El ciclo de vida del pulpo común Veintitrés
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L os rituales de apareamiento de los estudiantes universitarios en la primera década del siglo XXI eran vergonzosos, pensaba Pen mientras caminaba por Pleasance hacia el edificio del sindicato de estudiantes, con las manos hundidas en los bolsillos.

Un escalofrío incómodo le trepaba por el cuerpo al recordar los intentos que había hecho la noche anterior para resultar atractiva.

Cómo había dado saltitos al ritmo de una canción hortera, y cómo había aplaudido —como todos— cuando aquella misma canción sonó por segunda vez en apenas unas horas.

Reconocer el tema les había hecho sentir que estaban haciendo lo correcto.

Como si, en efecto, pertenecieran a aquel club lúgubre que olía a colonia sintética y alcohol, y al sudor y las hormonas que intentaban disimular en una fría noche de lunes de diciembre.

A Pen le gustaba bailar cuando la música era buena —y entendía que tenía sentido que los jóvenes se estudiasen los cuerpos y la capacidad de ingenio al amparo del ruido y la penumbra—, pero desearía que su generación pudiera echar mano del vals, o al menos algún tipo de brinco coordinado, para vestir su hambre de aceptación y de los cuerpos ajenos.

Una banda en directo y unos pasos de baile pactados habrían dado cierta dignidad a sus anhelos.

Retorcerse sin gracia al ritmo de un archivo digital comprimido hacía que el imperativo de perpetuar la especie resultara más feo de lo necesario.

El truco, le había dicho Alice muchas veces, era no pensar. A Alice no le fluía el ritmo por las venas, y no le importaba. Como resultado, seguía pareciendo guay cuando bailaba.

—Desconecta el cerebro —la regañaba.

Ambas sabían que aquello era algo que Pen jamás lograría, por mucho vodka que bebiera.

Fue en parte esa atracción por la promesa de la forma, y en parte la pura curiosidad, lo que llevó a Pen a apuntar su nombre en la lista de la Reeling Society de la universidad.

Fergus y Jo, que habían aprendido a bailar reels en el colegio, se divertían con el interés de Pen, y también se apuntaron.

Los demás no tardaron mucho en dejarse convencer.

Ahora, Pen y Fergus presidían el comité encargado de organizar el baile navideño de la Reeling Society, que tendría lugar en tres semanas, la última noche del trimestre.

Sería una versión abreviada de un baile tradicional, es decir, incluiría una cena con servicio de mesa, pero no duraría hasta el amanecer ni ofrecería desayuno al final.

Con la venta de entradas y los fondos del sindicato de estudiantes habían conseguido alquilar el salón de baile de un exclusivo club privado en la Ciudad nueva.

Por una noche, en lugar de vodka de marca blanca, beberían prosecco con cordial de flor de saúco y, en lugar de vaqueros y zapatillas, el código de vestimenta exigía vestidos largos para las mujeres y falda escocesa o frac para los hombres.

A cada invitado se le entregaría una tarjeta de baile en una cartulina gruesa y un lápiz azul diminuto atado con una cuerdecita.

Pen se encendió un cigarro frente al complejo deportivo del sindicato y le mandó un mensaje a Alice.

Una pareja de estudiantes con el pelo empapado que cargaban botellas de agua atravesó las puertas y la fulminó con la mirada.

Sintió un pinchazo de culpa por haber optado por los estimulantes artificiales mientras otros se ganaban honestamente sus endorfinas en las cintas de correr.

Después de unas cuantas carreras otoñales por la base de Arthur’s Seat y por Holyrood Park, había dejado de calzarse las zapatillas.

Anochecía demasiado pronto y no tenía energía.

Pero echaba de menos la sensación de después.

Al llegar al filtro del cigarro, y sin respuesta aún de Alice, lo apagó con la suela de la bota, lo tiró a la papelera —fumar era malo, pero tirar una colilla al suelo le parecía impensable— y entró en el edificio luminoso y con olor a cloro.

Alice había estado ilocalizable durante semanas.

Pen sabía que aquellas ausencias sin explicación tenían más que ver con Julian que con los ensayos, pero procuraba que no se le notara.

Jo le había sugerido a Pen, después de una clase especialmente incómoda en la que Julian y Alice parecían haberse desnudado con la mirada delante de todos, que tal vez podrían airear el tema con Alice, pero Pen se lo había desaconsejado.

Alice, explicó, odiaba sentirse juzgada.

Y sabía leerle el rostro a Pen, así que de poco serviría fingir que le parecía normal o aceptable acostarse con un profesor casado.

Poco después de aquella conversación, Jo también empezó a volverse esquiva: no respondía a los mensajes de Pen hasta la mañana siguiente y dejaba sonar el móvil hasta que saltaba el buzón de voz.

Decía que se pasaba las noches en el aula informática, abierta las veinticuatro horas y conocida como «el búnker», terminando trabajos a última hora, pero Pen sospechaba que tal vez Jo sí había decidido contarle a Alice que sabía lo de Julian.

