Veintidós #2
Una anciana lo fulminó con la mirada desde debajo de un copete de pelo blanco.
La piel del cuello le colgaba como una prenda demasiado holgada.
Tal vez había sobrevivido al Blitz, pensó Ted mientras se levantaba para ofrecerle el asiento.
Los cuerpos vivos también se degradan, pensó, aferrándose a uno de los aros que colgaban del techo. Y aquí estamos ya, bajo tierra.
—¿Cómo supiste que había ido a verlos? —preguntó Pen por fin, interrumpiendo los recuerdos de Ted.
Bebió un sorbo del vino blanco, seco y fresco. El tinto del tren aún le daba vueltas en el estómago vacío. Su padre, que llevaba callado mucho rato, sonrió.
—No lo sabía —dijo—. Hasta ahora, que me lo has confirmado.
Pen puso los ojos en blanco ante el viejo truco de su padre y se preguntó qué, exactamente, le habría contado Christina.
—No quiero insistir en esto, pero hay algo que creo que deberías saber antes de pasar a otros temas —dijo él.
Ella contuvo la respiración.
—Has leído los libros de Elliot Lennox.
—Sí.
Un camarero se acercó para tomar nota. Su padre fue cortés, pidió atún «vuelta y vuelta» y verduras en lugar de patatas asadas, sin entrante.
Pen pidió el filete con patatas. Solía elegir el plato vegetariano, pero aquella noche necesitaba sangre.
Su padre fingió por un momento haber olvidado de qué hablaban. Y luego, continuó:
—¿Dirías que Elliot Lennox tiene talento para crear personajes astutos, de motivaciones complejas?
—Escribe thrillers , papá. Es su trabajo, ¿no?
—Ese tipo de personajes no surgen de la nada. Salen de un tipo de mente muy concreto —dijo con voz suave.
—¿Me estás diciendo que Lennox es un perturbado? ¿Que es peligroso?
—Por supuesto que no. Solo que no esperes demasiado de él. Eso es todo. No quiero que te lleves un chasco.
Pen pensó en Freddie. Y luego en Sasha. Su padre le tendió las manos por encima de la mesa.
Ella se las dejó tomar. Notaba el frío del tenedor de plata en su antebrazo.
Quería confiar en él. Había confiado. Trató de restarle años al rostro de su padre, suavizarle las arrugas del entrecejo, devolverle el color a su pelo, rescatar el rubio rojizo que había tenido.
Lo imaginó frente a Christina, quizá en ese mismo restaurante, treinta años atrás.
Pidiéndole que confiara en él, que lo eligiera.
Imaginó la expresión que se le habría quedado al ver que elegía a su mejor amigo.
Esa mezcla de sorpresa y dolor, como si le hubieran golpeado sin avisar.
Se habría recompuesto enseguida, y habría endurecido (ella también sabía cómo) lo que era blando; fijado y congelado lo que estaba suelto.
Dos camareros se les acercaron al mismo tiempo.
Pen soltó las manos de su padre para hacer sitio al cuchillo de mango de madera y al plato blanco, caliente al tacto.
Las patatas eran gruesas, como a ella le gustaban, nada de esas cursilerías de patatillas fritas.
Colocaron entre ambos una cazuelita de espinacas al vapor.
Su padre le robó una patata del plato y le pidió una copa de Burdeos para acompañar su filete.
—Nos dejamos guiar.
Comieron en silencio. Cuando la comida le hubo asentado el estómago y otra copa de vino le anuló las inhibiciones, le devolvió el truco a su padre.
—¿Cuánto tiempo estuviste con Christina?
Él se rio. No con esa carcajada forzada que usaba para hacer sentir bien a los demás, sino una risa auténtica. El camarero trajo una crème brûlée que no habían pedido.
—¿De dónde has sacado eso?
Le tendió a Pen la cucharilla de postre y agarró la suya. Por acuerdo tácito, contaron hasta tres y rompieron la costra. Sonó con un crack . Pen recordó cuánto le gustaba bordear el patio del colegio en las mañanas de noviembre, rompiendo los charcos helados con la punta del zapato.
—Una lástima, en parte, aunque no me corresponde decirlo —dijo su padre.
