frente a la puerta de su despacho.

Julian introducía la llave en la cerradura, le abría la puerta como a cualquier otra estudiante que viniera a preguntarle algo sobre filosofía moral, y la cerraba tras ella.

Tenían casi una hora para jugar. Le gustaba llevarla lentamente al límite y detenerse dejándola temblando y furiosa, antes de colocarle la mano sobre la boca para que no gritara al correrse.

El objetivo era que luego no pasaran todo el seminario intercambiando miradas. Pero no era suficiente.

Su estrategia ahora consistía en zafarse de Pen y Jo saliendo antes que ellas y metiéndose en el baño del undécimo piso.

Allí contaba hasta doscientos frente al espejo, mirándose las mejillas encendidas.

Cuando estaba segura de que las demás se habían ido, subía de tres en tres los últimos peldaños, giraba la esquina oscura y encontraba la puerta del despacho sin cerrar.

Julian la esperaba sentado tras su escritorio, en su silla giratoria.

También la esperaba a la salida de sus ensayos.

Se apoyaba en la estatua de Greyfriars Bobby hasta que ella lo veía, y después desaparecía bajo el umbral de una puerta mientras ella mentía a sus compañeros para escabullirse.

A Neville y a algunos más les gustaba tomarse una pinta en el pub de Greyfriars para comentar la sesión.

Ella decía que tenía lecturas pendientes, un trabajo por escribir.

Las primeras veces, lo hizo con el corazón latiéndole en las sienes y el calor trepándole por el cuello.

A Alice le encantaba escuchar hablar a Neville —era un maestro de ese especie de duelo verbal que uno solo podía aprender en Gran Bretaña—, pero la atracción hacia Julian era como la gravedad o alguna otra ley física: no tenía elección.

Una sola imagen de cómo la miraba bajo la radiante bombilla desnuda de su cama, y sus pies se detenían, una mentira se le escapaba de los labios.

Convertido ya en una costumbre, había ido preparando a sus compañeros del reparto para que no se sorprendieran si la mayoría de noches se marchaba directamente a casa a estudiar.

Si era tarde y Neville insistía en llevarla en coche, lo rechazaba subiendo a un taxi.

Luego pedía al conductor que diera la vuelta a la manzana, recogía a Julian, y juntos cruzaban la ciudad hasta el piso de Marchmont envueltos en un silencio electrizado.

Alice sabía que Julian era dueño de aquel apartamento desde su época de estudiante, y que normalmente lo alquilaba a antiguos alumnos, pero aquel año había decidido quedárselo como lugar de trabajo.

Sabía que se lo había comprado su padre.

El mismo que había internado a Julian y a su hermano menor Paul a los ocho años, y que luego se había desentendido de ellos cuando «alcanzaron la mayoría de edad», comprando para cada uno un apartamento cerca de la universidad que eligieran.

Los apartamentos eran, había dicho Julian, una suerte de herencia.

Pero también eran la señal de que, a partir de los dieciocho, ya no se esperaba que volvieran a casa por Navidad.

Sabía que Julian había escrito su tesis doctoral sobre «La ética de la virtud en la era digital», y que una parte se había publicado en una revista de prestigio, lo que le había valido un contrato editorial. Cuatro años después, el libro seguía inacabado.

Y también sabía, porque él se lo había contado sin dramatismos una tarde en que ella descansaba en sus brazos, cuándo y cómo había muerto su madre: tres días después de dar a luz a Paul, cuando Julian tenía cuatro años, por una hemorragia postparto no diagnosticada que derivó en un choque séptico.

Su padre, ingeniero petrolífero, se había vuelto a casar enseguida.

Él y su madrastra, le había contado Julian sin aparente emoción, llevaban una vida nómada de expatriados, mudándose cada cuatro o cinco años a otro país rico en petróleo, bebiendo el primero de una larga lista de cócteles fuertes cada tarde a las cinco, y sin permitir que nada aflorara bajo la piel completamente bronceada.

Y sabía, asimismo, que Julian había conocido a Emily, su esposa, durante sus años universitarios, y que se habían casado a los veintimuchos.

Alice no deseaba saber nada más sobre Emily: era maestra de primaria, se acostaba temprano, no disfrutaba del sexo, y creía que Julian pasaba varias noches a la semana escribiendo su libro o viendo el fútbol en el pub . Con eso bastaba.

Conocer estos datos no le hacía sentirse culpable, o eso se repetía; lo que le provocaban era una sensación de poder.

Una forma de respetar a los demás seres humanos era concederles la dignidad de escoger sin juzgarlos.

No juzgaba a Julian por querer acostarse con ella.

