Veintidós
Veintidós
A l bajar del tren en la estación de Waverley, en Edimburgo, cuarenta minutos más tarde, Pen se maldijo por haber menospreciado los sándwiches blandengues del vagón cafetería.
No tenía fuerzas para enfrentarse al JMC esa noche y se preguntó si Alice tendría algo de comida en su habitación.
El andén estaba helado, y avanzó deprisa, con el bolso golpeándole el muslo a cada paso.
Una figura con un abrigo que le resultaba familiar, de pie a la entrada de la estación, agitó la mano.
Pen pareció reconocerlo antes con el cuerpo que con la mente.
Echó a correr hacia su padre y se le colgó del cuello como una niña pequeña.
—¡ PAPÁ !
Apoyó la mejilla en su rostro recién afeitado. Olía a cuero y a caramelo de mantequilla.
—Pero ¿qué haces aquí?
Ted Winters sostuvo a su hija contra el pecho y le acarició el pelo.
Se lo había cortado. Habían pasado dos meses desde que él y Nicola Diamond se habían quedado de pie a las puertas del restaurante donde habían comido a modo de despedida, mientras observaban cómo sus hijas subían la cuesta, y él había saludado con la mano a una Pen que ya estaba de espaldas, cada vez más lejos, con una sensación de orgullo, pero también de que lo estaban excluyendo.
Nicola —una mujer alta y llena de vitalidad, aunque ligeramente histérica, a la que él creía que Isaac no valoraba lo suficiente, por más que procuraba no especular sobre los matrimonios de sus amigos— lo había hecho entrar de nuevo y había pedido dos Martinis secos en la barra.
Más tarde, en el avión, los dos habían visto El pianista en sus pantallas diminutas como excusa para llorar.
Ted tomó el bolso de fin de semana de su hija, le pasó un brazo por la cintura y la condujo hacia la parada de taxis.
—En la esquina de Thistle con Frederick, por favor —le pidió al conductor a través de la mampara, instalándose en el asiento abatible, de espaldas, para poder mirar a su hija.
Llevaba el pelo suelto, a la altura de la barbilla.
Iba vestida con un toque más femenino: un cuello alto de encaje bajo un jersey que no conocía y una falda de terciopelo.
Su rostro también había cambiado. Era más delgado, más firme.
Un rostro de mujer. El rostro de su madre.
Había intentado no pensar en ello, pero el pensamiento lo había asaltado igualmente.
La presencia del conductor restableció la distancia entre ellos, y Pen se sentó erguida, con las manos en el regazo y los tobillos cruzados.
Se volvió hacia la ventanilla y sintió algo parecido al orgullo de pertenencia mientras bajaban por las calles anchas y en pendiente de la Ciudad nueva, aunque apenas conocía dos barrios y medio de la ciudad.
Miró a su padre y sonrió al darse cuenta del abrigo impermeable y el jersey grueso que llevaba puestos. No había olvidado cómo había que ir vestido por Edimburgo. Esas calles también habían sido suyas, se recordó.
—¿Cuánto tiempo puedes quedarte?
—Solo hasta mañana. Tenía asuntos en Londres y pensé que era una buena ocasión para cenar un domingo con mi chica favorita.
—No me habría ido el fin de semana si hubiese sabido que venías.
—Tonterías, me alegra que te diviertas. ¿Qué tal por St. Andrews?
—Bien. Ha sido breve.
Esperaba no tener que decir mucho más. Mentirle a su padre cara a cara era distinto.
—¿Y los Lennox?
La pregunta sonó casual, su expresión era inescrutable en el interior oscuro del taxi.
En cuestión de segundos, Pen se sintió atrapada, furiosa y, luego, traicionada.
Tenía que haber sido cosa de Christina, pensó.
Lennox, un orgulloso ludita, dejaba en manos de su mujer toda la logística de su vida que no pudiera resolverse en papel.
Christina, con quien acababa de pasar unas horas íntimas descargando la compra y fregando platos, a quien había empezado a tomar como modelo para su yo adulto, había llamado o escrito a Ted.
Christina y su padre habían hablado de ella.
La idea dolía, pero también le trajo una calma amarga.
Estaba demasiado afectada como para responderle.
El restaurante en la esquina de la calle tenía un brillo sugerente.
Ted guardaba un billete del Royal Bank of Scotland preparado.
Abrió la puerta para que entrara su hija, apartó la cortina pesada que mantenía a raya el frío y la dejó caer tras ella.
Ahí estaba Jean-Marc con los brazos extendidos, y ahí estaba aquella sala que tan bien conocía, con el suelo de tablero de ajedrez y los espejos enmarcados en madera, todo a la luz de las velas.
Le encantaba aquello. El cristal estaba empañado por los años (yo también, pensó), y las mesas y sillas de madera maciza estaban lo bastante separadas como para ofrecer cierta intimidad.