Pen dejó sobre la mesa la cucharilla. Su padre rara vez se prestaba a hablar de la vida de los demás. Le había enseñado a considerar el cotilleo como la versión más zafia de una conversación, una muestra de superficialidad y estupidez, un peldaño incluso por debajo de hablar de la propia vida.
—Christina podría haber sido lo que quisiera.
Era más brillante que los dos juntos —añadió.
Parecía cansado, y tenía los ojos algo enrojecidos, no sabía si por el alcohol o por el jet lag —.
Se licenció con matrícula, mientras que Lennox apenas sacó un aprobado.
Tenía tantos reclutadores detrás como pretendientes.
Después de la graduación, yo volví a casa a trabajar en la empresa, y ellos se mudaron a Londres.
Ella había conseguido un puesto en inteligencia, como su padre.
Lo conocí una vez, a sir William Campbell.
Había sido embajador. Un hombre insufrible, la verdad.
»Pero luego la madre de Elliot cayó enferma, y su padre no daba abasto.
Elliot, como primogénito, volvió a hacerse cargo de la situación.
Cuando quedó claro que su madre no iba a mejorar y que la finca tampoco estaba en buen estado, Christina dejó su trabajo y se unió a él.
Tuvieron una boda sencilla, con lord y lady Lennox presentes.
Yo tomé un avión para asistir. Fue una ceremonia preciosa, aunque un poco triste.
En menos de un año, los padres de Elliot habían muerto los dos, y él heredó las tierras, la casa, las deudas, todo el albatros.
»Mientras tanto, había empezado un libro; parecía una apuesta arriesgada, pero era su mejor y única idea.
Se encerraba durante días a escribir, mientras Christina asumía la gestión de la finca: los inquilinos, las cuentas, todo.
Sabían que algún día él lo heredaría, pero no podían haber anticipado en qué estado lo haría.
Ella asumió el papel que se esperaba de ella y, por lo que cuentan, lo ha hecho tan brillantemente como habría hecho cualquier otra cosa.
—¿Y por qué perdisteis el contacto? —preguntó Pen.
—No hubo una sola razón —respondió él, removiendo el poso del café en la taza—.
Los años se metieron de por medio, eso es todo.
Seguíamos siendo íntimos amigos cuando volví para el máster, aunque ellos no podían bajar mucho a Londres, y yo solo fui allí un par de veces.
—Se quedó en silencio, pensando de nuevo en su época en Londres—.
Y luego, claro, me casé con tu madre —continuó con un tono más ágil—.
Tenía mucho trabajo en la empresa. Estábamos ocupados, y lejos.
Recuerdo haber escrito un par de veces, pero para entonces Elliot ya era famoso; mis cartas se perderían entre la avalancha de admiradores.
Es difícil contactar con alguien célebre, incluso para un viejo amigo.
—Pero me pusiste su nombre —dijo Pen.
Le clavó los ojos, suplicando una respuesta sincera. Ted sonrió. Veía tanto de Anna en ella. Cerró los ojos, rogando a Dios (aunque no creía que existiera) que no sufriera como su madre.
Aún no sabía explicar por qué, exactamente, había resucitado aquel nombre elegido años atrás, salvo porque representaba algo importante. Tal vez lo más importante. De todos ellos, pensó, Elliot era el único que había hecho exactamente lo que quería con su vida.
—Ah, ¿sí? —Le apartó un mechón de pelo de la cara—. Pues es un nombre precioso.
Había estado con ella un momento, pero ahora volvía a cerrarse en sí mismo. Pen se clavó las uñas en las manos.
Ted dejó una buena propina. Caminaron del brazo por Hanover Street y cruzaron St. Andrews Square hasta el hotel.
Pen recordó las pocas veces, antes de los doce, que había acompañado a su padre en viajes de trabajo.
Oírlo cantar mientras se afeitaba, los cruasanes calientes y el zumo de naranja helado en una bandeja.
Su padre hizo una señal al portero para que le pidiera un taxi.
Al hundirse en su abrazo, Pen sintió que los años desaparecían hasta que volvió a ser pequeña, una niña arropada por la seguridad de un mundo estable.
Se separó, subió al taxi que esperaba y dijo:
—Pollock Halls, por favor.
Saludó con la mano a su padre, que se iba alejando en la escalinata del hotel, y, con la ventanilla aún bajada, dejó que el aire frío le azotara el rostro mientras subían por North Bridge en dirección a la Royal Mile.