De ser así, le habría bastado con mostrárselo con esa manera suya de no juzgar, esa neutralidad despreocupada tan propia de Jo.

Si ese era el caso, el secreto compartido las habría unido más y habrían querido pasar más tiempo a solas, las dos.

No podía culparlas. Sabía que ella había sido una aguafiestas desde su decepcionante segunda visita a Stonehaven, y no les había contado por qué.

Solo les había dicho que Alice tenía razón, que Sasha no iba a cambiarle la vida.

Su compasión habría sido mucho peor que el silencio al que la estaban sometiendo.

Al volver a su habitación tras la cena con su padre, Pen había encendido el portátil y arrastrado el icono del programa de chat al cubo de la basura.

Su mente, siempre dispuesta a someterla a las más selectas crueldades, le susurró que incluso el afecto de Christina probablemente había sido un acto de deber, no un sentimiento real.

Le dolía tanto como la indiferencia de Sasha.

Recordó cómo Christina había aparentado no saber que era famosa en el pueblo, y cómo todos habían intentado mantener la ficción de que Freddie no estaba en casa.

A aquella familia se le daba demasiado bien fingir, concluyó; jamás lograría sonsacarles la verdad.

Mientras tanto, Fergus había empezado a mostrar un interés más evidente en ella.

Había reunido una colección de palabras que empezaban por «Pen» y las usaba como diminutivos cariñosos, con el mismo tono que se emplea para hablarle a un perro o a un caballo.

A Pen, en general, le gustaban los motes.

Le hacía gracia el «Apestosa» que Jo le había adjudicado casi desde que se conocieron, y nunca quiso estropearlo preguntándole a qué olía, exactamente.

(«A nada», habría respondido Jo, ya que, para ella, la pureza inodora de Pen, propia del Nuevo Mundo, era motivo de una sincera y afectuosa admiración).

Los apodos forzados de Fergus no terminaban de hacerle gracia, pero, aun así, Pen había empezado a seguirle el juego, con la esperanza de que la distrajera de sus pensamientos sobre Sasha.

Durante el día lograba mantenerlos a raya, pero por las noches volvían a acecharla.

Por mucho que intentara pensar en otra cosa al acostarse, allí estaba él, al borde de su conciencia, apoyado en el marco de la puerta, fijándose en el hueco entre sus botones.

Cuanto más intentaba apartarlo, más difícil resultaba desalojarlo de su mente.

Su deseo de que la mirara, de que la tocara, no hacía más que crecer.

Cuando pensaba en Sasha, aunque fuera sin querer, sentía cómo se le aflojaban las articulaciones.

Sabía que Fergus notaba algo distinto en ella, y no estaba segura de que le molestara.

—¿No viene Alice? —preguntó Charlie cuando Pen llegó sola al pub del sindicato de estudiantes y tomó asiento en la mesa alta, que cojeaba.

—No contesta —dijo Pen.

Fergus apareció con cuatro vasos apretados entre sí. Dejó uno frente a Pen y arrimó su taburete al suyo.

—Cada vez pasa más tiempo con sus compañeros y compañeras de teatro —repuso Jo, burlándose de la insistencia de Alice en usar el desdoblamiento de género—. Sobre todo, con ese hombre con carita de ángel, Neville. Madre mía, qué guapo es. Parece recién salido de un cuadro de los Uffizi, ¿no creéis?

—Parece majo —terció Charlie con un tono que no convenció a nadie.

—Ánimo, Charles —exclamó Jo, pasándole un brazo por los hombros—. Seguro que le gustas más tú que Alice.

Charlie se enderezó un poco.

—¡Huy! Así que os reconocéis entre vosotros, ¿eh? —preguntó Hugo encantado—. ¿Os reunís en zecreto o qué?

La falsa costumbre de Hugo de pronunciar la «s» inicial como «z» irritaba más que de costumbre a Pen aquella tarde.

—Sí —respondió Jo con sequedad—. Nos juntamos una vez al mes para aullar a la puta luna.

Los demás miembros del comité organizador se reunieron en torno a la mesa y comenzó la reunión.

A Pen le costaba concentrarse en el menú.

Sin saber muy bien por qué, se le fueron los pensamientos a George y Danny.

Él era, se dio cuenta, el primer bebé que había tenido en brazos siendo ya adulta.

Le apetecía volver a sentir su peso firme en los brazos, dejar que le tirara del collar con sus deditos rechonchos.

Eso la llevó a pensar en las mujeres chismosas frente al salón de té.

Intentó volver a centrarse en la reunión.

Cuando miró su cuaderno, alguien había garabateado:

Pen está en las nubes.

Pen piensa cosas impuras sobre Fergus.

Pen se pregunta si su espada es más poderosa, después de todo.

Lo miró y se echó a reír. Él fingió no verla.

Los miembros del comité ya estaban apartando mesas y sillas para hacer sitio y ensayar. El segundo gin-tonic de Pen le había entrado demasiado bien. Fergus levantó una mano en alto.