El maître saludó al padre de Pen como a un viejo amigo.
Ted tenía esa habilidad de convencer a los trabajadores de un restaurante de que lo conocían de toda la vida, lo que le daba el aire de una celebridad local querida por todos.
Con una economía de movimientos admirable, el maître los liberó de sus abrigos y los condujo a una mesa junto a la ventana.
Unas cortinas blancas y diáfanas los ocultaban de la calle; el comedor era su propio universo.
Sacó un mechero pesado del bolsillo y giró la rueda plateada, encendiendo la única vela de la mesa.
Pen intentó no pensar en el paquete de cigarrillos que acababa de cruzar la sala en su abrigo.
No mostraría debilidad. Además, no era una adicción, se dijo. Solo le gustaba el subidón.
—¿Te acuerdas de aquel blanco tan rico de la última vez? Empecemos con una botella de ese —dijo Ted.
Pen lo miró, convencida de que no podía recordar qué vino habían tomado exactamente.
No podía saber que Jean-Marc, cuyo trabajo era recordar los detalles, había puesto a enfriar, por si acaso, dos botellas de Meursault aquella tarde, cuando el señor Winters llamó.
Ni podía imaginar que Ted no se consideraba una persona notable ni memorable, igual que ella.
Tan solo había aprendido, en sus cincuenta y un años sobre la Tierra, que una interacción cálida era más agradable que una fría.
Probó el vino y asintió. Sus copas se empañaron mientras Jean-Marc las llenaba.
—Por tu primer trimestre —dijo.
Su hija no había respondido a su pregunta, y no la forzó. Sabía manejar el silencio. Ella aún era demasiado joven para saber cómo no llenarlo.
Ted, en efecto, había tenido asuntos en Londres.
En el café de Notting Hill, al principio solo había visto su abrigo.
En su tela convivían tapices, fragmentos de cerámica y monedas antiguas: civilizaciones enteras muertas y enterradas.
Ella se sentó a su lado. Él quería mirarla y lamentaba haber elegido una mesa que los colocaba uno al lado del otro, frente al bullicio matutino de la calle.
Ella llevaba el pelo recogido en la nuca.
Se inclinó hacia él para mirar la carta.
Las canas teñían sus raíces y olía exactamente igual que antes.
Le hizo falta una vida entera de disciplina para no posar la mano en ese lugar donde se le veía el cuero cabelludo.
Más tarde, caminó solo hasta la estación.
Hacía años que no tomaba el metro. Le llevó varios intentos comprar un billete en la máquina automática.
El mundo es tu billete de metro , pensó cuando la máquina escupió la tarjeta de plástico azul.
Lo había sido, entonces. Finalmente, cruzó las puertas y descendió por la escalera mecánica.
Notting Hill estaba impoluto; allí abajo, al menos, la suciedad seguía intacta.
Había olvidado cuán profundas estaban enterradas las vías. Fue un alivio bajar, poner capas de historia entre ellos. Se sintió en paz al llegar a los pies de la escalera mecánica y encontrarse más cerca del núcleo de la Tierra.
—Transbordo para las líneas District y Circle —cantó una voz femenina desde algún lugar por encima de él.
Era alegre e impersonal, el alma de la eficiencia británica.
Una voz ajena a las penas de cada cual. Esta era una ciudad que había soportado lo peor de Hitler.
Casas, tiendas, hospitales, escuelas, todo reducido a escombros desde el cielo, huesos y pertenencias esparcidos.
Los londinenses, los civiles, se habían refugiado en esos mismos túneles.
Cada día salían a despejar los escombros.
Se negaban a rendirse. Qué arbitrario, pensó, que fueran los hombres quienes libraran la batalla —su padre, sus tíos—, y las mujeres quienes se quedaran para asegurarse de que hubiera un futuro al que regresar.
Si es que regresaban. Ninguno era más heroico que el otro, pensó. Ni el que se iba ni el que se quedaba.
Ted deslizó los dedos hasta la moqueta azul del asiento y recordó, a través de las décadas, la tela gruesa de sus sábanas, el grano del lino bajo sus pies extendidos.
Estaba rodeado de gente apretujada. Recordó el calor del cuerpo de ella en la cocina minúscula donde chocaban como partículas cargadas mientras hacían tostadas.
El grill forrado de papel de aluminio lleno de fracasos carbonizados, la ropa impregnada de humo.
El café amargo en su precario balcón. El día que ella le dijo que no, con firmeza, de forma irrefutable.
La manera en que lo miró, con tristeza, como si él la hubiera decepcionado.
Llevaba un vestido azul claro aquel día; era principios de verano; recordaba las florecitas.
—Estación Queensway. Cuidado con el hueco entre el coche y el andén —cantó la voz.