El ciclo de vida del pulpo común Veintitrés #2
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Veintitrés #2

—¡ Monsieur ! —dijo, dirigiéndose a nadie. El pub del sindicato, como bien sabía, no tenía servicio en mesa—. ¿Qué se puede esperar del tugurio de un sindicato? —murmuró, y se fue a la barra. Volvió con dos vasos y dejó uno delante de Pen—. Hasta el fondo, novata.

La música empezó a sonar. Charlie se levantó para apartar su mesa, que ahora estaba justo en medio de la pista de baile. Los participantes formaron dos líneas paralelas, una de hombres y otra de mujeres.

—Sé que va contra tu religión, pero intenta no pensar y limítate a seguirme —le dijo Fergus al oído, colocándola frente a él.

Se saludaron con una especie de reverencia, primero con un pie y luego con el otro.

Pen alzó la mano derecha, como una pequeña tetera, y la juntó con la de Fergus antes de girar sobre sí misma en un círculo.

Luego levantó la izquierda para bailar una vuelta con Charlie, antes de volver a su línea.

La siguiente secuencia era igual de sencilla.

Pen se sentía ligera y animada. Fergus no le quitaba ojo, preparado para indicarle el siguiente paso con un gesto discreto o recolocarla si se perdía.

Al terminar el segundo reel, notó que empezaba a moverse con suficiente soltura.

Fergus tenía razón: dejar de pensar le estaba sentando bien.

La ginebra le había cubierto la mente como una espesa capa de niebla.

Cada vez que giraba, se sentía menos anclada.

Era como una versión elegante del baile del corro, pensó.

—¿Cómo se llamaba ese? —le preguntó a Fergus, aún jadeando.

—El Dashing White Sergeant, por supuesto —dijo él, moviendo las cejas rubias con un punto de provocación fingida—. Me impresiona tu progreso, Pentecostal —añadió, con la cara a un centímetro de la suya.

La música volvió a sonar.

—Strip the Willow —anunció Fergus, casi con entusiasmo.

Se colocaron como la primera pareja. Pen y Fergus comenzaron un baile que consistía en agarrarse los antebrazos cruzados y girar sin parar, para luego lanzarse a los brazos de otra pareja y volver a girar.

Pen avanzaba por las líneas paralelas de bailarines de esta manera, regresando siempre al tiovivo con Fergus.

Cuando llegaron al último giro, Pen se sentía tan orgullosa de haberlo conseguido sin acabar por los suelos que se dejó girar a toda velocidad por Fergus con gesto triunfal.

Le recordó a cuando tenía cuatro años y extendía los brazos para girar lo más rápido posible, maravillada después al comprobar cuánto tardaba en recuperar el equilibrio y que el mundo volviera a colocarse del derecho.

Estaba justo en ese estado de euforia y mareo cuando él le puso las manos en los hombros y la besó de lleno en la boca.

Ella echó la cabeza hacia atrás, sorprendida.

Pero, al ver la sinceridad y el deseo en esos ojos claros, y sintiéndose temeraria, se lanzó a devolverle el beso.

Oyó aplausos y silbidos mientras metía la lengua en su boca y notaba cómo él le respondía.

No sabía qué veía Fergus en ella. Tal vez solo fuera lo exótica que le resultaba.

Pero a Pen le gustaban aquellas partes de él que no mostraba.

Y se sentía halagada por su atención. Así que siguió besándolo, saboreando el frescor de su dentífrico de menta.

Cuando él la tomó de la mano, ambos con tres gins y sin haber probado bocado, y subieron a un taxi rumbo a su cuarto en Holland House, Pen se dejó llevar.

Había pasado la noche entera aprendiendo a seguirle el ritmo y le resultó sorprendentemente fácil continuar.

La habitación de Fergus era más grande que la suya.

Daba al patio interior. Estaba ordenada: la cama hecha, la ropa doblada sobre la silla del escritorio.

Pen apartó la ropa y se sentó. Fergus se inclinó sobre ella para alcanzar el portátil.

Iba remangado y Pen le vio el vello claro de los antebrazos, los músculos tensos bajo la piel translúcida.

La música empezó a sonar por los altavoces.

Era como la del reel, pero más lenta, más melancólica.

Un bajo acompañaba la melodía de un solo de violín.

Pen imaginó el interior aterciopelado de su estuche de violín en primaria.

Recordó cómo la fascinaba el brillo rojizo del instrumento, los pasos minuciosos para frotar la resina en el arco, colocar la almohadilla de espuma en la barbilla y desplegar y ajustar el atril de metal.

Todas aquellas distracciones emocionantes antes de tocar, que era lo que en realidad detestaba.

Abrió los ojos y vio a Fergus en medio de la habitación. Había hambre en su rostro, en el gesto de su boca, pero también vulnerabilidad. Le tendió las manos, esperando. Ella se incorporó y se las tomó.

—No voy a acostarme contigo —le dijo con franqueza, mientras examinaba sus dedos largos, sin durezas, las cutículas cuidadas, las uñas estriadas, el azul tenue de las venas bajo las muñecas.

—No te lo he pedido —repuso él.

Retiró la mano derecha, se la colocó entre los omóplatos y la condujo en un vals lento por la habitación.

Con el codo apoyado en el suyo, Pen deslizó la mano izquierda sobre la base de su nuca.

Dejó que su cuerpo lo siguiera mientras él la hacía girar y la levantaba del suelo.

Luego acercó su rostro al de ella y la besó, despacio.

No fue desagradable. Esta vez fue su lengua cálida y húmeda la que acarició la de Pen.

Ella respiró a través del beso, aspirando el olor a ginebra de su aliento.

Él la atrajo aún más, estrechándola contra sí, mientras la conducía lentamente hacia la cama, apenas bailando.

Podría gustarte , se dijo Pen. Una parte de ella pensaba en eso a todas horas.

En cómo sería. En averiguarlo de una vez por todas.

Pero no era a Fergus a quien imaginaba. Jamás lo había visualizado en el marco de su puerta.

Seguían bailando. Ella tomó la iniciativa y se volvió hacia la entrada.

—Adiós, Fergus —dijo, girando el pomo y echando a correr pasillo abajo, con la música triste siguiéndola a lo lejos.