No juzgaba a su mujer por haberse casado con un hombre que se acostaba con sus alumnas, pues suponía que no era la primera.

Ni se juzgaba a sí misma por la intensidad de su deseo.

Desde el primer día en su despacho —desde aquel momento frente a la biblioteca—, se había imaginado acostándose con él.

Había visualizado cómo sería provocarle esa respiración entrecortada, ser ella quien lo llevase al espasmo del orgasmo.

Sabía que la aventura no duraría; no pretendía ocupar el lugar de su esposa.

Lo único que le pedía era que usara preservativo.

Y, salvo aquella primera vez —tras la cual fue al centro de salud de estudiantes a por la píldora del día después y un test de ITS —, siempre lo hacía.

Últimamente, sin embargo, Alice había empezado a notar que Julian quería tener más control sobre ella del que ella misma estaba dispuesta a ceder.

Y esto no debía sorprenderla: la mayoría de hombres que conocía lo querían.

Había empezado a preguntarle si alguna vez había dejado que otro le hiciera eso, o aquello.

Le preguntaba si se acostaba con Neville o con Charlie.

Lo hacía de forma brusca, con dureza, incluso mientras la tocaba con suavidad.

Mientras deseaba que no se detuviera, a ella no le importaba —«No», le decía, «solo tú»—, pero después, una vez saciada, inmovilizada bajo su cuerpo inerte, se preguntaba si aquella dureza no era odio.

¿Quién era ese hombre que le había puesto una nota mediocre para tenerla a solas en su despacho, cuando ella habría ido voluntariamente?

No era raro que los hombres intentaran hacer que las mujeres se sintieran débiles para inclinar así la balanza del poder; lo había visto por primera vez a los catorce, en su profesor de interpretación.

Entonces casi surtió efecto. Ahora, sabía jugar.

Si él le apretaba el muslo y le susurraba que estaba engordando, ella le agarraba la entrepierna y le decía que debía de sentir debilidad por las chicas con curvas.

Si él decía que su conjunto era provocativo, al día siguiente iba sin sujetador.

Una vez, delante de toda la clase, él tildó su argumento de falaz, y ella aparentó no haberlo entendido:

—¿Y qué tiene que ver eso con una felación? —preguntó, en voz alta y muy despacio. Jo tuvo que fingir un ataque de tos.

Pensar en todo esto muy poco después de llegar al clímax era como recorrer el pasillo de la carne del supermercado tras una comida copiosa: resultaba difícil imaginar que aquellas bandejas de muslos de pollo de piel flácida pudieran alguna vez convertirse en alimento.

Sus impulsos de supervivencia y reproducción debían de ser fuertes, se decía Alice, porque el apetito siempre le volvía antes de lo esperado.

Al cabo de unas horas, su cuerpo y su imaginación se aliaban de nuevo para convertir la carne de Julian no solo en apetecible, sino en imprescindible.

Alice todavía no les había contado a sus amigas que se acostaba tres, a veces cuatro veces por semana, con su tutor de filosofía, aunque suponía que Pen lo intuía.

Usaba la obra como excusa principal: fingía ensayos a la hora de comer o alargaba los de la noche.

Nunca antes le había tenido que mentir a Pen, ni habían pasado tantos días seguidos sin hablar con ella.

Pero Pen la sermonearía, aunque intentara no hacerlo.

Alice no quería que le recordara por qué ambas despreciaban a esos hombres mayores que intentaban reafirmar su virilidad seduciendo a cualquier mujer joven lo bastante ingenua como para caer en la trampa.

Habían pasado muchos recreos en el instituto despotricando contra ese cliché, mientras compartían a escondidas un cigarro en el callejón detrás de la cafetería.

Su padre había hecho eso toda la vida, y, aunque Alice no lo veía como un pecado moral, como Pen, tampoco le gustaba.

Su madre había preferido no verlo, y se lo cobraba de otras formas.

Pen, siendo Pen, tal vez también le señalaría que estaba intentando entender esa dinámica desde el punto de vista de la chica joven.

Tal vez trataba de averiguar cuánta autoridad podía acumular esa mujer supuestamente ingenua sobre el hombre mayor en cuestión.

O si ese adulto que tomaba decisiones capaces de destrozar su matrimonio con el cerebro metido en los calzoncillos merecía compasión.

Alice apartó esos pensamientos. No quería pensar en sus padres.

Era dueña de sí misma. No quería mirar su comportamiento desde ninguna perspectiva que no fuera la suya.

Estaba experimentando, se repetía. Justo para eso servía la universidad.

Y, cuando el poder físico de Julian sobre ella se debilitara —como ya había empezado a hacerlo—, encontraría la forma de salir de debajo de su masa inerte.